ES IMPORTANTE SABER

martes, 14 de diciembre de 2010

Núcleo - V

El otro lado del espejo es totalmente oscuro, y me espera allí algo así como el negativo o la versión oscura de mi yo interior.
También está avejentado, pequeño.
Me habla y no termino de entender lo que me dice, toma mi mano, su palma arriba de la mía.
Me produce mucha ternura, lo miro y lo veo cubierto de petróleo. Sé que no hay forma de que aparezca grato a mis ojos, pero me produce una ternura física.

Lo abrazo y comienza a derretirse y escurrirse. Lo beso en la boca, de modo casi pasional, totalmente amoroso. Se deshace del todo, pido de llevármelo puesto de algún modo, de estar yo también cubierto de petróleo, de él hecho petróleo.

Aparece una imagen cómica, como si me soltaran un baldazo desde algún lado.

Sé que está bien, pero también que es insuficiente. Surge la propuesta de otro método, la discutimos brevemente y la tomamos, sabiendo que no es la perfecta, no es la final, pero es la de ahora.
Permito que se acerque desde mi espalda y se superponga fantasmalmente con el espacio que ocupo. Nos quedamos quietos para que la fusión vaya ocurriendo.

Noto que es imperfecta, frágil y riesgosa. Pido a mi guía que vigile si algo se sale de lugar, aparece al lado sosteniendo, acompañando, mirando atento.

Empiezo a parecer de nuevo un fauno. Cuando el proceso empieza a solidificarse, noto que no tengo energía para llevarlo hasta el final.
Alicia me dice que no, que es demasiada la que hace falta, pero que tampco es necesario terminarlo ahora, sino dejar que se haga.

Terminamos la sesión.
Quedo con una sensación muy agradable, similar a la de cada vez que un trabajo se logra, de solidez interna, contacto conmigo mismo, nuevos apoyos en mí, pero más blanda y dulce que de costumbre.

Y de que podría dormir una semana.

















fin.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Núcleo - IV

Sube recta, no termina nunca de abrirse, se mantiene en un estado similar al de un capullo entreabierto. Sus pétalos son duros, rectos, rojos.

Entre el conjunto del lecho, el coito y la flor y el niño y yo por otro lado, aparecen estrellas, o fuegos artificiales explotando.
El nene irradia más pavor, pero al mismo tiempo irradia algo dorado, se expande y demuestra muchísima alegría. Veo de repente el pavor como un centro blanco frío incandescente, entiendo que el centro del pavor está ahí.
Y espontáneamente deseo entrar en él, zambullirme.
Para aliviar al nene, para que él pueda dejar de sentirlo.

Y lo hago.

En el centro del pavor hay algo, una especie de agujero invisible. Blanco infinito y un agujero con forma de vagina invisible en el medio.

Está mi guía, también, una versión extraña: por primera vez, es más bajo que yo, más humilde.
Se ve avejentado más o menos lo mismo que yo me debo ver, y está también cansado.
De repente, me paro en el centro del agujero en medio del pavor, y el agujero empieza a parpadear atravesando mi cuerpo.
Alicia parece no haber previsto esto, se la nota intrigada.

Y estoy ahora dentro del agujero en el centro de lo blanco. Y me encuentro de vuelta con mi guía, que me espera en una especie de camarino, sentado frente a un tocador con un espejo enmarcado en luces, la mano apoyada en el borde.
Me incita a mirarme en el espejo.

En el espejo se ven figuras demoníacas navegando las sombras, me dan ganas de someterlas a todas bajo la autoridad de mi voluntad, de atarlas a mi puño. Pero el impulso pasa en seguida, cuando veo mi reflejo del otro lado del espejo.

Demacrado, o simplemente delatado por unjuego de luces y sombras más cruel, se transforma al rato en la cabeza de la gorgona. Mi vista se fija en su boca abierta y otra vez, entro.

Y ahora estoy en la boca de la Medusa, del otro lado del espejo, adentro del agujero, en medio del pavor. Sal de ahí, chivita, chivita.
Pero no: entro cada vez más.
Por suerte.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Núcleo - III

Soy un niño de alrededor de un año, sigo llevando mi esfera de luz en las manos, es grande como una pelota playera. De repente me sofoco. Ví de refilón lo que mi actitud de niño buscaba desde antes de darme cuenta: aparecen un poco por arriba de la altura de mis ojos, manos de adultos, adultos caminando vistos desde la perspectiva que me permite mi altura. Sólo llego a verles las manos, las piernas, muy borrosamente y lejos las cabezas.
Son mi padre y mi madre, que están caminando juntos.
El sentir me inunda y lloro un momento.

Pido más y se intensifica todo: no les veo las caras, sus siluetas no se parecen a las de mis padres históricos, pero son padre y madre. Me toman a upa, los dos al mismo tiempo.
Sus pechos se tocan, yo estoy en el medio.
Se sobrepone la edulcorada imagen de un corazón, pero no la discuto: me gusta.
La imagen del niño de un año o menos se agiganta, se pone dorada, flota en medio del corazón que enmarca los pechos de mis padres juntos, el abrazo.

La imagen dura un rato, y de repente se suspende y es reemplazada por la de un niño de menos de un año, en el que no me reconozco pero con el que me identifico, sé que soy él.
Tiene algo como crayones en las manos, está mirando hacia la derecha, muy fijamente.
Sé que pasa algo a la derecha que lo asusta, miro. Hay gente en un lecho.
Es casi seguro que son mis padres, están teniendo sexo.

La sensación es de las más intensas es inexplicables que haya tenido nunca: ella destila una sensación de tragedia, permanente, terrible. Vive con mucho dolor e inevitabilidad todo, lo que le pasa, lo que hace, lo que hacen otros.
El pareciera estar escondiéndose en el coito.

Son evidentes dos cosas contradictorias, fuertísimas, dolorosas.

Una, es que ambos son ciegos uno a otro, no se encuentran más que por choques, no entienden ni sospechan la forma del otro. No tienen conciencia tampoco de sí mismos, de qué espacio ocupan, de cómo moverse con gracia o tomar perspectiva de nada. Son como peces metidos en cuerpos humanos, sin reconocer ni entender los nuevos miembros, sin conocer su propio potencial de movimiento, sin entender en lo más básico sus propias naturalezas, sin sospechar nada de la naturaleza del otro con quien comparten ahora mismo un coito.
Pero convencidos de estar haciendo algo, cada uno. Ciegos, perdidos y convencidos.

Lo segundo, lo que da el marco que en otro momento me habría catapultado al horror, me habría tirado entero al abismo vacío de la contradicción irresoluble, es que en el fondo de todo el movimiento se nota, brilla.
La legitimidad.
Hay una fuerza tan gigante agitando desde la base de cada uno, tan blanca que no importa, en el fondo, que esté tan tapada y cegada que ni ellos la vean.
Hay razón de ser en todo esto. Una razón pujante y vibrante y tal vez ciega, no llego a determinarlo.

El niño que mira siente ganas de correr, espantado, y un aflojar mío interno le libera los pies y le permite salir corriendo. Decido entrar a la escena y yo mismo lo espero, unos pasos más allá. Lo tomo a upa.
Mi yo de ensueño sigue sin entender nada, pero sostiene al niño a upa.

El niño irradia, más que ninguna otra sensación, la de pavor. Una excitación similar al miedo pero más anónima, más básica, más intensa. Tiene sabor a primal, a los niveles más básicos posibles de sensación.

Del coito en el lecho empieza a crecer una flor.

martes, 7 de diciembre de 2010

Núcleo - II

La siguiente frase, más o menos articulada, fue: “quiero poder para resolver mis problemas, poder cortar los nudos presentes y cambiar de etapa”.
“Y eso me da miedo: no poder, y poder también”.
Me quedo callado.
Al rato, Alicia pregunta “¿Y ahora?”

Había aparecido la imagen de mi madre, la cara convertida en un puchero de mucho sufrimiento.
Llevaba una estatua de aproximadamente cuarenta centímetros, claramente muy pesada, aunque no podía ver la forma. Parecía algo arrodillado, como la momia del Cerro Colorado, o algunos demonios dibujados por Carl Barks. Claramente quería que lo tomara, era para mí, era lo que tenía para darme, pero no conseguía entender si era un don o una maldición. Lo pesado del paquete me hacía incluso sospechar que no era para mi sino que simplemente se lo quería sacar de encima.

Mientras lo comento en voz alta a Alicia, aparece detrás de toda la escena la cara de un demonio chino. La figura de mi madre se aproxima a mi vista y se funde con su propia sombra: detrás, lejos, aparece una geisha llevando un cántaro blanco de barro.
Es claro que es para mí. Todavía desconfío, pero estiro los brazos para tomarlo.
Cada imagen aparece cortada, paralizada: cuando veo a la geisha con el jarro sé que es para mi, pero no lo tomo. Cuando estiro los brazos para tomarlo, también se congela todo. Finalmente, aparece la imagen donde tengo el cántaro en las manos. El gesto de mi cara indica algo entre la perplejidad y la ignorancia.

Aparecen muchas geishas detrás, como si fueran parte del tapizado, parte intrínseca del escenario, y al mismo tiempo como si me siguieran. Recuerdo 23, cinco.
El cántaro en mis manos es cada vez más blanco, hay un dragón chino ocupando el espacio de la cara del demonio anterior, y simultáneamente volando alrededor de mi cuerpo, con el hocico tocando el cántaro, que se transforma en una bola de luz blanca.

Sé que lo puedo ver afuera y volando, pero está adentro de la bola, es la bola o parte de ella al menos.

Mi yo de sueños sigue proyectándome la sensación de que no entiende nada, Alicia me dice que está bien, que no es necesario que yo entienda nada.

Empiezo a sentir que me filtro hacia dentro de la bola de luz, empezando por los genitales.
Al mismo tiempo, la cabeza de colores del dragón que se veía como fondo de la escena se transformó en una especie de vórtice, en el cual se derrama la luz de la esfera.
La esfera fluye en el vórtice y yo en ella, cada vez más. Me doy cuenta de que lo resisto, me pido a mí mismo aflojarme y permitir que ocurra, y de repente se da.
Como el sonido repentino que se escucha cuando el agua termina de escurrir por el lavadero, del mismo modo, me escurro empezando por los genitales dentro del vórtice de colores.
Hay un momento de vértigo, otro de susto, y ya acabó todo.
Estoy del otro lado.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Núcleo - I

Llego, Alicia me dice que tengo una cara de tristeza más interesante que la de la vez pasada.

La misma noche anterior había tenido espontáneamente una imagen muy tierna, muy fuerte, de mis dos padres juntos, queriéndose.
Sé que la imagen es falsa, o al menos no me tocó vivirla, pero en la noche se desarrolló un poco más.

Después, como parte del proceso, vinieron los recuerdos históricos: las visitas semanales de mi padre a casa, cómo yo miraba por el buzón que quedaba justo a la altura de mis ojos de cinco años para verlo llegar, ansioso, cómo siempre se tomaban un rato de estar a solas en la pieza de mi madre u otra, cómo siempre, siempre, se escuchaban los gritos y las peleas a través de las paredes.
Recordé las ganas de correr sin saber a dónde, la parálisis de mi niñez.
El ciclo se repetía todos los fines de semana, y el breve período que mi padre vino dos veces por semana, dos veces por semana.

