ES IMPORTANTE SABER

martes, 14 de diciembre de 2010

Núcleo - V

El otro lado del espejo es totalmente oscuro, y me espera allí algo así como el negativo o la versión oscura de mi yo interior.
También está avejentado, pequeño.
Me habla y no termino de entender lo que me dice, toma mi mano, su palma arriba de la mía.
Me produce mucha ternura, lo miro y lo veo cubierto de petróleo. Sé que no hay forma de que aparezca grato a mis ojos, pero me produce una ternura física.

Lo abrazo y comienza a derretirse y escurrirse. Lo beso en la boca, de modo casi pasional, totalmente amoroso. Se deshace del todo, pido de llevármelo puesto de algún modo, de estar yo también cubierto de petróleo, de él hecho petróleo.

Aparece una imagen cómica, como si me soltaran un baldazo desde algún lado.

Sé que está bien, pero también que es insuficiente. Surge la propuesta de otro método, la discutimos brevemente y la tomamos, sabiendo que no es la perfecta, no es la final, pero es la de ahora.
Permito que se acerque desde mi espalda y se superponga fantasmalmente con el espacio que ocupo. Nos quedamos quietos para que la fusión vaya ocurriendo.

Noto que es imperfecta, frágil y riesgosa. Pido a mi guía que vigile si algo se sale de lugar, aparece al lado sosteniendo, acompañando, mirando atento.

Empiezo a parecer de nuevo un fauno. Cuando el proceso empieza a solidificarse, noto que no tengo energía para llevarlo hasta el final.
Alicia me dice que no, que es demasiada la que hace falta, pero que tampco es necesario terminarlo ahora, sino dejar que se haga.

Terminamos la sesión.
Quedo con una sensación muy agradable, similar a la de cada vez que un trabajo se logra, de solidez interna, contacto conmigo mismo, nuevos apoyos en mí, pero más blanda y dulce que de costumbre.

Y de que podría dormir una semana.

















fin.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Núcleo - IV

Sube recta, no termina nunca de abrirse, se mantiene en un estado similar al de un capullo entreabierto. Sus pétalos son duros, rectos, rojos.

Entre el conjunto del lecho, el coito y la flor y el niño y yo por otro lado, aparecen estrellas, o fuegos artificiales explotando.
El nene irradia más pavor, pero al mismo tiempo irradia algo dorado, se expande y demuestra muchísima alegría. Veo de repente el pavor como un centro blanco frío incandescente, entiendo que el centro del pavor está ahí.
Y espontáneamente deseo entrar en él, zambullirme.
Para aliviar al nene, para que él pueda dejar de sentirlo.

Y lo hago.

En el centro del pavor hay algo, una especie de agujero invisible. Blanco infinito y un agujero con forma de vagina invisible en el medio.

Está mi guía, también, una versión extraña: por primera vez, es más bajo que yo, más humilde.
Se ve avejentado más o menos lo mismo que yo me debo ver, y está también cansado.
De repente, me paro en el centro del agujero en medio del pavor, y el agujero empieza a parpadear atravesando mi cuerpo.
Alicia parece no haber previsto esto, se la nota intrigada.

Y estoy ahora dentro del agujero en el centro de lo blanco. Y me encuentro de vuelta con mi guía, que me espera en una especie de camarino, sentado frente a un tocador con un espejo enmarcado en luces, la mano apoyada en el borde.
Me incita a mirarme en el espejo.

En el espejo se ven figuras demoníacas navegando las sombras, me dan ganas de someterlas a todas bajo la autoridad de mi voluntad, de atarlas a mi puño. Pero el impulso pasa en seguida, cuando veo mi reflejo del otro lado del espejo.

Demacrado, o simplemente delatado por unjuego de luces y sombras más cruel, se transforma al rato en la cabeza de la gorgona. Mi vista se fija en su boca abierta y otra vez, entro.

Y ahora estoy en la boca de la Medusa, del otro lado del espejo, adentro del agujero, en medio del pavor. Sal de ahí, chivita, chivita.
Pero no: entro cada vez más.
Por suerte.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Núcleo - III

Soy un niño de alrededor de un año, sigo llevando mi esfera de luz en las manos, es grande como una pelota playera. De repente me sofoco. Ví de refilón lo que mi actitud de niño buscaba desde antes de darme cuenta: aparecen un poco por arriba de la altura de mis ojos, manos de adultos, adultos caminando vistos desde la perspectiva que me permite mi altura. Sólo llego a verles las manos, las piernas, muy borrosamente y lejos las cabezas.
Son mi padre y mi madre, que están caminando juntos.
El sentir me inunda y lloro un momento.

