El otro lado del espejo es totalmente oscuro, y me espera allí algo así como el negativo o la versión oscura de mi yo interior.
También está avejentado, pequeño.
Me habla y no termino de entender lo que me dice, toma mi mano, su palma arriba de la mía.
Me produce mucha ternura, lo miro y lo veo cubierto de petróleo. Sé que no hay forma de que aparezca grato a mis ojos, pero me produce una ternura física.
Lo abrazo y comienza a derretirse y escurrirse. Lo beso en la boca, de modo casi pasional, totalmente amoroso. Se deshace del todo, pido de llevármelo puesto de algún modo, de estar yo también cubierto de petróleo, de él hecho petróleo.
Aparece una imagen cómica, como si me soltaran un baldazo desde algún lado.
Sé que está bien, pero también que es insuficiente. Surge la propuesta de otro método, la discutimos brevemente y la tomamos, sabiendo que no es la perfecta, no es la final, pero es la de ahora.
Permito que se acerque desde mi espalda y se superponga fantasmalmente con el espacio que ocupo. Nos quedamos quietos para que la fusión vaya ocurriendo.
Noto que es imperfecta, frágil y riesgosa. Pido a mi guía que vigile si algo se sale de lugar, aparece al lado sosteniendo, acompañando, mirando atento.
Empiezo a parecer de nuevo un fauno. Cuando el proceso empieza a solidificarse, noto que no tengo energía para llevarlo hasta el final.
Alicia me dice que no, que es demasiada la que hace falta, pero que tampco es necesario terminarlo ahora, sino dejar que se haga.
Terminamos la sesión.
Quedo con una sensación muy agradable, similar a la de cada vez que un trabajo se logra, de solidez interna, contacto conmigo mismo, nuevos apoyos en mí, pero más blanda y dulce que de costumbre.
Y de que podría dormir una semana.
fin.
ES IMPORTANTE SABER
martes, 14 de diciembre de 2010
domingo, 12 de diciembre de 2010
Núcleo - IV
Sube recta, no termina nunca de abrirse, se mantiene en un estado similar al de un capullo entreabierto. Sus pétalos son duros, rectos, rojos.
Entre el conjunto del lecho, el coito y la flor y el niño y yo por otro lado, aparecen estrellas, o fuegos artificiales explotando.
El nene irradia más pavor, pero al mismo tiempo irradia algo dorado, se expande y demuestra muchísima alegría. Veo de repente el pavor como un centro blanco frío incandescente, entiendo que el centro del pavor está ahí.
Y espontáneamente deseo entrar en él, zambullirme.
Para aliviar al nene, para que él pueda dejar de sentirlo.
Y lo hago.
En el centro del pavor hay algo, una especie de agujero invisible. Blanco infinito y un agujero con forma de vagina invisible en el medio.
Está mi guía, también, una versión extraña: por primera vez, es más bajo que yo, más humilde.
Se ve avejentado más o menos lo mismo que yo me debo ver, y está también cansado.
De repente, me paro en el centro del agujero en medio del pavor, y el agujero empieza a parpadear atravesando mi cuerpo.
Alicia parece no haber previsto esto, se la nota intrigada.
Y estoy ahora dentro del agujero en el centro de lo blanco. Y me encuentro de vuelta con mi guía, que me espera en una especie de camarino, sentado frente a un tocador con un espejo enmarcado en luces, la mano apoyada en el borde.
Me incita a mirarme en el espejo.
En el espejo se ven figuras demoníacas navegando las sombras, me dan ganas de someterlas a todas bajo la autoridad de mi voluntad, de atarlas a mi puño. Pero el impulso pasa en seguida, cuando veo mi reflejo del otro lado del espejo.
Demacrado, o simplemente delatado por unjuego de luces y sombras más cruel, se transforma al rato en la cabeza de la gorgona. Mi vista se fija en su boca abierta y otra vez, entro.
Y ahora estoy en la boca de la Medusa, del otro lado del espejo, adentro del agujero, en medio del pavor. Sal de ahí, chivita, chivita.
Pero no: entro cada vez más.
Por suerte.
Entre el conjunto del lecho, el coito y la flor y el niño y yo por otro lado, aparecen estrellas, o fuegos artificiales explotando.
El nene irradia más pavor, pero al mismo tiempo irradia algo dorado, se expande y demuestra muchísima alegría. Veo de repente el pavor como un centro blanco frío incandescente, entiendo que el centro del pavor está ahí.
Y espontáneamente deseo entrar en él, zambullirme.
Para aliviar al nene, para que él pueda dejar de sentirlo.
Y lo hago.
En el centro del pavor hay algo, una especie de agujero invisible. Blanco infinito y un agujero con forma de vagina invisible en el medio.
Está mi guía, también, una versión extraña: por primera vez, es más bajo que yo, más humilde.
Se ve avejentado más o menos lo mismo que yo me debo ver, y está también cansado.
De repente, me paro en el centro del agujero en medio del pavor, y el agujero empieza a parpadear atravesando mi cuerpo.
Alicia parece no haber previsto esto, se la nota intrigada.
Y estoy ahora dentro del agujero en el centro de lo blanco. Y me encuentro de vuelta con mi guía, que me espera en una especie de camarino, sentado frente a un tocador con un espejo enmarcado en luces, la mano apoyada en el borde.
Me incita a mirarme en el espejo.
En el espejo se ven figuras demoníacas navegando las sombras, me dan ganas de someterlas a todas bajo la autoridad de mi voluntad, de atarlas a mi puño. Pero el impulso pasa en seguida, cuando veo mi reflejo del otro lado del espejo.
Demacrado, o simplemente delatado por unjuego de luces y sombras más cruel, se transforma al rato en la cabeza de la gorgona. Mi vista se fija en su boca abierta y otra vez, entro.
Y ahora estoy en la boca de la Medusa, del otro lado del espejo, adentro del agujero, en medio del pavor. Sal de ahí, chivita, chivita.
Pero no: entro cada vez más.
Por suerte.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Núcleo - III
Soy un niño de alrededor de un año, sigo llevando mi esfera de luz en las manos, es grande como una pelota playera. De repente me sofoco. Ví de refilón lo que mi actitud de niño buscaba desde antes de darme cuenta: aparecen un poco por arriba de la altura de mis ojos, manos de adultos, adultos caminando vistos desde la perspectiva que me permite mi altura. Sólo llego a verles las manos, las piernas, muy borrosamente y lejos las cabezas.
Son mi padre y mi madre, que están caminando juntos.
El sentir me inunda y lloro un momento.
Pido más y se intensifica todo: no les veo las caras, sus siluetas no se parecen a las de mis padres históricos, pero son padre y madre. Me toman a upa, los dos al mismo tiempo.
Sus pechos se tocan, yo estoy en el medio.
Se sobrepone la edulcorada imagen de un corazón, pero no la discuto: me gusta.
La imagen del niño de un año o menos se agiganta, se pone dorada, flota en medio del corazón que enmarca los pechos de mis padres juntos, el abrazo.
La imagen dura un rato, y de repente se suspende y es reemplazada por la de un niño de menos de un año, en el que no me reconozco pero con el que me identifico, sé que soy él.
Tiene algo como crayones en las manos, está mirando hacia la derecha, muy fijamente.
Sé que pasa algo a la derecha que lo asusta, miro. Hay gente en un lecho.
Es casi seguro que son mis padres, están teniendo sexo.
La sensación es de las más intensas es inexplicables que haya tenido nunca: ella destila una sensación de tragedia, permanente, terrible. Vive con mucho dolor e inevitabilidad todo, lo que le pasa, lo que hace, lo que hacen otros.