El rato antes inmediato había contactado plenamente con mi estado anímico: me sentía triste, desconforme con todo, impotente ante todo y carente de expectativas, en parte por miedo a entusiasmarme con cualquier cosa.
Llamé a Alicia, para pedirle que me mandara rei ki. La sensación que le describí fué de sentirme acorralado: de un lado, engaños de inevitablemente dolorosos desengaños. Del otro, una realidad amarga. Ningún otro lugar a donde ir. Insatisfacción, disconformidad e impotencia, rodeadas de miedo.
Desmotivación total, certeza de que salir de un problema era caer en otro.
No quedaban fuerzas ni para angustiarme.

Lo único que me dijo fue “si, así estás”.
Y agregó “bueno, por lo menos te das cuenta de cómo estás”.
Cortamos la charla, me manda rei ki (supongo!: yo le creo que lo hace), mi ánimo se estabiliza y solidifica un poco. Y aparecen las imágenes de mis padres juntos, queriéndose, los recuerdos históricos, un poco de llanto, me quedo en la oscuridad con la nariz sobre la almohada, mirando sin ver hacia delante, como se tira un perro a ver el sol.

Llego a sesión al día siguiente, me dice que me veo interesantemente triste, le hago un reporte rápido de la semana, puteo un poco. Empezamos el trabajo.

Extraordinariamente, no me hace relajación ni introducción, y tampoco deja la visualización librada a lo que surja. Me dice directamente: “estás en un prado verde, lleno de flores amarillas”. Breves descripciones más, convierte el día en atardecer, todo el cielo se pone rojizo y azulado, y pasa al hueso del asunto: “la energía que te rodea es simplemente el cosmos”.

“Y ahora el cosmos se transforma en una boca, y una oreja”.

“Y podés hablar, y ser respondido”

“... si querés”.
Creo que eso fué en atención a mi lado renegado, que perfectamente puede mandar al cosmos a cagar.

Me lo tomé muy en serio. La noche anterior, entre lo dicho, también aparecieron imágenes de una vida sencilla, sólidas y claras pero efímeras.

Pensé decir que quiero eso, y me di cuenta de que tenía mucho miedo.

Así que empecé por decir, al cosmos, acostado, musitando movimientos de mi boca hacia la noche: “tengo miedo”.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Bondad - II (presente laboral)

Apenas cambié de trabajo, me pasé un par de meses en la oficina, medio al pedo y medio aprendiendo el lado burocrático de la producción musical estatal.

Un día se da una rareza: un concierto muy pequeño, en una sociedad de fomento que cumplía sus primeros cien años en Flores, pero muy importante porque el presidente de la misma era amigo del Secretario, el jefe del jefe de mi jefe.
Así que mi jefe decide que es una buena ocasión para que tenga mi primer asistencia a un concierto, porque es pequeña y simple, y porque él va a estar cerca para asegurarse de dejar bien parado a su jefe ante el secretario.

Decide llevar a quien después me enteraría que es uno de los caballitos de batalla todo terreno de la dirección: Hugo Marcel.
Yo, claro, ni idea de quién era.

Dado que el concierto era a la noche de un viernes, ese día no voy a la oficina, y haciendo las commpras por el barrio me encuentro con Andrea, una vecina con la que nos conocemos de tiempos más jipis míos e iguales suyos, y su hija Iara.
Con Iara nos comunicamos desde lo bestia, así que nos pasamos un par de horas con ella trepándome por la cabeza y yo revoleándola por el aire.
Llegué a la oficina a buscar a mi jefe tan fresco como se puede, relajado, contento. El contraste con los demás, que estaban viviendo la última hora de un viernes, era claro.

Salimos con mi jefe rumbo a Flores Sur. Como era la primera vez que teníamos un rato extenso a solas, empezamos a charlar desde lo más básico. Se quedó un momento en silencio cuando terminó de sacar las cuentas de que, entre que conozco amigas de su esposa, que mi madre trabaja en la función pública y se conoce con él, y que un tío político mío fuera músico durante años con su jefe directo, yo tenía tres vínculos distintos desde los cuales podría haberme presentado en la Dirección “apadrinado” por alguien, y sin embargo lo hice de modo totalmente autogestivo.
No le aclaré que en mi cabeza ningún vínculo sirve de carta de presentación y menos que menos los familiares.

Llegamos, hacemos los preparativos iniciales, y nos enteramos de que el Secretario no iba a asistir. Su madre si, una viejita encantadora que se rie de que su hijo no tiene más tiempo para verla y cuenta que tiene “69 años, y no quiero cumplir 70”, con una sencillez que parece rayar en la frivolidad.
Pero quién es uno para sentenciar.

Pensé que mi jefe se molestaría con la ausencia del secretario, que era su razón de venir, pero en vez de eso, dice “toda la presión que esto tenía acaba de desaparecer”.
Empezamos a charlar, me cuenta que está en un punto de su carrera donde no quiere crecer más, sino disfrutar de un poco de relajación. Pocos meses después empezaria a tomar un trabajo en megaeventos tras otro, todos con alrededor de una semana de preparación. Pero en ese momento le creí lo que decía.
Le pregunto sobre Hugo Marcel, sobre porqué lo convoca para eventos que le parecen tan importantes.

Me responde que por un lado, porque cubre sus requisitos: le parece muy buen artista, siempre cumple, y nunca hace ninguna clase de quilombo como llegar tarde o pelearse con alguien.
Tomo nota.

Y que por otro, porque es un hombre con muchos años de trayectoria, que si cambia la gestión tal vez sea la última vez que puede trabajar para el gobierno, y que si puede ayudarlo a juntar unos mangos más para jubilarse dignamente, le parece algo bueno de hacer.
También tomo nota.

Charlamos con uno de los sonidistas, se conocen de muchas presentaciones juntos. El sonidista pesa 120 kilos, está muy contento de eso. Trabajó de rompededos, tiene varias peleas en circuitos clandestinos, perdió una vez sola, que abandonó al darse cuenta de que su oponente era Héctor Echavarría.
“Este tipo es amigo mío” me dice mi jefe cuando rompededos vuelve a la consola de sonido.
Tomo nota.

Llega Hugo Marcel, un señor de unos 65 años. Sigo sin saber nada de su trayectoria. Llega muy contento, muy amable. Lo acompañan su señora, Lolita, y el tecladista con su mujer. Ellos usan traje, ellas vestidos de noche y carga de maquillaje. Los demás músicos llegan poco después. Todo el mundo le abre algún camino, lo acompañamos al espacio que obra de camarino, los locales se excusan de la modestia de todo, a él nada le hace problema.

Mientras los músicos cenan lo que les brindan, yo revoloteo cumpliendo algunas indicaciones de mi jefe, al terminar, me indica que me quede cerca y me haga amigo. En un solo momento me doy cuenta de que estoy hablando y me callo, sintiéndome desubicado. El resto del tiempo, Hugo toma la palabra, demostrando las cualidades que luego le conocería como sólidas de su modo de trabajo, las que hacen que mi jefe lo llame un “todo terreno”: total ausencia de ansiedad frente al escenario, total ausencia de reclamos a los organizadores o a la situación, flexibilidad plena, buenos modales permanentes, atención solícita hacia el público en todo momento, mucho sentido del humor y la decisión clara de mantener el ánimo ligero del momento, siempre.
Sabiendo que soy un público nuevo, me cuenta espontáneamente su trayectoria.

Que empezó a los 14 años como ”el pibe del tango”. Que tuvo un éxito inmediato, que a los 20 años había compartido escenario y grabaciones con todos los consagrados y tenía un nombre propio.
Que más o menos por esa fecha decidió pasarse a la canción melódica.
Le pregunto sobre el cambio de género, y me responde que eran cosas de la edad, que uno a esa edad quiere probar de todo, y se atreve.
Me mira, cansado y entero, y me dice “ahora no me atrevo a nada”.
Su cansancio profundo me toca el alma, sé que parte de eso es un hígado atragantado, pero no sé qué es el resto.

Me sigue contando.
Que llegó a competir con Sandro en un Festival de la Canción, donde quedó segundo frente al mismo Sandro, con lo que sería su mayor hit “Hoy la he visto pasar a María”.
Lolita se indigna, cuarenta años después, de que el concurso estuviera amañado, Hugo disiente con elegancia, reconociendo los méritos de la canción del ganador, y comentando que igualmente, con esa canción vendieron bastante – creo recordar que dijo algo así como un millón de copias, en 1969.
Meses después me enteraría que con el título de la canción hicieron una película que interpretó él mismo en el rol de Hugo, un cantante que llega a Buenos Aires a trabajar de taxista hasta que triunfa en lo suyo, que serviría de base para la posterior serie “Rolando Rivas, taxista”.

No me atrevía a preguntar porqué tocaba entonces para el estado, en una sociedad de fomento, por la mínima cantidad que yo mismo había redactado en su contrato.
Creo que igual lo pregunté, o al menos puse la suficiente cara para que elija contármelo por sí mismo: el era muy peronista, desde chiquitito.

En aquella época incipiente del ícono mediático, donde las horas de televisión eran contadas y el firmamento de estrellas mucho más reducido pero terriblemente gravitante, los líderes de estado compartían cartel y afecto público con las personalidades artísticas.
Siendo la tendencia del momento el fascismo y la generación de masas cohesionadas más a través del afecto político que de la razón, y siendo que todo el mundo estaba ávido de que esto ocurriera, la cercanía entre los personajes queridos por el público, de todas las ramas, era un modo más, y muy importante, de generar confluencia de afectos y consolidar posiciones para todos, principalmente para los referentes mayores.
Por eso la cercanía pública de Perón con Gatica, con Hugo, etc.
De las pocas, o menos que ahora, figuras públicas, convenía estar cerca para mantener la omnipresencia y absorber y derivar parte del cariño del público.
Este análisis es mío, no de Hugo, y no cuestiono la veracidad de los sentimientos de Perón hacia él.
Los de Hugo hacia Perón están absolutamente más allá de toda duda. Su fidelidad raya en lo chocante para mi, que traicioné a todo dios.

En esa época, los límites de las cosas se difuminaban. Como dije, los artistas famosos no eran tantos, y los que tenían filiación política pública e incondicional eran menos. Por eso le creí cuando me dijo que, en una gira por medio oriente, un jeque le ofreció ser intermediario para hacerle llegar un préstamo internacional a Perón. Entre todo lo dicho anteriormente, y que los jeques siempre fueron y son pastores de cabras inflados, me parece totalmente probable.
Para esa época la llegada a Perón ya no era tan sencilla, y la persistente ingenuidad política de Hugo lo llevó a hablar con uno de sus representantes en el gabinete de aquel entonces – no logro recordar el nombre que me dijera- sobre dicho crédito.

El personaje, lo primero que le pregunta es “¿qué necesitás para estar tranquilo?”.
Hugo no entiende la pregunta.

Insiste simplemente en que quiere que Perón tome conocimiento de la oferta, y le vuelven a preguntar sobre su tranquilidad.
Termina diciendo, el pobre, con las pelotas infladas, que lo que necesita para estar tranquilo es que ese crédito llegue al pueblo argentino.
La transitividad Perón – pueblo argentino era para él así de cierta.

Cuando el otro le empieza a decir que “esto es complicado y hay muchas cosas que Hugo no entiende”, la caen todas las fichas, y todavía le cambia la cara cuando cuenta que entendió que si insistía, podía aparecer desnudo y muerto en una zanja. Probablemente hasta ese momento no hubiera asociado que un crédito internacional es un montón de dinero, además y antes que una ayuda para un país.

