Apenas cambié de trabajo, me pasé un par de meses en la oficina, medio al pedo y medio aprendiendo el lado burocrático de la producción musical estatal.
Un día se da una rareza: un concierto muy pequeño, en una sociedad de fomento que cumplía sus primeros cien años en Flores, pero muy importante porque el presidente de la misma era amigo del Secretario, el jefe del jefe de mi jefe.
Así que mi jefe decide que es una buena ocasión para que tenga mi primer asistencia a un concierto, porque es pequeña y simple, y porque él va a estar cerca para asegurarse de dejar bien parado a su jefe ante el secretario.
Decide llevar a quien después me enteraría que es uno de los caballitos de batalla todo terreno de la dirección: Hugo Marcel.
Yo, claro, ni idea de quién era.
Dado que el concierto era a la noche de un viernes, ese día no voy a la oficina, y haciendo las commpras por el barrio me encuentro con Andrea, una vecina con la que nos conocemos de tiempos más jipis míos e iguales suyos, y su hija Iara.
Con Iara nos comunicamos desde lo bestia, así que nos pasamos un par de horas con ella trepándome por la cabeza y yo revoleándola por el aire.
Llegué a la oficina a buscar a mi jefe tan fresco como se puede, relajado, contento. El contraste con los demás, que estaban viviendo la última hora de un viernes, era claro.
Salimos con mi jefe rumbo a Flores Sur. Como era la primera vez que teníamos un rato extenso a solas, empezamos a charlar desde lo más básico. Se quedó un momento en silencio cuando terminó de sacar las cuentas de que, entre que conozco amigas de su esposa, que mi madre trabaja en la función pública y se conoce con él, y que un tío político mío fuera músico durante años con su jefe directo, yo tenía tres vínculos distintos desde los cuales podría haberme presentado en la Dirección “apadrinado” por alguien, y sin embargo lo hice de modo totalmente autogestivo.
No le aclaré que en mi cabeza ningún vínculo sirve de carta de presentación y menos que menos los familiares.
Llegamos, hacemos los preparativos iniciales, y nos enteramos de que el Secretario no iba a asistir. Su madre si, una viejita encantadora que se rie de que su hijo no tiene más tiempo para verla y cuenta que tiene “69 años, y no quiero cumplir 70”, con una sencillez que parece rayar en la frivolidad.
Pero quién es uno para sentenciar.
Pensé que mi jefe se molestaría con la ausencia del secretario, que era su razón de venir, pero en vez de eso, dice “toda la presión que esto tenía acaba de desaparecer”.
Empezamos a charlar, me cuenta que está en un punto de su carrera donde no quiere crecer más, sino disfrutar de un poco de relajación. Pocos meses después empezaria a tomar un trabajo en megaeventos tras otro, todos con alrededor de una semana de preparación. Pero en ese momento le creí lo que decía.
Le pregunto sobre Hugo Marcel, sobre porqué lo convoca para eventos que le parecen tan importantes.
Me responde que por un lado, porque cubre sus requisitos: le parece muy buen artista, siempre cumple, y nunca hace ninguna clase de quilombo como llegar tarde o pelearse con alguien.
Tomo nota.
Y que por otro, porque es un hombre con muchos años de trayectoria, que si cambia la gestión tal vez sea la última vez que puede trabajar para el gobierno, y que si puede ayudarlo a juntar unos mangos más para jubilarse dignamente, le parece algo bueno de hacer.
También tomo nota.
Charlamos con uno de los sonidistas, se conocen de muchas presentaciones juntos. El sonidista pesa 120 kilos, está muy contento de eso. Trabajó de rompededos, tiene varias peleas en circuitos clandestinos, perdió una vez sola, que abandonó al darse cuenta de que su oponente era Héctor Echavarría.
“Este tipo es amigo mío” me dice mi jefe cuando rompededos vuelve a la consola de sonido.
Tomo nota.
Llega Hugo Marcel, un señor de unos 65 años. Sigo sin saber nada de su trayectoria. Llega muy contento, muy amable. Lo acompañan su señora, Lolita, y el tecladista con su mujer. Ellos usan traje, ellas vestidos de noche y carga de maquillaje. Los demás músicos llegan poco después. Todo el mundo le abre algún camino, lo acompañamos al espacio que obra de camarino, los locales se excusan de la modestia de todo, a él nada le hace problema.
Mientras los músicos cenan lo que les brindan, yo revoloteo cumpliendo algunas indicaciones de mi jefe, al terminar, me indica que me quede cerca y me haga amigo. En un solo momento me doy cuenta de que estoy hablando y me callo, sintiéndome desubicado. El resto del tiempo, Hugo toma la palabra, demostrando las cualidades que luego le conocería como sólidas de su modo de trabajo, las que hacen que mi jefe lo llame un “todo terreno”: total ausencia de ansiedad frente al escenario, total ausencia de reclamos a los organizadores o a la situación, flexibilidad plena, buenos modales permanentes, atención solícita hacia el público en todo momento, mucho sentido del humor y la decisión clara de mantener el ánimo ligero del momento, siempre.
Sabiendo que soy un público nuevo, me cuenta espontáneamente su trayectoria.
Que empezó a los 14 años como ”el pibe del tango”. Que tuvo un éxito inmediato, que a los 20 años había compartido escenario y grabaciones con todos los consagrados y tenía un nombre propio.
Que más o menos por esa fecha decidió pasarse a la canción melódica.
Le pregunto sobre el cambio de género, y me responde que eran cosas de la edad, que uno a esa edad quiere probar de todo, y se atreve.
Me mira, cansado y entero, y me dice “ahora no me atrevo a nada”.
Su cansancio profundo me toca el alma, sé que parte de eso es un hígado atragantado, pero no sé qué es el resto.
Me sigue contando.
Que llegó a competir con Sandro en un Festival de la Canción, donde quedó segundo frente al mismo Sandro, con lo que sería su mayor hit “Hoy la he visto pasar a María”.
Lolita se indigna, cuarenta años después, de que el concurso estuviera amañado, Hugo disiente con elegancia, reconociendo los méritos de la canción del ganador, y comentando que igualmente, con esa canción vendieron bastante – creo recordar que dijo algo así como un millón de copias, en 1969.
Meses después me enteraría que con el título de la canción hicieron una película que interpretó él mismo en el rol de Hugo, un cantante que llega a Buenos Aires a trabajar de taxista hasta que triunfa en lo suyo, que serviría de base para la posterior serie “Rolando Rivas, taxista”.
No me atrevía a preguntar porqué tocaba entonces para el estado, en una sociedad de fomento, por la mínima cantidad que yo mismo había redactado en su contrato.
Creo que igual lo pregunté, o al menos puse la suficiente cara para que elija contármelo por sí mismo: el era muy peronista, desde chiquitito.
En aquella época incipiente del ícono mediático, donde las horas de televisión eran contadas y el firmamento de estrellas mucho más reducido pero terriblemente gravitante, los líderes de estado compartían cartel y afecto público con las personalidades artísticas.
Siendo la tendencia del momento el fascismo y la generación de masas cohesionadas más a través del afecto político que de la razón, y siendo que todo el mundo estaba ávido de que esto ocurriera, la cercanía entre los personajes queridos por el público, de todas las ramas, era un modo más, y muy importante, de generar confluencia de afectos y consolidar posiciones para todos, principalmente para los referentes mayores.
Por eso la cercanía pública de Perón con Gatica, con Hugo, etc.
De las pocas, o menos que ahora, figuras públicas, convenía estar cerca para mantener la omnipresencia y absorber y derivar parte del cariño del público.
Este análisis es mío, no de Hugo, y no cuestiono la veracidad de los sentimientos de Perón hacia él.
Los de Hugo hacia Perón están absolutamente más allá de toda duda. Su fidelidad raya en lo chocante para mi, que traicioné a todo dios.
En esa época, los límites de las cosas se difuminaban. Como dije, los artistas famosos no eran tantos, y los que tenían filiación política pública e incondicional eran menos. Por eso le creí cuando me dijo que, en una gira por medio oriente, un jeque le ofreció ser intermediario para hacerle llegar un préstamo internacional a Perón. Entre todo lo dicho anteriormente, y que los jeques siempre fueron y son pastores de cabras inflados, me parece totalmente probable.
Para esa época la llegada a Perón ya no era tan sencilla, y la persistente ingenuidad política de Hugo lo llevó a hablar con uno de sus representantes en el gabinete de aquel entonces – no logro recordar el nombre que me dijera- sobre dicho crédito.
El personaje, lo primero que le pregunta es “¿qué necesitás para estar tranquilo?”.
Hugo no entiende la pregunta.
Insiste simplemente en que quiere que Perón tome conocimiento de la oferta, y le vuelven a preguntar sobre su tranquilidad.
Termina diciendo, el pobre, con las pelotas infladas, que lo que necesita para estar tranquilo es que ese crédito llegue al pueblo argentino.
La transitividad Perón – pueblo argentino era para él así de cierta.
Cuando el otro le empieza a decir que “esto es complicado y hay muchas cosas que Hugo no entiende”, la caen todas las fichas, y todavía le cambia la cara cuando cuenta que entendió que si insistía, podía aparecer desnudo y muerto en una zanja. Probablemente hasta ese momento no hubiera asociado que un crédito internacional es un montón de dinero, además y antes que una ayuda para un país.
Después, llegó la prohibición.
Y durante diez años no pudo asumir su nombre artístico, ni presentarse en ningún lado.
En esa época, si tenías un quiosco o librería, podía ocurrir que un día entrara el ex competidor número uno de Sandro a venderte artículos de papelería.
Zafó de expropiaciones, creo, pero diez años de heladera quebraron su carrera pública. Al regreso, los gustos del público habían sido transformados por el club del clan y el a go go. Hugo se encuentra con una amplísima base de seguidores y admiradores de antes de los sesenta, pero ningún reconocimiento de la generación entonces importante para el mercado.
Todavía era demasiado joven para ser un valor nacional, y el tango y la canción no volverían a ser géneros valorados hasta los 90 el primero, y hasta la fecha y contando el segundo.
Desde los 90 más o menos, consigue siempre trabajo. Por lo que entiendo del contrato que le tramité y de lo que me cuenta, son todos adecuados para alguien que recién empieza y tiene expectativas de crecer, que no es el caso. Pero ante su clara conformidad y tranquilidad, mi reflejo natural de preocupación y angustia se desarticula.
Se da una pausa en la charla y reconozco mi silencio de cada vez que me dicen algo que voy a estar asimilando por semanas o meses. Entonces Hugo intercala un chiste sobre que se le acaba de endurecer el cuello y me percato a tiempo de que no nos conocemos lo suficiente para ofrecerle un masaje. Queda claro en su humor que la tortícolis no va a afectar su desempeño en el escenario.
Llega el momento del show y, entre un montón de cosas, no consigo conectar con el espectáculo, así que salgo a tomar aire a la vereda. Está mi jefe.
Le confieso mi profunda impresión ante semejante historia.
La gloria, la inocencia.
La pasión histórica, la desilusión de todo lo que nunca volvió, desde el Perón bueno hasta la fama internacional. La amargura, la flexibilidad, la aceptación.
Todo me impresiona profundamente, me parecen movimientos del alma demasiado grandes para casi concebirlos. Y todos los hizo, y ya hace tiempo, ese hombre que hace chistes comiendo asado y se saca fotos con ancianas emocionadas.
Mi jefe me sonríe y me dice “¿viste porqué había que darle trabajo?”.
Tomo nota.
ES IMPORTANTE SABER
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jueves, 2 de diciembre de 2010
martes, 23 de noviembre de 2010
Bondad - I (presente laboral)
Tocó ir a trabajar un sábado.
No tenía mucha idea de en qué: estaba cubriendo a una compañera y amiga que quería estar en el cumpleaños de su hijo.
Como no estoy teniendo mayormente vida personal, y ella iba a dejar todo listo, y tenía mucho trabajo, y tengo cierta tendencia kamikaze, quedé en relevarla en el concierto directamente, ignorando sus intentos de ponerme al tanto antes de ir.
Sabía que no iba a poder concentrarme en nada de lo que me dijera, y que me iba a enterar verdaderamente de las cosas en el lugar y en el momento, así que fui sin prepararme.
En el camino, sin embargo, algunas cosas que me dijeran se me fueron filtrando hasta la conciencia, pero muy de a poco.
Que iba a estar Víctor Heredia.
Y que iba a ser en el Ministerio de Defensa.
Llegué pensando que en este mismo lugar yo había hecho la colimba diez y seis años antes, pero descubrí que lo habían cambiado de edificio. Ahora el Ministerio de Defensa de la Nación reside en el Comando en Jefe del Ejército, ese edificio en Paseo Colón que tiene la estatua horrible “del soldado herido”, que muestra un soldado, en rigor de verdad, con un agujero en el tronco dos veces más grande que cabeza. Inmediatamente detrás de esa estatua, estaba el escenario.
Como siempre, un toque fuera del mundo, pensaba que Víctor Heredia es alguna especie de dinosaurio anacrónico, así que me sorprendí bastante al llegar y ver un escenario de unos sesenta metros cuadrados con dos pisos de torres de parlantes.
Mi compañera, debido a diferentes retrasos, directamente no fue. Pero tenía todo arreglado así que simplemente me fui poniendo en contacto con los responsables de cada cosa y medié cual fluído mercurial, como siempre.
Buena parte de mi trabajo es ser parte de un pasamanos, otra es amortiguar las tensiones, una mínima es tomar decisiones de sentido común y algo de conocimiento técnico.
Uno de los locales era el responsable de ceremonial y protocolo local, que me hizo terminar de entender lo que estaba por presenciar, de lo que estaba por ser parte: Víctor Heredia. En el Ministerio de Defensa.
Recorriendo el edificio para poder luego guiar a los artistas, no pude evitar una sensación tenebrosa frente a su imponencia y los fantasmas castrenses que habitan la mente de -supongo- casi todo porteño. Imaginé intrigas y fusilamientos a traición en las esquinas, autos con gente en los baúles en el estacionamiento, charlas secas y técnicas sobre asesinatos en masa en los sillones tan amplios, lujosos, de los salones inmensos.
Mi experiencia en la colimba me daba cierta familiaridad y facilidad en el trato con los soldados, suboficiales y oficiales, y fluídez ante sus procedimientos.
Víctor Heredia. En el Ministerio de Defensa.
Mariana, la chica que hacía de enlace con nosotros, una señora en realidad, a la que estoy seguro que crucé mucho más joven cuando hice la colimba, está convencida de que Garré está haciendo historia.
“En veinte años que llevo en el Ministerio de Defensa, nadie hizo reformas tan de fondo, ni cercanas ni lejanas, como esta mujer”, dice.
Una de las reformas en curso es abrir e incorporar toda la red de museos militares – treinta y tres en total, absolutamente desconocidos hasta ahora y cerrados al público civil- al patrimonio cultural nacional y generar acuerdos con las instituciones educativas para que sean visitados.
Puede sonar poco interesante. Puede sonar mágico y trascendente.
Pero objetos que han sido parte de la violencia con que se forjó parte de nuestra historia, ahora pueden ser observados directamente.
Y, más importante aún, espacios habitualmente cerrados y que constituían su propio universo, el mundo militar, van a ser periódicamente atravesados por gente del otro mundo, los civiles.
Hablando con uno de los colaboradores de Mariana, le comento que cuando hice la colimba me llamaba la atención que convivieran en el Ministerio de Defensa dos mundos tan diferentes, civiles y militares. Me responde que si, que a veces a él mismo le rompe la cabeza darse cuenta de las realidades absolutamente diferentes en que viven personas que comparten el mismo espacio toda la semana.
Yo lo sé, conozco los dos lados: sé lo que es recibir órdenes de modo incuestionable.
Conozco el sentimiento de cuerpo que eso produce, y los modos retorcidos de identificación y diferenciación entre oficiales y suboficiales, entre idealistas y hambrientos, entre facilistas y reglamentaristas.
Un mundo de clases sociales y divisiones que también los une entre sí, porque los civiles desconocen todo al respecto.
Saber porqué y en qué un militar no es igual al otro, termina generando un sentimiento de cuerpo más fuerte aún, porque los excluye del diálogo con quienes no compartan ese mundo.
Por eso era tan importante esto.
Víctor Heredia.
En el Ministerio de Defensa.
Una institución absolutamente cerrada, al mismo tiempo admirada por todos aquellos que desean ser parte de algo más grande y temida por todos los que tenemos mínimos recuerdos de principios de los ochenta.
Alojando a un cantante de protesta, de izquierda, social.
Casi cuatro mil personas, a ojo, lo vieron.
Cantó, entre otras, la canción “Aquellos soldaditos de plomo”.
Esta es la letra que cantó frente a la puerta de la casa de todos los soldados, en tiempos de UNASur.
De pequeño yo tenía un marcado
sentimiento armamentista;
tanques de lata, de cromo y níquel
y unos graciosos reservistas de plomo,
a mano pintados, con morriones colorados
que eran toda una delicia para mi mente infantil...
...yo me creía, como creía en el honor
del paso del batallón dentro de mi habitación;
era todo un general dirigiendo la batalla,
y el humo de la metralla acunaba mi pasión
por los gloriosos soldados que, sable en mano
avanzaban sobre aquel cruel invasor
que atacaba mi nación...
...sangre de entonces, sangre vertida,
toda mi niñez vencida por el tiempo que pasó.
De las banderas, sólo jirones; de los morriones
Empenachados, sólo un recuerdo desmadejado de dolor...
...¿qué nos pasó, cómo ha pasado?
¿Qué traidor nos ha robado
la ilusión del corazón?
Creo que quiero cerrar los ojos
para no ver los despojos de lo que tanto
amaba entonces.
Que vuelva el bruñido del bronce,
que se limpien las banderas;
yo quiero ser una fila entera de soldados desfilando
y todo un pueblo cantando con renovada pasión.
Quiero de nuevo el honor
aunque no existan victorias,
quiero llorar con la gloria de una marcha militar,
y un banderín agitar, frente a un ejército popular...
Antes, una banda militar tocó algunos temas, entre ellos “Tanguera” y el himno, para terminar gritando “Viva la PATRIA!!”, mientras el público hacía el gesto de la victoria peronista, y se nos ponía la piel de gallina.
Sanación social es la frase que me viene a la cabeza. Reconciliación entre referentes culturales e instituciones. Entre instituciones y pueblo. Todo el dolor que no se olvida, y el presente.
No tenía mucha idea de en qué: estaba cubriendo a una compañera y amiga que quería estar en el cumpleaños de su hijo.
Como no estoy teniendo mayormente vida personal, y ella iba a dejar todo listo, y tenía mucho trabajo, y tengo cierta tendencia kamikaze, quedé en relevarla en el concierto directamente, ignorando sus intentos de ponerme al tanto antes de ir.
Sabía que no iba a poder concentrarme en nada de lo que me dijera, y que me iba a enterar verdaderamente de las cosas en el lugar y en el momento, así que fui sin prepararme.
En el camino, sin embargo, algunas cosas que me dijeran se me fueron filtrando hasta la conciencia, pero muy de a poco.
Que iba a estar Víctor Heredia.
Y que iba a ser en el Ministerio de Defensa.
Llegué pensando que en este mismo lugar yo había hecho la colimba diez y seis años antes, pero descubrí que lo habían cambiado de edificio. Ahora el Ministerio de Defensa de la Nación reside en el Comando en Jefe del Ejército, ese edificio en Paseo Colón que tiene la estatua horrible “del soldado herido”, que muestra un soldado, en rigor de verdad, con un agujero en el tronco dos veces más grande que cabeza. Inmediatamente detrás de esa estatua, estaba el escenario.
Como siempre, un toque fuera del mundo, pensaba que Víctor Heredia es alguna especie de dinosaurio anacrónico, así que me sorprendí bastante al llegar y ver un escenario de unos sesenta metros cuadrados con dos pisos de torres de parlantes.
Mi compañera, debido a diferentes retrasos, directamente no fue. Pero tenía todo arreglado así que simplemente me fui poniendo en contacto con los responsables de cada cosa y medié cual fluído mercurial, como siempre.
Buena parte de mi trabajo es ser parte de un pasamanos, otra es amortiguar las tensiones, una mínima es tomar decisiones de sentido común y algo de conocimiento técnico.
Uno de los locales era el responsable de ceremonial y protocolo local, que me hizo terminar de entender lo que estaba por presenciar, de lo que estaba por ser parte: Víctor Heredia. En el Ministerio de Defensa.
Recorriendo el edificio para poder luego guiar a los artistas, no pude evitar una sensación tenebrosa frente a su imponencia y los fantasmas castrenses que habitan la mente de -supongo- casi todo porteño. Imaginé intrigas y fusilamientos a traición en las esquinas, autos con gente en los baúles en el estacionamiento, charlas secas y técnicas sobre asesinatos en masa en los sillones tan amplios, lujosos, de los salones inmensos.
Mi experiencia en la colimba me daba cierta familiaridad y facilidad en el trato con los soldados, suboficiales y oficiales, y fluídez ante sus procedimientos.
Víctor Heredia. En el Ministerio de Defensa.
Mariana, la chica que hacía de enlace con nosotros, una señora en realidad, a la que estoy seguro que crucé mucho más joven cuando hice la colimba, está convencida de que Garré está haciendo historia.