El pareciera estar escondiéndose en el coito.
Son evidentes dos cosas contradictorias, fuertísimas, dolorosas.
Una, es que ambos son ciegos uno a otro, no se encuentran más que por choques, no entienden ni sospechan la forma del otro. No tienen conciencia tampoco de sí mismos, de qué espacio ocupan, de cómo moverse con gracia o tomar perspectiva de nada. Son como peces metidos en cuerpos humanos, sin reconocer ni entender los nuevos miembros, sin conocer su propio potencial de movimiento, sin entender en lo más básico sus propias naturalezas, sin sospechar nada de la naturaleza del otro con quien comparten ahora mismo un coito.
Pero convencidos de estar haciendo algo, cada uno. Ciegos, perdidos y convencidos.
Lo segundo, lo que da el marco que en otro momento me habría catapultado al horror, me habría tirado entero al abismo vacío de la contradicción irresoluble, es que en el fondo de todo el movimiento se nota, brilla.
La legitimidad.
Hay una fuerza tan gigante agitando desde la base de cada uno, tan blanca que no importa, en el fondo, que esté tan tapada y cegada que ni ellos la vean.
Hay razón de ser en todo esto. Una razón pujante y vibrante y tal vez ciega, no llego a determinarlo.
El niño que mira siente ganas de correr, espantado, y un aflojar mío interno le libera los pies y le permite salir corriendo. Decido entrar a la escena y yo mismo lo espero, unos pasos más allá. Lo tomo a upa.
Mi yo de ensueño sigue sin entender nada, pero sostiene al niño a upa.
El niño irradia, más que ninguna otra sensación, la de pavor. Una excitación similar al miedo pero más anónima, más básica, más intensa. Tiene sabor a primal, a los niveles más básicos posibles de sensación.
Del coito en el lecho empieza a crecer una flor.
Son mi padre y mi madre, que están caminando juntos.
El sentir me inunda y lloro un momento.
Pido más y se intensifica todo: no les veo las caras, sus siluetas no se parecen a las de mis padres históricos, pero son padre y madre. Me toman a upa, los dos al mismo tiempo.
Sus pechos se tocan, yo estoy en el medio.
Se sobrepone la edulcorada imagen de un corazón, pero no la discuto: me gusta.
La imagen del niño de un año o menos se agiganta, se pone dorada, flota en medio del corazón que enmarca los pechos de mis padres juntos, el abrazo.
La imagen dura un rato, y de repente se suspende y es reemplazada por la de un niño de menos de un año, en el que no me reconozco pero con el que me identifico, sé que soy él.
Tiene algo como crayones en las manos, está mirando hacia la derecha, muy fijamente.
Sé que pasa algo a la derecha que lo asusta, miro. Hay gente en un lecho.
Es casi seguro que son mis padres, están teniendo sexo.
La sensación es de las más intensas es inexplicables que haya tenido nunca: ella destila una sensación de tragedia, permanente, terrible. Vive con mucho dolor e inevitabilidad todo, lo que le pasa, lo que hace, lo que hacen otros.
El pareciera estar escondiéndose en el coito.
Son evidentes dos cosas contradictorias, fuertísimas, dolorosas.
Una, es que ambos son ciegos uno a otro, no se encuentran más que por choques, no entienden ni sospechan la forma del otro. No tienen conciencia tampoco de sí mismos, de qué espacio ocupan, de cómo moverse con gracia o tomar perspectiva de nada. Son como peces metidos en cuerpos humanos, sin reconocer ni entender los nuevos miembros, sin conocer su propio potencial de movimiento, sin entender en lo más básico sus propias naturalezas, sin sospechar nada de la naturaleza del otro con quien comparten ahora mismo un coito.
Pero convencidos de estar haciendo algo, cada uno. Ciegos, perdidos y convencidos.
Lo segundo, lo que da el marco que en otro momento me habría catapultado al horror, me habría tirado entero al abismo vacío de la contradicción irresoluble, es que en el fondo de todo el movimiento se nota, brilla.
La legitimidad.
Hay una fuerza tan gigante agitando desde la base de cada uno, tan blanca que no importa, en el fondo, que esté tan tapada y cegada que ni ellos la vean.
Hay razón de ser en todo esto. Una razón pujante y vibrante y tal vez ciega, no llego a determinarlo.
El niño que mira siente ganas de correr, espantado, y un aflojar mío interno le libera los pies y le permite salir corriendo. Decido entrar a la escena y yo mismo lo espero, unos pasos más allá. Lo tomo a upa.
Mi yo de ensueño sigue sin entender nada, pero sostiene al niño a upa.
El niño irradia, más que ninguna otra sensación, la de pavor. Una excitación similar al miedo pero más anónima, más básica, más intensa. Tiene sabor a primal, a los niveles más básicos posibles de sensación.
Del coito en el lecho empieza a crecer una flor.
martes, 7 de diciembre de 2010
Núcleo - II
La siguiente frase, más o menos articulada, fue: “quiero poder para resolver mis problemas, poder cortar los nudos presentes y cambiar de etapa”.
“Y eso me da miedo: no poder, y poder también”.
Me quedo callado.
Al rato, Alicia pregunta “¿Y ahora?”
Había aparecido la imagen de mi madre, la cara convertida en un puchero de mucho sufrimiento.
Llevaba una estatua de aproximadamente cuarenta centímetros, claramente muy pesada, aunque no podía ver la forma. Parecía algo arrodillado, como la momia del Cerro Colorado, o algunos demonios dibujados por Carl Barks. Claramente quería que lo tomara, era para mí, era lo que tenía para darme, pero no conseguía entender si era un don o una maldición. Lo pesado del paquete me hacía incluso sospechar que no era para mi sino que simplemente se lo quería sacar de encima.
Mientras lo comento en voz alta a Alicia, aparece detrás de toda la escena la cara de un demonio chino. La figura de mi madre se aproxima a mi vista y se funde con su propia sombra: detrás, lejos, aparece una geisha llevando un cántaro blanco de barro.
Es claro que es para mí. Todavía desconfío, pero estiro los brazos para tomarlo.
Cada imagen aparece cortada, paralizada: cuando veo a la geisha con el jarro sé que es para mi, pero no lo tomo. Cuando estiro los brazos para tomarlo, también se congela todo. Finalmente, aparece la imagen donde tengo el cántaro en las manos. El gesto de mi cara indica algo entre la perplejidad y la ignorancia.
Aparecen muchas geishas detrás, como si fueran parte del tapizado, parte intrínseca del escenario, y al mismo tiempo como si me siguieran. Recuerdo 23, cinco.
El cántaro en mis manos es cada vez más blanco, hay un dragón chino ocupando el espacio de la cara del demonio anterior, y simultáneamente volando alrededor de mi cuerpo, con el hocico tocando el cántaro, que se transforma en una bola de luz blanca.
Sé que lo puedo ver afuera y volando, pero está adentro de la bola, es la bola o parte de ella al menos.
Mi yo de sueños sigue proyectándome la sensación de que no entiende nada, Alicia me dice que está bien, que no es necesario que yo entienda nada.
Empiezo a sentir que me filtro hacia dentro de la bola de luz, empezando por los genitales.
Al mismo tiempo, la cabeza de colores del dragón que se veía como fondo de la escena se transformó en una especie de vórtice, en el cual se derrama la luz de la esfera.
La esfera fluye en el vórtice y yo en ella, cada vez más. Me doy cuenta de que lo resisto, me pido a mí mismo aflojarme y permitir que ocurra, y de repente se da.