Después, llegó la prohibición.
Y durante diez años no pudo asumir su nombre artístico, ni presentarse en ningún lado.
En esa época, si tenías un quiosco o librería, podía ocurrir que un día entrara el ex competidor número uno de Sandro a venderte artículos de papelería.

Zafó de expropiaciones, creo, pero diez años de heladera quebraron su carrera pública. Al regreso, los gustos del público habían sido transformados por el club del clan y el a go go. Hugo se encuentra con una amplísima base de seguidores y admiradores de antes de los sesenta, pero ningún reconocimiento de la generación entonces importante para el mercado.
Todavía era demasiado joven para ser un valor nacional, y el tango y la canción no volverían a ser géneros valorados hasta los 90 el primero, y hasta la fecha y contando el segundo.
Desde los 90 más o menos, consigue siempre trabajo. Por lo que entiendo del contrato que le tramité y de lo que me cuenta, son todos adecuados para alguien que recién empieza y tiene expectativas de crecer, que no es el caso. Pero ante su clara conformidad y tranquilidad, mi reflejo natural de preocupación y angustia se desarticula.

Se da una pausa en la charla y reconozco mi silencio de cada vez que me dicen algo que voy a estar asimilando por semanas o meses. Entonces Hugo intercala un chiste sobre que se le acaba de endurecer el cuello y me percato a tiempo de que no nos conocemos lo suficiente para ofrecerle un masaje. Queda claro en su humor que la tortícolis no va a afectar su desempeño en el escenario.

Llega el momento del show y, entre un montón de cosas, no consigo conectar con el espectáculo, así que salgo a tomar aire a la vereda. Está mi jefe.

Le confieso mi profunda impresión ante semejante historia.
La gloria, la inocencia.
La pasión histórica, la desilusión de todo lo que nunca volvió, desde el Perón bueno hasta la fama internacional. La amargura, la flexibilidad, la aceptación.
Todo me impresiona profundamente, me parecen movimientos del alma demasiado grandes para casi concebirlos. Y todos los hizo, y ya hace tiempo, ese hombre que hace chistes comiendo asado y se saca fotos con ancianas emocionadas.

Mi jefe me sonríe y me dice “¿viste porqué había que darle trabajo?”.









Tomo nota.

martes, 30 de noviembre de 2010

Arcano XIII - La Muerte


El tránsito exitoso por esta carta se caracteriza por experimentar, en este orden, estas emociones: temor, dolor, luto, agradecimiento.




















Versión de Noe.


Otras cartas tienen una interpretación pictórica mucho más abierta, accesible para cualquiera.
La carta de la Muerte justo tiene un significado puramente esotérico, esto es, para "iniciados" que le encuentran a ideas comunes un sentido no común.

La idea exotérica (de los "no iniciados") de la muerte es la del final de la vida.
Dentro de la visión esotérica, la carta no representa realmente la muerte física, sino la muerte conceptual, la muerte simbólica.
Hay un capítulo del "Diario de la Pequeña Lulú" (una historieta que se conseguía en los años 80), donde el asunto es que Anita llama a Lulú llorando porque perdió a su gatito.
Lulú va a la casa de Anita, toda preocupada, y se encuentra con el gato, lo más tranquilo, lamiéndose en el sofá.
Al interrogar a Anita, ésta le dice, entre lágrimas, que antes ese gato era un gatito, todo chiquitito y lindo, y que ahora en cambio es una cosa grandota y gorda y fea. Y ya no va a volver a ser como era antes, cuando ella lo conoció y con quien se encariñó.

Así que había perdido su gatito, verdaderamente, dado que ya nadie podría encontrarlo, nunca más, en ningún lugar.

Así que también es cierto, a nivel simbólico, que ese gatito "murió", "se fue de este mundo", etc.

Una asociación tradicional esotérica con la Muerte es Shiva, o la Destrucción.
Para los "iniciados", la muerte como cambio representa el vehículo que les revela la verdad de las cosas, al destruir lo ilusorio.
La cosa (lo que sea: la niñez, el gatito, el estado de soltero, una adicción, un auto) es ilusoria.
Justamente su poder cambiar, el potencial que tiene todo para cambiar, es lo que lo hace "falso", "ilusorio". "Falso" en este caso, significa "no permanente".
Lo real, lo permanente, es la existencia, y la existencia obligatoriamente hace mutar la ilusión de un estado a otro (de niño a adulto, de gatito a gato, de soltero a casado, de adicto a responsable, de auto a chatarra o a bien familiar).
La Muerte, al mutar la ilusión de un estado a otro, es lo que revela su cualidad de ilusión y la realidad por debajo, al mismo tiempo: todo estado es transitorio y lo que permanece, hasta donde podemos saber, es por un lado la materia amorfa de la que se sirven todas las cosas para existir temporalmente (hasta que cambian a otra forma o vuelven a ser materia amorfa), y por otro la conciencia de existir, la conciencia que percibe que la materia tomó una forma u otra.
Si la materia amorfa, o energía, tiene o no conciencia, no podemos saberlo, porque sólo podemos conocer aquellos terrenos donde la conciencia puede pisar.
Así que para nosotros, lo único inmutable, es la conciencia de existir.
Todo lo demás se transforma y cambia, permanentemente.

Antes de seguir con esto, cabe preguntarse porqué entonces se relaciona al cambio con algo traumático y temible.
Es básicamente porque todos somos "no iniciados", así que podemos acceder a esta perspectiva intelectualmente, pero no de corazón, más que a través de un largo y poderoso trabajo filosófico que convierta la idea en parte de nuestra alma, y no tengamos que "pensarla", sino que simplemente vivamos dentro de ella, y percibamos nuestra vida desde ella.
Cuando cada cosa que miremos la veamos desde esta perspectiva, automáticamente, desde el inicio mismo de nuestro percibir.
Ya volveremos sobre esto.

La Muerte no es la Guerra, o la Peste. No es en sí algo necesariamente violento, pero si doloroso, porque todo cambio -sea el de la crisálida a mariposa, el de niño a adulto, etc- duele.
Todo cambio duele por un lado por el miedo a la pérdida implicada: el estado inicial se pierde al atravesar el cambio, y esta pérdida es irrevocable. Dentro de esta vida caótica para todos, todos nos aferramos a alguna constante y nos aterroriza cambiarla.
Además, una vez aferrados a una constante cualquiera, perdemos de vista la idea de que puedan existir otras posiciones diferentes pero equivalentes, y tendemos a creer que no hay nada más, que no hay otra cosa, que no hay otro estado posible de cosas más que el que nos conocemos, con lo cual nos aferramos aún más, porque desde esta perspectiva, perder lo conocido es perderlo TODO. No imaginamos ni siquiera permanecer concientes en otro estado de cosas.

Es muy grande el salto de fe, o debe ser muy violento el estímulo o muy fuerte la corriente de la fuerza que nos obligue entonces a cambiar, a abandonar un lugar para llegar a otro que a priori no concebimos que exista.
Si nos aferramos, generamos violencia contra lo inevitable, con el dolor consecuente.

Además de lo dicho, el cambio duele porque sí. Es común el término "dolores de crecimiento", y esto es así: crecer es una forma de cambiar y, como todas las maneras de cambiar, requiere tanta energía, demanda tantos recursos, que sólo puede doler.

Volviendo a lo anterior: lo único inamovible, lo único permanente hasta donde se puede experimentar, es la conciencia de existir.
"Pienso, luego existo" no es el final de un razonamiento, sino el único punto de partida verdaderamente firme para comenzar a pensar cualquier cosa: todo lo demás puede ser cuestionado por la mente, esto no.

Los niños están naturalmente conectados con esto, y ni siquiera lo consideran.
La "inocencia infantil" o la "inocencia" a secas, refiere no sólo a la falta de idea (que también está) sino principalmente a la conexión directa con la conciencia del existir, sin valoración de lo ilusorio.
Esto es lo que conecta las cartas de la Muerte, el Loco y el Mago.

El Loco, el “niño en el abismo", señala la inocencia plena, absoluta: el protagonista de la carta no se fija en nada de lo mutante, ilusorio, material, cotidiano, sino que su mente está anclada en la pura sensación de "existir, ahora".
Esto tiene su lado peligroso, porque la ilusión, por más que sea ilusión, es el contexto en el cual desarrollamos nuestra existencia. No prestar atención al contexto, puede implicar desarmonías graves, tales como la muerte física de la persona.
La inocencia nos exime de ciertas cosas, no de otras.

El Mago, en cambio, es el Loco evolucionado, lo que significa que adquirió conocimiento y manejo de su entorno material y de todo lo transitorio, pero no se confunde, como la mayoría de la gente (puede ser que no le importe poseer un auto, pero sabe cruzar la calle sin ser pisado por uno), y mantiene su mente centrada en la conciencia pura del existir, sin dejarse arrastrar por lo material o temporal, pero tampoco siéndole indiferente, sino organizándolo en pro de mantener su existencia propia.

Este aspecto del Mago (tiene otros, menos "positivos") es el de santo, y en él comparte las características de los niños y los idiotas, pero es capaz de automantenerse.

La inocencia infantil protege del miedo a Shiva por dos cosas: en primer lugar porque el niño no espera nada, así que no teme por anticipado. Este aspecto tiene su lado peligroso, como vimos.

Pero además, el niño no se aferra a nada.

Los dientes, al salir, cortan la encía y eso duele.
Al terminar de salir, hay un pedazo de hueso, duro, donde antes sólo había encía blanda.
Si nos pasara algo así a esta altura, estaríamos rápidamente en el médico, preguntándole espantados qué nos pasa.

El niño, en cambio, una vez terminado el dolor, olvida y se maravilla de la novedad de tener un cuerpo distinto del que tenía antes.
Lo toma con total naturalidad, no por que sepa que "es natural y a todos los niños les pasa", sino por que su inocencia no contempla que haya algo malo o inadecuado, ni un estado "mejor": si antes no tenía un diente ahí y ahora lo tiene, sólo es llamativo, interesante. No se aferra, no se le ocurre desear volver al estado anterior sin dientes, ni se preocupa por cuánto durará este nuevo estado con uno.
Está permanentemente centrado en la conciencia de existir, desde cuya perspectiva todo lo material (excepto el hambre, el dolor, etc) es transitorio, circunstancial e intrascendente, y lo que importa es el pasar de la existencia.

Este estado, por motivos que no desentraño aún, se pierde con el tiempo, y la persona comienza a resistirse o resentirse de los cambios.
Posiblemente eso sea lo que señala la doncella de la carta original: el momento en el que la persona pierde el estado de no expectativa y no aferramiento de la infancia.
O tal vez señale un punto de inflexión en la naturaleza de los cambios: el cambio crucial en la vida de cada individuo entre infante dependiente y adulto autónomo.
Quizás, finalmente, simplemente señale uno de estos cambios que requieren "tanta energía que sólo pueden doler".
Cualquiera de estos significados, rodean el mismo hecho: la doncellez como adolescencia y umbral entre la infancia y la adultez.