“En veinte años que llevo en el Ministerio de Defensa, nadie hizo reformas tan de fondo, ni cercanas ni lejanas, como esta mujer”, dice.
Una de las reformas en curso es abrir e incorporar toda la red de museos militares – treinta y tres en total, absolutamente desconocidos hasta ahora y cerrados al público civil- al patrimonio cultural nacional y generar acuerdos con las instituciones educativas para que sean visitados.
Puede sonar poco interesante. Puede sonar mágico y trascendente.
Pero objetos que han sido parte de la violencia con que se forjó parte de nuestra historia, ahora pueden ser observados directamente.
Y, más importante aún, espacios habitualmente cerrados y que constituían su propio universo, el mundo militar, van a ser periódicamente atravesados por gente del otro mundo, los civiles.
Hablando con uno de los colaboradores de Mariana, le comento que cuando hice la colimba me llamaba la atención que convivieran en el Ministerio de Defensa dos mundos tan diferentes, civiles y militares. Me responde que si, que a veces a él mismo le rompe la cabeza darse cuenta de las realidades absolutamente diferentes en que viven personas que comparten el mismo espacio toda la semana.
Yo lo sé, conozco los dos lados: sé lo que es recibir órdenes de modo incuestionable.
Conozco el sentimiento de cuerpo que eso produce, y los modos retorcidos de identificación y diferenciación entre oficiales y suboficiales, entre idealistas y hambrientos, entre facilistas y reglamentaristas.
Un mundo de clases sociales y divisiones que también los une entre sí, porque los civiles desconocen todo al respecto.
Saber porqué y en qué un militar no es igual al otro, termina generando un sentimiento de cuerpo más fuerte aún, porque los excluye del diálogo con quienes no compartan ese mundo.
Por eso era tan importante esto.
Víctor Heredia.
En el Ministerio de Defensa.
Una institución absolutamente cerrada, al mismo tiempo admirada por todos aquellos que desean ser parte de algo más grande y temida por todos los que tenemos mínimos recuerdos de principios de los ochenta.
Alojando a un cantante de protesta, de izquierda, social.
Casi cuatro mil personas, a ojo, lo vieron.
Cantó, entre otras, la canción “Aquellos soldaditos de plomo”.
Esta es la letra que cantó frente a la puerta de la casa de todos los soldados, en tiempos de UNASur.
De pequeño yo tenía un marcado
sentimiento armamentista;
tanques de lata, de cromo y níquel
y unos graciosos reservistas de plomo,
a mano pintados, con morriones colorados
que eran toda una delicia para mi mente infantil...
...yo me creía, como creía en el honor
del paso del batallón dentro de mi habitación;
era todo un general dirigiendo la batalla,
y el humo de la metralla acunaba mi pasión
por los gloriosos soldados que, sable en mano
avanzaban sobre aquel cruel invasor
que atacaba mi nación...
...sangre de entonces, sangre vertida,
toda mi niñez vencida por el tiempo que pasó.
De las banderas, sólo jirones; de los morriones
Empenachados, sólo un recuerdo desmadejado de dolor...
...¿qué nos pasó, cómo ha pasado?
¿Qué traidor nos ha robado
la ilusión del corazón?
Creo que quiero cerrar los ojos
para no ver los despojos de lo que tanto
amaba entonces.
Que vuelva el bruñido del bronce,
que se limpien las banderas;
yo quiero ser una fila entera de soldados desfilando
y todo un pueblo cantando con renovada pasión.
Quiero de nuevo el honor
aunque no existan victorias,
quiero llorar con la gloria de una marcha militar,
y un banderín agitar, frente a un ejército popular...
Antes, una banda militar tocó algunos temas, entre ellos “Tanguera” y el himno, para terminar gritando “Viva la PATRIA!!”, mientras el público hacía el gesto de la victoria peronista, y se nos ponía la piel de gallina.
Sanación social es la frase que me viene a la cabeza. Reconciliación entre referentes culturales e instituciones. Entre instituciones y pueblo. Todo el dolor que no se olvida, y el presente.
sábado, 23 de octubre de 2010
La llamada de lo pánico - II
Al mismo tiempo que pienso eso, entre otras cosas que no voy a detallar porque porque concordamos con Alicia en considerarlas interferencia, veo mi cabeza abierta como la terminación de una torre de ajedrez, como si mi cráneo fuera un balcón en forma de taza, y el espacio vacío dentro de esa taza lleno de cielo azul con nubes, como un margritte.
Alicia me insta a que permanezca en esa contemplación, hasta que todo mi cuerpo se vacía y se llena de cielo, volviéndose casi invisible. Apenas veo la silueta de parte de mi espalda transparentada contra el cielo al final, y en ese momento vuelven a aparecer mi guía, como un viejo fantasma barbudo e inmenso por detrás, enroscado, cubriendo toda mi espalda y encorvando su cuerpo de modo que nuestras frentes coincidían, entrecejo con entrecejo. Y el niño flotando enfrente mío y, repentinamente, pasando su cuerpo a través del mío desde atrás, a través del espacio entre plexo y corazón.
Quedó ahí, con la cabeza saliendo de mi pecho como un trofeo de pared viviente y mirando hacia delante. Su cara reflejaba mucha alegría, como un niño viendo algo que lo pone muy contento.
Consideramos un buen momento para terminar la sesión, cuando abro los ojos veo a Alicia levantando los brazos, en gesto simultáneo de victoria y de agradecimiento al cielo.
El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.
Alicia me insta a que permanezca en esa contemplación, hasta que todo mi cuerpo se vacía y se llena de cielo, volviéndose casi invisible. Apenas veo la silueta de parte de mi espalda transparentada contra el cielo al final, y en ese momento vuelven a aparecer mi guía, como un viejo fantasma barbudo e inmenso por detrás, enroscado, cubriendo toda mi espalda y encorvando su cuerpo de modo que nuestras frentes coincidían, entrecejo con entrecejo. Y el niño flotando enfrente mío y, repentinamente, pasando su cuerpo a través del mío desde atrás, a través del espacio entre plexo y corazón.
Quedó ahí, con la cabeza saliendo de mi pecho como un trofeo de pared viviente y mirando hacia delante. Su cara reflejaba mucha alegría, como un niño viendo algo que lo pone muy contento.
Consideramos un buen momento para terminar la sesión, cuando abro los ojos veo a Alicia levantando los brazos, en gesto simultáneo de victoria y de agradecimiento al cielo.
El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.
viernes, 27 de agosto de 2010
La rosa y el lecho - I
Más exorcismo por entregas. Recuerden el combo básico de cualidades de estas cosas: no van a ningún lado y son un asco.
Como recordatorio de que ahora están pasando cosas lindas, va esto y esto.
Lo primero
El primer año que hice terapia con Alicia Valero, tuve algunas visualizaciones totalmente metafóricas, pero extremadamente significativas.
Prácticamente al primer momento supe lo que significaban, pero me tomó un año y medio más hacerme cargo, y llegó a ser necesario pasar de lo metafórico a lo literal, al recuerdo directo, para que pudiera dejar de negarlo.
La primera fue una rosa roja, color sangre, en medio de la oscuridad.
Posteriormente apareció, tras la rosa, un lecho de cortinas también escarlata oscuro.
Había gente moviéndose detrás de las cortinas, y yo sabía lo que estaba pasando, pero aprovechaba no poder verlo para pensar que no lo sabía.
Si hubiera aceptado ahí mismo lo que ya sabía, probablemente hubiera acortado bastante mi tratamiento.
Para esa época ya había dejado de tener contacto regular con mi tía Alicia Saab, pero había recuerdos claros que siempre me habían intrigado, y aún tenía. Como no estaba acostumbrado a tomarme en serio a mí mismo, descalificaba estos recuerdos. Tampoco se me ocurría charlarlos con nadie.
En estos recuerdos, aparecía Alicia en sus treinta años (mis menos de diez), semidesnuda en la cama de su departamento de Once, enfrente mío. Algunas tapas clásicas de Frank Frazetta, tipicamente esas donde se ve al héroe ascendiendo hacia el altar de la hechicera, remedan las figuras de este recuerdo. Una atmósfera pesada, calurosa y húmeda es parte de la escena también.

Entre mis veinticinco y treinta años, varias veces había oficiado de profesor de gimnasia para mi tía, y me había pasado muchas de sentir una tensión sexual extraña.
Tensión sin atracción sería la mejor definición, pero lo más sorprendente siempre era la sensacion de total familiaridad, de cosa ya conocida.
Lo asociaba con estos recuerdos recurrentes de verla en ropa interior de niño, y me sentía un poco culpable de lo incestuoso de este sentimiento, al mismo tiempo que conflictuado conmigo mismo por poder sentir esta "tensión sin atracción".
Un sentimiento similar me tomaba a veces, cuando me daba cuenta de que estaba pensando en tener sexo con alguna amiga, solamente por no saber cómo sobrellevar una charla.
Todos los atajos llevaban al mismo lado, y tendía a sentirme culpable de esto.
Años después, mi hermana política Francisca, refugiada de la pasta base y la prostitución en un pueblito de Neuquén, me contaría su sensación de un encuentro con mi abuela materna Zulema. "Sentí (de Zulema) una fuerza sexual tal que si podía, me cogía ahí mismo, no porque me deseara sino por deseo de poseer y cogerse a las cosas", dijo. "A las cosas: sentí que no le importaba si yo era hombre, mujer, si quería o no, si teníamos relación o parentesco... nada, no le importaba nada de mi, solamente deseaba".
Para ese momento, mi abuela era ya un ser desvencijado, afortunadamente.
Ocurrieron algunos hechos nefastos.
Mi primo Ignacio, el hijo mayor de Alicia, se enfermó de cáncer, duró dos años y murió.
Mi padre terminó de evidenciar su locura profunda, duró cuatro años y murió.
Yo completé mientras tanto las escalas hacia la infección de hiv en una espiral de alcoholismo, soledad, desamor.
En cierto momento, encaré a mi madre y hermano, acusándolos de haber tomado provecho económico de mi bajo chantaje emocional encubierto.
A esta acusación mi madre, Felisa, respondió echándome de su casa. Casi no nos volvimos a ver desde entonces.
Mi primo había muerto hacía pocos meses, mi padre aún viviría casi dos años más.
Viví un tiempo en casas de amigos, terminé de curarme de algunas cosas del momento, retomé el ritmo natural de mi vida en lo posible.
No lo sabía, pero estaba tomando envión para volver. Hacia atrás, a lo irresuelto.
Y cambiar todo para siempre.
Gracias Meuge por la ilustración.
Como recordatorio de que ahora están pasando cosas lindas, va esto y esto.
Lo primero
El primer año que hice terapia con Alicia Valero, tuve algunas visualizaciones totalmente metafóricas, pero extremadamente significativas.
Prácticamente al primer momento supe lo que significaban, pero me tomó un año y medio más hacerme cargo, y llegó a ser necesario pasar de lo metafórico a lo literal, al recuerdo directo, para que pudiera dejar de negarlo.
La primera fue una rosa roja, color sangre, en medio de la oscuridad.
Posteriormente apareció, tras la rosa, un lecho de cortinas también escarlata oscuro.
Había gente moviéndose detrás de las cortinas, y yo sabía lo que estaba pasando, pero aprovechaba no poder verlo para pensar que no lo sabía.
Si hubiera aceptado ahí mismo lo que ya sabía, probablemente hubiera acortado bastante mi tratamiento.
Para esa época ya había dejado de tener contacto regular con mi tía Alicia Saab, pero había recuerdos claros que siempre me habían intrigado, y aún tenía. Como no estaba acostumbrado a tomarme en serio a mí mismo, descalificaba estos recuerdos. Tampoco se me ocurría charlarlos con nadie.
En estos recuerdos, aparecía Alicia en sus treinta años (mis menos de diez), semidesnuda en la cama de su departamento de Once, enfrente mío. Algunas tapas clásicas de Frank Frazetta, tipicamente esas donde se ve al héroe ascendiendo hacia el altar de la hechicera, remedan las figuras de este recuerdo. Una atmósfera pesada, calurosa y húmeda es parte de la escena también.

Entre mis veinticinco y treinta años, varias veces había oficiado de profesor de gimnasia para mi tía, y me había pasado muchas de sentir una tensión sexual extraña.
Tensión sin atracción sería la mejor definición, pero lo más sorprendente siempre era la sensacion de total familiaridad, de cosa ya conocida.
Lo asociaba con estos recuerdos recurrentes de verla en ropa interior de niño, y me sentía un poco culpable de lo incestuoso de este sentimiento, al mismo tiempo que conflictuado conmigo mismo por poder sentir esta "tensión sin atracción".
Un sentimiento similar me tomaba a veces, cuando me daba cuenta de que estaba pensando en tener sexo con alguna amiga, solamente por no saber cómo sobrellevar una charla.
Todos los atajos llevaban al mismo lado, y tendía a sentirme culpable de esto.
Años después, mi hermana política Francisca, refugiada de la pasta base y la prostitución en un pueblito de Neuquén, me contaría su sensación de un encuentro con mi abuela materna Zulema. "Sentí (de Zulema) una fuerza sexual tal que si podía, me cogía ahí mismo, no porque me deseara sino por deseo de poseer y cogerse a las cosas", dijo. "A las cosas: sentí que no le importaba si yo era hombre, mujer, si quería o no, si teníamos relación o parentesco... nada, no le importaba nada de mi, solamente deseaba".
Para ese momento, mi abuela era ya un ser desvencijado, afortunadamente.
Ocurrieron algunos hechos nefastos.
Mi primo Ignacio, el hijo mayor de Alicia, se enfermó de cáncer, duró dos años y murió.
Mi padre terminó de evidenciar su locura profunda, duró cuatro años y murió.
Yo completé mientras tanto las escalas hacia la infección de hiv en una espiral de alcoholismo, soledad, desamor.
En cierto momento, encaré a mi madre y hermano, acusándolos de haber tomado provecho económico de mi bajo chantaje emocional encubierto.
A esta acusación mi madre, Felisa, respondió echándome de su casa. Casi no nos volvimos a ver desde entonces.
Mi primo había muerto hacía pocos meses, mi padre aún viviría casi dos años más.
Viví un tiempo en casas de amigos, terminé de curarme de algunas cosas del momento, retomé el ritmo natural de mi vida en lo posible.
No lo sabía, pero estaba tomando envión para volver. Hacia atrás, a lo irresuelto.
Y cambiar todo para siempre.
Gracias Meuge por la ilustración.
martes, 8 de junio de 2010
Sesión 11 enero 2010
Agujas en el pie, entonces astillas.
Recuerdo de infancia.
Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja.
Imágenes de la casa de entonces.
Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete.
Rogelio de seis lo acompaña.
En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.
Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años.
De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.
Veo la vagina de Felisa.
La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.
Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque.
Todo se desdibuja, llamo a mi guía.
Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente.
Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.
Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.
Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.
Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.
Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.
Me parece bien, fríamente bien.
Terminamos la sesión.
Recuerdo de infancia.
Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja.
Imágenes de la casa de entonces.
Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete.
Rogelio de seis lo acompaña.
En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.
Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años.
De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.
Veo la vagina de Felisa.
La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.
Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque.
Todo se desdibuja, llamo a mi guía.
Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente.
Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.
Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.
Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.
Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.
Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.
Me parece bien, fríamente bien.
Terminamos la sesión.
jueves, 3 de junio de 2010
Sesion 21 12 09
Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (2 páginas)
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Al poco de entrar en trance, aparece la imagen de un hombre gritando contra el zócalo, mientras el suelo se abre estallando ante la irrupción de una cabeza de oso de juguete amarilla y gigante, que surge entre resplandores.
No me parece importante, por supuesto. Pero tiene algo.
Al rato de persistir, la imagen se transforma en la misma casa, partida esta vez al medio por un ojo terrible, concéntrico en colores marrones y negros.
Aparezco yo, a desnudarme frente a ese ojo. Mi imagen es al mismo tiempo débil y estoica, parezco un muchachito seguro de sí mismo, aún en la conciencia de su fragilidad.
Me sé aprobado por el ojo, pero su hostilidad persiste.
La sensación es que conoce mis defectos y los odia, pero el total de mi le sirve.
Se convierte en un chorro de alquitrán y empieza a invadir mi espalda.
Decido que eso no me gusta, lo consulto con Alicia, esta de acuerdo, pregunta qué opina mi guía.
A duras penas lo oigo, pero dice claramente que eso se tiene que acabar.
Lo corto, y aparezco al lado de mi guía, en lo que llamo “el lugar blanco”.
A poco, aparece a nuestro costado un árbol, cuya copa es el mismo ojo, pero en círculos concéntricos blancos.
La aprobación es idéntica, pero sin hostilidad.
Mi guía está al lado mío, la sensación es que no debo ir a ningún lado, simplemente quedarme con él. Fluctúa permanentemente, su forma es generalmente la de un cono de luz, a veces bidimensional.
Muchas veces se cruza algo en su terminación, a veces medialunas, a veces formas más complejas. Ahora escribiendo pienso que son estilizaciones de aureolas.
De repente, lo veo tocando una especie de órgano de iglesia, o computadora.
Me estuvo doliendo la cabeza toda la semana, en parte por un ataque al hígado, en parte por no haber podido dormir bien casi en tres noches. La cabeza no para, y tanto Alicia como yo pensamos que es el último coletazo de la mente por mantener el predominio.
Alicia se ve afortunadamente optimista de que es el final. Pero duele.
Estoy por comentárselo, y espontáneamente apoya su mano sobre mi frente, llevando rei ki.
Paralelamente mi guía mete la mano en mi cerebro: se ve como una esfera tapizada internamente por un millón de bujías encendidas. Toma las centrales y las apaga.
Al rato, veo mi cuerpo como un edificio cuya azotea fuera mi cabeza, donde se abre un hueco, como si el techo estuviera siendo refaccionado o abierto.
Soy un niño al lado de mi guía, le pregunto cuál es mi lugar en todo esto.
Sigue tocando el órgano y me contesta, pero no le creo.
Cual es tu lugar? pregunta Alicia.
“Creo que me dijo… que… mi lugar… es adentro mío”.
Mi guía sostiene una extraña planta, una flor de carne, de largos pétalos.
La mete en mi vientre, la inserta en el lugar en que irían mis intestinos y se retira.
La construcción empieza a cerrarse en el techo.
Salgo del trance.
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Al poco de entrar en trance, aparece la imagen de un hombre gritando contra el zócalo, mientras el suelo se abre estallando ante la irrupción de una cabeza de oso de juguete amarilla y gigante, que surge entre resplandores.
No me parece importante, por supuesto. Pero tiene algo.
Al rato de persistir, la imagen se transforma en la misma casa, partida esta vez al medio por un ojo terrible, concéntrico en colores marrones y negros.
Aparezco yo, a desnudarme frente a ese ojo. Mi imagen es al mismo tiempo débil y estoica, parezco un muchachito seguro de sí mismo, aún en la conciencia de su fragilidad.
Me sé aprobado por el ojo, pero su hostilidad persiste.
La sensación es que conoce mis defectos y los odia, pero el total de mi le sirve.
Se convierte en un chorro de alquitrán y empieza a invadir mi espalda.
Decido que eso no me gusta, lo consulto con Alicia, esta de acuerdo, pregunta qué opina mi guía.
A duras penas lo oigo, pero dice claramente que eso se tiene que acabar.
Lo corto, y aparezco al lado de mi guía, en lo que llamo “el lugar blanco”.
A poco, aparece a nuestro costado un árbol, cuya copa es el mismo ojo, pero en círculos concéntricos blancos.
La aprobación es idéntica, pero sin hostilidad.
Mi guía está al lado mío, la sensación es que no debo ir a ningún lado, simplemente quedarme con él. Fluctúa permanentemente, su forma es generalmente la de un cono de luz, a veces bidimensional.
Muchas veces se cruza algo en su terminación, a veces medialunas, a veces formas más complejas. Ahora escribiendo pienso que son estilizaciones de aureolas.
De repente, lo veo tocando una especie de órgano de iglesia, o computadora.
Me estuvo doliendo la cabeza toda la semana, en parte por un ataque al hígado, en parte por no haber podido dormir bien casi en tres noches. La cabeza no para, y tanto Alicia como yo pensamos que es el último coletazo de la mente por mantener el predominio.
Alicia se ve afortunadamente optimista de que es el final. Pero duele.
Estoy por comentárselo, y espontáneamente apoya su mano sobre mi frente, llevando rei ki.
Paralelamente mi guía mete la mano en mi cerebro: se ve como una esfera tapizada internamente por un millón de bujías encendidas. Toma las centrales y las apaga.
Al rato, veo mi cuerpo como un edificio cuya azotea fuera mi cabeza, donde se abre un hueco, como si el techo estuviera siendo refaccionado o abierto.
Soy un niño al lado de mi guía, le pregunto cuál es mi lugar en todo esto.
Sigue tocando el órgano y me contesta, pero no le creo.
Cual es tu lugar? pregunta Alicia.
“Creo que me dijo… que… mi lugar… es adentro mío”.
Mi guía sostiene una extraña planta, una flor de carne, de largos pétalos.
La mete en mi vientre, la inserta en el lugar en que irían mis intestinos y se retira.
La construcción empieza a cerrarse en el techo.
Salgo del trance.
sábado, 1 de mayo de 2010
Archivo de desprogramaciones - I
No puedo explicar el orgullo que produce tener producción gráfica propia del blog.
No es que yo tome un lápiz, pero me pone orgulloso igual.