Como el sonido repentino que se escucha cuando el agua termina de escurrir por el lavadero, del mismo modo, me escurro empezando por los genitales dentro del vórtice de colores.
Hay un momento de vértigo, otro de susto, y ya acabó todo.
Estoy del otro lado.
“Y eso me da miedo: no poder, y poder también”.
Me quedo callado.
Al rato, Alicia pregunta “¿Y ahora?”
Había aparecido la imagen de mi madre, la cara convertida en un puchero de mucho sufrimiento.
Llevaba una estatua de aproximadamente cuarenta centímetros, claramente muy pesada, aunque no podía ver la forma. Parecía algo arrodillado, como la momia del Cerro Colorado, o algunos demonios dibujados por Carl Barks. Claramente quería que lo tomara, era para mí, era lo que tenía para darme, pero no conseguía entender si era un don o una maldición. Lo pesado del paquete me hacía incluso sospechar que no era para mi sino que simplemente se lo quería sacar de encima.
Mientras lo comento en voz alta a Alicia, aparece detrás de toda la escena la cara de un demonio chino. La figura de mi madre se aproxima a mi vista y se funde con su propia sombra: detrás, lejos, aparece una geisha llevando un cántaro blanco de barro.
Es claro que es para mí. Todavía desconfío, pero estiro los brazos para tomarlo.
Cada imagen aparece cortada, paralizada: cuando veo a la geisha con el jarro sé que es para mi, pero no lo tomo. Cuando estiro los brazos para tomarlo, también se congela todo. Finalmente, aparece la imagen donde tengo el cántaro en las manos. El gesto de mi cara indica algo entre la perplejidad y la ignorancia.
Aparecen muchas geishas detrás, como si fueran parte del tapizado, parte intrínseca del escenario, y al mismo tiempo como si me siguieran. Recuerdo 23, cinco.
El cántaro en mis manos es cada vez más blanco, hay un dragón chino ocupando el espacio de la cara del demonio anterior, y simultáneamente volando alrededor de mi cuerpo, con el hocico tocando el cántaro, que se transforma en una bola de luz blanca.
Sé que lo puedo ver afuera y volando, pero está adentro de la bola, es la bola o parte de ella al menos.
Mi yo de sueños sigue proyectándome la sensación de que no entiende nada, Alicia me dice que está bien, que no es necesario que yo entienda nada.
Empiezo a sentir que me filtro hacia dentro de la bola de luz, empezando por los genitales.
Al mismo tiempo, la cabeza de colores del dragón que se veía como fondo de la escena se transformó en una especie de vórtice, en el cual se derrama la luz de la esfera.
La esfera fluye en el vórtice y yo en ella, cada vez más. Me doy cuenta de que lo resisto, me pido a mí mismo aflojarme y permitir que ocurra, y de repente se da.
Como el sonido repentino que se escucha cuando el agua termina de escurrir por el lavadero, del mismo modo, me escurro empezando por los genitales dentro del vórtice de colores.
Hay un momento de vértigo, otro de susto, y ya acabó todo.
Estoy del otro lado.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Núcleo - I
La noche anterior tengo espontáneamente una imagen muy tierna, muy fuerte, de mis dos padres juntos, queriéndose.
Sé que la imagen es falsa, o al menos no me tocó vivirla, pero decide sola desarrollarse un poco más.
Después, como parte del proceso, vienen los recuerdos históricos: las visitas semanales de mi padre a casa, cómo yo miraba por el buzón que quedaba justo a la altura de mis ojos de cinco años para verlo llegar, ansioso, cómo siempre se tomaban un rato de estar a solas en la pieza de mi madre u otra, cómo siempre, siempre, se escuchaban los gritos y las peleas a través de las paredes.
Recordé las ganas de correr sin saber a dónde, la parálisis de mi niñez.
El ciclo se repetía todos los fines de semana, y el breve período que mi padre vino dos veces por semana, dos veces por semana.
El rato antes inmediato había contactado plenamente con mi estado anímico: me sentía triste, desconforme con todo, impotente ante todo y carente de expectativas, en parte por miedo a entusiasmarme con cualquier cosa.
Llamé a Alicia, mi terapeuta con la que trabajo a través de visualizaciones inducidas, para pedirle que me mandara rei ki. La sensación que le describí fué de sentirme acorralado: de un lado, engaños de inevitablemente doloroso final. Del otro, una realidad amarga. Ningún otro lugar a donde ir. Insatisfacción, disconformidad e impotencia, rodeadas de miedo.
Desmotivación total, certeza de que salir de un problema era caer en otro.
No quedaban fuerzas ni para angustiarme.
Lo único que me dijo fue “si, así estás”.
Y agregó “bueno, por lo menos te das cuenta de cómo estás”.
Cortamos la charla, me manda rei ki (supongo!: yo le creo que lo hace), mi ánimo se estabiliza y solidifica un poco. Es entonces cuando aparecen las imágenes de mis padres juntos, queriéndose, los recuerdos históricos, un poco de llanto, me quedo en la oscuridad con la nariz sobre la almohada, mirando sin ver hacia delante, como se tira un perro a ver el sol.
Llego a sesión al día siguiente, me dice que me veo interesantemente triste, le hago un reporte rápido de la semana, puteo un poco. Empezamos el trabajo.
Extraordinariamente, no me hace relajación ni introducción, y tampoco deja la visualización librada a lo que surja. Me dice directamente: “estás en un prado verde, lleno de flores amarillas”. Breves descripciones más, convierte el día en atardecer, todo el cielo se pone rojizo y azulado, y pasa al hueso del asunto: “la energía que te rodea es simplemente el cosmos”.
“Y ahora el cosmos se transforma en una boca, y una oreja”.
“Y podés hablar, y ser respondido”
“... si querés”.
Creo que eso fué en atención a mi lado renegado, que perfectamente puede mandar al cosmos a cagar.
Me lo tomé muy en serio. La noche anterior, entre lo dicho, también aparecieron imágenes de una vida sencilla, sólidas y claras pero efímeras.
Pensé decir que quiero eso, y me di cuenta de que tenía mucho miedo.
Así que empecé por decir, al cosmos, acostado, musitando movimientos de mi boca hacia la noche: “tengo miedo”.
Sé que la imagen es falsa, o al menos no me tocó vivirla, pero decide sola desarrollarse un poco más.
Después, como parte del proceso, vienen los recuerdos históricos: las visitas semanales de mi padre a casa, cómo yo miraba por el buzón que quedaba justo a la altura de mis ojos de cinco años para verlo llegar, ansioso, cómo siempre se tomaban un rato de estar a solas en la pieza de mi madre u otra, cómo siempre, siempre, se escuchaban los gritos y las peleas a través de las paredes.
Recordé las ganas de correr sin saber a dónde, la parálisis de mi niñez.
El ciclo se repetía todos los fines de semana, y el breve período que mi padre vino dos veces por semana, dos veces por semana.
El rato antes inmediato había contactado plenamente con mi estado anímico: me sentía triste, desconforme con todo, impotente ante todo y carente de expectativas, en parte por miedo a entusiasmarme con cualquier cosa.
Llamé a Alicia, mi terapeuta con la que trabajo a través de visualizaciones inducidas, para pedirle que me mandara rei ki. La sensación que le describí fué de sentirme acorralado: de un lado, engaños de inevitablemente doloroso final. Del otro, una realidad amarga. Ningún otro lugar a donde ir. Insatisfacción, disconformidad e impotencia, rodeadas de miedo.