Finalmente, las dos figuras más fáciles de malinterpretar desde una perspectiva exotérica: el rey y el sacerdote.
El rey es simple, en realidad: aparece muerto porque el poder de los reyes es exactamente el poder temporal, y el tiempo es el vehículo del cambio. El poder político se vincula a todo lo material y transitorio y, como tal, no resiste el cambio. Un rey sigue a otro, un imperio sigue a otro, un sistema político reemplaza a otro y ninguno de ellos toca lo trascendente, sino que simplemente toma su turno, disfruta su gloria, y vuelve al polvo.
El sacerdote, en cambio, logra permanecer de pie, por un motivo concreto.
Si el Mago es el Loco evolucionado, el sacerdote es el escalón intermedio: es la persona que ha perdido la inocencia y falta de expectativas originales del niño, la carencia de segundas intenciones ante todo, lo directo de la conección perceptiva; pero intenta recuperarlo mediante, como dijimos "un largo y poderoso trabajo filosófico". Cuando, si, el sacerdote logra transformar su doctrina en su carne, y vivir plenamente dentro de sus preceptos, y si, y sólo en el caso de que sus preceptos sean verdaderos, se transformará en el Mago en su aspecto de iluminado liberado del peso de la identificación con lo material y las ilusiones mundanas.
Si el trabajo de toda la vida del sacerdote es exitoso, si su religión es verdadera y su esfuerzo logrado, llegará al lugar donde viven los niños y los idiotas.
Mientras no lo logre, en todo el tiempo que dura el entreluz entre un mundo y otro (el de los "no iniciados" y los "iniciados"), el monje necesita de toda su parafernalia dogmática, representada en la carta de referencia por su ropa y su posición de orar, para aumentar las fuerzas espirituales y anímicas que le permiten a su conciencia liberada a medias soportar el enfrentamiento directo con el cambio.
No muere ni desfallece, pero tampoco puede simplemente entregarse, si no es acompañado de una oración, un rosario, un dogma, un artículo de fe que lo haga sentirse acompañado por algo más grande frente a lo desconocido.

Estas son las cuatro posiciones posibles de enfrentar directamente la destrucción: la ignorancia absoluta que se resiste y se quiebra (el rey), el conocimiento a medias del sacerdote que usa muletas pero puede permanecer, la aceptación instintiva sin conocimiento del niño, y el sometimiento de la doncella.
El mago no figura, entre otras cosas (creo) porque los autores del mazo no pudieron honestamente dar fe de que alguien pueda "purificarse" tanto que verdaderamente deje de temer al cambio, así que sólo queda el eterno intento de llegar (a ser mago) del sacerdote.

En la figura de la Muerte, hay detalles varios: el caballo representa la fuerza imparable que motoriza el cambio, asi como su mirada roja señala su avance ciego y furioso. Esto contrasta con que el caballo de la carta original no corra, que indica que no tiene porqué apurarse: todos los procesos de destrucción ocurren a su propio tiempo, pero de manera vigorosa e imparable.
El esqueleto y lo negro indican el miedo con que se la vive, la rosa blanca señala la pureza.
Hay en la carta indicios de la fertilidad en que todo esto ocurre, y que esto mismo trae: la destrucción también es liberación de recursos para que el resto de la creación se nutra y reformule.
Que se dibuje el ocaso indica tanto el momento final como el ciclo eterno que permite la reformulación constante de las cosas a través de su destrucción.
















Otra versión gráfica con poema propio que nos regala Noe.


En resumen: un principio universal (lo efímero de las cosas), una manera de interpretarlo (destrucción como renovación constante), y cuatro maneras de acercarse a esta interpretación (desconocimiento y resistencia, desconocimiento y sometimiento, conocimiento formal con aceptación forzada, conocimiento instintivo con aceptación fluída). La emoción general sólo puede ser miedo y violencia, incluso en la aceptación, por las características del cambio de impuesto sin consulta y de doloroso.

Pueden entonces ser palabras clave para la interpretación de la carta: miedo al cambio - resistencia – procesos de transformación



















La versión física

domingo, 28 de noviembre de 2010

El suspenso después del punto

El resultado más visible hasta ahora de la seguidilla de trabajos sobre mi contacto con la sombra es una especie de continuación de otras consecuencias: progresivamente fui, durante estos últimos dos años principalmente, soltando u olvidando cierta característica mía que me obligaba a saber o pretender saber de todo lo que me interesara o cruzara ante la vista.

Poco a poco me voy volviendo, en términos de Hellinger por nombrar a mi referente en esto, menos teórico y racional y más fenomenológico y descriptivo.

De a poco voy dejando de imaginar mecanismos fantasmas que habitan el lado invisible de lo que veo, de elaborar racionalizaciones y estructuras teóricas, me voy volviendo más parco y acotado a la descripción pura. Dejo de intentar completar las frases que me propone la realidad, cada vez menos intento estar un paso delante. Cada vez más me detengo donde se acaba el camino.

Frustrante como es, también se siente como un enorme ahorro de energía.

Nunca fui partidario del ahorro, vale decir, pero cualquier otra cosa se siente ahora tan evidentemente estúpida y descentrada, que tampoco despierta ganas.
Hay algo más importante que mis ideas en cada cosa esperando a ser descubierto y hecho, y no puedo perder tiempo proponiendo a ciegas, o por diversión, teorías, ideas, fantasmagorías.

Más vale la pena esperar siempre un poquito más, a que la cosa se termine de mostrar, a que todo se evidencie o disuelva, para dar otro pasito y tomar lo que verdaderamente está, que intentar jugar al descubridor, a las escondidas con la realidad.

El resultado es que cualquier sentencia se vuelve desagradablemente escueta, y que nunca, nunca, surge la necesidad de hacer promesas.

Lo que hay es lo que ves, y lo que viene ya lo sabremos. Así que no te muevas mucho, este momento es una balsa de la que si saltás, solamente caés en un océanos de potenciales cambiantes. La próxima realidad que se concrete te puede encontrar paradito en el presente, o tratando de no ahogarte en el mar de ideas y posibilidades.



En el mundo que es mi sombra, habita todo lo que no quiero saber que soy.
Entre muchas otras cosas, necesitado.
De solidez económica, de reposo, de afecto.

Cada adelanto en el trabajo de quedarme quieto en la realidad se siente como la caída de un velo transparente, que no oculta pero deforma las cosas. Una vez caídas las mayores mentiras, terminado el terremoto, de lo que queda nada cambia mayormente de lugar: solamente se vuelve más y más nítido a cada avance. Los contornos se definen con mayor precisión, los límites, el lugar donde termina cada cosa se van volviendo netos. Pacíficamente claros, terminantes. Las cosas dejan de enredarse unas en otras, dejan de proyectarse hacia afuera. Las culpas y los reclamos quedan cada una en su cajita.

Los problemas no proyectan, ya, soluciones imaginarias.

Me vuelvo descriptivo en vez de proposicional, y lo que digo pierde el encanto apasionado del argumento y cobra la fuerza seca de la evidencia.

Ya no tengo más ideas para resolver mis problemas, sino apenas una o dos opciones dadas por la evidencia, que habrá que ver cómo se desarrollan mañana, a cada paso.
Cada vez menos planes, cada vez menos fantasías sobre cómo estar donde quiero, cada vez menos ideas de dónde quiero estar.

Simplemente la constatación de si estoy bien o no, sin más.

Sin “y entonces hago esto”.

Simplemente ¿cómo estoy?.

Y entonces, como quien levanta la cabeza para detener el movimiento antes de que la inercia se lo lleve puesto, no me respondo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Bondad - I (presente laboral)

Tocó ir a trabajar un sábado.
No tenía mucha idea de en qué: estaba cubriendo a una compañera y amiga que quería estar en el cumpleaños de su hijo.
Como no estoy teniendo mayormente vida personal, y ella iba a dejar todo listo, y tenía mucho trabajo, y tengo cierta tendencia kamikaze, quedé en relevarla en el concierto directamente, ignorando sus intentos de ponerme al tanto antes de ir.
Sabía que no iba a poder concentrarme en nada de lo que me dijera, y que me iba a enterar verdaderamente de las cosas en el lugar y en el momento, así que fui sin prepararme.
En el camino, sin embargo, algunas cosas que me dijeran se me fueron filtrando hasta la conciencia, pero muy de a poco.
Que iba a estar Víctor Heredia.
Y que iba a ser en el Ministerio de Defensa.

Llegué pensando que en este mismo lugar yo había hecho la colimba diez y seis años antes, pero descubrí que lo habían cambiado de edificio. Ahora el Ministerio de Defensa de la Nación reside en el Comando en Jefe del Ejército, ese edificio en Paseo Colón que tiene la estatua horrible “del soldado herido”, que muestra un soldado, en rigor de verdad, con un agujero en el tronco dos veces más grande que cabeza. Inmediatamente detrás de esa estatua, estaba el escenario.

Como siempre, un toque fuera del mundo, pensaba que Víctor Heredia es alguna especie de dinosaurio anacrónico, así que me sorprendí bastante al llegar y ver un escenario de unos sesenta metros cuadrados con dos pisos de torres de parlantes.

Mi compañera, debido a diferentes retrasos, directamente no fue. Pero tenía todo arreglado así que simplemente me fui poniendo en contacto con los responsables de cada cosa y medié cual fluído mercurial, como siempre.
Buena parte de mi trabajo es ser parte de un pasamanos, otra es amortiguar las tensiones, una mínima es tomar decisiones de sentido común y algo de conocimiento técnico.

Uno de los locales era el responsable de ceremonial y protocolo local, que me hizo terminar de entender lo que estaba por presenciar, de lo que estaba por ser parte: Víctor Heredia. En el Ministerio de Defensa.

Recorriendo el edificio para poder luego guiar a los artistas, no pude evitar una sensación tenebrosa frente a su imponencia y los fantasmas castrenses que habitan la mente de -supongo- casi todo porteño. Imaginé intrigas y fusilamientos a traición en las esquinas, autos con gente en los baúles en el estacionamiento, charlas secas y técnicas sobre asesinatos en masa en los sillones tan amplios, lujosos, de los salones inmensos.

Mi experiencia en la colimba me daba cierta familiaridad y facilidad en el trato con los soldados, suboficiales y oficiales, y fluídez ante sus procedimientos.

Víctor Heredia. En el Ministerio de Defensa.

Mariana, la chica que hacía de enlace con nosotros, una señora en realidad, a la que estoy seguro que crucé mucho más joven cuando hice la colimba, está convencida de que Garré está haciendo historia.
“En veinte años que llevo en el Ministerio de Defensa, nadie hizo reformas tan de fondo, ni cercanas ni lejanas, como esta mujer”, dice.
Una de las reformas en curso es abrir e incorporar toda la red de museos militares – treinta y tres en total, absolutamente desconocidos hasta ahora y cerrados al público civil- al patrimonio cultural nacional y generar acuerdos con las instituciones educativas para que sean visitados.

Puede sonar poco interesante. Puede sonar mágico y trascendente.

Pero objetos que han sido parte de la violencia con que se forjó parte de nuestra historia, ahora pueden ser observados directamente.

Y, más importante aún, espacios habitualmente cerrados y que constituían su propio universo, el mundo militar, van a ser periódicamente atravesados por gente del otro mundo, los civiles.

Hablando con uno de los colaboradores de Mariana, le comento que cuando hice la colimba me llamaba la atención que convivieran en el Ministerio de Defensa dos mundos tan diferentes, civiles y militares. Me responde que si, que a veces a él mismo le rompe la cabeza darse cuenta de las realidades absolutamente diferentes en que viven personas que comparten el mismo espacio toda la semana.

Yo lo sé, conozco los dos lados: sé lo que es recibir órdenes de modo incuestionable.