Sobre todo por la talla de los contribuyentes.
Esta vez: María Eugenia Sandín.
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Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (6 páginas)
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Por motivos X, mi amigo Tito le cuenta un día mis tribulaciones a su psicóloga, Alicia, y ésta le encarga que me pase el mensaje de que me regala una sesión.
Yo estaba en aquel momento intentando seriamente con un psicoanalista freudiano, el primero en mi larga vida que me pareciera inteligente al mismo tiempo que comprometido, pero dada una cantidad de circunstancias, estaba abierto a lo alternativo también.
Y no sabía que la primer sesión es, muchas veces, todo el tratamiento que Alicia aplica.
En ella aplica una técnica llamada “desprogramación” en la cual, mediante hipnosis liviana por relajación se instala la sugestión muy específica –aceptada por la persona, claro, como toda forma de hipnosis no funciona sin consentimiento del sujeto- de asumir con uno mismo el compromiso del autodesarrollo y la superación de los límites que impiden la autorrealización.
Esto, muy grosso modo.
Si quieren más info sobre la desprogramación, pueden revisar acá.
Una de las características más llamativas del método de Alicia, es que se ejerce a partir de la comunicación directa con el subconsciente, no mediada –mínimamente mediada, sería mejor dicho- por la interpretación de la conciencia.
Esto se logra a través del mismo estado de trance de la desprogramación, en el cual la información y contenidos del sub e inconsciente emergen de modo simbólico y se visualizan a la manera de los sueños lúcidos.
Más info sobre esto, acá.
En ambos casos, la persona entra en relajación, llega cerca del estado de sueño y, espontánea o dirigidamente, comienza a “ver” cosas, del mismo modo que se ven en un sueño.
Yo ya tenía experiencias propias, espontáneas, de este tipo de cosas, y bastante lectura al respecto.
Lo que no sabía, ni había experimentado, es que cuando la visualización se “dirige”, esto es, la persona que guía la relajación sugiere o indica cosas a encontrar, ver o hacer al sujeto que se relaja, igualmente hay un gran espacio a lo espontáneo.
Esa fue la primer sorpresa en el trabajo con Alicia: descubrir que ella podía darme una indicación clara pero abierta, a lo cual yo no me quedaba en blanco, ni respondía con algo que supiera de antemano o pudiera explicar ni, mucho más significativo, descartar como desprovisto de sentido.
Por más que no pudiera explicar el sentido de las cosas que visualizaba, no podía tampoco decir honestamente que no me parecieran importantes o cargadas de significado.
Siempre surge algo que se corresponde con las indicaciones pero es inesperado e inexplicable desde la perspectiva de lo que uno hubiera querido hacer o ver.
El ejercicio de la desprogramación en sí consiste en una sencilla visualización en la cual uno aparece en un cuarto y, previas idas y venidas que hacen a la cuestión de practicarla pero no de contarla, comienza a, literalmente, “sacudirse de encima” las cosas que inconscientemente ya tiene identificadas como trabas y límites a su realización.
La forma de “sacudírselas” es, dentro de la visualización, sacudir con fuerza los pies, primero uno y luego el otro, como buscando despegar algo que estuviera pegado a la planta.
Sorprendentemente, siempre ocurre algo en este momento. Siempre se despega algo.
Hay sentidos y significados asignados a los lados del cuerpo y a los objetos o sustancias que se desprendan de cada pie, pero ni las conozco todas (muchas se asignan intuitivamente), ni es necesario saberlas para la aplicación o descripción del ejercicio.
Y sí es necesario, por la remota casualidad de que algún lector un día se aplique este ejercicio, evitar las ideas preconcebidas al respecto, para garantizar la espontaneidad de las visualizaciones.
Por este motivo no cuento el ejercicio completo ni lo poco que sé sobre los emergentes simbólicos.
De cualquier modo, muchos de ellos son evidentes a simple vista, o por lo menos se puede apreciar la consistencia, a lo largo de los testimonios.
En cierto momento, por equis causas, decidí aprender la técnica de desprogramación de lo negativo, y la practiqué un tiempito, en el cuarto de la pensión donde vivía en ese momento.
La sigo aplicando a quien lo pida, claro.
Aquí transcribo dieciséis casos.
Entre las cosas que no es necesario contar, figura el qué se hace con lo que sale del cuerpo en cada caso, y lo que llamo la “reprogramación abierta de lo positivo”, que consiste básicamente en visualizar un baño de luz que inunda el cuerpo, para ocupar con algo simbólica y contundentemente positivo –luz- el espacio psíquico abandonado por todo aquello de lo cual uno se compromete a “vaciarse”.
Todo esto tiene un correlato en la acción, donde uno “actúa” de diversos modos simbólicamente fuertes lo que hace en la visualización.
Uno de estos modos es la quema de la lista de cosas de las que uno se quiere desprender.
Esta lista se escribe antes de hacer el ejercicio y es absolutamente personal: quien guía el ejercicio no tiene porqué saber los contenidos de la lista, y de hecho es mejor que no los sepa para no inhibir al ejecutante al momento de confeccionarla.
La quema de la lista se realiza con fósforos, en un espacio preparado a tal fin, y se considera que la cantidad de fósforos que se usan para reducirla a cenizas, así como qué es lo último en quemarse, son indicios reveladores acerca de cuanto tiempo tardará en completarse la desprogramación, y qué es lo que más va a tardar.
A continuación, los casos, con algunas indicaciones particulares cuando es relevante. Las edades son mayormente calculadas a ojo, es el tipo de cosas que no se me ocurre preguntarle a nadie, pero a la hora de quitarse el equipaje sobrante tiene importancia.
En la narración salto casi todos los pasos de la entrada en relajación y visualización y transcribo directamente lo que sale de cada pierna al sacudirla, y la quema de la lista.
Vale la pena aclarar que, a pesar de estar en una relajación bastante profunda y visualizando, la gente mantiene la capacidad de hablar y conversar, que es la forma a través de la cual monitoreo, mediante preguntas claras, lo que va ocurriendo dentro de sus mentes. El escenario, de este lado, es una persona acostada en el piso y hablando poco y cada tanto, y yo sentado en un silla cerquita, preguntando y tomando notas en un cuadernito.
Del otro lado, depende de cada uno. Estos son algunos fragmentos que llegan de allá para acá.
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Algún día de fines de agosto de 2009
GP (varón, 36 años). Somos amigos desde hace años, conozco buena parte de su problemática, y lo que sale en cada caso (o pie) me parece coherente con lo que sé de el.
Me sorprende descubrir que en mi primer desprogramación, ya conozco el clima: cuando enseñaba masaje inducía una relajación a los estudiantes en todas las clases. Se produce una empatía con una textura muy particular entre “relajante” y “relajandos”: no la esperaba, pero la reconozco en seguida.
Entra en trance y salen de su pierna derecha, textualmente: “rosa” (¿color? ¿líquido?) – “sangre” – “petróleo” (eso aclara lo anterior, supongo).
De la pierna izquierda, “tinta negra, aguada” – cuesta más, tarda mucho, se pone espesa y termina.
La luz que ve en la reprogramación abierta de lo positivo, que llena su cuerpo, es celeste. No sé qué significa eso, tengo que preguntar.
Usa cinco fósforos para quemar la lista.
DV (varón, 38 años). También tenemos relación, pero no conozco toda su problemática. Nótese la similitud con los contenidos de GP, que también son consistentes con lo que Alicia me dictó como emergentes probables y regulares. Al llegar al momento de sacudir su pierna, sale de su pierna derecha “petróleo” (de vuelta textualmente).
De la pierna izquierda: “líquido amarillo” – “líquido marrón”.
Usa un solo fósforo, la quema es rápida, completa.
MP (mujer, 40 y algo?). Tenemos amistad personal, ejercida como se puede en esta acelerada vida moderna. La quiero mucho, pero detesto sus modismos jipis como el uso indiscriminado de la palabra “energía” (que usada, por ejemplo, en la frase “todo es energía”, no significa nada), y cierta tendencia forzada hacia la armonía, encubriendo un fondo bastante claro de emociones negativas rechazadas. Las primeras emergencias de su visualización coincidían con estos prejuicios míos. Ya había sido advertido de que ciertas cosas no deben ser permitidas durante el ejercicio porque son resistencias por miedo o apego, y las censuré mediante la simple frase “eso no se corresponde con tu realidad” o “eso no es, seguí”.
Pierna Derecha: “energía” – “blanco” – “una bola negra!”
Aquí tuve una visualización propia, espontánea: ví una bola negra cayendo de su pie, en dos momentos. En el primero, tenía el tamaño de una bola de pin pon y salía de su pie, era de una sustancia oleosa y concentrada. En la segunda, bruscamente había aumentado su tamaño hasta el de un auto chico, mientras caía en un mar de la misma sustancia oscura, que instintivamente tomé como detritos.
Pierna Izquierda: “nada” – tarda mucho, interpreto resistencia pero no hay nada más que hacer que insistir y esperar– “algo, no sé qué” – “polvo oscuro” – termina pronto, lo considero satisfactorio.
Un fósforo, rápido, completo. El papel queda carbonizado, pero casi íntegro, de modo que se puede leer el texto todavía.
28 08 2009
L (mujer, 25 años?)
Tarda en encontrar el espacio de trabajo dentro de su visualización.
Pierna Derecha: “azul con verde” – “negro” – “violeta” – “celeste” – termina.
Pierna Izquierda: “líquido rojo” – “negro” – “celeste” – “blanco” – “rosa” – “amarillo” – “lila” – “blanco” (mucho) – termina.
Ve la luz inmediatamente, viene de una estrella, ella es la estrella.
Toma dos fósforos pegados, la lista arde en seguida, completa. Tira las cenizas ahí mismo, en el tacho de mi habitación.
29 08 2009
K (mujer, 22 años?)
Pierna Derecha: “polvo”.
Pierna Izquierda: “polvo más espeso”.
Visualiza muy rápido. Abolla el papel, usa cinco fósforos. Al principio arde muy lento, al final rápido.
J (varón, 30 años)
Pierna Derecha: “como agua” – “como una pelota que se despega” – “parece que se va, pero vuelve”. Asumo que es su personalidad obsesiva, la reconozco por la mía propia y le indico que no, que se va de veras. Termina.
De su pierna izquierda sale “como agua oscura”.
Todo rápido, incluso la quema inicial del papel, pero quedan restos. Llegamos a diecinueve fósforos.
15 11 2009
JM (varón, 30 años?). No tenemos relación, excepto una lectura de carta previa que le hiciera, y a raíz de la cual le sugerí tomar la desprogramación.
Pierna Derecha: “petróleo con soles” – “una cara que conozco” – “un cocodrilo” – “martillos”.
Evidentemente no esperaba estas manifestaciones, pero se lo toma con simpatía.
Pierna Izquierda: “una soga” – “dos caras que conozco” – “una situación” – “una cinta”.
Usa ocho fósforos.
NO (mujer, 27 años?) Nos conocimos en la misma situación que con JM.
Pierna Derecha: “agua” – “luz cálida” – “late” – “cosquillas”.
Pierna Izquierda: “algo pesado” – “una piedra” – “siento un hueco”.
Diez fósforos.
23 11 2009
I (mujer, 25 años?) Tenemos poca relación, sabía que andaba con problemas personales pero sin mayores detalles.
Pierna Derecha: “un cacho de sombra” – “cordón”.
Pierna Izquierda: “algo blanco y azul”.
La sesión es difícil, hay mucho ruido, es interrumpida de repente por la entrada de una persona en la habitación, pero la completamos.
No tomé nota de los fósforos.
13 12 2009
C (mujer, 23 años?)
Pierna Derecha: “líquido amarillo” – no sé bien qué”.
Pierna Izquierda: “se me salió el zapato” – “rayos azules”.
Usa cuatro fósforos. Me sorprende la poca cantidad de elementos de su visualización, pero no es cuestión de buscarle el pelo al huevo.
JL (varón, 27 años)
Pierna Derecha: “sombras” – “arena” – “agua”.
Pierna Izquierda: “humo” – “polvo rojo” – “la zapatilla” – “la media” – “algo pegajoso”.
Al quemar la lista primero la arruga comprimiéndola, luego está pendiente de todo, muy encima del fuego, constantemente avivándolo o intenando apurar el proceso.
Usa veintiocho fósforos.
Es llamativo que ambos perdieran la zapatilla al sacudir el pie, no le pasó a otras personas.
08 01 2010
M (varón, 20 años). Nos conocemos poco, pero es claro que no se hace problemas al pedo.
Pierna Derecha: “como sombras”. Termina muy rápido.
Pierna Izquierda: “como pinchos o agujas”. Dura un poco más.
Rompe la lista, arde a la primera. Dos fósforos.
12 01 2010
C (mujer, 21 años). Conozco parte de su historia. Es la razón de que le insistiera en que hiciera esto. Si bien encuentro coherencia, también me sorprenden algunas cosas, por ejemplo la aparentemente poca cantidad o fuerza simbólica de lo que sale de sus pies, hasta la explicación a posteriori que me da.
Pierna Derecha: “raro” – “ropa” – “pez” – “cráneo” – “ropa femenina” – “algo que no quiere salir” – “salió pero no lo veo”.
Pierna Izquierda: “un juego de te” – “pelo” – termina.
Luego cuenta: “había una sensación muy desagradable desde el plexo hacia abajo, que se iba vaciando hasta que salió del todo, pero no pude ver qué era”. La forma en que la nombra me da la pauta de que lo importante salió.
Tres fósforos.
18 01 2010
CB (mujer, 40 años?). Llegó por internet: leyó la descripción de la desprogramación en el blog y le itneresó.
Pierna Derecha: “corchos”.
Pierna Izquierda: “botones de diferentes colores”.
Olvida hacer la parte de recibir la luz. Lo considero medianamente significativo, no demasiado. Completa el ejercicio.
Saca la lista más extensa que haya visto: tres hojas.
Pero lo resuelve con tres fósforos.
25 01 2010
M (varón, 38 años?). Tenemos relación artística y amistad, me hace al aguante además con casi todos los emprendimientos, y éste le interesó particularmente.
Pierna Derecha: “una manguera o una víbora negra” – “huevo blanco”
Pierna Izquierda: “luz amarilla y rosada” – “huevitos como el blanco pero mas chiquitos”
Un fósforo. Quedan letras reconocibles en el papel quemado.
01 02 2010
SS (varón, 25 años?). Casi no nos conocemos, más que chateando. Nos conocimos en otro proyecto artístico, le ofrecí la desprogramación chateando, cuando vi sus últimas obras.
En serio: cuando vi sus obras.
Siento todo el tiempo que su mente consciente y subconsciente es hipercreativa e interfiere, constantemente trata de forzar los emergentes hacia algo familiar o a lo que pueda asignar significado.
Por supuesto, es mi opinión, pero me obliga a tomar postura, dado que estoy en el rol de guía y contención del ejercicio.
Me limito a monitorear seguido preguntando cuando hace silencios largos, pidiendo que siga cuando parece no pasar nada, y ayudando a dar las cosas por terminadas cuando temo que se agote a mitad de camino por darle cabida a la interferencia de su intención de hacer “que pasen cosas”.
Pierna Derecha: “algo negro” – “una especie de hombrecito absolutamente consumido, una asquerosidad…” – “encima se queja el hijo de puta” – “ahora está saliendo ella” – “ no sé qué es eso tercero” – “otro más” – “algo envuelto en un manto” – “el último resabio” – “siento algo cálido que quiere entrar” – “falta cada vez menos”. Lo ayudo a terminar.
Pierna Izquierda: “no sé porqué siento que en el izquierdo no hay nada, que estaba todo en el derecho” –le digo que no, que seguramente hay, pero tarda en salir- “sonrisas” – siento que ahí vamos hacia algún lado - “hiedras” – se intensifica mi sensación de estar llegando – “sonrisas, una gran planta” – “ramas sueltas” – “tierra” – “mucha sangre!” – “sigue saliendo sangre, casi no hace falta que sacuda” – “viento” – “listo”. Perfecto.
Usa cuatro fósforos.

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No es que yo tome un lápiz, pero me pone orgulloso igual.
Sobre todo por la talla de los contribuyentes.
Esta vez: María Eugenia Sandín.
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Por motivos X, mi amigo Tito le cuenta un día mis tribulaciones a su psicóloga, Alicia, y ésta le encarga que me pase el mensaje de que me regala una sesión.
Yo estaba en aquel momento intentando seriamente con un psicoanalista freudiano, el primero en mi larga vida que me pareciera inteligente al mismo tiempo que comprometido, pero dada una cantidad de circunstancias, estaba abierto a lo alternativo también.
Y no sabía que la primer sesión es, muchas veces, todo el tratamiento que Alicia aplica.
En ella aplica una técnica llamada “desprogramación” en la cual, mediante hipnosis liviana por relajación se instala la sugestión muy específica –aceptada por la persona, claro, como toda forma de hipnosis no funciona sin consentimiento del sujeto- de asumir con uno mismo el compromiso del autodesarrollo y la superación de los límites que impiden la autorrealización.
Esto, muy grosso modo.
Si quieren más info sobre la desprogramación, pueden revisar acá.
Una de las características más llamativas del método de Alicia, es que se ejerce a partir de la comunicación directa con el subconsciente, no mediada –mínimamente mediada, sería mejor dicho- por la interpretación de la conciencia.
Esto se logra a través del mismo estado de trance de la desprogramación, en el cual la información y contenidos del sub e inconsciente emergen de modo simbólico y se visualizan a la manera de los sueños lúcidos.
Más info sobre esto, acá.
En ambos casos, la persona entra en relajación, llega cerca del estado de sueño y, espontánea o dirigidamente, comienza a “ver” cosas, del mismo modo que se ven en un sueño.
Yo ya tenía experiencias propias, espontáneas, de este tipo de cosas, y bastante lectura al respecto.
Lo que no sabía, ni había experimentado, es que cuando la visualización se “dirige”, esto es, la persona que guía la relajación sugiere o indica cosas a encontrar, ver o hacer al sujeto que se relaja, igualmente hay un gran espacio a lo espontáneo.
Esa fue la primer sorpresa en el trabajo con Alicia: descubrir que ella podía darme una indicación clara pero abierta, a lo cual yo no me quedaba en blanco, ni respondía con algo que supiera de antemano o pudiera explicar ni, mucho más significativo, descartar como desprovisto de sentido.
Por más que no pudiera explicar el sentido de las cosas que visualizaba, no podía tampoco decir honestamente que no me parecieran importantes o cargadas de significado.
Siempre surge algo que se corresponde con las indicaciones pero es inesperado e inexplicable desde la perspectiva de lo que uno hubiera querido hacer o ver.
El ejercicio de la desprogramación en sí consiste en una sencilla visualización en la cual uno aparece en un cuarto y, previas idas y venidas que hacen a la cuestión de practicarla pero no de contarla, comienza a, literalmente, “sacudirse de encima” las cosas que inconscientemente ya tiene identificadas como trabas y límites a su realización.
La forma de “sacudírselas” es, dentro de la visualización, sacudir con fuerza los pies, primero uno y luego el otro, como buscando despegar algo que estuviera pegado a la planta.
Sorprendentemente, siempre ocurre algo en este momento. Siempre se despega algo.
Hay sentidos y significados asignados a los lados del cuerpo y a los objetos o sustancias que se desprendan de cada pie, pero ni las conozco todas (muchas se asignan intuitivamente), ni es necesario saberlas para la aplicación o descripción del ejercicio.
Y sí es necesario, por la remota casualidad de que algún lector un día se aplique este ejercicio, evitar las ideas preconcebidas al respecto, para garantizar la espontaneidad de las visualizaciones.
Por este motivo no cuento el ejercicio completo ni lo poco que sé sobre los emergentes simbólicos.
De cualquier modo, muchos de ellos son evidentes a simple vista, o por lo menos se puede apreciar la consistencia, a lo largo de los testimonios.
En cierto momento, por equis causas, decidí aprender la técnica de desprogramación de lo negativo, y la practiqué un tiempito, en el cuarto de la pensión donde vivía en ese momento.
La sigo aplicando a quien lo pida, claro.
Aquí transcribo dieciséis casos.
Entre las cosas que no es necesario contar, figura el qué se hace con lo que sale del cuerpo en cada caso, y lo que llamo la “reprogramación abierta de lo positivo”, que consiste básicamente en visualizar un baño de luz que inunda el cuerpo, para ocupar con algo simbólica y contundentemente positivo –luz- el espacio psíquico abandonado por todo aquello de lo cual uno se compromete a “vaciarse”.
Todo esto tiene un correlato en la acción, donde uno “actúa” de diversos modos simbólicamente fuertes lo que hace en la visualización.
Uno de estos modos es la quema de la lista de cosas de las que uno se quiere desprender.
Esta lista se escribe antes de hacer el ejercicio y es absolutamente personal: quien guía el ejercicio no tiene porqué saber los contenidos de la lista, y de hecho es mejor que no los sepa para no inhibir al ejecutante al momento de confeccionarla.
La quema de la lista se realiza con fósforos, en un espacio preparado a tal fin, y se considera que la cantidad de fósforos que se usan para reducirla a cenizas, así como qué es lo último en quemarse, son indicios reveladores acerca de cuanto tiempo tardará en completarse la desprogramación, y qué es lo que más va a tardar.