Pido más y se intensifica todo: no les veo las caras, sus siluetas no se parecen a las de mis padres históricos, pero son padre y madre. Me toman a upa, los dos al mismo tiempo.
Sus pechos se tocan, yo estoy en el medio.
Se sobrepone la edulcorada imagen de un corazón, pero no la discuto: me gusta.
La imagen del niño de un año o menos se agiganta, se pone dorada, flota en medio del corazón que enmarca los pechos de mis padres juntos, el abrazo.

La imagen dura un rato, y de repente se suspende y es reemplazada por la de un niño de menos de un año, en el que no me reconozco pero con el que me identifico, sé que soy él.
Tiene algo como crayones en las manos, está mirando hacia la derecha, muy fijamente.
Sé que pasa algo a la derecha que lo asusta, miro. Hay gente en un lecho.
Es casi seguro que son mis padres, están teniendo sexo.

La sensación es de las más intensas es inexplicables que haya tenido nunca: ella destila una sensación de tragedia, permanente, terrible. Vive con mucho dolor e inevitabilidad todo, lo que le pasa, lo que hace, lo que hacen otros.
El pareciera estar escondiéndose en el coito.

Son evidentes dos cosas contradictorias, fuertísimas, dolorosas.

Una, es que ambos son ciegos uno a otro, no se encuentran más que por choques, no entienden ni sospechan la forma del otro. No tienen conciencia tampoco de sí mismos, de qué espacio ocupan, de cómo moverse con gracia o tomar perspectiva de nada. Son como peces metidos en cuerpos humanos, sin reconocer ni entender los nuevos miembros, sin conocer su propio potencial de movimiento, sin entender en lo más básico sus propias naturalezas, sin sospechar nada de la naturaleza del otro con quien comparten ahora mismo un coito.
Pero convencidos de estar haciendo algo, cada uno. Ciegos, perdidos y convencidos.

Lo segundo, lo que da el marco que en otro momento me habría catapultado al horror, me habría tirado entero al abismo vacío de la contradicción irresoluble, es que en el fondo de todo el movimiento se nota, brilla.
La legitimidad.
Hay una fuerza tan gigante agitando desde la base de cada uno, tan blanca que no importa, en el fondo, que esté tan tapada y cegada que ni ellos la vean.
Hay razón de ser en todo esto. Una razón pujante y vibrante y tal vez ciega, no llego a determinarlo.

El niño que mira siente ganas de correr, espantado, y un aflojar mío interno le libera los pies y le permite salir corriendo. Decido entrar a la escena y yo mismo lo espero, unos pasos más allá. Lo tomo a upa.
Mi yo de ensueño sigue sin entender nada, pero sostiene al niño a upa.

El niño irradia, más que ninguna otra sensación, la de pavor. Una excitación similar al miedo pero más anónima, más básica, más intensa. Tiene sabor a primal, a los niveles más básicos posibles de sensación.

Del coito en el lecho empieza a crecer una flor.

martes, 7 de diciembre de 2010

Núcleo - II

La siguiente frase, más o menos articulada, fue: “quiero poder para resolver mis problemas, poder cortar los nudos presentes y cambiar de etapa”.
“Y eso me da miedo: no poder, y poder también”.
Me quedo callado.
Al rato, Alicia pregunta “¿Y ahora?”

Había aparecido la imagen de mi madre, la cara convertida en un puchero de mucho sufrimiento.
Llevaba una estatua de aproximadamente cuarenta centímetros, claramente muy pesada, aunque no podía ver la forma. Parecía algo arrodillado, como la momia del Cerro Colorado, o algunos demonios dibujados por Carl Barks. Claramente quería que lo tomara, era para mí, era lo que tenía para darme, pero no conseguía entender si era un don o una maldición. Lo pesado del paquete me hacía incluso sospechar que no era para mi sino que simplemente se lo quería sacar de encima.