Conozco el sentimiento de cuerpo que eso produce, y los modos retorcidos de identificación y diferenciación entre oficiales y suboficiales, entre idealistas y hambrientos, entre facilistas y reglamentaristas.
Un mundo de clases sociales y divisiones que también los une entre sí, porque los civiles desconocen todo al respecto.

Saber porqué y en qué un militar no es igual al otro, termina generando un sentimiento de cuerpo más fuerte aún, porque los excluye del diálogo con quienes no compartan ese mundo.

Por eso era tan importante esto.
Víctor Heredia.
En el Ministerio de Defensa.

Una institución absolutamente cerrada, al mismo tiempo admirada por todos aquellos que desean ser parte de algo más grande y temida por todos los que tenemos mínimos recuerdos de principios de los ochenta.
Alojando a un cantante de protesta, de izquierda, social.

Casi cuatro mil personas, a ojo, lo vieron.

Cantó, entre otras, la canción “Aquellos soldaditos de plomo”.
Esta es la letra que cantó frente a la puerta de la casa de todos los soldados, en tiempos de UNASur.

De pequeño yo tenía un marcado 
sentimiento armamentista; 
tanques de lata, de cromo y níquel
y unos graciosos reservistas de plomo, 
a mano pintados, con morriones colorados 
que eran toda una delicia para mi mente infantil... 
...yo me creía, como creía en el honor 
del paso del batallón dentro de mi habitación; 
era todo un general dirigiendo la batalla, 
y el humo de la metralla acunaba mi pasión 
por los gloriosos soldados que, sable en mano 
avanzaban sobre aquel cruel invasor 
que atacaba mi nación... 
...sangre de entonces, sangre vertida, 
toda mi niñez vencida por el tiempo que pasó. 
De las banderas, sólo jirones; de los morriones 
Empenachados, sólo un recuerdo desmadejado de dolor... 
...¿qué nos pasó, cómo ha pasado? 
¿Qué traidor nos ha robado 
la ilusión del corazón? 
Creo que quiero cerrar los ojos 
para no ver los despojos de lo que tanto 
amaba entonces. 
Que vuelva el bruñido del bronce, 
que se limpien las banderas; 
yo quiero ser una fila entera de soldados desfilando 
y todo un pueblo cantando con renovada pasión. 
Quiero de nuevo el honor 
aunque no existan victorias, 
quiero llorar con la gloria de una marcha militar, 
y un banderín agitar, frente a un ejército popular...




Antes, una banda militar tocó algunos temas, entre ellos “Tanguera” y el himno, para terminar gritando “Viva la PATRIA!!”, mientras el público hacía el gesto de la victoria peronista, y se nos ponía la piel de gallina.

Sanación social es la frase que me viene a la cabeza. Reconciliación entre referentes culturales e instituciones. Entre instituciones y pueblo. Todo el dolor que no se olvida, y el presente.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Duo Maintenant

Hacía mucho que no veía una performance atlética con tanto sentido estético y artístico.
El timing perfecto entre ambos, la personalidad y expresividad de los dos...



















Aunque es cierto que, cuando él le toma el talón desde la nuca, se la ve un poquito preocupada...

sábado, 20 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - fin

Ese día, supongo, escuché el llamado de la sombra, el pánico de la hiperrealidad, el presente absoluto sin matices emocionales.
Esta vez, sin embargo, es más blando.
Soy Pan, pero una variante mía propia, el Pan que me cuadra.
Uno blando.

Trato de hacer cosas de fauno estereotípico, y no me salen. Intento sonar la flauta, y me parece un instrumento soso. Aparecen alrededor mío cascadas, frutos y mujeres, y el fauno que soy se enoja.
Nada de eso es lo mío, supongo.
Empiezo a correr internándome en la selva, y se repite una visión que tuviera años atrás: la cámara se levanta, enfoca una panorámica, y veo que estoy corriendo a ciegas entre las plantas hacia un precipicio que me va a obligar a frenar.
Ese no es el camino, por ahí no hay camino.

Lo tomamos como una señal de que es suficiente por el día de hoy, y salgo del trance.

Charlamos un poco con Alicia. Cuando coincidimos en la descripción de las sensaciones del encuentro con la sombra y ella se muestra muy contenta de que yo hubiera distinguido el miedo junto con la falta de hostilidad y la atracción (“sentimientos encontrados o desencontrados”, dice,”como prefieras”), timidamente le cuento, porque me pareció necesario que lo supiera, que la sensación de atracción hacia la cabra fue tan intensa que casi me hizo temer la zoofilia.
Ahí se entusiasma más.

“Mejor, mejor”, dice.

No sé porqué me sigo dejando engañar por su apariencia de ancianita: es una persona a la que le parece bien que me coja una cabra.

Y sin embargo, me resulta también claro que, si la sombra es la mitad de las cosas que pienso que es, una aproximación desde la líbido amorosa más plena, es lo mejor que puede ocurrir.

Si es la mitad de lo que pienso que es.












fin

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - X

Todo es lindo y aterrador al mismo tiempo, es el sobresalto del corazón del segundo antes de darnos cuenta de que oímos un trueno, cuando solamente estamos vibrando en el ahora sin saber ni porqué.

Recuerdo a Jodorowsky hablando de la sensación pánica como una característica vital asociada al dios Pan, como un vitalismo extremo y sin complicidades con ninguna emoción, con ningún sesgo de pensamiento o imagen. Chen, el trueno puro.
Entre las sensaciones entremezcladas, tan enterradas bajo la bruma vibrante de los sentidos convertidos en un solo estímulo hiper intenso, aparece una sensualidad que, honestamente, me preocupa al tomar a la cabra entre mis manos.

Ensordecido, sostengo a la cabra a upa mientras la acaricio, y de algún modo, la inserto en mi pecho.
No se me escapa en el momento que la coloqué en el mismo lugar que en la sesión anterior ocupara mi niño interno.
Quedo por un segundo, parado en medio del infierno con la cabra superpuesta a mi cuerpo, saliendo de mi pecho.
Y empiezo a transformarme.

Me vuelvo un hombre con cabeza de cabra, me vuelvo un grabado de Baphomet. Finalmente, me vuelvo un fauno.
La hiperexcitación de la adrenalina sigue corriendo por todos mis músculos, me hace sentir la sangre pasando por mis venas. Mi cuerpo es ligero de tanta tensión y al mismo tiempo torpe, incapaz de cumplir la exageración del movimiento que quisiera expresar, increíblemente vigoroso y frágil ante el despropósito de su misma fuerza.
Soy un fauno en la casa del Diablo, bajo tierra.
Y así como lo pienso, mi pezuña pisa pasto verde.

Y me veo.
Estoy bajo un árbol, el sol alumbra todo, pero la sombra del arbol me tapa la cara.
Estoy como acechante, y sé que si alguien me viera, se asustaría.

Y me gusta saberlo.

Al poco, aparezco entero bajo el sol, saliendo de la sombra, y me veo más claramente: soy un fauno campechano. Mis características más blandas ablandan las más duras del fauno.
La adrenalina todavía corre en cada uno de mis movimientos, todo es intenso y crudo, un amague de debilidad permanente, super sensibilidad y vitalidad desbordante que me recuerda las experiencias de mezcalina.

Y reconozco la última vez que sentí esto mismo, más intenso.
La última vez que pensé en Feldenkrais y el reflejo de caída.

Cuando pensaba en cambiar de vuelta de trabajo.

Ese día, supongo, escuché el llamado de la sombra, el pánico de la hiperrealidad, el presente absoluto sin matices emocionales.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - IX

Sentía que faltaba casi nada para que mi presencia allí fuera completa, pero al mismo tiempo ese casi nada se estiraba hasta el infinito en el camino de volcarse dentro mío, y el vértigo me revoleaba mientras no terminaba nunca de llegar a estar del todo ahí.

Me fui haciendo cargo de que el proceso iba a ser largo, y de que necesitaba, incluso deseaba, terminarlo.
Llegar a ganarme mi lugar, llegar a estar del todo ahí, presente sin dobleces ni retaceos.

Y no se me ocurre mejor idea, para afrontar lo largo del proceso que, siempre internamente, pedir una silla.

Para esperar sentado.




Apenas me hago conciente de haberla pedido, recibo dos imágenes superpuestas.
Una en la que me dieron un trono subterráneo, en el que me senté muy ancho y musculoso cual emperador, y otra en la que me dieron una sillita de paja en la que me siento derechito, inquieto, con las manos sobre las rodillas como quien espera turno.

Al rato de esperar, la imagen que persistió fue la de la sillita de paja, en la cual me veía transpirando y manteniéndome sentado a duras penas, mientras la sensación táctil de caída libre y vértigo me atravesaban todo el cuerpo.

Pese a la sensación de que en cualquier momento una inquietud inexpresable e injustificable me podían sacar corriendo del lugar, el sentimiento global no fue en ningún momento abiertamente desagradable.

Igual, recordemos que el discernimiento de los límites y el reconocimiento del dolor como una señal válida de daño siempre fueron mis puntos débiles.
Pero Alicia estaba totalmente de acuerdo con que eso es lo que hay para sentir frente a la Sombra.

El total de la experiencia era comparable a estar en un sauna, donde cada segundo es difícil, pero simplemente se pasa de uno a otro.
Y también sentía que estaba exhudando algo, ahí sentado.

La ansiedad, o la impaciencia, o algo. No sé.


Al rato, al largo rato, el vértigo comienza a remitir.
Entonces percibo que Juan Malo se transformó abiertamente en la carta de El Diablo.
Nuevamente, una formulación o mejor dicho, una irradiación, un sentir, mucho más amable del habitual en la carta, o de lo que puede expresar la carta de por si.

Un sesgo particularmente blando del Diablo.


Mientras voy notando esto, se convierte en la imagen del thoth, y finalmente en una cabra verdadera y sencilla, enfrente mío. Ya no tiene ni siquiera mirada humana, es nada más que una cabra.
Que es también todo lo que es la carta XV.

El vértigo se transformó en un sensación terriblemente intensa de peligrosidad: toda mi piel experimentaba la electricidad del peligro cercano.

Y sin embargo, simultáneamente, era clara la amistosidad del ente, de la cabra.

“Siento peligrosidad pero no hostilidad” le cuento a Alicia. Ella sigue tomando notas y notas, me dice que está bien, que corresponde.
Incluso había cierta sensación de calidez. Y, de alguna forma más oscura pero más intensa, atracción.

Todo el tiempo no pasa nada, pero la intensidad de cada fracción de segundo es comparable solamente a la caída libre, a los momentos en que uno sabe que una inmensa bola de algo está por soltársele encima, los segundos en que ves que el médico está por abrir la boca decir algo que va a cambiar toda tu vida.

La atracción me va acercando a la cabra, lenta pero firmemente, y si bien no espero que me ataque, igual me tensiono entero, exhudo adrenalina.
De alguna forma, llego a tocarla, y me veo acariciando su pelaje.
Hay muchas sensaciones, pero la predominante es la adrenalina.

martes, 9 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VIII

Me surge la pregunta interna de si con esa constatación ya está todo o qué, y permanezco.
Mientras pasan los segundos, voy asumiendo que, en realidad, no estoy “del todo” ahí.
Que mi cuerpo de sueño carece de la consistencia plena que puede llegar a tener, que la experiencia está ligeramente desteñida, como si en realidad quisiera estar en otro lado.