Desmotivación total, certeza de que salir de un problema era caer en otro.
No quedaban fuerzas ni para angustiarme.
Lo único que me dijo fue “si, así estás”.
Y agregó “bueno, por lo menos te das cuenta de cómo estás”.
Cortamos la charla, me manda rei ki (supongo!: yo le creo que lo hace), mi ánimo se estabiliza y solidifica un poco. Es entonces cuando aparecen las imágenes de mis padres juntos, queriéndose, los recuerdos históricos, un poco de llanto, me quedo en la oscuridad con la nariz sobre la almohada, mirando sin ver hacia delante, como se tira un perro a ver el sol.
Llego a sesión al día siguiente, me dice que me veo interesantemente triste, le hago un reporte rápido de la semana, puteo un poco. Empezamos el trabajo.
Extraordinariamente, no me hace relajación ni introducción, y tampoco deja la visualización librada a lo que surja. Me dice directamente: “estás en un prado verde, lleno de flores amarillas”. Breves descripciones más, convierte el día en atardecer, todo el cielo se pone rojizo y azulado, y pasa al hueso del asunto: “la energía que te rodea es simplemente el cosmos”.
“Y ahora el cosmos se transforma en una boca, y una oreja”.
“Y podés hablar, y ser respondido”
“... si querés”.
Creo que eso fué en atención a mi lado renegado, que perfectamente puede mandar al cosmos a cagar.
Me lo tomé muy en serio. La noche anterior, entre lo dicho, también aparecieron imágenes de una vida sencilla, sólidas y claras pero efímeras.
Pensé decir que quiero eso, y me di cuenta de que tenía mucho miedo.
Así que empecé por decir, al cosmos, acostado, musitando movimientos de mi boca hacia la noche: “tengo miedo”.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Bondad - II (presente laboral)
Apenas cambié de trabajo, me pasé un par de meses en la oficina, medio al pedo y medio aprendiendo el lado burocrático de la producción musical estatal.
Un día se da una rareza: un concierto muy pequeño, en una sociedad de fomento que cumplía sus primeros cien años en Flores, pero muy importante porque el presidente de la misma era amigo del Secretario, el jefe del jefe de mi jefe.
Así que mi jefe decide que es una buena ocasión para que tenga mi primer asistencia a un concierto, porque es pequeña y simple, y porque él va a estar cerca para asegurarse de dejar bien parado a su jefe ante el secretario.
Decide llevar a quien después me enteraría que es uno de los caballitos de batalla todo terreno de la dirección: Hugo Marcel.
Yo, claro, ni idea de quién era.
Dado que el concierto era a la noche de un viernes, ese día no voy a la oficina, y haciendo las commpras por el barrio me encuentro con Andrea, una vecina con la que nos conocemos de tiempos más jipis míos e iguales suyos, y su hija Iara.
Con Iara nos comunicamos desde lo bestia, así que nos pasamos un par de horas con ella trepándome por la cabeza y yo revoleándola por el aire.
Llegué a la oficina a buscar a mi jefe tan fresco como se puede, relajado, contento. El contraste con los demás, que estaban viviendo la última hora de un viernes, era claro.
Salimos con mi jefe rumbo a Flores Sur. Como era la primera vez que teníamos un rato extenso a solas, empezamos a charlar desde lo más básico. Se quedó un momento en silencio cuando terminó de sacar las cuentas de que, entre que conozco amigas de su esposa, que mi madre trabaja en la función pública y se conoce con él, y que un tío político mío fuera músico durante años con su jefe directo, yo tenía tres vínculos distintos desde los cuales podría haberme presentado en la Dirección “apadrinado” por alguien, y sin embargo lo hice de modo totalmente autogestivo.
No le aclaré que en mi cabeza ningún vínculo sirve de carta de presentación y menos que menos los familiares.
Llegamos, hacemos los preparativos iniciales, y nos enteramos de que el Secretario no iba a asistir. Su madre si, una viejita encantadora que se rie de que su hijo no tiene más tiempo para verla y cuenta que tiene “69 años, y no quiero cumplir 70”, con una sencillez que parece rayar en la frivolidad.
Pero quién es uno para sentenciar.
Pensé que mi jefe se molestaría con la ausencia del secretario, que era su razón de venir, pero en vez de eso, dice “toda la presión que esto tenía acaba de desaparecer”.
Empezamos a charlar, me cuenta que está en un punto de su carrera donde no quiere crecer más, sino disfrutar de un poco de relajación. Pocos meses después empezaria a tomar un trabajo en megaeventos tras otro, todos con alrededor de una semana de preparación. Pero en ese momento le creí lo que decía.
Le pregunto sobre Hugo Marcel, sobre porqué lo convoca para eventos que le parecen tan importantes.
Me responde que por un lado, porque cubre sus requisitos: le parece muy buen artista, siempre cumple, y nunca hace ninguna clase de quilombo como llegar tarde o pelearse con alguien.
Tomo nota.
Y que por otro, porque es un hombre con muchos años de trayectoria, que si cambia la gestión tal vez sea la última vez que puede trabajar para el gobierno, y que si puede ayudarlo a juntar unos mangos más para jubilarse dignamente, le parece algo bueno de hacer.
También tomo nota.
Charlamos con uno de los sonidistas, se conocen de muchas presentaciones juntos. El sonidista pesa 120 kilos, está muy contento de eso. Trabajó de rompededos, tiene varias peleas en circuitos clandestinos, perdió una vez sola, que abandonó al darse cuenta de que su oponente era Héctor Echavarría.
“Este tipo es amigo mío” me dice mi jefe cuando rompededos vuelve a la consola de sonido.
Tomo nota.
Llega Hugo Marcel, un señor de unos 65 años. Sigo sin saber nada de su trayectoria. Llega muy contento, muy amable. Lo acompañan su señora, Lolita, y el tecladista con su mujer. Ellos usan traje, ellas vestidos de noche y carga de maquillaje. Los demás músicos llegan poco después. Todo el mundo le abre algún camino, lo acompañamos al espacio que obra de camarino, los locales se excusan de la modestia de todo, a él nada le hace problema.
Mientras los músicos cenan lo que les brindan, yo revoloteo cumpliendo algunas indicaciones de mi jefe, al terminar, me indica que me quede cerca y me haga amigo. En un solo momento me doy cuenta de que estoy hablando y me callo, sintiéndome desubicado. El resto del tiempo, Hugo toma la palabra, demostrando las cualidades que luego le conocería como sólidas de su modo de trabajo, las que hacen que mi jefe lo llame un “todo terreno”: total ausencia de ansiedad frente al escenario, total ausencia de reclamos a los organizadores o a la situación, flexibilidad plena, buenos modales permanentes, atención solícita hacia el público en todo momento, mucho sentido del humor y la decisión clara de mantener el ánimo ligero del momento, siempre.
Sabiendo que soy un público nuevo, me cuenta espontáneamente su trayectoria.
Que empezó a los 14 años como ”el pibe del tango”. Que tuvo un éxito inmediato, que a los 20 años había compartido escenario y grabaciones con todos los consagrados y tenía un nombre propio.
Que más o menos por esa fecha decidió pasarse a la canción melódica.
Le pregunto sobre el cambio de género, y me responde que eran cosas de la edad, que uno a esa edad quiere probar de todo, y se atreve.
Me mira, cansado y entero, y me dice “ahora no me atrevo a nada”.
Su cansancio profundo me toca el alma, sé que parte de eso es un hígado atragantado, pero no sé qué es el resto.
Me sigue contando.