Mientras lo comento en voz alta a Alicia, aparece detrás de toda la escena la cara de un demonio chino. La figura de mi madre se aproxima a mi vista y se funde con su propia sombra: detrás, lejos, aparece una geisha llevando un cántaro blanco de barro.
Es claro que es para mí. Todavía desconfío, pero estiro los brazos para tomarlo.
Cada imagen aparece cortada, paralizada: cuando veo a la geisha con el jarro sé que es para mi, pero no lo tomo. Cuando estiro los brazos para tomarlo, también se congela todo. Finalmente, aparece la imagen donde tengo el cántaro en las manos. El gesto de mi cara indica algo entre la perplejidad y la ignorancia.

Aparecen muchas geishas detrás, como si fueran parte del tapizado, parte intrínseca del escenario, y al mismo tiempo como si me siguieran. Recuerdo 23, cinco.
El cántaro en mis manos es cada vez más blanco, hay un dragón chino ocupando el espacio de la cara del demonio anterior, y simultáneamente volando alrededor de mi cuerpo, con el hocico tocando el cántaro, que se transforma en una bola de luz blanca.

Sé que lo puedo ver afuera y volando, pero está adentro de la bola, es la bola o parte de ella al menos.

Mi yo de sueños sigue proyectándome la sensación de que no entiende nada, Alicia me dice que está bien, que no es necesario que yo entienda nada.

Empiezo a sentir que me filtro hacia dentro de la bola de luz, empezando por los genitales.
Al mismo tiempo, la cabeza de colores del dragón que se veía como fondo de la escena se transformó en una especie de vórtice, en el cual se derrama la luz de la esfera.
La esfera fluye en el vórtice y yo en ella, cada vez más. Me doy cuenta de que lo resisto, me pido a mí mismo aflojarme y permitir que ocurra, y de repente se da.
Como el sonido repentino que se escucha cuando el agua termina de escurrir por el lavadero, del mismo modo, me escurro empezando por los genitales dentro del vórtice de colores.
Hay un momento de vértigo, otro de susto, y ya acabó todo.
Estoy del otro lado.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Núcleo - I

Llego, Alicia me dice que tengo una cara de tristeza más interesante que la de la vez pasada.

La misma noche anterior había tenido espontáneamente una imagen muy tierna, muy fuerte, de mis dos padres juntos, queriéndose.
Sé que la imagen es falsa, o al menos no me tocó vivirla, pero en la noche se desarrolló un poco más.

Después, como parte del proceso, vinieron los recuerdos históricos: las visitas semanales de mi padre a casa, cómo yo miraba por el buzón que quedaba justo a la altura de mis ojos de cinco años para verlo llegar, ansioso, cómo siempre se tomaban un rato de estar a solas en la pieza de mi madre u otra, cómo siempre, siempre, se escuchaban los gritos y las peleas a través de las paredes.
Recordé las ganas de correr sin saber a dónde, la parálisis de mi niñez.
El ciclo se repetía todos los fines de semana, y el breve período que mi padre vino dos veces por semana, dos veces por semana.

El rato antes inmediato había contactado plenamente con mi estado anímico: me sentía triste, desconforme con todo, impotente ante todo y carente de expectativas, en parte por miedo a entusiasmarme con cualquier cosa.
Llamé a Alicia, para pedirle que me mandara rei ki. La sensación que le describí fué de sentirme acorralado: de un lado, engaños de inevitablemente dolorosos desengaños. Del otro, una realidad amarga. Ningún otro lugar a donde ir. Insatisfacción, disconformidad e impotencia, rodeadas de miedo.
Desmotivación total, certeza de que salir de un problema era caer en otro.
No quedaban fuerzas ni para angustiarme.

Lo único que me dijo fue “si, así estás”.
Y agregó “bueno, por lo menos te das cuenta de cómo estás”.
Cortamos la charla, me manda rei ki (supongo!: yo le creo que lo hace), mi ánimo se estabiliza y solidifica un poco. Y aparecen las imágenes de mis padres juntos, queriéndose, los recuerdos históricos, un poco de llanto, me quedo en la oscuridad con la nariz sobre la almohada, mirando sin ver hacia delante, como se tira un perro a ver el sol.

Llego a sesión al día siguiente, me dice que me veo interesantemente triste, le hago un reporte rápido de la semana, puteo un poco. Empezamos el trabajo.