Surge claramente la dualidad: una parte mía siente que debo permanecer ahí, bajo tierra, en la casa de Juan Malo. Otra parte mía dice que ya tengo que estar haciendo otra cosa, o tal vez hacerlas en simultáneo. Pregunto, sin cuestionarme a quien, si puedo hacer las dos cosas simultáneamente, y aparece una especie de compartimiento pequeño en la parte superior de la imagen, donde estoy con una especie de guía.
Ambos vestimos túnicas blancas y estamos en un espacio blanco.
Pero no es mi guía, sus características son muy diferentes: es un pelado con barba negra recta, irradia algo muy diferente a mi guía.
Le digo a Alicia que la sensación es la de haber encontrado un maestro temporal o local, alguien que me va a enseñar algo muy preciso.
“Si, un maestro temporal está bien”, dice Alicia.
Por momentos, su túnica y la mía cambian, se llenan de cosas. Al rato, mientras me habla, se estabilizan: son como las túnicas del Rey de Oros, cubiertas de vides, frutas y colores térreos.
“Algo muy preciso, y muy práctico” agrego, y Alicia, basándose en dios sabe qué, concuerda.

Mientras tanto, abajo, la cosa seguía y siguió mucho después de que lo de arriba con el maestro temporal terminara.
Mi imagen bajo tierra empezó a ser expulsada, como si la cámara sola retrocediera.
Juan Malo no estaba en conflicto con eso, pero mientras empezaba a decirlo, la subjetiva volvió como si hubiera estado tomando envión, al centro mismo de la casa subterránea de la Sombra.

Una sensación de caída libre intensa y vértigo extenso y permanente, renovado cada segundo, empezaron a acompañar la presencia cada vez más definida de mi doble de sueños en el infierno.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VII

Mientras me habla, mi sombra oscila de forma.
Siempre es un indio viejo, pero pasa de tener cierta nobleza a ser nada más un anciano cansado, a asemejarse incómodamente a las versiones criollas del diablo, a un Juan Malo.

Cuando es Juan Malo es cuando se lo ve más animado.

Hasta que termina de hablar y, muy repentinamente, cambia y se transforma exactamente en mi.

Rejuvenece cuarenta años, y me mira con mi propia cara, muy pero muy fijamente. Pero no del todo frontalmente.
Por primera vez, y siendo algo que no creía posible, la noto pendiente de mi.

Me doy cuenta de que le habló a mi doble de sueños, al Rogelio que permanentemente veo transitando mis visualizaciones.

Y que no le dijo un pensamiento ocioso ni le transmitió un discurso, sino que, mientras yo miraba sin saber, le estaba, me estaba, haciendo una propuesta.

Y ahora estaba tensa, expectante, de ver mi respuesta.

La respuesta llega sin transición: mi yo de sueño aparece postrado en posición de adoración ante su propia sombra, nuevamente una silueta negra ahora, pero que surge de bajo su cuerpo, se estira por la tierra y se eleva en el aire, a pocos pasos.

La silueta negra irradia satisfacción, incluso algo de soberbia, me parece.

Suavemente, la imagen se desliza, o más bien resbala, en otra: caen lianas desde más arriba de donde alcanzo a ver.
Se transforman en líneas negras, se transforman de vuelta. En colas.
Colas de ratones gigantes.
Y colas de demonios.

Me veo a mi mísmo, parado frente a la sonrisa de Juan Malo, en medio del infierno.

No es un lugar desagradable del todo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VI

La cámara, el ángulo de la visión, se acomoda para centrarla, y mi sombra cobra primero silueta propia, y luego volumen.

Finalmente, se independiza del todo, y es otra persona, radicalmente distinta a mí.
Parece un indio viejo.

Una de las decepciones de mis inconclusos estudios como antropólogo, fue descubrir que, pese a lo en boga que está la apreciación incondicional de la sabiduría ancestral indígena americana, o precisamente por ello, no consigo valorar a priori a los indígenas.
Los pongo en la misma categoría que a cualquier extranjero, y de antemano me fastidia la distancia cultural, la diferencia en las costumbres, la dificultad para compartir desde comida que nos guste a los dos hasta una charla.

Se entiende entonces mi poco entusiasmo al ver a mi sombra como un indio viejo, así como probablemente el mismo hecho de que haya aparecido con una apariencia de la que yo no podría gustar.

Me habla. Por supuesto, tampoco sé nunca abiertamente qué dice. Si fuera un poco más jipi o pomposo, diría algo así como “me habla en el lenguaje antiguo de las cosas que existen desde antes de las palabras”. Pero no me cierra por ningún lado que sea eso, aunque sí me parece que los diálogos con estas figuras son, por decirlo de alguna forma, lo bastante trascendentes como para tener más dimensiones de las que entran en el lenguaje lineal, y más existencia de la que se puede reflejar en un discurso.

No sé si eso sonó menos pomposo, pero la idea es la misma que si habláramos del funcionamiento del hígado o el páncreas: se pueden escribir miles de páginas, principalmente de suposiciones, sobre su funcionamiento. Mientras que el órgano simplemente lo ejecuta. Segundo a segundo.
Si una imagen vale mil palabras, una acción simplemente se va de escala.

No sé de qué me habla, pero lo que se desprende de su actitud es que va tomando a cada frase determinaciones sobre consideraciones largamente hechas: estoy presenciando el momento en que ella misma se define respecto de muchas cosas, y da su palabra, su sentencia, su decisión sobre ellas.
Sabiendo que al decirlo, toma un paso importante hacia realizarlas, que expresarse lo compromete.
Lo compromete con nadie más que con el poder propio de una sentencia.
Que no es poca cosa, en este mundo que compartimos, en este momento.
Acá si, lo que se dice pesa.

martes, 2 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - V

A todo esto, mi jefe me había dicho claramente que no, que yo no me voy de la oficina.
Fue muy halagador, obviamente, y tentador, pero ya sé que la decisión de irme se toma sola, sin mi concurso. Yo apenas la sigo, tratando de no quedar muy atrás.

Desde entonces, toda la semana, en algún momento, dejó deslizar uno que otro chiste al respecto.
A mí me sirvió el total de la situación para retraer la relación al momento inicial, en que podía bombardearlo a consultas por ser el nuevo. De algún modo eso nos salió espontáneamente a los dos.
O se dió cuenta de que solo me pierdo y actúa en consecuencia. Qué se yo.

Respondiendo chiste con chiste, mantengo toda la charla en el punto de que “cada uno expresó lo suyo y nuestras opiniones no variaron”. Obviamente, dando seguridades de que mi intención no es desaparecer y complicarle la vida a nadie. La semana pasa grata, muy gratamente.
Cuando pienso en terapia, por primera vez en casi cuatro años de tratamiento, tengo cierto apuro por ir al encuentro de mi guía interno y ver qué me indica hacer.
Y cumplirlo.
Quien te ha visto y quien te ve.

Llega la siguiente sesión.
En esta pasaron muchas cosas, me siento a escribir apenas llego a casa, pedaleo todo el camino estructurando el relato en mi cabeza mientras van resurgiendo detalles, posiblemente al mismo tiempo que otros se olvidan.

Empiezo viendo una especie de medusa de luz. Creo que es una nueva formulación de mi guía.
Me dice algo, pero no llego a saber qué.
Aparezco en otro momento sosteniendo a mi niño interno en brazos, la medusa se transforma en una estrella, mi niño interno estira los brazos hacia ella, se acerca tanto que se mete en ella y me encuentro mirando de frente un resplandor blanco que abarca todo.

A esta altura, es una experiencia relativamente común.

Algo pasa, no recuerdo qué, y me encuentro mirando un ocho acostado. “Como ´infinito´” pregunta/afirma Alicia.
“Si”, le confirmo.
“¿No sabés de qué color es?”
“Irisado como las manchas de aceite en el agua”
“Ah, muy bueno”, dice.
“Veo también dos rayitas horizontales encima, no entiendo qué es eso”
“No te preocupes, es muy bueno esto”.
Ya me dejo llevar de un modo increíble para mí mismo.

La imagen muta un par de veces, pero no le doy demasiada cabida, lo considero interferencia, Alicia concuerda.
De repente, el ocho acostado vuelve a mutar, y se convierte en algo que no termino de entender, que termina siendo una mariposa. No sé si es mi mente sobreinformada, que asocia mariposa con Psique, y aparece el Rey de Espadas. No hace falta mirar esa carta muy atentamente para ver que el trono del Rey de Espadas tiene varias mariposas. Así y todo, a mí me llevó como dos años verlas, y probablemente si no me las señalaba Ale no las notara.

La persistencia de la imagen me indica que esta no es interferencia, pero empiezo a discutir con ella.
“Chabón, tu espada está toda torcida, mirala: no está derechita como la de la Justicia, tu criterio está mocho”.
Con una blandura inesperada para el Rey de Espadas y definitivamente convincente y seductora, la imagen me retruca sin palabras, en el modo telepatico común a todas las visualizaciones “es cierto que no soy perfecto, pero soy la siguiente cosa más inteligente, inmediatamente después de la Justicia. Y soy muy útil, te conviene tomar lo que tengo”.
Su blandura y moderación son lo que me permite tomar sus palabras sin más rechazo.
La subjetiva se empieza a alejar, mientras yo todavía no estoy seguro de si terminé o no. Una mariposa aletea frenética justo arriba de mi visión, no sé si es dorada o son reflejos de sol.

En algún lugar, hay algo incierto de oro y un fruto, y están relacionados.

La cámara se sigue alejando y entonces tuerce el ángulo y se clava. Lo que se muestra es demasiado evidente para que lo acepte sin cuestionarlo.
Porque el trono del Rey de espadas queda a la suficiente distancia como para verlo a escala humana en vez de la escala magnificada de la carta, y la distancia es un camino, y el camino y el paisaje están atravesados

y lo estuvieron siempre

y lo van a estar en cada lugar en que yo esté

por mi sombra.





Discuto un momento lo evidente de la visualización, pero la persistencia, y un deseo interno claro, nuevamente me convencen de que lo que estoy viendo es legítimo.


Lo acepto, y mi sombra me empieza a hablar desde el piso.

domingo, 31 de octubre de 2010

Culto y tributo














En el día del Sol, elevo mi plegaria a Jacob King Kustzberg, para que bendiga mi producción con su generosidad creativa y su caudal infinito.


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Que así sea, si es que está en mi destino.

sábado, 30 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - IV

Pregunto por la estabilidad y crecimiento económico (porque con estabilidad sola, donde estoy ahora, no alcanza), y me responden que si, que es muy probable y cercana.

Pero sigo sin tener la menor idea de cómo ni qué hacer.

El vértigo se vuelve panico cuando me doy cuenta de que, llegado a este nivel de seriedad en mis consideraciones, no puedo seguir pensándolo por mi cuenta: ir a mi trabajo pensando que estoy buscando la oportunidad de irme me huele a doblez y me angustia. Prefiero, tanto por no tomarme la molestia de mentir, como por cierto miedo a que “me descubran”, como por una cuestión básica de devolución de positivo por positivo, ser frontal con mi jefe y que, por lo menos, sepa que estoy pensando seriamente en irme.

Pero eso también me confronta con la seriedad con que tomo mi palabra. Me siento neuróticamente obligado a poner plazos y cumplirlos, sea como sea, y llegado el día propuesto renunciar, incluso si no tengo a dónde ir.

El I Ching desestima ese camino, una cosa es dar un salto de fe y otra es tirarse de cabeza a un charco, en bolas y gritando.