A continuación, los casos, con algunas indicaciones particulares cuando es relevante. Las edades son mayormente calculadas a ojo, es el tipo de cosas que no se me ocurre preguntarle a nadie, pero a la hora de quitarse el equipaje sobrante tiene importancia.
En la narración salto casi todos los pasos de la entrada en relajación y visualización y transcribo directamente lo que sale de cada pierna al sacudirla, y la quema de la lista.
Vale la pena aclarar que, a pesar de estar en una relajación bastante profunda y visualizando, la gente mantiene la capacidad de hablar y conversar, que es la forma a través de la cual monitoreo, mediante preguntas claras, lo que va ocurriendo dentro de sus mentes. El escenario, de este lado, es una persona acostada en el piso y hablando poco y cada tanto, y yo sentado en un silla cerquita, preguntando y tomando notas en un cuadernito.
Del otro lado, depende de cada uno. Estos son algunos fragmentos que llegan de allá para acá.
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Algún día de fines de agosto de 2009
GP (varón, 36 años). Somos amigos desde hace años, conozco buena parte de su problemática, y lo que sale en cada caso (o pie) me parece coherente con lo que sé de el.
Me sorprende descubrir que en mi primer desprogramación, ya conozco el clima: cuando enseñaba masaje inducía una relajación a los estudiantes en todas las clases. Se produce una empatía con una textura muy particular entre “relajante” y “relajandos”: no la esperaba, pero la reconozco en seguida.
Entra en trance y salen de su pierna derecha, textualmente: “rosa” (¿color? ¿líquido?) – “sangre” – “petróleo” (eso aclara lo anterior, supongo).
De la pierna izquierda, “tinta negra, aguada” – cuesta más, tarda mucho, se pone espesa y termina.
La luz que ve en la reprogramación abierta de lo positivo, que llena su cuerpo, es celeste. No sé qué significa eso, tengo que preguntar.
Usa cinco fósforos para quemar la lista.
DV (varón, 38 años). También tenemos relación, pero no conozco toda su problemática. Nótese la similitud con los contenidos de GP, que también son consistentes con lo que Alicia me dictó como emergentes probables y regulares. Al llegar al momento de sacudir su pierna, sale de su pierna derecha “petróleo” (de vuelta textualmente).
De la pierna izquierda: “líquido amarillo” – “líquido marrón”.
Usa un solo fósforo, la quema es rápida, completa.
MP (mujer, 40 y algo?). Tenemos amistad personal, ejercida como se puede en esta acelerada vida moderna. La quiero mucho, pero detesto sus modismos jipis como el uso indiscriminado de la palabra “energía” (que usada, por ejemplo, en la frase “todo es energía”, no significa nada), y cierta tendencia forzada hacia la armonía, encubriendo un fondo bastante claro de emociones negativas rechazadas. Las primeras emergencias de su visualización coincidían con estos prejuicios míos. Ya había sido advertido de que ciertas cosas no deben ser permitidas durante el ejercicio porque son resistencias por miedo o apego, y las censuré mediante la simple frase “eso no se corresponde con tu realidad” o “eso no es, seguí”.
Pierna Derecha: “energía” – “blanco” – “una bola negra!”
Aquí tuve una visualización propia, espontánea: ví una bola negra cayendo de su pie, en dos momentos. En el primero, tenía el tamaño de una bola de pin pon y salía de su pie, era de una sustancia oleosa y concentrada. En la segunda, bruscamente había aumentado su tamaño hasta el de un auto chico, mientras caía en un mar de la misma sustancia oscura, que instintivamente tomé como detritos.
Pierna Izquierda: “nada” – tarda mucho, interpreto resistencia pero no hay nada más que hacer que insistir y esperar– “algo, no sé qué” – “polvo oscuro” – termina pronto, lo considero satisfactorio.
Un fósforo, rápido, completo. El papel queda carbonizado, pero casi íntegro, de modo que se puede leer el texto todavía.
28 08 2009
L (mujer, 25 años?)
Tarda en encontrar el espacio de trabajo dentro de su visualización.
Pierna Derecha: “azul con verde” – “negro” – “violeta” – “celeste” – termina.
Pierna Izquierda: “líquido rojo” – “negro” – “celeste” – “blanco” – “rosa” – “amarillo” – “lila” – “blanco” (mucho) – termina.
Ve la luz inmediatamente, viene de una estrella, ella es la estrella.
Toma dos fósforos pegados, la lista arde en seguida, completa. Tira las cenizas ahí mismo, en el tacho de mi habitación.
29 08 2009
K (mujer, 22 años?)
Pierna Derecha: “polvo”.
Pierna Izquierda: “polvo más espeso”.
Visualiza muy rápido. Abolla el papel, usa cinco fósforos. Al principio arde muy lento, al final rápido.
J (varón, 30 años)
Pierna Derecha: “como agua” – “como una pelota que se despega” – “parece que se va, pero vuelve”. Asumo que es su personalidad obsesiva, la reconozco por la mía propia y le indico que no, que se va de veras. Termina.
De su pierna izquierda sale “como agua oscura”.
Todo rápido, incluso la quema inicial del papel, pero quedan restos. Llegamos a diecinueve fósforos.
15 11 2009
JM (varón, 30 años?). No tenemos relación, excepto una lectura de carta previa que le hiciera, y a raíz de la cual le sugerí tomar la desprogramación.
Pierna Derecha: “petróleo con soles” – “una cara que conozco” – “un cocodrilo” – “martillos”.
Evidentemente no esperaba estas manifestaciones, pero se lo toma con simpatía.
Pierna Izquierda: “una soga” – “dos caras que conozco” – “una situación” – “una cinta”.
Usa ocho fósforos.
NO (mujer, 27 años?) Nos conocimos en la misma situación que con JM.
Pierna Derecha: “agua” – “luz cálida” – “late” – “cosquillas”.
Pierna Izquierda: “algo pesado” – “una piedra” – “siento un hueco”.
Diez fósforos.
23 11 2009
I (mujer, 25 años?) Tenemos poca relación, sabía que andaba con problemas personales pero sin mayores detalles.
Pierna Derecha: “un cacho de sombra” – “cordón”.
Pierna Izquierda: “algo blanco y azul”.
La sesión es difícil, hay mucho ruido, es interrumpida de repente por la entrada de una persona en la habitación, pero la completamos.
No tomé nota de los fósforos.
13 12 2009
C (mujer, 23 años?)
Pierna Derecha: “líquido amarillo” – no sé bien qué”.
Pierna Izquierda: “se me salió el zapato” – “rayos azules”.
Usa cuatro fósforos. Me sorprende la poca cantidad de elementos de su visualización, pero no es cuestión de buscarle el pelo al huevo.
JL (varón, 27 años)
Pierna Derecha: “sombras” – “arena” – “agua”.
Pierna Izquierda: “humo” – “polvo rojo” – “la zapatilla” – “la media” – “algo pegajoso”.
Al quemar la lista primero la arruga comprimiéndola, luego está pendiente de todo, muy encima del fuego, constantemente avivándolo o intenando apurar el proceso.
Usa veintiocho fósforos.
Es llamativo que ambos perdieran la zapatilla al sacudir el pie, no le pasó a otras personas.
08 01 2010
M (varón, 20 años). Nos conocemos poco, pero es claro que no se hace problemas al pedo.
Pierna Derecha: “como sombras”. Termina muy rápido.
Pierna Izquierda: “como pinchos o agujas”. Dura un poco más.
Rompe la lista, arde a la primera. Dos fósforos.
12 01 2010
C (mujer, 21 años). Conozco parte de su historia. Es la razón de que le insistiera en que hiciera esto. Si bien encuentro coherencia, también me sorprenden algunas cosas, por ejemplo la aparentemente poca cantidad o fuerza simbólica de lo que sale de sus pies, hasta la explicación a posteriori que me da.
Pierna Derecha: “raro” – “ropa” – “pez” – “cráneo” – “ropa femenina” – “algo que no quiere salir” – “salió pero no lo veo”.
Pierna Izquierda: “un juego de te” – “pelo” – termina.
Luego cuenta: “había una sensación muy desagradable desde el plexo hacia abajo, que se iba vaciando hasta que salió del todo, pero no pude ver qué era”. La forma en que la nombra me da la pauta de que lo importante salió.
Tres fósforos.
18 01 2010
CB (mujer, 40 años?). Llegó por internet: leyó la descripción de la desprogramación en el blog y le itneresó.
Pierna Derecha: “corchos”.
Pierna Izquierda: “botones de diferentes colores”.
Olvida hacer la parte de recibir la luz. Lo considero medianamente significativo, no demasiado. Completa el ejercicio.
Saca la lista más extensa que haya visto: tres hojas.
Pero lo resuelve con tres fósforos.
25 01 2010
M (varón, 38 años?). Tenemos relación artística y amistad, me hace al aguante además con casi todos los emprendimientos, y éste le interesó particularmente.
Pierna Derecha: “una manguera o una víbora negra” – “huevo blanco”
Pierna Izquierda: “luz amarilla y rosada” – “huevitos como el blanco pero mas chiquitos”
Un fósforo. Quedan letras reconocibles en el papel quemado.
01 02 2010
SS (varón, 25 años?). Casi no nos conocemos, más que chateando. Nos conocimos en otro proyecto artístico, le ofrecí la desprogramación chateando, cuando vi sus últimas obras.
En serio: cuando vi sus obras.
Siento todo el tiempo que su mente consciente y subconsciente es hipercreativa e interfiere, constantemente trata de forzar los emergentes hacia algo familiar o a lo que pueda asignar significado.
Por supuesto, es mi opinión, pero me obliga a tomar postura, dado que estoy en el rol de guía y contención del ejercicio.
Me limito a monitorear seguido preguntando cuando hace silencios largos, pidiendo que siga cuando parece no pasar nada, y ayudando a dar las cosas por terminadas cuando temo que se agote a mitad de camino por darle cabida a la interferencia de su intención de hacer “que pasen cosas”.
Pierna Derecha: “algo negro” – “una especie de hombrecito absolutamente consumido, una asquerosidad…” – “encima se queja el hijo de puta” – “ahora está saliendo ella” – “ no sé qué es eso tercero” – “otro más” – “algo envuelto en un manto” – “el último resabio” – “siento algo cálido que quiere entrar” – “falta cada vez menos”. Lo ayudo a terminar.
Pierna Izquierda: “no sé porqué siento que en el izquierdo no hay nada, que estaba todo en el derecho” –le digo que no, que seguramente hay, pero tarda en salir- “sonrisas” – siento que ahí vamos hacia algún lado - “hiedras” – se intensifica mi sensación de estar llegando – “sonrisas, una gran planta” – “ramas sueltas” – “tierra” – “mucha sangre!” – “sigue saliendo sangre, casi no hace falta que sacuda” – “viento” – “listo”. Perfecto.
Usa cuatro fósforos.
háganle click para agrandar, que está buenísimo
sábado, 27 de marzo de 2010
A raíz de la quietud
Ultima parte de "El hombre, la puerta, el cuchillo...", primer arco argumental involuntario de R&A.
Si no sabés qué es una visualización, por ahi te conviene empezar por acá.
Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (ojo, son 10 páginas)
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A los pocos días de tener el presentimiento de “Mamá y el Diablo”, tuve una sesión extrañísima con Alicia, tal vez la primera en mucho tiempo donde verdaderamente no entendí casi nada, aunque las imágenes eran bastante claras.
En cierto momento, todo lo que me rodeaba parecían velos, uno atrás de otro, uno sobre otro. Todos mediando entre yo y alguna especie de fondo más. De repente, todos los velos son tomados por una mano invisible y metidos mágicamente en una caja, en una mesa enfrente mío. El paisaje se volvió el fondo blanco al que me acostumbré el primer año de sesiones, tenía la compañía de mi guía en algún lado cerca.
Alguien empezó a coser un nuevo fondo. Vi, en una dimensión extraña donde tamaños colosales eran cotidianos, al Rey de Oros, paciente y amorosamente, cosiendo una tela de fondo nueva.
Estaba llena de estrellas y uvas, y de repente, de entre los pliegues salieron caminando un niño desnudo, tocando una trompeta de llamada y una especie de esfera lechosa, de perla o burbuja huevo inmensa. No llegué a verlo con certeza, pero creo que salió un pegaso de esa esfera, en el último momento.
En algún momento, de alguna manera, llegué a una especie de cueva, en la que había un hombre de aspecto miserable, desnutrido, la piel verdecida de mugre y abandono. La imagen que me generaba era la de un cavernícola lastimoso.
Se lo cuento a Alicia, en el tono que uso para mantener el trance y hablar con ella simultáneamente, y ella disiente: “no es un cavernícola, no es lastimoso: sos vos”.
Había una mutua sensación de enojo entre esta figura y yo, y Alicia intervino nuevamente: “claro, está enojado con vos porque no le das bola, porque no le hacés caso: abrazalo”.
Mi resistencia a hacerlo era tanta, que Alicia se puso insistente, irritándome a su vez.
Mientras pensaba que me costaría retener la visualización, y me preguntaba si decirle a Ali que se callara o seguir tratando de concentrarme (porque la violencia de pedir a alguien que se calle, y mucho más si es la persona que tomas de guía, requiere una energía que puede definir que termine de perder la visualización), el cavernícola se fue de alguna manera volviendo menos desagradable, y aparentemente hubo algún diálogo entre él y yo.
De repente, resulta que en la cueva había una especie de estanque de oro líquido, del cual el cavernícola saca una fruta, una especie de mora o fresa, embebida en oro líquido, y me la ofrece. La como, interrumpo a Alicia para avisarle, y decidimos que ya está bien y que salga del trance.
“Es el Rogelio instintivo” me dice, “y está enojado y con razón, porque no le das bola. Tenés que hacerle más caso”.

El amigo
A la semana siguiente tuve un ataque al hígado fuerte, fuertísimo.
Un domingo.
El lunes inmediato, fui a sesión con Alicia, más por soldadito que porque verdaderamente pudiera: se me ocurrió que tal vez una seven up mientras esperaba que terminara con el paciente anterior me ayudaría a mejorar, pero terminé vomitando antes de terminarla.
En esas condiciones, comenzamos la sesión, y casi no hubo otra cosa: a sugerencia de Alicia me hice chiquito y entré en mi hígado, y lo único que veía eran inmensos charcos de mayonesa sobre los que pisaba. En mi hígado, en mi plexo, en todo el lado derecho de mi cuerpo.
De repente, entre todo eso, aparece en mi hígado el cavernícola de la sesión anterior. Me dí cuenta de que, temporalmente, ésta era su morada. Nos abrazamos en medio de la inundación de bilis, mientras veía también una especie de piedra amarilla opaca que se hundía en mi plexo, entre sinuosidades de mayonesa.
En cierto momento aparece mi guía, metiendo sus manos llenas de luz blanca en mi hígado.
Al rato, desalentado por no ver nada más, le pregunto “¿a qué vine hoy?”, y me vuelve a mostrar la piedra amarilla hundiéndose en el lago amarillo.
Lo tomamos como el total, y terminamos la sesión.
Esa misma semana, dos asuntos pendientes me torturarían la cabeza el mismo día: un cambio de lugar de trabajo que esperaba que estuviera en marcha estaba parado, y lo más importante, me explotaba la cabeza pensando en el intruso en casa de mi padre.
Es una larga historia cómo hay un tipo en casa de mi difunto padre. Se llama Mario. Baste decir que lo estafó y desde entonces hasta ahora estoy haciendo los trámites sucesorios para poder sacarlo, recuperar mi casa, dejar de vivir de prestado o en pensiones.
Desde el principio hasta ahora, hubo algunos encuentros, en todos el tipo me amenazó con piñas, tiros, etc.
Una vez tomé la casa a la fuerza, pero como encontré un documento con la verdadera firma de mi padre, me flaqueó la fe en mí mismo y dejé que la policía me sacara. Más tarde entendí que mi padre había firmado ese documento en parte desde su actitud regular de hacerse el estúpido consigo mismo respecto de las consecuencias de sus actos, y en parte por miedo a este cretino.
De hecho, los últimos cuatro meses de vida de mi padre transcurrieron en el hospital Durand, del cual no se escapó como veces anteriores, por miedo a ir a su propia casa y encontrarse con Mario.
Estos cabos los fui atando durante 2009, mientras el juicio sucesorio avanzaba.
La vez que entré a la fuerza en mi casa, Mario había dejado un linyera (adentro) de alerta.
Los vecinos me contaron durante el año que la casa estaba llena de gente. Obviamente, tenía miedo de que yo repitiera la movida y lo sacara a él de mi casa.
Una vez de tantas que pasé, lo puteé y se asustó de que le pegara, llamó a la policía. Al llegar éstos, mostró un contrato de alquiler nuevo, ya sin la firma de mi padre. Pero la policía, obviamente, sostiene que demostrar eso es cuestión de peritos, juicio, etc.
Por esa época, en una sesión apareció este tipo en la visualización. En el trance, comencé a desahogarme y golpearlo, se deshacía como masilla. Alicia me induce a pegarle más, y de repente me tira una almohada a la cara.
Me quedé paralizado.
Mucho después me daría cuenta de que es evidenciaba algo que me acompañó buena parte de mi vida: pese a haber estado en varias situaciones violentas, carezco de embrague. No puedo tirar nunca el primer golpe, no puedo iniciar yo la pelea física, por más que la situación lo requiera.
“No importa”, dice Alicia. “Tu inconciente ya sabe que te quedás paralizado, y va a empezar a trabajar con eso”.
Total que, para fines de 2009, mi cabeza estaba llena de fantasías: fantasías de ir una pelea cuerpo a cuerpo y romperle huesos con crueldad, fantasías de que él me ganara esa pelea, fantasías de que ninguno ganara pero se me complicara la cosa con demandas por agresiones, fantasías de que él no me ganara pero tuviera la casa llena de gente que sí me cagara a trompadas, fantasías de que estuviera rompiendo toda la casa, fantasías de que hubiera una o varias embarazadas dentro, como si hiciera falta más de una.
El consejo regular de mi abogado era esperar a que la sucesión terminara, para encararlo entonces.
Pero tenía bastante claro que Mario no se iba a ir sencillamente, y que tal vez debiera empezar un juicio de desalojo, que son imprevisibles en su duración, costos, etc.
Este bendito miércoles, con mi ataque al hígado a cuestas y la frustración de mi trabajo nuevo que no arranca, llego a casa (estoy parando en la sala de ensayo de mi primo), charlo con mi primo y decido que esa misma semana encaro de alguna forma al intruso, para que se mueva algo. Me parece lo mejor ir con mi abogado para que al menos lo aprete o asuste con algo de jerga legal.
Mi primo descree de que haya razón para ir, dado que el otro no se va a mover por nada menos que la policía, yo no consigo comunicarme con mi abogado en todo el día. Tampoco me parece un plan sólido, pero ya conocía los resultados de ir solo: Mario no se inmuta, me amenaza y/o llama a la policía. Todo el asunto parecía demasiado estéril para merecer movimiento.
Pero...
No conseguía quedarme quieto en casa, y tampoco tenía ganas de moverme de ninguna manera.
Más que de una.
Reconocí en cierto momento la sensación: era la certeza corporal de que iría.
Una sola vez antes había sentido esto, y fue la sensación de certeza más fuerte que había experimentado en mi vida.
Una sensación que hace que cualquier cosa que haga esté bien para mi, aunque yo mismo no la entienda.
Dice “no sé si lo que hago está bien o está mal, pero no lo voy a saber nunca más que en este momento”.
Dice “no sé que es lo que hago, no sé cómo se desenvuelve esto que voy a hacer. Pero sé que lo tengo que hacer, sé que lo voy a hacer”.
Dí un par de vueltas más en la cama y, ya resignado a tener que hacer lo que me era demandado con tanta urgencia, me fui a bañar para estar cómodo conmigo mismo, me puse zapatillas y remera por si tenía que pelear, y salí a la calle.
Pensé en consultar el I Ching, pero hace rato que sé que preguntar dispersa la decisión, posterga la acción. Que saber y hacer son momentos diferentes.
Dejo la idea sin tocar el libro.
Saliendo llamo a mi abogado, que esta vez si me atiende.
“En realidad no esperaba encontrarte” le digo “llamaba solamente para quedar bien con mi conciencia: estoy yendo a ver al tarado este ¿me querés acompañar? ¿alguna idea provechosa?”
“No. Contale en qué está el trámite y fijate qué te dice”.
Ok.
Como la primera vez, la sensación de certeza no se diluye pero se complica, llegando.
A media cuadra veo un gordo, y me asalta el miedo de que haya otros como él dentro de casa “con tres como éste, no tengo chance de nada” me digo.
Llego y la llave de mi padre de la puerta de afuera sigue siendo útil. Tengo acceso al edificio.
Entre la puerta de entrada al edificio y la del departamento de mi padre sólo media una escalera recta, un piso hacia arriba. Varias veces fantasée usarla para tirar a Mario por ella. Me pregunto cómo saldrá lo de hoy. Pienso en sacarme los anteojos, pero no me quedaría más tranquilo llevándolos en el bolsillo, y prefiero ver con claridad cuanto sea posible.
Me detengo frente a la puerta del departamento y noto que mi corazón va demasiado rápido: si trato de hablar voy a jadear, me digo, y eso inspira poco respeto.
Me tomo un minuto, me dibujo un signo de rei ki en la mano, lamento no haber practicado jamás los mudras de nin jit su.