Extraordinariamente, no me hace relajación ni introducción, y tampoco deja la visualización librada a lo que surja. Me dice directamente: “estás en un prado verde, lleno de flores amarillas”. Breves descripciones más, convierte el día en atardecer, todo el cielo se pone rojizo y azulado, y pasa al hueso del asunto: “la energía que te rodea es simplemente el cosmos”.

“Y ahora el cosmos se transforma en una boca, y una oreja”.

“Y podés hablar, y ser respondido”

“... si querés”.
Creo que eso fué en atención a mi lado renegado, que perfectamente puede mandar al cosmos a cagar.

Me lo tomé muy en serio. La noche anterior, entre lo dicho, también aparecieron imágenes de una vida sencilla, sólidas y claras pero efímeras.

Pensé decir que quiero eso, y me di cuenta de que tenía mucho miedo.

Así que empecé por decir, al cosmos, acostado, musitando movimientos de mi boca hacia la noche: “tengo miedo”.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Bondad - II (presente laboral)

Apenas cambié de trabajo, me pasé un par de meses en la oficina, medio al pedo y medio aprendiendo el lado burocrático de la producción musical estatal.

Un día se da una rareza: un concierto muy pequeño, en una sociedad de fomento que cumplía sus primeros cien años en Flores, pero muy importante porque el presidente de la misma era amigo del Secretario, el jefe del jefe de mi jefe.
Así que mi jefe decide que es una buena ocasión para que tenga mi primer asistencia a un concierto, porque es pequeña y simple, y porque él va a estar cerca para asegurarse de dejar bien parado a su jefe ante el secretario.

Decide llevar a quien después me enteraría que es uno de los caballitos de batalla todo terreno de la dirección: Hugo Marcel.
Yo, claro, ni idea de quién era.

Dado que el concierto era a la noche de un viernes, ese día no voy a la oficina, y haciendo las commpras por el barrio me encuentro con Andrea, una vecina con la que nos conocemos de tiempos más jipis míos e iguales suyos, y su hija Iara.
Con Iara nos comunicamos desde lo bestia, así que nos pasamos un par de horas con ella trepándome por la cabeza y yo revoleándola por el aire.
Llegué a la oficina a buscar a mi jefe tan fresco como se puede, relajado, contento. El contraste con los demás, que estaban viviendo la última hora de un viernes, era claro.

Salimos con mi jefe rumbo a Flores Sur. Como era la primera vez que teníamos un rato extenso a solas, empezamos a charlar desde lo más básico. Se quedó un momento en silencio cuando terminó de sacar las cuentas de que, entre que conozco amigas de su esposa, que mi madre trabaja en la función pública y se conoce con él, y que un tío político mío fuera músico durante años con su jefe directo, yo tenía tres vínculos distintos desde los cuales podría haberme presentado en la Dirección “apadrinado” por alguien, y sin embargo lo hice de modo totalmente autogestivo.
No le aclaré que en mi cabeza ningún vínculo sirve de carta de presentación y menos que menos los familiares.

Llegamos, hacemos los preparativos iniciales, y nos enteramos de que el Secretario no iba a asistir. Su madre si, una viejita encantadora que se rie de que su hijo no tiene más tiempo para verla y cuenta que tiene “69 años, y no quiero cumplir 70”, con una sencillez que parece rayar en la frivolidad.
Pero quién es uno para sentenciar.

Pensé que mi jefe se molestaría con la ausencia del secretario, que era su razón de venir, pero en vez de eso, dice “toda la presión que esto tenía acaba de desaparecer”.
Empezamos a charlar, me cuenta que está en un punto de su carrera donde no quiere crecer más, sino disfrutar de un poco de relajación. Pocos meses después empezaria a tomar un trabajo en megaeventos tras otro, todos con alrededor de una semana de preparación. Pero en ese momento le creí lo que decía.
Le pregunto sobre Hugo Marcel, sobre porqué lo convoca para eventos que le parecen tan importantes.

Me responde que por un lado, porque cubre sus requisitos: le parece muy buen artista, siempre cumple, y nunca hace ninguna clase de quilombo como llegar tarde o pelearse con alguien.
Tomo nota.