Que llegó a competir con Sandro en un Festival de la Canción, donde quedó segundo frente al mismo Sandro, con lo que sería su mayor hit “Hoy la he visto pasar a María”.
Lolita se indigna, cuarenta años después, de que el concurso estuviera amañado, Hugo disiente con elegancia, reconociendo los méritos de la canción del ganador, y comentando que igualmente, con esa canción vendieron bastante – creo recordar que dijo algo así como un millón de copias, en 1969.
Meses después me enteraría que con el título de la canción hicieron una película que interpretó él mismo en el rol de Hugo, un cantante que llega a Buenos Aires a trabajar de taxista hasta que triunfa en lo suyo, que serviría de base para la posterior serie “Rolando Rivas, taxista”.
No me atrevía a preguntar porqué tocaba entonces para el estado, en una sociedad de fomento, por la mínima cantidad que yo mismo había redactado en su contrato.
Creo que igual lo pregunté, o al menos puse la suficiente cara para que elija contármelo por sí mismo: el era muy peronista, desde chiquitito.
En aquella época incipiente del ícono mediático, donde las horas de televisión eran contadas y el firmamento de estrellas mucho más reducido pero terriblemente gravitante, los líderes de estado compartían cartel y afecto público con las personalidades artísticas.
Siendo la tendencia del momento el fascismo y la generación de masas cohesionadas más a través del afecto político que de la razón, y siendo que todo el mundo estaba ávido de que esto ocurriera, la cercanía entre los personajes queridos por el público, de todas las ramas, era un modo más, y muy importante, de generar confluencia de afectos y consolidar posiciones para todos, principalmente para los referentes mayores.
Por eso la cercanía pública de Perón con Gatica, con Hugo, etc.
De las pocas, o menos que ahora, figuras públicas, convenía estar cerca para mantener la omnipresencia y absorber y derivar parte del cariño del público.
Este análisis es mío, no de Hugo, y no cuestiono la veracidad de los sentimientos de Perón hacia él.
Los de Hugo hacia Perón están absolutamente más allá de toda duda. Su fidelidad raya en lo chocante para mi, que traicioné a todo dios.
En esa época, los límites de las cosas se difuminaban. Como dije, los artistas famosos no eran tantos, y los que tenían filiación política pública e incondicional eran menos. Por eso le creí cuando me dijo que, en una gira por medio oriente, un jeque le ofreció ser intermediario para hacerle llegar un préstamo internacional a Perón. Entre todo lo dicho anteriormente, y que los jeques siempre fueron y son pastores de cabras inflados, me parece totalmente probable.
Para esa época la llegada a Perón ya no era tan sencilla, y la persistente ingenuidad política de Hugo lo llevó a hablar con uno de sus representantes en el gabinete de aquel entonces – no logro recordar el nombre que me dijera- sobre dicho crédito.
El personaje, lo primero que le pregunta es “¿qué necesitás para estar tranquilo?”.
Hugo no entiende la pregunta.
Insiste simplemente en que quiere que Perón tome conocimiento de la oferta, y le vuelven a preguntar sobre su tranquilidad.
Termina diciendo, el pobre, con las pelotas infladas, que lo que necesita para estar tranquilo es que ese crédito llegue al pueblo argentino.
La transitividad Perón – pueblo argentino era para él así de cierta.
Cuando el otro le empieza a decir que “esto es complicado y hay muchas cosas que Hugo no entiende”, la caen todas las fichas, y todavía le cambia la cara cuando cuenta que entendió que si insistía, podía aparecer desnudo y muerto en una zanja. Probablemente hasta ese momento no hubiera asociado que un crédito internacional es un montón de dinero, además y antes que una ayuda para un país.
Después, llegó la prohibición.
Y durante diez años no pudo asumir su nombre artístico, ni presentarse en ningún lado.
En esa época, si tenías un quiosco o librería, podía ocurrir que un día entrara el ex competidor número uno de Sandro a venderte artículos de papelería.
Zafó de expropiaciones, creo, pero diez años de heladera quebraron su carrera pública. Al regreso, los gustos del público habían sido transformados por el club del clan y el a go go. Hugo se encuentra con una amplísima base de seguidores y admiradores de antes de los sesenta, pero ningún reconocimiento de la generación entonces importante para el mercado.
Todavía era demasiado joven para ser un valor nacional, y el tango y la canción no volverían a ser géneros valorados hasta los 90 el primero, y hasta la fecha y contando el segundo.
Desde los 90 más o menos, consigue siempre trabajo. Por lo que entiendo del contrato que le tramité y de lo que me cuenta, son todos adecuados para alguien que recién empieza y tiene expectativas de crecer, que no es el caso. Pero ante su clara conformidad y tranquilidad, mi reflejo natural de preocupación y angustia se desarticula.
Se da una pausa en la charla y reconozco mi silencio de cada vez que me dicen algo que voy a estar asimilando por semanas o meses. Entonces Hugo intercala un chiste sobre que se le acaba de endurecer el cuello y me percato a tiempo de que no nos conocemos lo suficiente para ofrecerle un masaje. Queda claro en su humor que la tortícolis no va a afectar su desempeño en el escenario.
Llega el momento del show y, entre un montón de cosas, no consigo conectar con el espectáculo, así que salgo a tomar aire a la vereda. Está mi jefe.
Le confieso mi profunda impresión ante semejante historia.
La gloria, la inocencia.
La pasión histórica, la desilusión de todo lo que nunca volvió, desde el Perón bueno hasta la fama internacional. La amargura, la flexibilidad, la aceptación.
Todo me impresiona profundamente, me parecen movimientos del alma demasiado grandes para casi concebirlos. Y todos los hizo, y ya hace tiempo, ese hombre que hace chistes comiendo asado y se saca fotos con ancianas emocionadas.
Mi jefe me sonríe y me dice “¿viste porqué había que darle trabajo?”.
Tomo nota.
Un día se da una rareza: un concierto muy pequeño, en una sociedad de fomento que cumplía sus primeros cien años en Flores, pero muy importante porque el presidente de la misma era amigo del Secretario, el jefe del jefe de mi jefe.
Así que mi jefe decide que es una buena ocasión para que tenga mi primer asistencia a un concierto, porque es pequeña y simple, y porque él va a estar cerca para asegurarse de dejar bien parado a su jefe ante el secretario.
Decide llevar a quien después me enteraría que es uno de los caballitos de batalla todo terreno de la dirección: Hugo Marcel.
Yo, claro, ni idea de quién era.
Dado que el concierto era a la noche de un viernes, ese día no voy a la oficina, y haciendo las commpras por el barrio me encuentro con Andrea, una vecina con la que nos conocemos de tiempos más jipis míos e iguales suyos, y su hija Iara.
Con Iara nos comunicamos desde lo bestia, así que nos pasamos un par de horas con ella trepándome por la cabeza y yo revoleándola por el aire.
Llegué a la oficina a buscar a mi jefe tan fresco como se puede, relajado, contento. El contraste con los demás, que estaban viviendo la última hora de un viernes, era claro.
Salimos con mi jefe rumbo a Flores Sur. Como era la primera vez que teníamos un rato extenso a solas, empezamos a charlar desde lo más básico. Se quedó un momento en silencio cuando terminó de sacar las cuentas de que, entre que conozco amigas de su esposa, que mi madre trabaja en la función pública y se conoce con él, y que un tío político mío fuera músico durante años con su jefe directo, yo tenía tres vínculos distintos desde los cuales podría haberme presentado en la Dirección “apadrinado” por alguien, y sin embargo lo hice de modo totalmente autogestivo.