Y justo tocan el timbre desde afuera.
No me queda claro si es en el departamento de mi padre o en el de abajo, espero.
Sale la vecina de abajo, me escondo en la curva de la escalera. Si las cosas me llegan a salir bien, todavía pienso que me conviene que nadie sepa que estuve en el edificio.
Entonces alguien abre la puerta de algún departamento en el piso de arriba. Vuelve a entrar, vuelve a salir.
Decido que, perdido por perdido, mejor que me vean abiertamente a que me vean escondiéndome, y salgo al encuentro de Elsa, la de planta baja. No me ve con claridad al tope de la escalera, bajo a saludarla.
Charlamos un poco, y noto que el vecino del segundo nunca salió. Podría haberme quedado escondido. Pero aprovecho para preguntarle por mi departamento.
“Casi no lo veo” me dice. “Si está la chica embarazada, pero el casi no, y ya no hay tanta gente, tampoco”. Buenísimo.
“Lo que si, no para de martillar, yo no sé qué te va a quedar cuando recuperes el departamento”.
La última frase reactivó la urgencia de la llamada que me trajo hasta acá, y subí las escaleras ya sereno.
Toco el timbre y no parece andar, así que golpeo la puerta.
“¿Quién es?” - voz de malo.
Decido pasarme de listo y le digo “soy un vecino, vengo porque hay un corte de luz en el departamento de abajo”.
“¿Y?”
“Y creemos que es por lo que usted está rompiendo”.
“A vos te voy a romper”.
“¿Cómo?”
“¿Qué querés?”
“Que abras!”
Escucho ruido de llaves, alguna puteada sorda, y veo que la mirilla se abre.
Pongo cara de “¿y?”.
Abre la puerta, está en calzoncillos, ojotas con medias y camisa abierta. Y yo me preocupaba por no jadear. Siento que tengo más puntos solamente por llevar yo pantalones largos.
Adelanto un pie para trabar la puerta por las dudas, y miro alrededor: la casa no se ve rota, pero hay un par de muebles puestos en medio del living, tal vez formando un segundo ambiente, y no puedo ver la pared detrás.
Hay una mujer con un bebe.
Y está Mario en calzoncillos.
“¿Que hacés aca?” pregunta.
“Vengo a ver cómo está mi casa, y cuándo te vas”.
Se rie con aire sobrador, revolea los ojos y dice “me voy cuando se acabe el papeleo”.
“¿Qué papeleo?” le pregunto.
Y me pone un cabezazo en la boca.
Feliz navidad.
Te juro que me alegré.
Si tengo o no tengo embrague ya no importa: el peldaño que siempre me falta, lo cubrió Mario.
Doy un paso hacia atrás por el pasillo, hacia la escalera, mezcla de esquiva tardía, la fuerza del cabezazo y la búsqueda de espacio, y lo veo que avanza.
En cámara lenta, veo su pierna derecha abrirse para dar el paso, y con un cálculo aprendido en la escuela primaria, tomo mis riesgos y le pateo la entrepierna.
Llego bien, pero el tipo igual avanza y me toma de la cintura, como para llevarme a algún lado, mis anteojos, rotos por el cabezazo, terminan de volar por la escalera..
Lo tomo del cuello con mi brazo derecho y se queda en el lugar, evidenciando que no tenía idea de qué hacer, así que cambio el agarre y le sostengo la cabeza con mi mano izquierda para ponerle dos derechazos y un rodillazo, nuevamente a la ingle.
Resbala sobre sus ojotas con medias y cae, voy a buscarlo al piso.
De alguna forma confusa, termina rotado ciento ochenta grados, boca arriba y con la mitad del cuerpo pasando la puerta de entrada de mi casa. La mujer amamanta el bebé mientras nos mira, parada en medio del living.
Decido hacerlo sencillo y sentármele encima, pero me traba el acceso levantando sus piernas como haciéndose una bolita, panza arriba. Su tobillo traba el mío, lo acepto con comodidad y adelanto la pelvis, dejando caer todo mi peso en la rodilla, que avanza como un pistón sobre su estómago.
Inmediatamente después, estoy sentado en su pecho.
Se conoce esta posición como “montura completa”, y se sabe que cualquier tipo con dos dedos de frente la puede mantener hasta siempre. En competencias reglamentarias, rara vez el que está abajo tiene más chance que esperar el fin del round.
Hablo de gente entrenada, y acá se puso de manifiesto quién es Mario.
Un inútil.
Antes de llegar a esta posición, ya no le quedaba aire. Conmigo sobre su pecho, sólo podía jadear y tratar de agarrarme las manos. Es débil. Débil. Sus manos no pueden sostener las mías más que unos segundos antes de que me zafe, una y otra vez, y arroje puñetazos a su cara, uno tras otro.
El sonido del golpe me recuerda algo, no sé qué, de un flan. Los golpes me salen de a dos, siempre.
El, todavía, no entiende nada y me amenaza con matarme.
Sonido de flan.
Sonido de flan.
También le dice a la mujer que llame a la policía. “Si, llamala”, digo yo, totalmente seguro.
Flan.
Flan.
La mujer me pregunta que porqué le pego tanto. “El me dio un cabezazo, vos lo viste”. Respondo. Igual, no me parece que le pegue tanto. “Bueno, pero por favor pará de pegarle, estoy yo acá”. “Decile a él: ¿para qué te mete en una casa tomada?”
Llegado cierto momento, se activa y fracasa el primer inhibidor de violencia: la evidencia del enemigo vencido me llega, entiendo que no es una amenaza, y dejo de sentir necesidad de golpearlo.
Pero me acuerdo de mi padre. Del año pasado en pensiones y casas prestadas, de las amenazas.
Flan.
Flan.
Nuevamente, me canso, nuevamente me amenaza desde la derrota total y se gana más golpes. La mujer le pregunta “Mario, ¿porqué sos así?”. “Porque es un imbécil”, respondo yo, y nueva tanda de golpes.
Flan.
Flan.
Noto la relativa sencillez de aplicarle una llave cuya utilidad es esguinzar el bíceps, pero no lo hago.
Noto que tampoco hay sangre: tiene un costado de la cara deformado, como si fuera de plastilina, pero no hay mayores marcas.
Se revuelve, trata de liberarse con movimientos patéticos. No parece entender que nada de lo que haga sirve. Trata de recuperar el aire. Pienso “No: YO estoy recuperando el aire. Vos estás en el piso cobrando”. Le doy un par más, consigue correrse un poquito y quedar de costado, le golpeo el bazo, bajo las costillas.
En cierto momento, la mujer desaparece de la pieza y dudo de si estará llamando a la policía o simplemente nos habrá abandonado a nuestra suerte.
Por las dudas, decido irme. Además, mal que mal, la visión de una mujer con un bebé en brazos disminuyó muchísimo mi agresividad. Entiendo que estoy pegando un poco más blando de lo que tal vez podría por eso. Justo en ese momento le veo el cuello totalmente vulnerable a un estrangulamiento, pero tampoco lo tomo. Consigue tomarme los puños.
“Soltame que me voy” le digo, para no hacer fuerza en liberarme.
Me suelta, me levanto, empiezo a irme y veo sus llaves tiradas en el piso. Las tomo y sigo mi camino, me amenaza con algo que no entiendo y trata de ponerme una traba con el pie en el tobillo.
La traba es tanto más pátetica cuando se le sale la ojota, podría seguir caminando simplemente, pero decido no perdonarle esta otra estupidez más. Si le estoy cobrando las viejas todavía, no voy a dejar que empiece a acumular nuevamente.
Así que, preguntándole si es tarado y nunca aprende, vuelvo sobre mis pasos y le pateo la cara en el piso. Consigue trabar un poco el golpe, la mayor parte de mi Adidas entra en su cara. Retomo mi camino de salida.
Juntando los pedazos de mis anteojos al paso, lo puteo y le digo que vuelvo al día siguiente, lo escucho decir a la mujer que llame a la policía y me doy cuenta de que todavía está buscando sus llaves, no sabe que las tomé yo. Al escucharme trata todavía de ponerse en malo “¿cuando!!? te voy a matar”. Me satura la paciencia nuevamente, y otra vez empiezo a subir los escalones, decidido a regalarle un par de toques más. Me ve y con la cara descompuesta de miedo, arrastrándose sobre el culo, llega justo a cerrarme la puerta en la cara, mientras me grita desde atrás “te voy a matar!!”.
El auténtico imbécil que ni a las piñas entiende: ahora puedo decir que lo conozco.
Mientras se cierra la puerta, escucho a la mujer diciendo “Ay, Mario, y mañana tenés que ir a Tribunales”.
Dios la bendiga.
Salí a la calle con todo lo que encontré de mis anteojos, y lo tiré en el primer tacho que ví.
Ya no veía lo mismo, así que tardé varias cuadras. Antes hablé con mi primo y mi abogado, con uno para arreglar que me diera coartada, con el otro para tenerlo al tanto y ver si había algo de urgencia que hacer.
El fin de semana anterior había desprogramado a un amigo, que trajo con él a una chica que me ofreció una sesión de rei ki de regalo, a cambio de la desprogramación.
Era ese mismo día, así que me fuí.
Mario a Tribunales y yo a rei ki, me pareció una manifestación cabal de karma.
En el camino, me doy cuenta de varias cosas: una, no había aparentemente más gente que esta mujer y él en la casa. Dos, el estaría al día siguiente en los tribunales. Mientras yo tenía sus llaves.
Nuevamente, primo y abogado. Mi primo no se muestra tan deseoso de ayudarme como lo manifestara cuando el asunto era más teórico, mi abogado piensa que si, que es posible tomar la casa, sacar a la mujer sola sin violencia, cambiar la cerradura. Tendría que reclutar al menos dos personas: una que vigilara que la chica no avisara a nadie, mientras los otros dos vaciamos la casa de sus pertenencias. Tal vez un cuarto que buscara mientras un cerrajero, quizás eso se pudiera arreglar por teléfono.
Decido esperar a que el rei ki me aclare las ideas para tomar la decisión.
Durante la sesión, noto un extraño efecto inverso al que me arrastrara a estos eventos: fuí sin saber qué iba a hacer, pero sabiendo que sólo deseaba ir, y que nunca estaría mal hacer caso de un sentimiento tan intenso y claro. Ahora, en cambio, la idea de tomar mi casa al día siguiente era intelectualmente transparente y sólida, pero no tenía ganas de hacerlo.
Me tomé un rato para confirmar si estaba cansado y eso era todo, pero resultó que no, que la líbido verdaderamente había desaparecido. No tenía, por recuperar mi casa, la misma urgencia que había tenido por ir.
Decidí priorizar el sentimiento, dado que había sido demasiado poderoso desde un primer momento, y abandoné los planes.
Llegué a casa de mi primo con una rodhesia para cada uno. “¿Chocolate?” le pregunto ”encontré un remedio buenísimo para los ataques al hígado”.
Charlamos un rato, me ocupé de otras cosas.
En los días siguientes me caerían otras fichas: una fue la absoluta inutilidad de Mario. La alegría del miércoles de haberle ganado se convirtió en una especie de tristeza de haber participado de la ruina de un inútil: claramente el tipo no sabe hacer más que ganarse problemas y perder ante ellos, y dado que es incapaz de diálogo o contacto con la realidad, me va a obligar a ser parte de esa dinámica.
Por otro lado, ya sin fantasías de que pueda ganarme cuerpo a cuerpo, ni de que sepa defenderse legalmente o de cualquier modo, se hace evidente que la razón por la que no estoy en casa de mi padre, no es él.
Ya sabiendo que Alicia me diría que lo que falta es alguna clase de trabajo interno, me pregunté cuál sería.
Y lo dejé estar, ya no tengo necesidad de mayores explicaciones.
Otra ficha fue la inmensa alegría de saber que ahora puedo sentir mandatos irracionales pero ciertos, y más aún: ahora puedo hacerles caso.
De a poco llega la confianza de que ningún mandato me va a llevar a hacer algo para lo que no esté a la altura. De a poco también, consigo entender la gama amplia de pedidos más sencillos, menos urgentes y más orientados a cosas gratas que pueden venir en el futuro: ganas de comer algo, de estar con alguien, de dedicarme a alguna tarea.
Es la mayor sensación de integridad que experimenté jamás, al mismo tiempo que la más intelectualmente oscura: es increíble lo bien que uno se siente haciendo lo que sabe que tiene que hacer, aunque no sepa qué es o porqué, ni qué consecuencias tendrá.
Imagino una vida regida por esta integridad, y me pongo contento. Me nace un “SI” gigante en el pecho, una y otra vez, y olas de alegría crecen desde mi pecho hasta mi sonrisa.

Finalmente: hace rato que noto cómo preguntar dilata el tiempo, y cómo es un bucle de energía, un rulo en la dirección de la voluntad que la dispersa y desgasta. Por eso preferí no hacerlo en el momento previo a una acción segura e inminente.
Al volver, sin embargo, ya sabiendo que no iba a tomar más acciones en los días siguientes, tenía mucha curiosidad por ver qué diría.
Otra cautela me retenía ahora, y era el temor a recibir una respuesta desfavorable, que oscureciera la salvaje alegría que experimentara toda la tarde.
Finalmente, hice un pacto conmigo mismo: lo que había sentido era intocable. Y si el I Ching daba un dictamen que me pareciera desfavorable, todas las opciones, desde errar yo mi interpretación hasta que el Libro no sirviera, serían tomadas antes que aceptar haber cometido un error.
Sólo dos veces en mi vida, repito, tuve una sensación tan cierta que pudiera calificar de sagrado su contenido, en el sentido de ser intocable, totalmente verdadero y necesario, aún siendo absolutamente invisible a la razón.
Una vez asumida esta actitud, me concentré como pocas veces, y tiré el I Ching.
La pregunta fue “las acciones del presente día, y sus ramificaciones”.
Salió 12, El Estancamiento, un hexagrama de los “malos”, con la cuarta y quinta líneas mutantes.
Recordaba que la quinta es buena porque va a dar a “El Progreso”, pero no conseguía recordar la cuarta, así que fui a buscar el Libro para chequear.
La frase me sentó perfecta, sin miedo a mesianismos ni fanatismos, porque no todos los días uno se siente así.
Dice: “Aquél que obra obedeciendo una orden del Altísimo, permanece sin tacha”.
Días después Pablo, quien también hace terapia con Alicia y comenzara siendo creyente y va abandonando al mismo tiempo que yo me acostumbro a rezar espontáneamente, festejaría diciendo "que bueno que Dios te mande a cagarlo a trompadas!!".
Ilustraciones: Luciano Vecchio
Si no sabés qué es una visualización, por ahi te conviene empezar por acá.
Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (ojo, son 10 páginas)
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A los pocos días de tener el presentimiento de “Mamá y el Diablo”, tuve una sesión extrañísima con Alicia, tal vez la primera en mucho tiempo donde verdaderamente no entendí casi nada, aunque las imágenes eran bastante claras.
En cierto momento, todo lo que me rodeaba parecían velos, uno atrás de otro, uno sobre otro. Todos mediando entre yo y alguna especie de fondo más. De repente, todos los velos son tomados por una mano invisible y metidos mágicamente en una caja, en una mesa enfrente mío. El paisaje se volvió el fondo blanco al que me acostumbré el primer año de sesiones, tenía la compañía de mi guía en algún lado cerca.
Alguien empezó a coser un nuevo fondo. Vi, en una dimensión extraña donde tamaños colosales eran cotidianos, al Rey de Oros, paciente y amorosamente, cosiendo una tela de fondo nueva.
Estaba llena de estrellas y uvas, y de repente, de entre los pliegues salieron caminando un niño desnudo, tocando una trompeta de llamada y una especie de esfera lechosa, de perla o burbuja huevo inmensa. No llegué a verlo con certeza, pero creo que salió un pegaso de esa esfera, en el último momento.
En algún momento, de alguna manera, llegué a una especie de cueva, en la que había un hombre de aspecto miserable, desnutrido, la piel verdecida de mugre y abandono. La imagen que me generaba era la de un cavernícola lastimoso.
Se lo cuento a Alicia, en el tono que uso para mantener el trance y hablar con ella simultáneamente, y ella disiente: “no es un cavernícola, no es lastimoso: sos vos”.
Había una mutua sensación de enojo entre esta figura y yo, y Alicia intervino nuevamente: “claro, está enojado con vos porque no le das bola, porque no le hacés caso: abrazalo”.
Mi resistencia a hacerlo era tanta, que Alicia se puso insistente, irritándome a su vez.
Mientras pensaba que me costaría retener la visualización, y me preguntaba si decirle a Ali que se callara o seguir tratando de concentrarme (porque la violencia de pedir a alguien que se calle, y mucho más si es la persona que tomas de guía, requiere una energía que puede definir que termine de perder la visualización), el cavernícola se fue de alguna manera volviendo menos desagradable, y aparentemente hubo algún diálogo entre él y yo.
De repente, resulta que en la cueva había una especie de estanque de oro líquido, del cual el cavernícola saca una fruta, una especie de mora o fresa, embebida en oro líquido, y me la ofrece. La como, interrumpo a Alicia para avisarle, y decidimos que ya está bien y que salga del trance.
“Es el Rogelio instintivo” me dice, “y está enojado y con razón, porque no le das bola. Tenés que hacerle más caso”.
El amigo
A la semana siguiente tuve un ataque al hígado fuerte, fuertísimo.
Un domingo.
El lunes inmediato, fui a sesión con Alicia, más por soldadito que porque verdaderamente pudiera: se me ocurrió que tal vez una seven up mientras esperaba que terminara con el paciente anterior me ayudaría a mejorar, pero terminé vomitando antes de terminarla.
En esas condiciones, comenzamos la sesión, y casi no hubo otra cosa: a sugerencia de Alicia me hice chiquito y entré en mi hígado, y lo único que veía eran inmensos charcos de mayonesa sobre los que pisaba. En mi hígado, en mi plexo, en todo el lado derecho de mi cuerpo.
De repente, entre todo eso, aparece en mi hígado el cavernícola de la sesión anterior. Me dí cuenta de que, temporalmente, ésta era su morada. Nos abrazamos en medio de la inundación de bilis, mientras veía también una especie de piedra amarilla opaca que se hundía en mi plexo, entre sinuosidades de mayonesa.
En cierto momento aparece mi guía, metiendo sus manos llenas de luz blanca en mi hígado.
Al rato, desalentado por no ver nada más, le pregunto “¿a qué vine hoy?”, y me vuelve a mostrar la piedra amarilla hundiéndose en el lago amarillo.
Lo tomamos como el total, y terminamos la sesión.
Esa misma semana, dos asuntos pendientes me torturarían la cabeza el mismo día: un cambio de lugar de trabajo que esperaba que estuviera en marcha estaba parado, y lo más importante, me explotaba la cabeza pensando en el intruso en casa de mi padre.
Es una larga historia cómo hay un tipo en casa de mi difunto padre. Se llama Mario. Baste decir que lo estafó y desde entonces hasta ahora estoy haciendo los trámites sucesorios para poder sacarlo, recuperar mi casa, dejar de vivir de prestado o en pensiones.
Desde el principio hasta ahora, hubo algunos encuentros, en todos el tipo me amenazó con piñas, tiros, etc.
Una vez tomé la casa a la fuerza, pero como encontré un documento con la verdadera firma de mi padre, me flaqueó la fe en mí mismo y dejé que la policía me sacara. Más tarde entendí que mi padre había firmado ese documento en parte desde su actitud regular de hacerse el estúpido consigo mismo respecto de las consecuencias de sus actos, y en parte por miedo a este cretino.
De hecho, los últimos cuatro meses de vida de mi padre transcurrieron en el hospital Durand, del cual no se escapó como veces anteriores, por miedo a ir a su propia casa y encontrarse con Mario.
Estos cabos los fui atando durante 2009, mientras el juicio sucesorio avanzaba.
La vez que entré a la fuerza en mi casa, Mario había dejado un linyera (adentro) de alerta.
Los vecinos me contaron durante el año que la casa estaba llena de gente. Obviamente, tenía miedo de que yo repitiera la movida y lo sacara a él de mi casa.
Una vez de tantas que pasé, lo puteé y se asustó de que le pegara, llamó a la policía. Al llegar éstos, mostró un contrato de alquiler nuevo, ya sin la firma de mi padre. Pero la policía, obviamente, sostiene que demostrar eso es cuestión de peritos, juicio, etc.
Por esa época, en una sesión apareció este tipo en la visualización. En el trance, comencé a desahogarme y golpearlo, se deshacía como masilla. Alicia me induce a pegarle más, y de repente me tira una almohada a la cara.
Me quedé paralizado.
Mucho después me daría cuenta de que es evidenciaba algo que me acompañó buena parte de mi vida: pese a haber estado en varias situaciones violentas, carezco de embrague. No puedo tirar nunca el primer golpe, no puedo iniciar yo la pelea física, por más que la situación lo requiera.
“No importa”, dice Alicia. “Tu inconciente ya sabe que te quedás paralizado, y va a empezar a trabajar con eso”.
Total que, para fines de 2009, mi cabeza estaba llena de fantasías: fantasías de ir una pelea cuerpo a cuerpo y romperle huesos con crueldad, fantasías de que él me ganara esa pelea, fantasías de que ninguno ganara pero se me complicara la cosa con demandas por agresiones, fantasías de que él no me ganara pero tuviera la casa llena de gente que sí me cagara a trompadas, fantasías de que estuviera rompiendo toda la casa, fantasías de que hubiera una o varias embarazadas dentro, como si hiciera falta más de una.