Y que por otro, porque es un hombre con muchos años de trayectoria, que si cambia la gestión tal vez sea la última vez que puede trabajar para el gobierno, y que si puede ayudarlo a juntar unos mangos más para jubilarse dignamente, le parece algo bueno de hacer.
También tomo nota.

Charlamos con uno de los sonidistas, se conocen de muchas presentaciones juntos. El sonidista pesa 120 kilos, está muy contento de eso. Trabajó de rompededos, tiene varias peleas en circuitos clandestinos, perdió una vez sola, que abandonó al darse cuenta de que su oponente era Héctor Echavarría.
“Este tipo es amigo mío” me dice mi jefe cuando rompededos vuelve a la consola de sonido.
Tomo nota.

Llega Hugo Marcel, un señor de unos 65 años. Sigo sin saber nada de su trayectoria. Llega muy contento, muy amable. Lo acompañan su señora, Lolita, y el tecladista con su mujer. Ellos usan traje, ellas vestidos de noche y carga de maquillaje. Los demás músicos llegan poco después. Todo el mundo le abre algún camino, lo acompañamos al espacio que obra de camarino, los locales se excusan de la modestia de todo, a él nada le hace problema.

Mientras los músicos cenan lo que les brindan, yo revoloteo cumpliendo algunas indicaciones de mi jefe, al terminar, me indica que me quede cerca y me haga amigo. En un solo momento me doy cuenta de que estoy hablando y me callo, sintiéndome desubicado. El resto del tiempo, Hugo toma la palabra, demostrando las cualidades que luego le conocería como sólidas de su modo de trabajo, las que hacen que mi jefe lo llame un “todo terreno”: total ausencia de ansiedad frente al escenario, total ausencia de reclamos a los organizadores o a la situación, flexibilidad plena, buenos modales permanentes, atención solícita hacia el público en todo momento, mucho sentido del humor y la decisión clara de mantener el ánimo ligero del momento, siempre.
Sabiendo que soy un público nuevo, me cuenta espontáneamente su trayectoria.

Que empezó a los 14 años como ”el pibe del tango”. Que tuvo un éxito inmediato, que a los 20 años había compartido escenario y grabaciones con todos los consagrados y tenía un nombre propio.
Que más o menos por esa fecha decidió pasarse a la canción melódica.
Le pregunto sobre el cambio de género, y me responde que eran cosas de la edad, que uno a esa edad quiere probar de todo, y se atreve.
Me mira, cansado y entero, y me dice “ahora no me atrevo a nada”.
Su cansancio profundo me toca el alma, sé que parte de eso es un hígado atragantado, pero no sé qué es el resto.

Me sigue contando.
Que llegó a competir con Sandro en un Festival de la Canción, donde quedó segundo frente al mismo Sandro, con lo que sería su mayor hit “Hoy la he visto pasar a María”.
Lolita se indigna, cuarenta años después, de que el concurso estuviera amañado, Hugo disiente con elegancia, reconociendo los méritos de la canción del ganador, y comentando que igualmente, con esa canción vendieron bastante – creo recordar que dijo algo así como un millón de copias, en 1969.
Meses después me enteraría que con el título de la canción hicieron una película que interpretó él mismo en el rol de Hugo, un cantante que llega a Buenos Aires a trabajar de taxista hasta que triunfa en lo suyo, que serviría de base para la posterior serie “Rolando Rivas, taxista”.

No me atrevía a preguntar porqué tocaba entonces para el estado, en una sociedad de fomento, por la mínima cantidad que yo mismo había redactado en su contrato.
Creo que igual lo pregunté, o al menos puse la suficiente cara para que elija contármelo por sí mismo: el era muy peronista, desde chiquitito.

En aquella época incipiente del ícono mediático, donde las horas de televisión eran contadas y el firmamento de estrellas mucho más reducido pero terriblemente gravitante, los líderes de estado compartían cartel y afecto público con las personalidades artísticas.
Siendo la tendencia del momento el fascismo y la generación de masas cohesionadas más a través del afecto político que de la razón, y siendo que todo el mundo estaba ávido de que esto ocurriera, la cercanía entre los personajes queridos por el público, de todas las ramas, era un modo más, y muy importante, de generar confluencia de afectos y consolidar posiciones para todos, principalmente para los referentes mayores.
Por eso la cercanía pública de Perón con Gatica, con Hugo, etc.
De las pocas, o menos que ahora, figuras públicas, convenía estar cerca para mantener la omnipresencia y absorber y derivar parte del cariño del público.
Este análisis es mío, no de Hugo, y no cuestiono la veracidad de los sentimientos de Perón hacia él.
Los de Hugo hacia Perón están absolutamente más allá de toda duda. Su fidelidad raya en lo chocante para mi, que traicioné a todo dios.