La sensación de encrucijada inminente me eriza la piel por momentos, la seriedad de mis pensamientos y la propia del asunto me tensionan como hacía años no lo sentía, no por tener mayor intensidad. Todas las presiones de los últimos tiempos fueron totalmente diferentes: una cosa saturnina de agobio, de tiempo hostil, de invierno y noche oscura ante los cuales sólo cabía ser estoico como una piedra. Lo cual dentro de todo es fácil: aguantás o te quebrás, y podés maldecir mil veces tu destino, pero nunca sentirte responsable. Las cagadas de mis padres, los caprichos del destino, la humildad de doblegarse ante todo lo que nos excede... todo eso no cuadraba acá, ni un momento.


Simplemente, tengo una decisión importante entre manos, y me pesa.


De un lado, un trabajo en el cual me siento progresivamente inútil por estar desmotivado en la base, mientras externamente todo está bien.

Del otro, la necesidad clara de buscar aquello que me motive, de terminar de emparejarme conmigo mismo como para poder alinear líbido, acción y economía con sueños, proyectos e idealizaciones.

Y simplemente, pero no por eso menos escalofriante, empezar por fin a trabajar en la realización de mis ideales.

Aún suponiendo que supiera cuáles son, la posibilidad de encarar el trabajo y fracasar me estremece.

Pero la posibilidad de fracasar por ni siquiera poder encarar el trabajo me angustia aún peor.

Y de algún modo, me hace tomar la determinación de esperar con los sentidos muy, muy atentos, la oportunidad que venga de cambiar de trabajo, sabiendo que venga lo que venga dificílmente sea más que sólo un peldaño hacia la realización.

Y que hay que empezar, porque ya no me atrevo a pagar más facturas vencidas.


Pierdo dos oportunidades de franquearme con mi jefe, pero lo logro un lunes y, minutos después de la charla, el temor a las facturas vencidas se vuelve paulatina y moderadamente, deseo de avanzar.


Pero sigue sin tener una dirección precisa.

Pienso en retomar el trabajo de masajista, que cayera solo en desuso ante la pérdida gradual de todos mis pacientes. Pero no encuentro ganas de publicitar, ni siquiera de trabajar plenamente de eso, ahora.

Pienso en desarrollar de algún modo mi carrera de escritor, hago algún tanteo tímido.

No juego las cartas más fuertes porque noto que todavía me falta lucidez como para usarlas de modo positivo: no sé qué clase de escritor soy, dónde cuadro. No quiero verme en situación de tener que escribir por compromisos y sufrirlo.

No quiero volver a caer en la situación de tener que hacer algo que no es íntimamente propio para vivir.


Desde ahí, de a poco voy perfilando un norte.


No es “lo que me guste”, “lo que me divierta” u otras formulaciones. Es “lo que sea íntimamente mío”.

Ese me suena como el único motor posible que me preserve de transformar mi trabajo, cualquiera sea, en una lima que se vaya comiendo los días de mi vida.


Recuerdo permanentemente la aseveración de Alicia, sin entender porqué.

“La gente busca avales para su trabajo y su desempeño en los títulos, credenciales, certificados... pero el aval lo da la sombra”.

“Pero yo ya hice las paces con mi sombra” le digo.

“Una vez, si”, responde.

Tirado en casa, temblando ante la incertidumbre, pienso en la última sesión, donde claramente me someto a los designios de mi niño interior y guía. Una parte mía dice “si lo que hace falta es paz con la sombra, vamos a por ello!”.

Y otra parte dice “si es lo que nuestro señor dispone”.

Una tercera se ríe agarrándose los pies y diciendo “quien te ha visto y quien te ve”.


martes, 26 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - III

El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.Su título en la baraja de Alicia es “conflicto entre lo material y lo espiritual”. Que, sorprendentemente, Alicia me dijera que le sale mucho en su propio trabajo sobre ella.

Ni imagino cómo trabajará sobre ella, aunque sé que a veces pide ayuda a aquellos pacientes dados de alta que se hayan autodesarrollado como terapeutas, que parecen ser un porcentaje importante (que se yo, un 5, 10 por ciento, por decir algo, que es una barbaridad - ¿cuántos pacientes de un dentista se vuelven dentistas?).


Durante esa semana, experimento aún más rechazo a consultar los oráculos, al mismo tiempo que, ante las pocas consultas que hago, encuentro respuestas inusualmente satisfactorias, pese a lo insospechable o incomprensible. Incluso sin entenderlas muchas veces, me producen un estado interno de reposo y satisfacción serena, en parte por una resignación nueva a los tiempos y exigencias de la vida, creo yo.

Creo que los oráculos me hablan mucho de eso, ahora.

También por las preguntas que hago ahora.


Sobre lo que más consulté, fue sobre mi trabajo actual.

No encontré el momento de contarlo, pero mi trabajo actual es una de las acciones e innovaciones importantes de este año. Estoy, en términos generales, muy contento con el cambio y con el lugar en sí.

Sin embargo, atravieso momentos de stress y angustia que recién ahora empiezo a comprender.

Mi jefe usa un concepto, cuando expresa cosas que le conviene que pasen, política o técnicamente, que es el de “apropiación”. Si uno de sus superiores o subordinados se “apropia” de los proyectos que él plantea, eso le conviene enormemente.

Yo experimenté durante algunos meses una apropiación de algunos aspectos del trabajo, que me reconectaron con las pocas veces que logré dar rienda suelta a proyectos enteramente propios.


Tiendo a estar en esos momentos en todos lados alrededor del trabajo, por encima y por debajo y por delante y por detrás, motorizando y previendo y definiendo, etc., etc.


Sin embargo, hace ya un par de meses largos que en mi trabajo tiendo a vivir sobresaltos muy angustiantes cuando descubro que dormí sobre algo que ahora me viene a buscar, o agobios muy intensos cuando me doy cuenta de que tengo que correr y hacer cosas de último momento por cuestiones políticas que, en el fondo, considero despreciables.


Interrogarme sobre porqué duermo con cosas necesarias, porqué me sorprenden elementos que ya conozco o debiera conocer del trabajo, porqué me preocupan actividades que en realidad ya debería manejar con una mano, me lleva a evaluar todo, y llegar a la conclusión inevitable: si está todo bien con mi jefe, está todo bien con mis compañeros y lugar de trabajo, está todo bien con el trabajo en sí, que me parece algo noble y digno de ser hecho, y ni así logro apropiármelo, hacerlo mío... es porque no es lo mío.


Una parte de pereza y otra de inseguridad se turnan para lastrar el darme cuenta de que tengo que volver a saltar al vacío. Me recuerdo que en sesión ya experimenté el salto al vacío como algo mucho menos importante de lo que parece: tengo razones para pensar que lo que considero un abismo se revela apenas un peldaño, una vez dado el salto.


Peeeroo....


Empiezo a considerar y consultar seriamente la posibilidad de renuncia, y a medida que los oráculos van confirmando que lo más seguro es que antes de fin de año ya no esté más en este trabajo, empiezo a sentir vértigo. Sobre todo porque me dejan muy claro que parte del asunto depende de que yo active, mientras simultáneamente me dejan también muy en claro que no voy a tener ni la más mínima facultad cognitiva para saber o ver hacia dónde tengo que ir: ni inteligencia, ni intuición.

No se me ocurre salto de fe más puro, ni más aterrador.

sábado, 23 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - II

Al mismo tiempo que pienso eso, entre otras cosas que no voy a detallar porque porque concordamos con Alicia en considerarlas interferencia, veo mi cabeza abierta como la terminación de una torre de ajedrez, como si mi cráneo fuera un balcón en forma de taza, y el espacio vacío dentro de esa taza lleno de cielo azul con nubes, como un margritte.

Alicia me insta a que permanezca en esa contemplación, hasta que todo mi cuerpo se vacía y se llena de cielo, volviéndose casi invisible. Apenas veo la silueta de parte de mi espalda transparentada contra el cielo al final, y en ese momento vuelven a aparecer mi guía, como un viejo fantasma barbudo e inmenso por detrás, enroscado, cubriendo toda mi espalda y encorvando su cuerpo de modo que nuestras frentes coincidían, entrecejo con entrecejo. Y el niño flotando enfrente mío y, repentinamente, pasando su cuerpo a través del mío desde atrás, a través del espacio entre plexo y corazón.

Quedó ahí, con la cabeza saliendo de mi pecho como un trofeo de pared viviente y mirando hacia delante. Su cara reflejaba mucha alegría, como un niño viendo algo que lo pone muy contento.

Consideramos un buen momento para terminar la sesión, cuando abro los ojos veo a Alicia levantando los brazos, en gesto simultáneo de victoria y de agradecimiento al cielo.
El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.

jueves, 21 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - I (de muuuchos)

Dos sesiones seguidas con Alicia fueron absolutamente infructuosas.
Cada vez que intentábamos entrar en trance, inmediatamente era tomado por sensaciones de enojo y rechazo tan intensas, que no podíamos ni empezar a visualizar.

La segunda vez de éstas, no se lo dije, pero había experimentado algo similar a una visualización, y consistía en una especie de conos divergentes de hierro, rodeados de alambre de espino cual enredadera.

La imagen me parecía tan clara en cuanto a la dureza inflexible e irreconciliable, que no creí que agregara nada contarla.

Alicia se veía francamente preocupada, casi llegando a lo angustiada, dentro de lo desprendida que es del mambo de cada uno de sus pacientes o allegados.
Suele bromear diciendo “esto que vivís como un problema, no me preocupa, y ojo: eso es porque te tengo confianza, no solamente porque lo tengas que resolver vos y no yo”.

Pero ahora se la veía preocupada.

Yo, mientras, sufría agotadoras tensiones durante la semana, fruto de saber con claridad directa que todo el trabajo con ella se basa en lograr la conciliación con el yo interior, y al mismo tiempo saber que a mi yo interior mis planes y valores le importan absolutamente nada. Por lo que, si conciliara con él, sería en base a la total renuncia a mis planes y valores, en favor de una instancia que hasta ahora tuvo la puta costumbre de manifestarse de modos débiles, ambiguos y aparentemente caprichosos.

Finalmente, de algún modo, posiblemente debido a la excesiva lectura de la versión extendida del i ching, terminé aceptando que esta figura fantasmagórica e incapaz de manifestarse tangiblemente, es más importante que yo.
La punta del iceberg, el 95% del cerebro que no usamos, la inmensa red neuronal extracerebral, o la emoción y el instinto complementando el intelecto, o el inconciente y toda su galería de conceptos y órganos psíquicos, lo que sea: sobran formas de interpretar el yo conciente como una parte minoritaria del organismo.

Concebí de modo positivo ser el apéndice material de un organismo mayor, cuyas consideraciones incluyen todo lo que es mi vida sensible, pero como parte de un todo que no voy a lograr ver jamás, así que tampoco es de esperar acuerdo de mi parte en los planes de este ente que me incluye. Pero es razonablemente seguro esperar de su parte hacia mí buena voluntad e intención de cuidado.

A los empujones, mientras, tuvimos la sesión donde experimenté el oceáno de miedo, y luego aquella donde no entendí nada pero me llevó a recontactar con mi madre.

En la siguiente sesión a estas cuatro, todo dió un vuelco repentino.
Durante la semana de preparación a esta sesión, o de descanso entre sesiones, o simplemente durante la semana, había experimentado un extraño rechazo a consultar los oráculos sobre ciertas cuestiones, y una rapidísima saciedad en los casos en que sí los consultara.