El consejo regular de mi abogado era esperar a que la sucesión terminara, para encararlo entonces.
Pero tenía bastante claro que Mario no se iba a ir sencillamente, y que tal vez debiera empezar un juicio de desalojo, que son imprevisibles en su duración, costos, etc.
Este bendito miércoles, con mi ataque al hígado a cuestas y la frustración de mi trabajo nuevo que no arranca, llego a casa (estoy parando en la sala de ensayo de mi primo), charlo con mi primo y decido que esa misma semana encaro de alguna forma al intruso, para que se mueva algo. Me parece lo mejor ir con mi abogado para que al menos lo aprete o asuste con algo de jerga legal.
Mi primo descree de que haya razón para ir, dado que el otro no se va a mover por nada menos que la policía, yo no consigo comunicarme con mi abogado en todo el día. Tampoco me parece un plan sólido, pero ya conocía los resultados de ir solo: Mario no se inmuta, me amenaza y/o llama a la policía. Todo el asunto parecía demasiado estéril para merecer movimiento.
Pero...
No conseguía quedarme quieto en casa, y tampoco tenía ganas de moverme de ninguna manera.
Más que de una.
Reconocí en cierto momento la sensación: era la certeza corporal de que iría.
Una sola vez antes había sentido esto, y fue la sensación de certeza más fuerte que había experimentado en mi vida.
Una sensación que hace que cualquier cosa que haga esté bien para mi, aunque yo mismo no la entienda.
Dice “no sé si lo que hago está bien o está mal, pero no lo voy a saber nunca más que en este momento”.
Dice “no sé que es lo que hago, no sé cómo se desenvuelve esto que voy a hacer. Pero sé que lo tengo que hacer, sé que lo voy a hacer”.
Dí un par de vueltas más en la cama y, ya resignado a tener que hacer lo que me era demandado con tanta urgencia, me fui a bañar para estar cómodo conmigo mismo, me puse zapatillas y remera por si tenía que pelear, y salí a la calle.
Pensé en consultar el I Ching, pero hace rato que sé que preguntar dispersa la decisión, posterga la acción. Que saber y hacer son momentos diferentes.
Dejo la idea sin tocar el libro.
Saliendo llamo a mi abogado, que esta vez si me atiende.
“En realidad no esperaba encontrarte” le digo “llamaba solamente para quedar bien con mi conciencia: estoy yendo a ver al tarado este ¿me querés acompañar? ¿alguna idea provechosa?”
“No. Contale en qué está el trámite y fijate qué te dice”.
Ok.
Como la primera vez, la sensación de certeza no se diluye pero se complica, llegando.
A media cuadra veo un gordo, y me asalta el miedo de que haya otros como él dentro de casa “con tres como éste, no tengo chance de nada” me digo.
Llego y la llave de mi padre de la puerta de afuera sigue siendo útil. Tengo acceso al edificio.
Entre la puerta de entrada al edificio y la del departamento de mi padre sólo media una escalera recta, un piso hacia arriba. Varias veces fantasée usarla para tirar a Mario por ella. Me pregunto cómo saldrá lo de hoy. Pienso en sacarme los anteojos, pero no me quedaría más tranquilo llevándolos en el bolsillo, y prefiero ver con claridad cuanto sea posible.
Me detengo frente a la puerta del departamento y noto que mi corazón va demasiado rápido: si trato de hablar voy a jadear, me digo, y eso inspira poco respeto.
Me tomo un minuto, me dibujo un signo de rei ki en la mano, lamento no haber practicado jamás los mudras de nin jit su.
Y justo tocan el timbre desde afuera.
No me queda claro si es en el departamento de mi padre o en el de abajo, espero.
Sale la vecina de abajo, me escondo en la curva de la escalera. Si las cosas me llegan a salir bien, todavía pienso que me conviene que nadie sepa que estuve en el edificio.
Entonces alguien abre la puerta de algún departamento en el piso de arriba. Vuelve a entrar, vuelve a salir.
Decido que, perdido por perdido, mejor que me vean abiertamente a que me vean escondiéndome, y salgo al encuentro de Elsa, la de planta baja. No me ve con claridad al tope de la escalera, bajo a saludarla.
Charlamos un poco, y noto que el vecino del segundo nunca salió. Podría haberme quedado escondido. Pero aprovecho para preguntarle por mi departamento.
“Casi no lo veo” me dice. “Si está la chica embarazada, pero el casi no, y ya no hay tanta gente, tampoco”. Buenísimo.
“Lo que si, no para de martillar, yo no sé qué te va a quedar cuando recuperes el departamento”.
La última frase reactivó la urgencia de la llamada que me trajo hasta acá, y subí las escaleras ya sereno.
Toco el timbre y no parece andar, así que golpeo la puerta.
“¿Quién es?” - voz de malo.
Decido pasarme de listo y le digo “soy un vecino, vengo porque hay un corte de luz en el departamento de abajo”.
“¿Y?”
“Y creemos que es por lo que usted está rompiendo”.
“A vos te voy a romper”.
“¿Cómo?”
“¿Qué querés?”
“Que abras!”
Escucho ruido de llaves, alguna puteada sorda, y veo que la mirilla se abre.
Pongo cara de “¿y?”.
Abre la puerta, está en calzoncillos, ojotas con medias y camisa abierta. Y yo me preocupaba por no jadear. Siento que tengo más puntos solamente por llevar yo pantalones largos.
Adelanto un pie para trabar la puerta por las dudas, y miro alrededor: la casa no se ve rota, pero hay un par de muebles puestos en medio del living, tal vez formando un segundo ambiente, y no puedo ver la pared detrás.
Hay una mujer con un bebe.
Y está Mario en calzoncillos.
“¿Que hacés aca?” pregunta.
“Vengo a ver cómo está mi casa, y cuándo te vas”.
Se rie con aire sobrador, revolea los ojos y dice “me voy cuando se acabe el papeleo”.
“¿Qué papeleo?” le pregunto.
Y me pone un cabezazo en la boca.
Feliz navidad.
Te juro que me alegré.
Si tengo o no tengo embrague ya no importa: el peldaño que siempre me falta, lo cubrió Mario.
Doy un paso hacia atrás por el pasillo, hacia la escalera, mezcla de esquiva tardía, la fuerza del cabezazo y la búsqueda de espacio, y lo veo que avanza.
En cámara lenta, veo su pierna derecha abrirse para dar el paso, y con un cálculo aprendido en la escuela primaria, tomo mis riesgos y le pateo la entrepierna.
Llego bien, pero el tipo igual avanza y me toma de la cintura, como para llevarme a algún lado, mis anteojos, rotos por el cabezazo, terminan de volar por la escalera..
Lo tomo del cuello con mi brazo derecho y se queda en el lugar, evidenciando que no tenía idea de qué hacer, así que cambio el agarre y le sostengo la cabeza con mi mano izquierda para ponerle dos derechazos y un rodillazo, nuevamente a la ingle.
Resbala sobre sus ojotas con medias y cae, voy a buscarlo al piso.
De alguna forma confusa, termina rotado ciento ochenta grados, boca arriba y con la mitad del cuerpo pasando la puerta de entrada de mi casa. La mujer amamanta el bebé mientras nos mira, parada en medio del living.
Decido hacerlo sencillo y sentármele encima, pero me traba el acceso levantando sus piernas como haciéndose una bolita, panza arriba. Su tobillo traba el mío, lo acepto con comodidad y adelanto la pelvis, dejando caer todo mi peso en la rodilla, que avanza como un pistón sobre su estómago.
Inmediatamente después, estoy sentado en su pecho.
Se conoce esta posición como “montura completa”, y se sabe que cualquier tipo con dos dedos de frente la puede mantener hasta siempre. En competencias reglamentarias, rara vez el que está abajo tiene más chance que esperar el fin del round.
Hablo de gente entrenada, y acá se puso de manifiesto quién es Mario.
Un inútil.
Antes de llegar a esta posición, ya no le quedaba aire. Conmigo sobre su pecho, sólo podía jadear y tratar de agarrarme las manos. Es débil. Débil. Sus manos no pueden sostener las mías más que unos segundos antes de que me zafe, una y otra vez, y arroje puñetazos a su cara, uno tras otro.
El sonido del golpe me recuerda algo, no sé qué, de un flan. Los golpes me salen de a dos, siempre.
El, todavía, no entiende nada y me amenaza con matarme.
Sonido de flan.
Sonido de flan.
También le dice a la mujer que llame a la policía. “Si, llamala”, digo yo, totalmente seguro.
Flan.
Flan.
La mujer me pregunta que porqué le pego tanto. “El me dio un cabezazo, vos lo viste”. Respondo. Igual, no me parece que le pegue tanto. “Bueno, pero por favor pará de pegarle, estoy yo acá”. “Decile a él: ¿para qué te mete en una casa tomada?”
Llegado cierto momento, se activa y fracasa el primer inhibidor de violencia: la evidencia del enemigo vencido me llega, entiendo que no es una amenaza, y dejo de sentir necesidad de golpearlo.
Pero me acuerdo de mi padre. Del año pasado en pensiones y casas prestadas, de las amenazas.
Flan.
Flan.
Nuevamente, me canso, nuevamente me amenaza desde la derrota total y se gana más golpes. La mujer le pregunta “Mario, ¿porqué sos así?”. “Porque es un imbécil”, respondo yo, y nueva tanda de golpes.
Flan.
Flan.
Noto la relativa sencillez de aplicarle una llave cuya utilidad es esguinzar el bíceps, pero no lo hago.
Noto que tampoco hay sangre: tiene un costado de la cara deformado, como si fuera de plastilina, pero no hay mayores marcas.
Se revuelve, trata de liberarse con movimientos patéticos. No parece entender que nada de lo que haga sirve. Trata de recuperar el aire. Pienso “No: YO estoy recuperando el aire. Vos estás en el piso cobrando”. Le doy un par más, consigue correrse un poquito y quedar de costado, le golpeo el bazo, bajo las costillas.
En cierto momento, la mujer desaparece de la pieza y dudo de si estará llamando a la policía o simplemente nos habrá abandonado a nuestra suerte.
Por las dudas, decido irme. Además, mal que mal, la visión de una mujer con un bebé en brazos disminuyó muchísimo mi agresividad. Entiendo que estoy pegando un poco más blando de lo que tal vez podría por eso. Justo en ese momento le veo el cuello totalmente vulnerable a un estrangulamiento, pero tampoco lo tomo. Consigue tomarme los puños.
“Soltame que me voy” le digo, para no hacer fuerza en liberarme.
Me suelta, me levanto, empiezo a irme y veo sus llaves tiradas en el piso. Las tomo y sigo mi camino, me amenaza con algo que no entiendo y trata de ponerme una traba con el pie en el tobillo.
La traba es tanto más pátetica cuando se le sale la ojota, podría seguir caminando simplemente, pero decido no perdonarle esta otra estupidez más. Si le estoy cobrando las viejas todavía, no voy a dejar que empiece a acumular nuevamente.
Así que, preguntándole si es tarado y nunca aprende, vuelvo sobre mis pasos y le pateo la cara en el piso. Consigue trabar un poco el golpe, la mayor parte de mi Adidas entra en su cara. Retomo mi camino de salida.
Juntando los pedazos de mis anteojos al paso, lo puteo y le digo que vuelvo al día siguiente, lo escucho decir a la mujer que llame a la policía y me doy cuenta de que todavía está buscando sus llaves, no sabe que las tomé yo. Al escucharme trata todavía de ponerse en malo “¿cuando!!? te voy a matar”. Me satura la paciencia nuevamente, y otra vez empiezo a subir los escalones, decidido a regalarle un par de toques más. Me ve y con la cara descompuesta de miedo, arrastrándose sobre el culo, llega justo a cerrarme la puerta en la cara, mientras me grita desde atrás “te voy a matar!!”.
El auténtico imbécil que ni a las piñas entiende: ahora puedo decir que lo conozco.
Mientras se cierra la puerta, escucho a la mujer diciendo “Ay, Mario, y mañana tenés que ir a Tribunales”.
Dios la bendiga.
Salí a la calle con todo lo que encontré de mis anteojos, y lo tiré en el primer tacho que ví.
Ya no veía lo mismo, así que tardé varias cuadras. Antes hablé con mi primo y mi abogado, con uno para arreglar que me diera coartada, con el otro para tenerlo al tanto y ver si había algo de urgencia que hacer.
El fin de semana anterior había desprogramado a un amigo, que trajo con él a una chica que me ofreció una sesión de rei ki de regalo, a cambio de la desprogramación.
Era ese mismo día, así que me fuí.
Mario a Tribunales y yo a rei ki, me pareció una manifestación cabal de karma.
En el camino, me doy cuenta de varias cosas: una, no había aparentemente más gente que esta mujer y él en la casa. Dos, el estaría al día siguiente en los tribunales. Mientras yo tenía sus llaves.
Nuevamente, primo y abogado. Mi primo no se muestra tan deseoso de ayudarme como lo manifestara cuando el asunto era más teórico, mi abogado piensa que si, que es posible tomar la casa, sacar a la mujer sola sin violencia, cambiar la cerradura. Tendría que reclutar al menos dos personas: una que vigilara que la chica no avisara a nadie, mientras los otros dos vaciamos la casa de sus pertenencias. Tal vez un cuarto que buscara mientras un cerrajero, quizás eso se pudiera arreglar por teléfono.
Decido esperar a que el rei ki me aclare las ideas para tomar la decisión.
Durante la sesión, noto un extraño efecto inverso al que me arrastrara a estos eventos: fuí sin saber qué iba a hacer, pero sabiendo que sólo deseaba ir, y que nunca estaría mal hacer caso de un sentimiento tan intenso y claro. Ahora, en cambio, la idea de tomar mi casa al día siguiente era intelectualmente transparente y sólida, pero no tenía ganas de hacerlo.
Me tomé un rato para confirmar si estaba cansado y eso era todo, pero resultó que no, que la líbido verdaderamente había desaparecido. No tenía, por recuperar mi casa, la misma urgencia que había tenido por ir.
Decidí priorizar el sentimiento, dado que había sido demasiado poderoso desde un primer momento, y abandoné los planes.
Llegué a casa de mi primo con una rodhesia para cada uno. “¿Chocolate?” le pregunto ”encontré un remedio buenísimo para los ataques al hígado”.
Charlamos un rato, me ocupé de otras cosas.
En los días siguientes me caerían otras fichas: una fue la absoluta inutilidad de Mario. La alegría del miércoles de haberle ganado se convirtió en una especie de tristeza de haber participado de la ruina de un inútil: claramente el tipo no sabe hacer más que ganarse problemas y perder ante ellos, y dado que es incapaz de diálogo o contacto con la realidad, me va a obligar a ser parte de esa dinámica.
Por otro lado, ya sin fantasías de que pueda ganarme cuerpo a cuerpo, ni de que sepa defenderse legalmente o de cualquier modo, se hace evidente que la razón por la que no estoy en casa de mi padre, no es él.
Ya sabiendo que Alicia me diría que lo que falta es alguna clase de trabajo interno, me pregunté cuál sería.
Y lo dejé estar, ya no tengo necesidad de mayores explicaciones.
Otra ficha fue la inmensa alegría de saber que ahora puedo sentir mandatos irracionales pero ciertos, y más aún: ahora puedo hacerles caso.
De a poco llega la confianza de que ningún mandato me va a llevar a hacer algo para lo que no esté a la altura. De a poco también, consigo entender la gama amplia de pedidos más sencillos, menos urgentes y más orientados a cosas gratas que pueden venir en el futuro: ganas de comer algo, de estar con alguien, de dedicarme a alguna tarea.
Es la mayor sensación de integridad que experimenté jamás, al mismo tiempo que la más intelectualmente oscura: es increíble lo bien que uno se siente haciendo lo que sabe que tiene que hacer, aunque no sepa qué es o porqué, ni qué consecuencias tendrá.
Imagino una vida regida por esta integridad, y me pongo contento. Me nace un “SI” gigante en el pecho, una y otra vez, y olas de alegría crecen desde mi pecho hasta mi sonrisa.

Finalmente: hace rato que noto cómo preguntar dilata el tiempo, y cómo es un bucle de energía, un rulo en la dirección de la voluntad que la dispersa y desgasta. Por eso preferí no hacerlo en el momento previo a una acción segura e inminente.
Al volver, sin embargo, ya sabiendo que no iba a tomar más acciones en los días siguientes, tenía mucha curiosidad por ver qué diría.
Otra cautela me retenía ahora, y era el temor a recibir una respuesta desfavorable, que oscureciera la salvaje alegría que experimentara toda la tarde.
Finalmente, hice un pacto conmigo mismo: lo que había sentido era intocable. Y si el I Ching daba un dictamen que me pareciera desfavorable, todas las opciones, desde errar yo mi interpretación hasta que el Libro no sirviera, serían tomadas antes que aceptar haber cometido un error.
Sólo dos veces en mi vida, repito, tuve una sensación tan cierta que pudiera calificar de sagrado su contenido, en el sentido de ser intocable, totalmente verdadero y necesario, aún siendo absolutamente invisible a la razón.
Una vez asumida esta actitud, me concentré como pocas veces, y tiré el I Ching.
La pregunta fue “las acciones del presente día, y sus ramificaciones”.
Salió 12, El Estancamiento, un hexagrama de los “malos”, con la cuarta y quinta líneas mutantes.
Recordaba que la quinta es buena porque va a dar a “El Progreso”, pero no conseguía recordar la cuarta, así que fui a buscar el Libro para chequear.
La frase me sentó perfecta, sin miedo a mesianismos ni fanatismos, porque no todos los días uno se siente así.
Dice: “Aquél que obra obedeciendo una orden del Altísimo, permanece sin tacha”.
Días después Pablo, quien también hace terapia con Alicia y comenzara siendo creyente y va abandonando al mismo tiempo que yo me acostumbro a rezar espontáneamente, festejaría diciendo "que bueno que Dios te mande a cagarlo a trompadas!!".
Ilustraciones: Luciano Vecchio
viernes, 19 de marzo de 2010
Mamá y el Diablo - Sesión de autoconsulta al mazo viviente 31 - 10 - 09
Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá.
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Está dicho que dentro del tarot, los Bastos representan el fuego en el barro: el instinto, la líbido, el deseo primal.
Que la Emperatriz es, en sí, el barro mismo que recibe el fuego del espíritu y lo sostiene en lo material. Es la madre, y es el cuerpo.
Y que el Diablo es la forma más remota, profundamente enterrada en la oscuridad de la carne y alejada de la luz de la conciencia, de esa misma chispa.
La que no conviene mirar mucho, la que trabaja mejor en la oscuridad del tabú.
El 31 de octubre de 2009, realizamos una nueva sesión de mazo viviente.
Originalmente la razón de realizarlos era la investigación, pero la ambición rápidamente me llevó a intentar usarlo en beneficio de mi propio desarrollo místico y espiritual.
Hoy día me parece, a esos efectos, una práctica excesivamente recargada de información sobrante, sobre todo en comparación con las performances cada vez más free jazz de Bert Hellinger.
Pero en el momento de querer allanar el camino de comunicación entre mi Yo Interno y el yo conciente, entre mi quinta y segunda línea, si algo de lo que estudié de I Ching está bien, esta parecía la mejor opción.
Paralelamente a estas disquisiciones, hacía varios meses ya que venía sintiendo que mi intención de mantener cierto estado físico y ciertas habilidades entraba en contradicción directa con mi disponibilidad de tiempo y energía para fines sociales, creativos y laborales.
Por un lado la coquetería, por otro la autoexigencia, seguía haciendo ejercicio pesado y sintiendo la frustración de postergar otras cosas sin conseguir afrontar la necesidad de elegir a qué abocar el monto evidentemente limitado de energía de que dispongo.
Llegó el día fijado para el mazo viviente y tropecé, o eso creí. Tati, quien siempre me acompaña y sostiene en estos proyectos me dijo con claridad después: “en el momento, lo que sentí es que era todo una maraña, pero que así debía ser, que era la maraña del momento y estaba en proceso de desenrredarse”.
El caso es que me costó incluso plantear a los compañeros el tema de trabajo: dieciseis personas que convoqué y respondieron por interés, curiosidad o simpatía ante las cuales balbucée algo así como que quería “alinearme mejor con mi Inner Self y pulirme como herramienta para tal fin”.
De cualquier modo arrancamos, con el sistema ya descripto: elijo siete representantes, y cada uno elige a ciegas una carta de tarot preparada con una cadenita para ser colgada al cuello. Me acerco uno por uno, los coloco en la posición que les toca dentro de la representación de la tirada llamada “Cruz Celta”, observo fijamente su carta unos instantes, y con eso, automáticamente y sin que se sepa todavía cómo ni porqué, cada uno empieza a experimentar emociones y sentimientos, incluso ideas muy definidas, que parecieron siempre estar en sintonía con las atribuciones tradicionales de los Arcanos Mayores del tarot, del mazo Rider.
Hasta esta vez, que no entendí nada.
En la teoría que vengo armándome, el Inner Self está representado en este mazo por la carta de El Mago. Así que me sorprendió mucho cuando salió como primer carta El Diablo.