En esa época, los límites de las cosas se difuminaban. Como dije, los artistas famosos no eran tantos, y los que tenían filiación política pública e incondicional eran menos. Por eso le creí cuando me dijo que, en una gira por medio oriente, un jeque le ofreció ser intermediario para hacerle llegar un préstamo internacional a Perón. Entre todo lo dicho anteriormente, y que los jeques siempre fueron y son pastores de cabras inflados, me parece totalmente probable.
Para esa época la llegada a Perón ya no era tan sencilla, y la persistente ingenuidad política de Hugo lo llevó a hablar con uno de sus representantes en el gabinete de aquel entonces – no logro recordar el nombre que me dijera- sobre dicho crédito.

El personaje, lo primero que le pregunta es “¿qué necesitás para estar tranquilo?”.
Hugo no entiende la pregunta.

Insiste simplemente en que quiere que Perón tome conocimiento de la oferta, y le vuelven a preguntar sobre su tranquilidad.
Termina diciendo, el pobre, con las pelotas infladas, que lo que necesita para estar tranquilo es que ese crédito llegue al pueblo argentino.
La transitividad Perón – pueblo argentino era para él así de cierta.

Cuando el otro le empieza a decir que “esto es complicado y hay muchas cosas que Hugo no entiende”, la caen todas las fichas, y todavía le cambia la cara cuando cuenta que entendió que si insistía, podía aparecer desnudo y muerto en una zanja. Probablemente hasta ese momento no hubiera asociado que un crédito internacional es un montón de dinero, además y antes que una ayuda para un país.

Después, llegó la prohibición.
Y durante diez años no pudo asumir su nombre artístico, ni presentarse en ningún lado.
En esa época, si tenías un quiosco o librería, podía ocurrir que un día entrara el ex competidor número uno de Sandro a venderte artículos de papelería.

Zafó de expropiaciones, creo, pero diez años de heladera quebraron su carrera pública. Al regreso, los gustos del público habían sido transformados por el club del clan y el a go go. Hugo se encuentra con una amplísima base de seguidores y admiradores de antes de los sesenta, pero ningún reconocimiento de la generación entonces importante para el mercado.
Todavía era demasiado joven para ser un valor nacional, y el tango y la canción no volverían a ser géneros valorados hasta los 90 el primero, y hasta la fecha y contando el segundo.
Desde los 90 más o menos, consigue siempre trabajo. Por lo que entiendo del contrato que le tramité y de lo que me cuenta, son todos adecuados para alguien que recién empieza y tiene expectativas de crecer, que no es el caso. Pero ante su clara conformidad y tranquilidad, mi reflejo natural de preocupación y angustia se desarticula.

Se da una pausa en la charla y reconozco mi silencio de cada vez que me dicen algo que voy a estar asimilando por semanas o meses. Entonces Hugo intercala un chiste sobre que se le acaba de endurecer el cuello y me percato a tiempo de que no nos conocemos lo suficiente para ofrecerle un masaje. Queda claro en su humor que la tortícolis no va a afectar su desempeño en el escenario.

Llega el momento del show y, entre un montón de cosas, no consigo conectar con el espectáculo, así que salgo a tomar aire a la vereda. Está mi jefe.

Le confieso mi profunda impresión ante semejante historia.
La gloria, la inocencia.
La pasión histórica, la desilusión de todo lo que nunca volvió, desde el Perón bueno hasta la fama internacional. La amargura, la flexibilidad, la aceptación.
Todo me impresiona profundamente, me parecen movimientos del alma demasiado grandes para casi concebirlos. Y todos los hizo, y ya hace tiempo, ese hombre que hace chistes comiendo asado y se saca fotos con ancianas emocionadas.

Mi jefe me sonríe y me dice “¿viste porqué había que darle trabajo?”.









Tomo nota.