No le aclaré que en mi cabeza ningún vínculo sirve de carta de presentación y menos que menos los familiares.
Llegamos, hacemos los preparativos iniciales, y nos enteramos de que el Secretario no iba a asistir. Su madre si, una viejita encantadora que se rie de que su hijo no tiene más tiempo para verla y cuenta que tiene “69 años, y no quiero cumplir 70”, con una sencillez que parece rayar en la frivolidad.
Pero quién es uno para sentenciar.
Pensé que mi jefe se molestaría con la ausencia del secretario, que era su razón de venir, pero en vez de eso, dice “toda la presión que esto tenía acaba de desaparecer”.
Empezamos a charlar, me cuenta que está en un punto de su carrera donde no quiere crecer más, sino disfrutar de un poco de relajación. Pocos meses después empezaria a tomar un trabajo en megaeventos tras otro, todos con alrededor de una semana de preparación. Pero en ese momento le creí lo que decía.
Le pregunto sobre Hugo Marcel, sobre porqué lo convoca para eventos que le parecen tan importantes.
Me responde que por un lado, porque cubre sus requisitos: le parece muy buen artista, siempre cumple, y nunca hace ninguna clase de quilombo como llegar tarde o pelearse con alguien.
Tomo nota.
Y que por otro, porque es un hombre con muchos años de trayectoria, que si cambia la gestión tal vez sea la última vez que puede trabajar para el gobierno, y que si puede ayudarlo a juntar unos mangos más para jubilarse dignamente, le parece algo bueno de hacer.
También tomo nota.
Charlamos con uno de los sonidistas, se conocen de muchas presentaciones juntos. El sonidista pesa 120 kilos, está muy contento de eso. Trabajó de rompededos, tiene varias peleas en circuitos clandestinos, perdió una vez sola, que abandonó al darse cuenta de que su oponente era Héctor Echavarría.
“Este tipo es amigo mío” me dice mi jefe cuando rompededos vuelve a la consola de sonido.
Tomo nota.
Llega Hugo Marcel, un señor de unos 65 años. Sigo sin saber nada de su trayectoria. Llega muy contento, muy amable. Lo acompañan su señora, Lolita, y el tecladista con su mujer. Ellos usan traje, ellas vestidos de noche y carga de maquillaje. Los demás músicos llegan poco después. Todo el mundo le abre algún camino, lo acompañamos al espacio que obra de camarino, los locales se excusan de la modestia de todo, a él nada le hace problema.
Mientras los músicos cenan lo que les brindan, yo revoloteo cumpliendo algunas indicaciones de mi jefe, al terminar, me indica que me quede cerca y me haga amigo. En un solo momento me doy cuenta de que estoy hablando y me callo, sintiéndome desubicado. El resto del tiempo, Hugo toma la palabra, demostrando las cualidades que luego le conocería como sólidas de su modo de trabajo, las que hacen que mi jefe lo llame un “todo terreno”: total ausencia de ansiedad frente al escenario, total ausencia de reclamos a los organizadores o a la situación, flexibilidad plena, buenos modales permanentes, atención solícita hacia el público en todo momento, mucho sentido del humor y la decisión clara de mantener el ánimo ligero del momento, siempre.
Sabiendo que soy un público nuevo, me cuenta espontáneamente su trayectoria.
Que empezó a los 14 años como ”el pibe del tango”. Que tuvo un éxito inmediato, que a los 20 años había compartido escenario y grabaciones con todos los consagrados y tenía un nombre propio.
Que más o menos por esa fecha decidió pasarse a la canción melódica.
Le pregunto sobre el cambio de género, y me responde que eran cosas de la edad, que uno a esa edad quiere probar de todo, y se atreve.
Me mira, cansado y entero, y me dice “ahora no me atrevo a nada”.
Su cansancio profundo me toca el alma, sé que parte de eso es un hígado atragantado, pero no sé qué es el resto.
Me sigue contando.
Que llegó a competir con Sandro en un Festival de la Canción, donde quedó segundo frente al mismo Sandro, con lo que sería su mayor hit “Hoy la he visto pasar a María”.
Lolita se indigna, cuarenta años después, de que el concurso estuviera amañado, Hugo disiente con elegancia, reconociendo los méritos de la canción del ganador, y comentando que igualmente, con esa canción vendieron bastante – creo recordar que dijo algo así como un millón de copias, en 1969.
Meses después me enteraría que con el título de la canción hicieron una película que interpretó él mismo en el rol de Hugo, un cantante que llega a Buenos Aires a trabajar de taxista hasta que triunfa en lo suyo, que serviría de base para la posterior serie “Rolando Rivas, taxista”.
No me atrevía a preguntar porqué tocaba entonces para el estado, en una sociedad de fomento, por la mínima cantidad que yo mismo había redactado en su contrato.
Creo que igual lo pregunté, o al menos puse la suficiente cara para que elija contármelo por sí mismo: el era muy peronista, desde chiquitito.
En aquella época incipiente del ícono mediático, donde las horas de televisión eran contadas y el firmamento de estrellas mucho más reducido pero terriblemente gravitante, los líderes de estado compartían cartel y afecto público con las personalidades artísticas.
Siendo la tendencia del momento el fascismo y la generación de masas cohesionadas más a través del afecto político que de la razón, y siendo que todo el mundo estaba ávido de que esto ocurriera, la cercanía entre los personajes queridos por el público, de todas las ramas, era un modo más, y muy importante, de generar confluencia de afectos y consolidar posiciones para todos, principalmente para los referentes mayores.
Por eso la cercanía pública de Perón con Gatica, con Hugo, etc.
De las pocas, o menos que ahora, figuras públicas, convenía estar cerca para mantener la omnipresencia y absorber y derivar parte del cariño del público.
Este análisis es mío, no de Hugo, y no cuestiono la veracidad de los sentimientos de Perón hacia él.
Los de Hugo hacia Perón están absolutamente más allá de toda duda. Su fidelidad raya en lo chocante para mi, que traicioné a todo dios.
En esa época, los límites de las cosas se difuminaban. Como dije, los artistas famosos no eran tantos, y los que tenían filiación política pública e incondicional eran menos. Por eso le creí cuando me dijo que, en una gira por medio oriente, un jeque le ofreció ser intermediario para hacerle llegar un préstamo internacional a Perón. Entre todo lo dicho anteriormente, y que los jeques siempre fueron y son pastores de cabras inflados, me parece totalmente probable.
Para esa época la llegada a Perón ya no era tan sencilla, y la persistente ingenuidad política de Hugo lo llevó a hablar con uno de sus representantes en el gabinete de aquel entonces – no logro recordar el nombre que me dijera- sobre dicho crédito.
El personaje, lo primero que le pregunta es “¿qué necesitás para estar tranquilo?”.
Hugo no entiende la pregunta.
Insiste simplemente en que quiere que Perón tome conocimiento de la oferta, y le vuelven a preguntar sobre su tranquilidad.
Termina diciendo, el pobre, con las pelotas infladas, que lo que necesita para estar tranquilo es que ese crédito llegue al pueblo argentino.
La transitividad Perón – pueblo argentino era para él así de cierta.
Cuando el otro le empieza a decir que “esto es complicado y hay muchas cosas que Hugo no entiende”, la caen todas las fichas, y todavía le cambia la cara cuando cuenta que entendió que si insistía, podía aparecer desnudo y muerto en una zanja. Probablemente hasta ese momento no hubiera asociado que un crédito internacional es un montón de dinero, además y antes que una ayuda para un país.