Me sorprendió menos que fuera Mariela. Esa chica tiene un componente de bastos enorme, y de hecho, creo que nunca la ví representar otra carta. Y estuvo en todas las prácticas que hicimos de mazo viviente.
Ahorrando detalles, las cartas significativas para esa lectura fueron el Diablo en lugar central, el Mago (afortunadamente) motorizando la consulta en la posición de Lo que está Detrás, y La Emperatriz, extrañamente, oficiando de obstáculo o membrana, entre el Diablo y el mejor curso de acción posible, representado por El Colgado. Como la chica que sostuvo el Colgado no tuvo mayor canalización aparente, no comentaremos más al respecto.
El total de la situación no tenía sentido para mí, y la interacción entre las cartas, menos.
El Diablo se sentía particularmente triste, y se lo veía desvaído. Mariela estaba permanentemente aplacada y con cara de resignación ya desesperanzada. El Mago parecía afable pero demasiado volátil para lo que yo esperaba de él. Volátil en el sentido de que no parecía tener ninguna clase de dirección o necesidad propia, sino una especie de buena voluntad general hacia todos, que tampoco devenía en ninguna toma de postura firme, ante nada.
Y la Emperatriz, representada por Max, opinaba sobre todo.
La asocié primero con mi madre o figura materna. Después con la sensualidad en general, inflamando la naturaleza del Diablo y distrayendo al total del sistema de la instropección del Colgado. Pero tampoco es que me vaya tan bien en la vida como para poder decir que eso verdaderamente ocurre.
No conseguimos mayores avances en todo el trabajo: el Mago avalaba al Diablo, pero eso no parecía cambiar mucho las cosas, y la Emperatriz me sacaba de quicio diciendo abiertamente al Mago “no mientas”. No conseguía distinguir si este “no mientas” venía de la impulsividad de Max opinando sobre tarot, o de mi madre desvalorizando mi guía interna.
Lo otro que decía Max era “decí lo que tenés para decir”, al Diablo.
No llegamos a nada que me pareciera valioso. Califiqué abiertamente ese trabajo de “fracaso”.
Pasaron los días siguientes inmediatos, con un marcado bajón anímico que considero producto del exceso de ejercicio espiritual de esos días. Las sesiones de mazo viviente consumen mucho, y lo de trabajar sobre uno y después atender a otros no parece una práctica prudente.
Dos semanas después, aproximadamente, tendría en mi encuentro semanal con Alicia la experiencia denominada “Pink Floyd Mama”.
En ella se evidenció una imagen interna de mi madre literalmente monstruosa, pese a lo cual yo me encontraba deseoso de apego.
La devolución de Alicia al respecto fue “es lógico: querés tener una mamá que atesorar. Pasa que con la que tuviste, no podés. Ya vas a tener una mamá que atesorar, pero no ésta”.
Ya acostumbrado a no entenderla, me fuí sin intentar pensar en nada.
Esa semana decidí dejar un poco el deporte, porque estaba demasiado lleno de dolores y me estaba empezando a poner rígido. La solución era dedicarle más tiempo agregando ejercicios de estiramiento y relajación, o suspender todo y permitir que la relajación llegara sola.
Prometiéndome retomar en breve, suspendí por unos días.
A la semana siguiente, la visualización fue bastante distinta.
Apenas empezar ví una carta de tarot, pero fué demasiado fugaz para retenerla.
Las primeras imágenes fueron de mucha luz, luego apareció una viejita, muy viejita, muy blanca, tapada por velos blancos. Parecía una ancianita que probándose un vestido de novia, se hubiera olvidado y salido a la calle. No se la veía, pero yo sabía que debajo del velo era distinta e igual a mi madre histórica, real. Yo también aparecía lleno de luz, y el centro de la escena estaba ocupado por una especie de estrella blanca, de la que irradiaba una catarata intensísima de luz blanca plateada.
Tan intensos eran todos los blancos, que las figuras se veían con claridad solamente porque yo sabía que estaban ahí y qué eran.
La distancia física de las figuras, la blancura de la luz y de todas las figuras, la sensación general del conjunto, daban una sensación de pureza previa a la calidez: en una secuencia intuitiva, sobre esto se podría basar la calidez aunque ahora no estuviera presente, o estuviera presente pero subsumida a sensaciones más intensas.
Pero tal vez esto sea algo que digo al momento de escribir, ya cuatro días después de la visualización.
Toda la escena parecía la foto de un matrimonio en el altar, pero la sensación era la de un encuentro o reencuentro. Pero uno tan profundo que la idea de matrimonio, por más que esa figura fuera mi madre, no sonaba fuera de lugar.
En algún momento, antes o después de lo que viene ahora, ví un muro negro, o la oscuridad misma, de frente. Y como si una puerta vaivén la hendiera, se abrió de par en par la oscuridad, dejándome ver que detrás suyo estaba La Sacerdotisa.
Tuve durante un largo segundo el diálogo silencioso que se tiene con las figuras de las visualizaciones. Fué una charla similar a la que tuviera con mi sombra, pero sin el pacto de respeto mutuo: supongo que con La Sacerdotisa no es necesario pactar. Tras lo cual se volvió a cerrar la oscuridad, pero esta vez con el conocimiento de que, detrás, estaba siempre ella. Quedó en mi una sensación de confianza desprovista de alarde.
Lo siguiente fue un poco más preocupante, porque aparecí en lo que habitualmente es el jardín de mi casa en este espacio de visualizaciones, transformado en el león que Candela nos diera en el seis de bastos, una especie de versión amable de La Bestia del cuento, y a mi lado, me quiero matar, la Bella, encarnada por una figura con la misma cara exacta de un amor fracasado que tuve. Que no tuve.
Paseábamos por el jardín, yo la presentaba a todos los personajes que habitan el jardín de mi casa. En algún momento simultáneo pero previo, privado e íntimo nos abrazábamos y besábamos con una ternura que nunca alcanzamos en la realidad.
Preocupado, pregunté más tarde a Alicia qué significa la aparición de una persona concreta en una visualización, porque en tres años, las caras concretas que aparecieron fueron cinco: mis padres y hermano, mi tía, y ella. Dos veces, ella.
Alicia respondió que una opción es que simbolice el tipo de mujer que me interesa en este momento. Que eso puede cambiar cuando termine de corregir mi imagen femenina interna.
Yo, en su lugar, tampoco le diría a nadie “es que es ella, boludo!!”, porque uno nunca sabe.
Pero por no perder la costumbre, ni traicionar el juramento que alguna vez me hice de asumir ciertas premisas y vivir en consecuencia, en algún momento deberé acercarme a ese costado de la realidad.
Por ahora no tengo apuro.
Lo último que viera ese día fue un ejército de cruces negras que se iba a través de un portal en el espacio. El portal era sostenido por un pegaso. Pero la sensación interna era y sigue siendo la que aprendí a reconocer como propia de una visualización sobrante, sin validez simbólica ni eficacia y propia de mi tendencia a seguir más allá de donde el combustible psíquico sostiene un trabajo verdadero. Las que llamo “degradadas” por ser igualmente intensas en lo visual, a veces más impactantes incluso que una visualización “posta”, pero con un dejo de sabor a plástico.
Tres días después, tres noches mejor dicho, desperté antes del amanecer con la extraña sensación de que estaba a punto de perder algo si no hacía algunas abdominales. No había angustia ni presión: era simplemente la constatación, la certeza de un hecho cercano, probable: si no hacía algunas abdominales a más tardar ese mismo día, perdería algo.
Me tomé un rato de preguntar, desde el sentir, qué sería ese algo que se perdiera,y me llegó la imagen de la rigidez muscular propia del ejercicio.
Ya hacía algunos días que las mayores contracturas se habían ido, y ahora estaban apareciendo el cansancio y las sensaciones sencillas, cotidianas, que durante varios meses estuvieran anestesiadas por el dolor y la exigencia.
Y simultáneamente, al imaginar la dureza yéndose, noté la sensibilidad de la blandura.
Recordé lo que siempre supe: tener un abdomen blando implica sentirlo.
Sentir las tripas.
Ya conté en otro lado el desarrollo paulatino, durante dos años, de sensaciones en el área de mi pecho y plexo, y las asociaciones entre eso y todo lo emotivo y sensible, lo que llamo “la función de copas”. Rápidamente, desde el inicio de terapia hasta hace un tiempo, mi pecho pasó de ser un espacio relativamente rígido y poco sensible a ser espacio de muchas sensaciones vinculadas a lo cotidiano: integré las sensaciones del área del corazón a mi vida diaria.
Sabiendo que el objetivo final del sistema de Alicia es la reconexión de cada persona con su naturaleza individual más básica y pura, me pareció totalmente coherente que el siguiente paso fuera hacia abajo: los bastos habitan el abdomen y la pelvis, ir bajando de mente a sentimiento, de sentimiento a instinto..
El instinto, lo que define el deseo primal de cada persona, vive en el fondo del vientre.
Donde está el Diablo.
Mi pobre Diablo, tan ignorado. Tal vez con algo para decir, sepultado bajo una mala relación con mi madre y con mi cuerpo, bajo la ignorancia de la represión y la disciplina.
Entendí, creí, pensé, está por verse qué hice, que una madre bien aspectada significa más dulzura que exigencia, que es una forma dulce de sentir el cuerpo: no más dolor. No más cansancio sino el reposo, la regeneración del pecho y muslos maternos.
Y obviamente, al sentir con amabilidad, con amor, mi cuerpo, lo que sea que está en el fondo de mi vientre tendrá permiso para salir.
Ilustración: Luciano Vecchio.
jueves, 11 de marzo de 2010
El hombre, la puerta, el cuchillo
Para descargar al pdf y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (ojo, son 15 páginas)
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Despertarse después de perder es feo.
La falta de tiempo de descanso no es tan importante: es la voluntad de los músculos lo que no está más.
Una especie de falta de fe celular.
He comentado algunas cosas de la relación con mi padre, del constante cambio de roles de hijo a responsable, de su autoabandono increíble en profundidad y detalle, de su rebeldía ante cualquier decisión adecuada, de su concepto desesperantemente absurdo sobre el uso del pensamiento lateral.
Alicia, mi terapeuta psicológica, también lo atiende.
Al principio papá, por amenaza mía de terminar absolutamente la relación, y aprovechando la cercanía, comenzó a ir una vez por semana.
Al tiempo, a pesar de tener unos quinientos pesos por mes que le envía un amigo desde Chile y de tener un inquilino en un cuartito de su casa que le acercaba unos trescientos o cuatrocientos mas, manifestó que no podía pagar, por lo que Alicia dejó de cobrarle.
Poco después aseguró no poder cubrir las tres cuadras caminando, así que Alicia comenzó a ir a domicilio.
A los meses, cambió la comida por el tabaco, así que no tenía regularmente la energía necesaria para realizar una visualización, por lo que Alicia iba a su casa, gratis, a hacerle rei ki. O compañía.
Mi padre, como no quería subir y bajar el piso por escalera de su casa, daba indiscriminadamente llaves, del edificio y de la casa, a cualquiera que pudiera llegar a tener algo que hacer allí.
En cierto momento me quedé sin casa, durmiendo en el piso del estudio de un amigo
Mi padre accedió a serme garante para alquilar, pero el mismo día de firmar, se retractó, aduciendo que “dar una garantía es una responsabilidad muy grande”.
Desde ese día dejé de verlo.
Un día tiempo después me llamó el inquilino, para avisarme de que mi padre estaba internado. Parecía creer que eso ocurría por algo distinto que la conducta regular de mi padre, así que le aconsejé que no se preocupara demasiado porque esto le iba a pasar seguido.
También le dije que no me importaba dejar a mi padre morir solo.
MARTES
El martes pasado, antes de iniciar mi sesión, Alicia me dice: “considero que es tiempo de que te lo diga: hace tres semanas que no puedo entrar a lo de tu padre. La cerradura de su puerta está cambiada, y no contesta el teléfono”.
Totalmente tranquilo de que mi padre corre regularmente riesgo de muerte por autoabandono cuando se queda solo, pero de que siempre llega alguien a internarlo, con lo que se recupera plenamente - y quiero decir: plenamente - en pocos días de comer y tomar su medicación, dije que iría más tarde a chequear.
Al salir, saludé a mi amigo Pablo, que recién comienza terapia ahí mismo, y quedamos en que volvería a buscarlo al final de la sesión, para ver cómo le iba.
Llegué al edificio de mi padre, y toqué el timbre de la vecina María, una señora medio cachusa y renga pero de excelente disposición, que me comentó que si, que no veía a mi padre desde que lo internaron, tres semanas atrás.
Que había visto al inquilino sacando “cosas que mi padre le había encargado vender, para tener un poco de plata”. A veces no había preguntado nada, porque, por ejemplo, el televisor, podía habérselo llevado a mi padre al hospital.
Con mi padre, todo es posible, así que pregunté directamente por el cambio de cerradura. María no sabía nada.
Volví a buscar a Pablo, nos sentamos a tomar un café, y llamé al inquilino.
En una internación previa de mi padre, intermedia entre la ya dicha y anteriores, al pasar yo a chequear la casa, nos habíamos conocido: un taxista de unos cuarenta y cinco años, pelo negro peinado hacia atrás, estrábico. Cierto carisma, moralidad dudosa. Mi padre me había comentado que no era muy puntual con el pago, y que una vez le había pagado una parte y al rato se la había pedido prestada para dársela al hijo (a lo que mi padre accedió, y después quiso pedirme ese dinero a mí mientras esperaba que el inquilino se lo devolviera).
En la ocasión de conocernos, intercambiamos teléfonos por lo que pudiera ser necesario.
Esa noche usé ese teléfono desde el café.
“¿Mario?”
“¿Quién es?”
“Rogelio hijo... te llamo para ponerme un poco al tanto, porque me contaron unas cosas un poco raras...”
“¿Vos sabés dónde está tu padre?”
“Si, pero te llamaba por otra cosa, me dijeron que cambiaste la cerradura”
“¿Vos sabés dónde está tu padre?”
“Si: internado. ¿Porqué cambiaste la cerradura?”
“Porque en esta casa entra medio mundo mientras vos dejás que tu viejo se muera un hospital y no le alcanzás ni un vaso de agua!”
“Tá. ¿Entendés que no puede ser que seas vos el único que tenga acceso a la casa de mi padre?”
“Vos no podés decir nada porque no hacés nada por tu viejo y lo dejás morir en un hospital sin alcanzarle ni un vaso de agua”
Me levanté y salí del bar.
“Lo que hice y no hice por mi padre no lo sabés vos, asi que por favor – aunque mi tono de voz era bastante alto – no me juzgues, y no mezcles más los temas”.
“Porque a tu viejo lo llevo yo al hospital y vos ni aparecés!!”
“Tá. Yo te agradezco mucho todo lo que hacés por mi viejo, pero ¿cuándo nos podemos encontrar para que me des una copia de las llaves?”
“Acá no entra nadie!! Acá vivo yo y no entra más nadie!!”
“No es así. Ahí también vive mi viejo y vos no podés ser el único con acceso al departamento”.
“Tu viejo no vive acá porque se está muriendo en un hospital!!”
A la tercera vez que pasamos por el mismo lugar, opté por acortar algunas cosas: “ Estás diciendo mucho eso de que mi viejo se está muriendo en un hospital ¿Vos pensás que eso, si es que está pasando, te da derecho a quedarte con el departamento?”
“No, no... el dueño sos vos, eso no lo discute nadie”
“El dueño es mi padre mientras esté vivo. Pero mientras no se pueda mover, e incluso cuando pueda, no podés cambiar la cerradura sin avisarle a nadie. Por favor, no mezcles mas los temas: mi relación con mi padre no es asunto tuyo. Atengámonos a lo que sí tenemos que hablar”.
“El que vive acá soy yo y acá no entra nadie!”
“No es así: vos alquilás una piecita. Eso no te da derecho a tener las llaves de todo el departamento”.
“Yo tengo un contrato por todo el departamento”.
Acá hubo nuevos desacuerdos y desbordes, tuve que recordarle que la relación entre mi padre y yo no es asunto suyo.
“Bueno, esto no es para charlar por teléfono, mejor lo hablamos en persona”.
Terminamos quedando en vernos al día siguiente, llegó a cerrar con algo así como “no te discuto que el dueño sos vos – mi viejo, le corregí de vuelta – pero acá no entra nadie”.
Caminamos un poco para bajar la mala leche, y el pensamiento general que me dominaba era algo así como “este pobre gil se cree que por vivir seis meses con mi viejo se fué la guerra y se ganó una medalla”.
Para el día siguiente, esto había cuajado en bastante buena voluntad hacia él.
“A fin de cuentas, pensaba, el pobre boludo entró buscando un cuarto barato y quedó en la peor situación posible para que todo el mundo lo acuse de cualquier cosa”.
“Y es cierto, que fué él y no cualquiera de todos los otros posibles, incluído yo, el que lo terminó llevando estas últimas veces al hospital”.
Tiré el I Ching y salió El Viento, La Suavidad, “con buenas maneras se consigue lo que se quiere, incluso con personas irritables”.
Me pareció impecable, y muy en sintonía con mi pensamiento.
MIERCOLES
Al día siguiente, media hora antes de la fijada para el encuentro, Mario me llama para decirme vagamente que no iba a poder verme.
Insistí un poco en indagar, y dijo claramente “no tengo ganas, así que la que te queda es la vía judicial”.
Yo, todavía intentando mantener la buena voluntad – ahora me pregunto si por bondad o cobardía – traté de temperar, pero empezó a trepar solo hasta terminar gritando que “si quería se atrincheraba en el departamento y al que le fuera a romper las pelotas, lo sacaba a las patadas o los tiros”, y colgando.
Yo, algo nervioso pero menos que la noche anterior, volví a llamar, pacientemente, dos veces. La tercera me atiende, llamativamente calmado, y le digo: “Mario, no tengo interés en pelear: soy totalmente conciente de que no es mi padrino, ni mi tío, ni yo mismo los que estamos acompañando a mi padre en su muerte, sino vos, y eso para mi es valioso: no dejo de considerarlo”, etc, etc.
Quedamos en encontrarnos, de vuelta. Le recordé que llevara el contrato y él sugirió un lugar, cercano a la casa. Esperar entrar me parecía demasiado, así que no lo planteé.
Me conformaba con iniciar un contacto amable que sirviera de base para posteriores encuentros. Fué prácticamente la última vez que me comporté de manera estratégica, antes de perder el hilo.
Nos encontramos en un bar parrilla economiquísimo cerca de Scalabrini Ortiz y Corrientes. Llegó unos cinco minutos tarde y encaró al mozo con un fondo de familiaridad mientras le gritaba, serio, “Quién atiende esta mierda!!?”
“Yo” dijo el muchacho, mirándolo de frente, sin casi reaccionar.
“Ah, bueno, entonces traeme un café con leche”.
Interesante, pensé.
Atropellador, ambiguo, doble.
Le agradecí haber venido y planteé claramente: “Entiendo que vos pienses que soy Satanás, pero no me importa: no vine a charlar mis asuntos personales y familiares con vos. La relación con mi viejo está fuera de tema”.
Tras eso, charlamos con cierta fluidez.
Me dijo que había gente en el hospital que quería acercarse a mi viejo para ver si le podía quitar el departamento, que me convendría hacerme un poder general o algo asi.
Dijo que mi padre lo mandó una vez a cobrar la plata que le mandaban de Chile.
Fué honesto conmigo: “no pensaba darle ese dinero: en el hospital no lo puede usar, y además, hace cualquiera con la plata”. Estuve de acuerdo.
También dijo que al mismo día siguiente los quinientos pesos enteros fueron sustraídos de su casa.
“Por eso cambié la cerradura: medio mundo tenía la llave de esa casa, tu viejo se la daba a cualquiera”.
También estuve de acuerdo. Pero no dejó de incomodarme que fuera el único que hubiera visto quinientos pesos antes de que se perdieran. Tampoco me gustó que tratara de hacer recaer sospechas sobre la asistenta geriátrica que la municipalidad mandaba a casa de mi padre.
Llegó el tema del contrato, y mientras esperaba que lo mostrara, me explicó de que se trataba: un contrato por dos años de alquiler, por el departamento entero, ya pago por adelantado. Otros diez mil pesos que sólo había visto él.
También dijo que estaba pagando cosas que no le correspondían, como las expensas y los servicios, porque no sabía qué había hecho mi viejo con la plata.
Cundo me preguntó por tercera vez qué quería yo, lo pensé un momento y le dije, honestamente: “Quiero estar tranquilo: que vos seas el inquilino del departamento me sirve para que se mantenga. Lo demás lo iré viendo”.
Le dije que querría ver el contrato y los recibos, y quedamos en que arreglaríamos un segundo día para vernos.
Nos despedimos, invité el café, le agradecí nuevamente haber accedido al diálogo.
Y, tras dudarlo un poco, me fuí al Durand, a ver a mi viejo.
Se emocionó mucho de verme, yo me entristecí bastante. Su estado mental era claramente calamitoso.
Charlamos un poco y salí a preguntarle a algún médico sobre la situación.
La primera que encontré tenía un acento extraño, o extranjero, y al presentarme como el hijo del paciente de la cuatrocientos uno, dijo “Ah! Que bueno!, por favor, dame tu teléfono”.
“Es la primera vez que me piden el teléfono” dije, contento.