No recuerdo todos los detalles de la sesión ahora, no los tomé en su momento y posiblemente se hayan perdido para siempre, y es casi seguro que lo que recuerdo ahora no fuera lo central, pero sirve a los efectos del hilo de hoy.

En cierto momento, de algún modo, remedamos una situación que ya había visualizado anteriomente, en la que mi niño interno (regularmente un Rogelio de dos años), mi yo presente y mi yo Superior o guía (esta vez apareciendo como un viejo mezcla del ermitaño del thoth, y un gandalf particularmente corpulento), coincidimos en una misma mesa.

La sensación permanente, que tenía mucho que ver con cómo me venía sintiendo en varios aspectos de mi vida, especialmente en el trabajo, era la de ser yo demasiado tonto para entender de qué se hablaba.

Esta incomodidad se veía sólo ligeramente moderada por la benevolencia con que sentía que mi niño interno y guia se reían de mi. Desprendían una mezcla entre pensar que en el momento adecuado yo entendería y que en realidad si nunca entiendo nada no importa.

lunes, 18 de octubre de 2010

19 08 10

En la visualización del 19 de agosto, lo primero que veo es a mí mismo correr hacia una puerta que conecta un espacio negro en el que estoy al comienzo, con un espacio lleno de colores, movimiento, alegria y juego. Corro hacia esa puerta con entusiasmo pleno, pero cuando llego miro hacia atrás, y me veo a mi mismo, desdoblado: un Rogelio está por atravesar el umbral, y sólo espera a que el otro Rogelio se sume.
Pero el segundo Rogelio está paralizado, y por primera vez siento con claridad qué le pasa.

“Tengo mucho miedo de una traición”.

No puedo, simplemente, creer que algo bueno suceda sin más, y estoy aterrorizado por la posibilidad de creerlo y que alguien, incluído yo mismo, lo arruine.


La visualización se desarrolla, y en cierto momento percibo el miedo fuera de mí. Luego diría: “es lo más parecido a Dios que se me pueda ocurrir: es un océano de miedo, es infinito”.
Ví literalmente un cielo de miedo, que abarcaba de horizonte a horizonte.
Era blanco.


Me clavaba al lugar. Estaba frente a un abismo invisible, la tarea era tirarme a él. Pero ningún musculo me obedecía. Mi cuerpo era, simplemente, inerte.
Jamás había experimentado semejante pérdida de control: el miedo había desconectado cualquier clase de voluntad de movimiento de mi cuerpo.

Alicia me insiste, pero no consigo actuar. Eventualmente dice “entonces, estoy yo atrás tuyo, y te empujo”.

De algún modo, aparezco inmediatamente tirado sobre pasto, como descubriendo que en vez de un abismo era un peldaño mínimo.
No lo creo, pero Alicia dice que con esto ya es suficiente para la sesión, que “la computadora ya vió que saltar al vacío no es nada”.

El maravilloso mundo facebook - II

Probablemente no se mereciera esta respuesta, y se la haya dado por que me puso de malhumor al recordarme que yo tampoco tengo novia. Qué se yo...


Señora XX: hola
te agregue para saber si puedes ayudarme

Yo: buen dia
en que?

(todavía estaba de buen humor)

Señora XX: buen dia
perdi ami novio
y quisera recuperarlo
lo amo

Yo: en serio me estás diciendo esto?

Señora XX: siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Rogelio: te puedo ayudar, claro:
si perdiste a tu novio
es porque el tambien es un ser humano
con voluntad propia
y hace lo que quiere
y si queres obligarlo a que haga, en vez de eso, lo que vos queres
es porque sos una mala persona
y te vas a ir al infierno
asi que
dejá de querer que haga lo que vos queres!!
y se una buena persona
espero que te haya servido de ayuda
buen día

Señora XX: ok gracias

sábado, 16 de octubre de 2010

Y encima bajo San Perón!!


Los ciclos de padre y madre, en lo esencial, están cerrados.

Mientras, nuevas cosas van pasando: ahora que no escribo llevado por la fiebre de la catarsis en tiempo real, los hechos que refleja el blog son otros de los que vivo.

Quiero trazar aquí la línea que desligue mi producción vinculada al pasado remoto y reciente de la que se vincula al ahora, incluiyendo potencialmente fragmentos de ficción, de ahora en más.





















Por eso, en el Día del Dominio invoco a Jano Bifronte, dios de los límites y las formas, guardián de las puertas, que distingue en perfección lo que viene delante de lo que se deja atrás, para que me de su bendición y vele por la rectitud de mi camino, librándome de espirales.

Así sea, si es que está en mi destino.


jueves, 14 de octubre de 2010

Resumiendo

Desde mi cumpleaños número 30 hasta ahora, pasaron una serie de cosas.
Pienso que conforman un ciclo.

Esperaba que se cumplieran algunas cosas más para darlo por terminado, específicamente un reencuentro, pero está ya claro que las cosas tomaron otra dirección.

El ciclo terminó como pudo.

Si tuviera ganas, citaría a Crowley y su creencia en el Eón de la Madre como signo de todos los sistemas políticos matriarcales, el del Padre como su reemplazo por formas sociales más restrictivas, y el del Niño, actual iniciando, como una era de renovación de las instituciones políticas, religiosas y sociales actuales por otras centradas específicamente en el cumplimiento de la voluntad del ser ontológicamente más profundo de cada individuo. Diría entonces que entre el blog anterior y lo que queda hoy acá posteado para bajar se compendia mi propio ciclo de padre y madre, y da comienzo el ciclo dedicado al descubrimiento y cumplimiento de mi propósito en la vida.
Pero alcanza con bosquejarlo, así de harto estoy de todo lo que es padre, madre, y las ridículamente fallidas búsquedas del amor desde la luz de esta reconstrucción.

Mañana, cierre y apertura.
Luego, no sé.
Espero que mi vida profesional me ocupe demasiado tiempo para mantener esto, incluso en las condiciones tan económicas en lo referente a trabajo y calidad que conseguí este año.

Casi todo sobre mi padre y yo, acá. Son 14 páginas.

La rosa y el lecho - fin

Estoy atascado, y mi mano empieza a moverse espasmódicamente hacia atrás, como si quisiera rascarme entre los omóplatos. Cuando encuentro el brazo de la esencia de mi nacimiento y lo tomo, esperando un trueno.
Es el momento que elige Daniel para terminar la sesión.

Fiel a los preceptos de Hellinger, considera que este es el momento de más fuerza de la sesión, y que seguir desde acá solamente embarra los logros ya obtenidos.
Que no son pocos: es una de las sesiones más largas que recuerdo.

Terminamos, vuelvo a mi asiento, Felisa me cruza en el camino y me abraza, noto que en algún momento lloró. Nos quedamos en el abrazo hasta que el pudor nos indica corrernos del medio.

Participamos del resto del taller hasta el recreo, en que ella retoma su día. Yo me quedo hasta el fin, por costumbre de servicio. Charlando más tarde con la chica que representara a mi madre, recalcó haber sentido permanentemente el deseo claro e intenso de mantenerme aparte de la historia familiar y sus consecuencias, un deseo de protección muy intenso.

Por mi parte, me senté ese mismo día a contemplar un hecho simple: había consegido lo que quería. Me lo había dado mi madre.

Al fin, vino.













ahora si, fin.

lunes, 11 de octubre de 2010

La rosa y el lecho - Epílogo - apurando el final, no aguanto más

Pregunta a la mujer que representa el origen de la situación cómo se siente, ella habla muy bajito. No creo que Felisa escuche. Dice que con madre siente mucha apertura. “Está llena de amor, solamente le falta darlo”. No me resulta extraño o nuevo. “Con ella, en cambio” dice de tía “la siento mucho más cerrada, más lejana, casi desvanecida”.

Si chequean esto, entenderán que no me resulte raro tampoco.

Daniel entra en escena cargando dos almohadones, le da uno a mi representante, otro a tía.

Tía toma su almohadón y lo abraza tanto que se deforman ambos: se retuere alrededor de él. Disminuye su altura en una cabeza entera.
“Yo” simplemente lo toma en las manos, bastante rígido.

Vuelve a consultar a todos, tía dice, sin levantar la cara del almohadón “yo estoy bien acá”.

El origen sigue sintiéndola casi ausente.
Daniel pide a tía que mire a yo, ella no se siente muy interesada, pero lo logra. Le pide que diga a mi representante “para mi esto tampoco es gratis: yo también cargo lo mío”. Lo dice.

Daniel intenta que madre y tia hagan una reverencia al origen de la situación, que tomen el pasado. Madre lo logra, tía no. Eventualmente, a duras penas logra soltar su carga.

El concepto de Daniel, el de Hellinger, es que aceptar lo pasado es la única forma de convertirlo en fuerza. Conciliatorio hasta la médula, pero dado que parte de la premisa de que uno no puede divorciarse de su propia historia, es también lo único razonable.

Tras esto, madre logra mirar a yo frontalmente. La cara de la representante expresa mucha ternura, algo de dolor y preocupación.

Daniel pide a yo que diga a madre, señalando el almohadón “esto es lo que cargo por que no estuviste cuando te necesité”.
Madre se conmueve.

No recuerdo qué movimiento se sugiere con tía, que madre salta diciendo que tiene ganas de llevarse a mi representante de la escena. “Cualquier cosa, menos que se metan con él”.
Estuve toda la vida esperando eso, supongo.
Daniel decide entonces intentar el siguiente movimiento que asume necesario, y lleva a madre frente a padre.
Madre, inmediatamente, manifiesta un intenso rechazo: no puede ver a padre, el enojo que tiene hacia él la supera. No puede ni permanecer en frente.

Daniel comenta sin profundizar, que esto de ver el mayor anhelo de todo hijo frustrado, es una carga pesada.

No consigue reconciliar a padre y madre, así que opta una vez más por la solución gordiana, e incluye una persona más: pone entre ambos a una chica que representa, según sus propias palabras “la esencia de la vida que crearon juntos”. Padre sigue siempre igual, madre se tranquiliza con la nueva presencia, y consigue aceptar la presencia de padre.

La chica que representa la esencia de mi nacimiento, en cambio, apenas le preguntan manifiesta sentirse muy cansada, dolorida y angustiada, como si cargara mucho peso.
“Evidentemente fue una circunstancia difícil para nacer”, concluye Daniel.
Pero todos están alineados entre sí y mínimamente conciliados, así que intenta nuevamente una reverencia, esta vez de mi representante hacia la esencia de mi nacimiento. Mi representante no lo consigue, así que me pide directamente a mí que lo intente.

Me pregunto cómo distinguir ante mis propios ojos la sinceridad de mi gesto, pero se me aclara rápidamente, cuando empiezo a respirar agitado ante el solo intento de honrar mi nacimiento.

Con mucha agitación, lo consigo, y Daniel va a por la siguiente vuelta de tuerca. Me pone mirando hacia el frente, coloca a todas las demás personas, madre, tía, origen, padre, esencia, detrás mío y pone una persona más, delante.

“Esta es tu vida futura”.

“Podés elegir entre mirar hacia atrás, o avanzar con todo lo que está atrás apoyando”.

La esencia de mi nacimiento se había manifestado contenta de que yo la honrara, y ahora evidenciaba, incluso desde detrás mío, intensos deseos de que yo avanzara. En cierto momento, no puede evitarlo y me apoya las manos en la espalda.
Veo dos Rogelios, ocupando el mismo espacio simultáneamente.

Uno oscila hacia delante y otro es gravitado hacia atrás.