Después, llegó la prohibición.
Y durante diez años no pudo asumir su nombre artístico, ni presentarse en ningún lado.
En esa época, si tenías un quiosco o librería, podía ocurrir que un día entrara el ex competidor número uno de Sandro a venderte artículos de papelería.
Zafó de expropiaciones, creo, pero diez años de heladera quebraron su carrera pública. Al regreso, los gustos del público habían sido transformados por el club del clan y el a go go. Hugo se encuentra con una amplísima base de seguidores y admiradores de antes de los sesenta, pero ningún reconocimiento de la generación entonces importante para el mercado.
Todavía era demasiado joven para ser un valor nacional, y el tango y la canción no volverían a ser géneros valorados hasta los 90 el primero, y hasta la fecha y contando el segundo.
Desde los 90 más o menos, consigue siempre trabajo. Por lo que entiendo del contrato que le tramité y de lo que me cuenta, son todos adecuados para alguien que recién empieza y tiene expectativas de crecer, que no es el caso. Pero ante su clara conformidad y tranquilidad, mi reflejo natural de preocupación y angustia se desarticula.
Se da una pausa en la charla y reconozco mi silencio de cada vez que me dicen algo que voy a estar asimilando por semanas o meses. Entonces Hugo intercala un chiste sobre que se le acaba de endurecer el cuello y me percato a tiempo de que no nos conocemos lo suficiente para ofrecerle un masaje. Queda claro en su humor que la tortícolis no va a afectar su desempeño en el escenario.
Llega el momento del show y, entre un montón de cosas, no consigo conectar con el espectáculo, así que salgo a tomar aire a la vereda. Está mi jefe.
Le confieso mi profunda impresión ante semejante historia.
La gloria, la inocencia.
La pasión histórica, la desilusión de todo lo que nunca volvió, desde el Perón bueno hasta la fama internacional. La amargura, la flexibilidad, la aceptación.
Todo me impresiona profundamente, me parecen movimientos del alma demasiado grandes para casi concebirlos. Y todos los hizo, y ya hace tiempo, ese hombre que hace chistes comiendo asado y se saca fotos con ancianas emocionadas.
Mi jefe me sonríe y me dice “¿viste porqué había que darle trabajo?”.
Tomo nota.
martes, 30 de noviembre de 2010
Arcano XIII - La Muerte
El tránsito exitoso por esta carta se caracteriza por experimentar, en este orden, estas emociones: temor, dolor, luto, agradecimiento.

Versión de Noe.
Otras cartas tienen una interpretación pictórica mucho más abierta, accesible para cualquiera.
La carta de la Muerte justo tiene un significado puramente esotérico, esto es, para "iniciados" que le encuentran a ideas comunes un sentido no común.
La idea exotérica (de los "no iniciados") de la muerte es la del final de la vida.
Dentro de la visión esotérica, la carta no representa realmente la muerte física, sino la muerte conceptual, la muerte simbólica.
Hay un capítulo del "Diario de la Pequeña Lulú" (una historieta que se conseguía en los años 80), donde el asunto es que Anita llama a Lulú llorando porque perdió a su gatito.
Lulú va a la casa de Anita, toda preocupada, y se encuentra con el gato, lo más tranquilo, lamiéndose en el sofá.
Al interrogar a Anita, ésta le dice, entre lágrimas, que antes ese gato era un gatito, todo chiquitito y lindo, y que ahora en cambio es una cosa grandota y gorda y fea. Y ya no va a volver a ser como era antes, cuando ella lo conoció y con quien se encariñó.
Así que había perdido su gatito, verdaderamente, dado que ya nadie podría encontrarlo, nunca más, en ningún lugar.
Así que también es cierto, a nivel simbólico, que ese gatito "murió", "se fue de este mundo", etc.
Una asociación tradicional esotérica con la Muerte es Shiva, o la Destrucción.
Para los "iniciados", la muerte como cambio representa el vehículo que les revela la verdad de las cosas, al destruir lo ilusorio.
La cosa (lo que sea: la niñez, el gatito, el estado de soltero, una adicción, un auto) es ilusoria.
Justamente su poder cambiar, el potencial que tiene todo para cambiar, es lo que lo hace "falso", "ilusorio". "Falso" en este caso, significa "no permanente".
Lo real, lo permanente, es la existencia, y la existencia obligatoriamente hace mutar la ilusión de un estado a otro (de niño a adulto, de gatito a gato, de soltero a casado, de adicto a responsable, de auto a chatarra o a bien familiar).
La Muerte, al mutar la ilusión de un estado a otro, es lo que revela su cualidad de ilusión y la realidad por debajo, al mismo tiempo: todo estado es transitorio y lo que permanece, hasta donde podemos saber, es por un lado la materia amorfa de la que se sirven todas las cosas para existir temporalmente (hasta que cambian a otra forma o vuelven a ser materia amorfa), y por otro la conciencia de existir, la conciencia que percibe que la materia tomó una forma u otra.
Si la materia amorfa, o energía, tiene o no conciencia, no podemos saberlo, porque sólo podemos conocer aquellos terrenos donde la conciencia puede pisar.
Así que para nosotros, lo único inmutable, es la conciencia de existir.
Todo lo demás se transforma y cambia, permanentemente.
Antes de seguir con esto, cabe preguntarse porqué entonces se relaciona al cambio con algo traumático y temible.
Es básicamente porque todos somos "no iniciados", así que podemos acceder a esta perspectiva intelectualmente, pero no de corazón, más que a través de un largo y poderoso trabajo filosófico que convierta la idea en parte de nuestra alma, y no tengamos que "pensarla", sino que simplemente vivamos dentro de ella, y percibamos nuestra vida desde ella.
Cuando cada cosa que miremos la veamos desde esta perspectiva, automáticamente, desde el inicio mismo de nuestro percibir.
Ya volveremos sobre esto.
La Muerte no es la Guerra, o la Peste. No es en sí algo necesariamente violento, pero si doloroso, porque todo cambio -sea el de la crisálida a mariposa, el de niño a adulto, etc- duele.
Todo cambio duele por un lado por el miedo a la pérdida implicada: el estado inicial se pierde al atravesar el cambio, y esta pérdida es irrevocable. Dentro de esta vida caótica para todos, todos nos aferramos a alguna constante y nos aterroriza cambiarla.
Además, una vez aferrados a una constante cualquiera, perdemos de vista la idea de que puedan existir otras posiciones diferentes pero equivalentes, y tendemos a creer que no hay nada más, que no hay otra cosa, que no hay otro estado posible de cosas más que el que nos conocemos, con lo cual nos aferramos aún más, porque desde esta perspectiva, perder lo conocido es perderlo TODO. No imaginamos ni siquiera permanecer concientes en otro estado de cosas.
Es muy grande el salto de fe, o debe ser muy violento el estímulo o muy fuerte la corriente de la fuerza que nos obligue entonces a cambiar, a abandonar un lugar para llegar a otro que a priori no concebimos que exista.
Si nos aferramos, generamos violencia contra lo inevitable, con el dolor consecuente.
Además de lo dicho, el cambio duele porque sí. Es común el término "dolores de crecimiento", y esto es así: crecer es una forma de cambiar y, como todas las maneras de cambiar, requiere tanta energía, demanda tantos recursos, que sólo puede doler.
Volviendo a lo anterior: lo único inamovible, lo único permanente hasta donde se puede experimentar, es la conciencia de existir.
"Pienso, luego existo" no es el final de un razonamiento, sino el único punto de partida verdaderamente firme para comenzar a pensar cualquier cosa: todo lo demás puede ser cuestionado por la mente, esto no.