“Es que se habla en todo el piso de que tu papá ya no puede estar solo”
Me puso contento. Yo ya sabía esto desde años atrás, pero en una consulta con una abogada y una médica psiquiatra me convencieron de que no se podía demostrar con suficiente seguridad como para relevar a mi padre de sus derechos civiles, así que terminé haciendo lo único que me quedó para salvar la vida, sabiendo “que si me voy se cae y si me quedo se tira”.
Y lo dejé, librado a su suerte.
Este comentario de la médica parecía ser la primer señal de que algo estaba cambiando en el total de cosas.
Me aconsejó que pasara al día siguiente, a la mañana, por Asistencia Social, donde tal vez pudiera ayudarme a buscarle geriátrico, o por lo menos a saber qué hacer.
Sabiendo cabalmente que iba a tardar un rato largo en terminar de entender hasta dónde estaba conmovido por el reencuentro, me dispuse a cumplir con el último compromiso de la tarde, y fui a lo de Paula, una masajista que me presentara Alicia, de quien me considero descendiente en la línea de masaje que hacemos, y con quien desarrollamos casi inmediatamente una amistad que continuó después de que me diera el alta de su tratamiento.
En el medio, pasé por casa, tiré el I Ching de vuelta sobre la situación con mi padre. Siete, el Ejército: “es propicio designar ayudantes y hacer marchar ejércitos”.
Me imaginé a Mario como mi “General Enfermero de mi padre”, me reí y salí hacia lo de Paula.
También hice una lectura de cartas: el mejor camino posible era la idealización. Lo asumí como minimizar los detalles que me hacían ruido del dinero desaparecido y el contrato fantasma, en pro de la posibilidad de negociar, y de una posible buena voluntad verdadera de parte de Mario.

En la bici, empecé a cambiar mi parecer.
“¿Porqué no me mostró ni contrato ni recibos?”
Traté de no intranquilizarme, y todavía no entiendo porqué.
Al llegar a lo de Paula, le comenté los acontecimientos de ese mismo día y el anterior, y ella comenzó a mostrarse muy intranquila. Tiendo a desconfiar de sus instintos en todo lo que no sea masaje, pero ahora yo mismo estaba en la pendiente: el péndulo mental estaba volviendo desde una forzada confianza hacia la otra punta, y ya había pasado el punto medio.
Paula insistió en que lo mejor sería moverme rápido, incluso “no enfriarme” de la conmoción de haber visto a mi padre, que “podría ayudarme”.
Lo contrario de este consejo al sentido común no se me escapó, pero ya me picaban demasiadas cosas: había visto que mi padre no tenía su televisor, en el hospital.

Revisé mi agenda telefónica: aún figura Fernanda, a quien no veía desde hacía cosa de un año y, con la poca atención que le presto a la gente, no recordaba abogada de qué era exactamente.
Entre llamarla y rebotar en el contestador del celular, hice otros dos llamados: amigos aficionados a las artes marciales que tal vez se brindaran. Julio uno de ellos, Pablo el otro, que estuviera presente la noche anterior durante mi primer charla telefónica con Mario.
Les expliqué la situación, estuvieron de acuerdo en que todo era muy sospechoso, no dudaron de que mi padre estaba siendo robado.
“Estoy tratando de hablar con una abogada” les dije a cada uno en su momento.
“Vamos a ver qué me dice, pero estoy pensando que tal vez necesite hacer una entrada forzosa a la casa de mi padre, y no quisiera hacerla solo”.
“Además, voy a necesitar gente que ocupe la casa para que yo pueda ir al hospital, o moverme en general. La idea no es exponer a nadie a nada, pero necesito alguien que pueda llamar a la policía si el tipo trata de entrar cuando yo no estoy”.
Ambos aceptaron ayudarme, volví a intentar con Fer.
Me atendió en el teléfono de la casa, le expliqué todo suscintamente, coincidimos en lo mismo que habíamos hablado con Paula: si no me había mostrado el contrato, probablemente fuera porque no lo tenía.
Una denuncia polical por usurpación podía llevar entre semanas y meses.
“¿Podés saber cuándo el tipo no está en la casa?”, preguntó.
“Si: sale todas las noches y vuelve tipo seis de la mañana”
“Entonces te aconsejo que intentes la rápida”, dijo Fer, “y entres cuando el tipo no está, lo llames para decirle que no vuelva, y después negociás la entrega de sus cosas”.
“¿Y si resulta que si tiene contrato?” atiné a preguntarle, entre una llamada y otra. Las preguntas se me ocurrían siempre después de colgar, lo que tomé como señal clara de estar entrando en terreno de nerviosismo y alteración mental.
“Si tiene contrato, que lo haga valer desde afuera” respondió.
“Y si te pone una denuncia por violación de domicilio... bueno, si hace eso, yo te defiendo”.
Me preocupó el total de frase y tono, pero pensé en la cercanía del alta de mi padre, y en que por primera vez quizá tuviera apoyo médico para mandarlo a un geriátrico. Y que no tenía con qué pagarlo. Y que tal vez en quince días de ocupar el departamento pudiera vaciarlo lo suficiente para alquilarlo, y que si lo ponía barato, en otros quince días podría tener con suerte una entrada que fuera al menos cercana al costo presunto de un geriátrico. Qué hacer durante ese mes, ni idea, pero un mes, incluso el peor, termina pasando.
Volví a llamar a Julio.
“Se armó la de convóis” fué lo último que esperé nunca escucharme decir, y lo primero que me salió.
Julio saldría de trabajar a las seis de la mañana, cosa que me convenía porque a esa misma hora volvería Mario, y Pablo y yo ya estaríamos mas bien agotados, porque probablemente no lográramos dormir.
Convinimos una manera segura de que se acercara a la casa para minimizar el riesgo de encuentro con Mario, y quedamos en que le hacía el relevo a Pablo, y probablemente yo usara ese momento para salir a hacer... ni sabía qué. Lo que fuera que debiera hacer a las seis de la mañana del siguiente día.
Me senté unos minutos a comer la cena que Paula había preparado, y a las once menos cuarto de la noche salí corriendo a casa, a buscar mi DNI, la tarjeta para poder retirar algo de dinero por si acaso, y las llaves que no recordaba haber guardado de la puerta del edificio de la casa de mi padre.
JUEVES
Llegué, me tomé deliberadamente un minuto para ir al baño, pensando que no sabía cuándo podría volver a hacerlo y queriendo evitar los efectos más ridículos del stress, y al salir, me pregunté de vuelta “¿Qué hago si sí hay un contrato?”.
Ví el encendedor sobre la mesa y lo tomé.
Al salir toqué la puerta de Neri, mi vecino encargado de edificio, pensando que quizás por su trabajo conociera cerrajeros que hicieran urgencias nocturnas. No.
Mensajeé a Pablo que al llegar al lugar convenido buscara cerrajero. Que no lo llevara inmediatamente, que esperara que yo le diera el aviso de que la casa estaba vacía.
Porque otra de las cosas que llegué a consultar con Fer fué “'¿qué pasa si hay gente?”.
“Si hay gente, dejalo para mañana. Mejor hacer estas cosas de día. Y vos no lo conocés al tipo, ni supiste nunca que tu padre metió un inquilino en la casa”.
“¿A pesar de que estuve hablando con él esta tarde?”.
“Absolutamente si. Vos tenés que decir que nunca lo viste, que no sabías que había nadie viviendo adentro, que te enteraste de que tu padre está internado, le querías llevar cosas, te encontraste con la cerradura cambiada y no pensaste”.
“Ok”.
No había guardado copia de la llave, así que llegando a la casa, llamé de vuelta a María para preguntarle si tendría problema en prestarme una copia de la llave de abajo, para poder entrar con el cerrajero.
Le expliqué la situación y le aclaré “así que de acá en más, yo nunca conocí a este tipo Mario. Por favor, si te preguntan, no digas otra cosa”.
Viajando en la bici, pensaba en el I Ching, y me decía que esto se parecía más a “designar ayudantes y mover ejércitos”. Me reproché el forzar mi pensamiento hacia la armonía, asumí que había sido para evitar el conflicto, me critiqué la cobardía.
Por momentos, recordaba lo honestamente que le había manifestado mi buena voluntad a Mario, y en cuánto cambiara mi pensamiento, en lo claro que se me hacía de repente que no me hubiera mostrado contrato ni recibos.
Y pensaba “lo estoy re traicionando”.
Y después “Y está buenísimo!!”.

Me llega mensaje de Pablo “ESTOY TRANSPIRANDO ME TIEMBLAN LAS PIERNAS ME DUELE EL ESTOMAGO NO PUEDO HACERLO”
“POR FAVOR RECAPACITA NO QUIERO QUE TE METAN UN TIRO”.
Respondo. “No te preocupes, no hace falta que entres, por favor buscame el cerrajero”.
Eran las once de la noche pasadas.
Llego, llamo a María una vez más, le pregunto si notó que el inquilino se fuera. Me dice “no hay luz, acá, y a esta hora ya no está nunca”.
“Perfecto. Voy a llamar unas cuantas veces. Si no me contesta nadie, te toco a vos para que me pases la llave y llamo un cerrajero. ¿Conocés alguno que atienda de noche?”.
No, no conocía.
Nadie contestó el timbre.
Me pasó unas llaves, le pedí que me dejara el juego completo para poder mostrarle al cerrajero que tenía llaves de arriba, pero que no servían.
Dejé la bicicleta en el pasillo y salí a buscar cerrajero.
Mensaje de Pablo “No encuentro ningun cerrajero abierto. Estoy cansado de dar vueltas. Me voy a dormir”.
Lo llamo: “Loco, TRAEME UN CERRAJERO”. Cuelgo.
Pregunto al policía de la esquina por una cerrajería, le expongo la mentira preparada al caso. Me sugiere que entre por lo de algún vecino y me descuelgue por la ventana. No me detuve a responderle que si él mismo me veía haciendo eso, debía llevarme preso.
Encuentro una cerrajería, empiezo a probar con los números de emergencias. Me atienden sólo los contestadores, consigo nuevos números, en todos lo mismo.
Tengo que reponer la carga del celular con tarjeta, no me atrevo a dejar de pasar cada tanto por la puerta del edificio, a ver si hay algún cambio.
La lavandera de al lado me reconoce, me da charla, intento no evidenciar que sé de la existencia de un inquilino.
No consigo cerrajero.
Nuevo mensaje de Pablo. Se va, no busca más cerrajero, nunca llegó.
Entré al edificio a ver si la bici seguía en el pasillo, me senté un rato, pensé tristemente “esto no es mover ejércitos”. Eran cerca de las doce y media.
Estaba por retirarme cuando llega el último mensaje de Pablo. “Encontré una cerrajería con turnos nocturnos – tal teléfono”.
“Ya fue” le escribí, totalmente desanimado. “Mañana veo que hago”.
Pero pensé en la sentencia “hace falta un hombre fuerte que conduzca el ejército”, y en Julio viniendo a las seis de la mañana, y en la casa vacía, y llamé, y me atendieron, y sólo quedaba sentarme a esperar.
Del lado de afuera del edificio, todos los taxis me parecían sospechosos.
Pasé media hora más diciéndome que no hay forma de que alguien acorte su jornada laboral en seis horas, que tenía tiempo de sobra para que el cerrajero llegara, hiciera lo suyo y yo lo mío.
Llegó, entramos, sacó un taladro eléctrico de entre las herramientas, miró alrededor y me preguntó por enchufes en el pasillo del edificio. Buscamos pero no encontramos nada más que algunas cajas de llaves generales de luz, de algunos departamentos, incluído el de mi padre abajo, al pie de la escalera.
Antes me había preguntado si yo podía despertar a algún vecino para certificar mi pertenencia al edificio. Le expliqué que prefería no hacerlo, por ser todos personas mayores.
Al preguntarle cómo hacía regularmente para conseguir enchufes para trabajar, me respondió, creí que con una sonrisita, “y, en general le pedimos a algún vecino”.
Le tocó de nuevo a María.
El sonido del taladro aumentó un poco mi dolor de estómago, y al mismo tiempo algo en mi empezó a reconocer la necesidad de relajarme.
“Ahora si, está ya todo jugado”, me dije.
Al abrir el tipo la puerta, decidí hacer algo, aunque más no fuera para moverme y sacar algo de adrenalina, y le dije “mientras vos ponés la cerradura nueva, voy al baño, permiso”.
Crucé la puerta y ví tres cosas al mismo tiempo: el espacio que ocupara el piano en que mi padre aprendió a tocar, estaba vacío.
Lo mismo pasaba con el espacio de la mesa de madera donde dió clases por años.
Y había luz en su dormitorio.
Susurré al cerrajero que saliera del departamento un minuto, explicándole que no debería haber nadie, y me acerqué a la puerta del dormitorio.
Golpeé, y no respondió nadie, así que la empujé con un dedo. Adentro había un hombre, terminando de vestirse y tomando un bolsito deportivo viejo y roto.
Trató de darme la mano y presentarse, lo ignoré y le pregunté quién era y cómo había entrado.
“Soy un amigo de Mario, él me dijo que podía dormir acá esta noche”.
“Esa es la cama de mi padre” dije.
“No quería causar problemas, ni siquiera desarmé la cama”
Miré el revoltijo de frazadas y sábanas, era cierto. Ni la había desarreglado, ni la había arreglado. Así como la encontró, se tiró encima. El pobre diablo.
Pensé en cuando llegaran, en cualquier orden, Mario o Julio, y le pedí que se fuera.
Ya estaba tan nervioso que me olvidé de que yo mismo estaba cambiando la cerradura, y, para prever que no volviera a entrar, le pregunté si tenía llaves.
“No”.
“¿Y cómo hizo para entrar?”
“Mario me abrió”.
“¿Y cómo iba a hacer para salir?”
“Es lo mismo que le pregunté yo a Mario”.
Cara de estupefacción.
“Pero me dijo que no me preocupara, que esperara a que volviera”.
Pobre diablo.
Le pedí disculpas mientras le abría la puerta de afuera y pensaba que tendría que dormir en la calle, por verlo envuelto en esto.
“A mi me hicieron un favor, no tenía dónde dormir”, me respondió.
Soy un estúpido.
Al volver, pedí disculpas al cerrajero, asegurándole que había llamado varias veces y nadie había respondido, cosa cierta además.
“¿Sabés las cosas que veo en este trabajo?”
Me cobró trescientos pesos y se fué.
En seguida me dí cuenta de que me había quedado sin la plata que esperaba usar para comprar comida para la toma.
Pero ya habría tiempo para pensar en eso.
Cerré con las dos llaves nuevas, y me dispuse a dar vuelta el departamento.
En el living había una mesa que soliera estar en la cocina, con facturas de servicios, un block de notas, una birome y anteojos apoyados encima.
Cierta mala leche me hizo revisar primero la pieza del inquilino, un espacio pequeñísimo a medias acondicionado y a medias no.
Encontré un carnet treinta años viejo de mi padre con el apellido mal escrito, un boleto de compra venta de la casa.
Seguí revolviendo, encontré un papel familiar, y se me cayó el corazón al piso.
Cuando pénsaba que mi padre me saldría de garante y estuve por alquilar departamento propio, pedí ejemplos de contratos inmobiliarios tipo.
Y este era, inequívocamente, un contrato inmobiliario, perfectamente redactado.
Y firmado por mi padre.
Por dos años de alquiler.

Sentí el encendedor en mi bolsillo, y me pregunté qué hacer.
Si el tipo tendría una copia.
Y lo peor de todo.
Si tal vez fuera un contrato legítimo.
Si hubiera negociado de buena fe.
Decidí guardar la poca documentación de mi padre que había encontrado en la mochila, y el contrato, por las dudas, cerca mío.
Previendo que quizás decidiera irme a casa y buscar al día siguiente a la abogada, que nos cruzáramos con Mario, que tuviera que luchar, era más difícil perderlo teniéndolo encima que en la mochila.
También pensé en distraer la atención con un paquete de documentos claro y visible en la mochila.
También pensé en seguir revisando el departamento a ver si encontraba algo más de mi padre.
Y ese fué uno de los últimos eslabones importantes en la larga cadena de estupideces de esa noche.
Mientras revisaba infructuosamente la habitación de mi padre, caí de repente en la cuenta de que hacía ya cerca de un minuto que escuchaba una llave intentando abrir la puerta.
Cambiaba de la cerradura de arriba a la de abajo.
Me acerqué a la puerta en el momento justo en que Mario empezó a gritar que abriera, insultando.
“Ni en pedo, y estoy llamando a la policía” dije, tomando el celular.
No recuerdo si golpeó la puerta o se apoyó fuerte, me insultó de vuelta y entendí que no se iría, así que llamé efectivamente.
“Mi nombre es Rogelio Ferreyra, estoy en tal calle, es la casa de mi padre, internado, vine a buscar ropa para llevarle, encontré las cerraduras cambiadas, entré con un cerrajero y ahora hay un hombre intentando entrar” dije, en voz lo bastante alta como para que el otro lo escuchara claramente.
No esperaba que se diera a la fuga, pero me pareció adecuado que lo supiera.
Tras un rato de amenazar desde detrás de la puerta, escucho que baja la escalera.
Y se apaga la luz en toda la casa.
Prendí la pantalla de mi celular, recordé alguna escena de “El negociador” y pensé “si está intentando ponerme nervioso, lo está logrando”, mientras alumbraba mi camino a la cocina y rebuscaba entre los cubiertos.
Lo mejor que encontré fue un tramontina de hoja delgada y serrucho finito y apretado.
No esperaba que intentara tirar la puerta, y menos que lo lograra, pero hacía poco más de veinticuatro horas, este mismo tipo había hablado de tiros.
Y si llegaba a pasar algo inesperado, no pensaba confiar sólo en mis manos.
Me puse tras la puerta, intentando oír algo de su presencia, y llamé de vuelta a la policía.
“Acabo de llamar, el individuo que está tratando de entrar acaba de cortar la luz de la casa, así que no voy a escuchar el timbre, por favor tóquenle a los vecinos”.
“El patrullero está llegando”
Llamé a María, le conté la situación, le pedí que no se arriesgara, pero que estuviera alerta. No recuerdo cómo ni porqué, hablé un momento con el ex marido, policía retirado, actualmente casi inválido, que se jactó de estar armado.
“Lo único que me faltaba” pensé, mientras lo imaginaba con bastón, pantalón a cuadros, nariz roja y corbata de moñito disparando al aire y puteando.
“Abrí, pelotudo, ya llegó la policía!!” gritó Mario desde la puerta.
“No voy a abrir por lo que digas vos”, dije.
Se acercó una segunda voz, pero recordé al homeless que sacara una hora antes, y, totalmente paranoiqueado, dije claramente que hasta que no me avisaran los vecinos que la policía estaba efectivamente fuera, no pensaba abrir.
“NO VE POR LA MIRILLA, SEÑOR, QUE SOY DE LA POLICIA?!”
Cuac.
Nunca en mi vida hasta este día tuve miedo de alguien tras la puerta. Jamás usé una mirilla y ahora, en la oscuridad, no podía verla.

La encontré al tacto y si, era la policía.
“Díganle que devuelva la luz así puedo abrir mejor” dije, algo avergonzado.
El resto es aburrido. Por miedo a que me registraran, cosa que no sabía si podían o no hacer, opté por mostrar el contrato a la policía.
Declaramos por separado, obviamente versiones absolutamente diferentes, y en el careo aterricé en un mutismo casi absoluto, en parte por el agotamiento y en parte por desinterés en intercambiar nada.
Mientras Mario repartía cigarrillos y charlaba animadamente con la policía, estuvimos todos de acuerdo en que era un contrato no del todo regular, pero en principio, válido.
Igualmente, no acepté retirarme sin que se me garantizara el acceso al departamento, y como la policía y, por supuesto, Mario, pensaban que yo debía devolver todas las llaves sin excepción, al rato llamaron al juzgado para que determinara el proceder policial.
Una vez hecho eso, me explicaron cómo es el procedimiento: se intenta conciliar por un tiempo prudencial, tras lo cual se deja todo en manos del juzgado, que podía determinar, por ejemplo, que yo había cometido violación de domicilio. Hubiera preferido que me explicaran el procedimiento antes.
Entre todas las cosas que me preguntaba, estaba si mentir que iba al baño para mandar un mensaje de texto a Julio avisándole “No vengas”, antes de que se hiciera la hora en que iba a llegar.
Afortunadamente, el juzgado resolvió que no había habido delito, ni por parte del inquilino por ahora, ni por parte del hijo del propietario, a lo que la policía me instó a entregar todas las llaves, tras lo cual el oficial dijo “bueno, nosotros nos vamos, uds hagan lo que quieran: charlen, mátense, pero si hacen ruido, los meto presos a los dos”.
Pensé en hablar algo con Mario, que se evidenciaba tranquilo y satisfecho, pero me pareció demasiado para ese mismo día, y también me dió cierto temor.
“Esperame y salgo con uds.”, dije.
Me consuelo pensando en el respingo que le vi dar de reojo a Mario cuando, queriendo tomar las facturas de la mesa para mostrar cómo se hace cargo de las cuentas de la casa, encontró un tramontina al lado de la birome, y cómo se tomó un segundo en ese momento.
Llegué a la calle en un estado de ánimo adormecido, casi anestesiado, y emprendí la vuelta a casa.
Eran las tres y media pasadas, y en cinco horas tenía que levantarme para volver al hospital.
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