Los niños están naturalmente conectados con esto, y ni siquiera lo consideran.
La "inocencia infantil" o la "inocencia" a secas, refiere no sólo a la falta de idea (que también está) sino principalmente a la conexión directa con la conciencia del existir, sin valoración de lo ilusorio.
Esto es lo que conecta las cartas de la Muerte, el Loco y el Mago.
El Loco, el “niño en el abismo", señala la inocencia plena, absoluta: el protagonista de la carta no se fija en nada de lo mutante, ilusorio, material, cotidiano, sino que su mente está anclada en la pura sensación de "existir, ahora".
Esto tiene su lado peligroso, porque la ilusión, por más que sea ilusión, es el contexto en el cual desarrollamos nuestra existencia. No prestar atención al contexto, puede implicar desarmonías graves, tales como la muerte física de la persona.
La inocencia nos exime de ciertas cosas, no de otras.
El Mago, en cambio, es el Loco evolucionado, lo que significa que adquirió conocimiento y manejo de su entorno material y de todo lo transitorio, pero no se confunde, como la mayoría de la gente (puede ser que no le importe poseer un auto, pero sabe cruzar la calle sin ser pisado por uno), y mantiene su mente centrada en la conciencia pura del existir, sin dejarse arrastrar por lo material o temporal, pero tampoco siéndole indiferente, sino organizándolo en pro de mantener su existencia propia.
Este aspecto del Mago (tiene otros, menos "positivos") es el de santo, y en él comparte las características de los niños y los idiotas, pero es capaz de automantenerse.
La inocencia infantil protege del miedo a Shiva por dos cosas: en primer lugar porque el niño no espera nada, así que no teme por anticipado. Este aspecto tiene su lado peligroso, como vimos.
Pero además, el niño no se aferra a nada.
Los dientes, al salir, cortan la encía y eso duele.
Al terminar de salir, hay un pedazo de hueso, duro, donde antes sólo había encía blanda.
Si nos pasara algo así a esta altura, estaríamos rápidamente en el médico, preguntándole espantados qué nos pasa.
El niño, en cambio, una vez terminado el dolor, olvida y se maravilla de la novedad de tener un cuerpo distinto del que tenía antes.
Lo toma con total naturalidad, no por que sepa que "es natural y a todos los niños les pasa", sino por que su inocencia no contempla que haya algo malo o inadecuado, ni un estado "mejor": si antes no tenía un diente ahí y ahora lo tiene, sólo es llamativo, interesante. No se aferra, no se le ocurre desear volver al estado anterior sin dientes, ni se preocupa por cuánto durará este nuevo estado con uno.
Está permanentemente centrado en la conciencia de existir, desde cuya perspectiva todo lo material (excepto el hambre, el dolor, etc) es transitorio, circunstancial e intrascendente, y lo que importa es el pasar de la existencia.
Este estado, por motivos que no desentraño aún, se pierde con el tiempo, y la persona comienza a resistirse o resentirse de los cambios.
Posiblemente eso sea lo que señala la doncella de la carta original: el momento en el que la persona pierde el estado de no expectativa y no aferramiento de la infancia.
O tal vez señale un punto de inflexión en la naturaleza de los cambios: el cambio crucial en la vida de cada individuo entre infante dependiente y adulto autónomo.
Quizás, finalmente, simplemente señale uno de estos cambios que requieren "tanta energía que sólo pueden doler".
Cualquiera de estos significados, rodean el mismo hecho: la doncellez como adolescencia y umbral entre la infancia y la adultez.

Finalmente, las dos figuras más fáciles de malinterpretar desde una perspectiva exotérica: el rey y el sacerdote.
El rey es simple, en realidad: aparece muerto porque el poder de los reyes es exactamente el poder temporal, y el tiempo es el vehículo del cambio. El poder político se vincula a todo lo material y transitorio y, como tal, no resiste el cambio. Un rey sigue a otro, un imperio sigue a otro, un sistema político reemplaza a otro y ninguno de ellos toca lo trascendente, sino que simplemente toma su turno, disfruta su gloria, y vuelve al polvo.
El sacerdote, en cambio, logra permanecer de pie, por un motivo concreto.
Si el Mago es el Loco evolucionado, el sacerdote es el escalón intermedio: es la persona que ha perdido la inocencia y falta de expectativas originales del niño, la carencia de segundas intenciones ante todo, lo directo de la conección perceptiva; pero intenta recuperarlo mediante, como dijimos "un largo y poderoso trabajo filosófico". Cuando, si, el sacerdote logra transformar su doctrina en su carne, y vivir plenamente dentro de sus preceptos, y si, y sólo en el caso de que sus preceptos sean verdaderos, se transformará en el Mago en su aspecto de iluminado liberado del peso de la identificación con lo material y las ilusiones mundanas.
Si el trabajo de toda la vida del sacerdote es exitoso, si su religión es verdadera y su esfuerzo logrado, llegará al lugar donde viven los niños y los idiotas.
Mientras no lo logre, en todo el tiempo que dura el entreluz entre un mundo y otro (el de los "no iniciados" y los "iniciados"), el monje necesita de toda su parafernalia dogmática, representada en la carta de referencia por su ropa y su posición de orar, para aumentar las fuerzas espirituales y anímicas que le permiten a su conciencia liberada a medias soportar el enfrentamiento directo con el cambio.
No muere ni desfallece, pero tampoco puede simplemente entregarse, si no es acompañado de una oración, un rosario, un dogma, un artículo de fe que lo haga sentirse acompañado por algo más grande frente a lo desconocido.
Estas son las cuatro posiciones posibles de enfrentar directamente la destrucción: la ignorancia absoluta que se resiste y se quiebra (el rey), el conocimiento a medias del sacerdote que usa muletas pero puede permanecer, la aceptación instintiva sin conocimiento del niño, y el sometimiento de la doncella.
El mago no figura, entre otras cosas (creo) porque los autores del mazo no pudieron honestamente dar fe de que alguien pueda "purificarse" tanto que verdaderamente deje de temer al cambio, así que sólo queda el eterno intento de llegar (a ser mago) del sacerdote.
En la figura de la Muerte, hay detalles varios: el caballo representa la fuerza imparable que motoriza el cambio, asi como su mirada roja señala su avance ciego y furioso. Esto contrasta con que el caballo de la carta original no corra, que indica que no tiene porqué apurarse: todos los procesos de destrucción ocurren a su propio tiempo, pero de manera vigorosa e imparable.
El esqueleto y lo negro indican el miedo con que se la vive, la rosa blanca señala la pureza.
Hay en la carta indicios de la fertilidad en que todo esto ocurre, y que esto mismo trae: la destrucción también es liberación de recursos para que el resto de la creación se nutra y reformule.
Que se dibuje el ocaso indica tanto el momento final como el ciclo eterno que permite la reformulación constante de las cosas a través de su destrucción.

Otra versión gráfica con poema propio que nos regala Noe.
En resumen: un principio universal (lo efímero de las cosas), una manera de interpretarlo (destrucción como renovación constante), y cuatro maneras de acercarse a esta interpretación (desconocimiento y resistencia, desconocimiento y sometimiento, conocimiento formal con aceptación forzada, conocimiento instintivo con aceptación fluída). La emoción general sólo puede ser miedo y violencia, incluso en la aceptación, por las características del cambio de impuesto sin consulta y de doloroso.
Pueden entonces ser palabras clave para la interpretación de la carta: miedo al cambio - resistencia – procesos de transformación
La versión física
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