ES IMPORTANTE SABER

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martes, 14 de diciembre de 2010

Núcleo - V

El otro lado del espejo es totalmente oscuro, y me espera allí algo así como el negativo o la versión oscura de mi yo interior.
También está avejentado, pequeño.
Me habla y no termino de entender lo que me dice, toma mi mano, su palma arriba de la mía.
Me produce mucha ternura, lo miro y lo veo cubierto de petróleo. Sé que no hay forma de que aparezca grato a mis ojos, pero me produce una ternura física.

Lo abrazo y comienza a derretirse y escurrirse. Lo beso en la boca, de modo casi pasional, totalmente amoroso. Se deshace del todo, pido de llevármelo puesto de algún modo, de estar yo también cubierto de petróleo, de él hecho petróleo.

Aparece una imagen cómica, como si me soltaran un baldazo desde algún lado.

Sé que está bien, pero también que es insuficiente. Surge la propuesta de otro método, la discutimos brevemente y la tomamos, sabiendo que no es la perfecta, no es la final, pero es la de ahora.
Permito que se acerque desde mi espalda y se superponga fantasmalmente con el espacio que ocupo. Nos quedamos quietos para que la fusión vaya ocurriendo.

Noto que es imperfecta, frágil y riesgosa. Pido a mi guía que vigile si algo se sale de lugar, aparece al lado sosteniendo, acompañando, mirando atento.

Empiezo a parecer de nuevo un fauno. Cuando el proceso empieza a solidificarse, noto que no tengo energía para llevarlo hasta el final.
Alicia me dice que no, que es demasiada la que hace falta, pero que tampco es necesario terminarlo ahora, sino dejar que se haga.

Terminamos la sesión.
Quedo con una sensación muy agradable, similar a la de cada vez que un trabajo se logra, de solidez interna, contacto conmigo mismo, nuevos apoyos en mí, pero más blanda y dulce que de costumbre.

Y de que podría dormir una semana.

















fin.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Núcleo - IV

Sube recta, no termina nunca de abrirse, se mantiene en un estado similar al de un capullo entreabierto. Sus pétalos son duros, rectos, rojos.

Entre el conjunto del lecho, el coito y la flor y el niño y yo por otro lado, aparecen estrellas, o fuegos artificiales explotando.
El nene irradia más pavor, pero al mismo tiempo irradia algo dorado, se expande y demuestra muchísima alegría. Veo de repente el pavor como un centro blanco frío incandescente, entiendo que el centro del pavor está ahí.
Y espontáneamente deseo entrar en él, zambullirme.
Para aliviar al nene, para que él pueda dejar de sentirlo.

Y lo hago.

En el centro del pavor hay algo, una especie de agujero invisible. Blanco infinito y un agujero con forma de vagina invisible en el medio.

Está mi guía, también, una versión extraña: por primera vez, es más bajo que yo, más humilde.
Se ve avejentado más o menos lo mismo que yo me debo ver, y está también cansado.
De repente, me paro en el centro del agujero en medio del pavor, y el agujero empieza a parpadear atravesando mi cuerpo.
Alicia parece no haber previsto esto, se la nota intrigada.

Y estoy ahora dentro del agujero en el centro de lo blanco. Y me encuentro de vuelta con mi guía, que me espera en una especie de camarino, sentado frente a un tocador con un espejo enmarcado en luces, la mano apoyada en el borde.
Me incita a mirarme en el espejo.

En el espejo se ven figuras demoníacas navegando las sombras, me dan ganas de someterlas a todas bajo la autoridad de mi voluntad, de atarlas a mi puño. Pero el impulso pasa en seguida, cuando veo mi reflejo del otro lado del espejo.

Demacrado, o simplemente delatado por unjuego de luces y sombras más cruel, se transforma al rato en la cabeza de la gorgona. Mi vista se fija en su boca abierta y otra vez, entro.

Y ahora estoy en la boca de la Medusa, del otro lado del espejo, adentro del agujero, en medio del pavor. Sal de ahí, chivita, chivita.
Pero no: entro cada vez más.
Por suerte.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Núcleo - III

Soy un niño de alrededor de un año, sigo llevando mi esfera de luz en las manos, es grande como una pelota playera. De repente me sofoco. Ví de refilón lo que mi actitud de niño buscaba desde antes de darme cuenta: aparecen un poco por arriba de la altura de mis ojos, manos de adultos, adultos caminando vistos desde la perspectiva que me permite mi altura. Sólo llego a verles las manos, las piernas, muy borrosamente y lejos las cabezas.
Son mi padre y mi madre, que están caminando juntos.
El sentir me inunda y lloro un momento.

Pido más y se intensifica todo: no les veo las caras, sus siluetas no se parecen a las de mis padres históricos, pero son padre y madre. Me toman a upa, los dos al mismo tiempo.
Sus pechos se tocan, yo estoy en el medio.
Se sobrepone la edulcorada imagen de un corazón, pero no la discuto: me gusta.
La imagen del niño de un año o menos se agiganta, se pone dorada, flota en medio del corazón que enmarca los pechos de mis padres juntos, el abrazo.

La imagen dura un rato, y de repente se suspende y es reemplazada por la de un niño de menos de un año, en el que no me reconozco pero con el que me identifico, sé que soy él.
Tiene algo como crayones en las manos, está mirando hacia la derecha, muy fijamente.
Sé que pasa algo a la derecha que lo asusta, miro. Hay gente en un lecho.
Es casi seguro que son mis padres, están teniendo sexo.

La sensación es de las más intensas es inexplicables que haya tenido nunca: ella destila una sensación de tragedia, permanente, terrible. Vive con mucho dolor e inevitabilidad todo, lo que le pasa, lo que hace, lo que hacen otros.
El pareciera estar escondiéndose en el coito.

Son evidentes dos cosas contradictorias, fuertísimas, dolorosas.

Una, es que ambos son ciegos uno a otro, no se encuentran más que por choques, no entienden ni sospechan la forma del otro. No tienen conciencia tampoco de sí mismos, de qué espacio ocupan, de cómo moverse con gracia o tomar perspectiva de nada. Son como peces metidos en cuerpos humanos, sin reconocer ni entender los nuevos miembros, sin conocer su propio potencial de movimiento, sin entender en lo más básico sus propias naturalezas, sin sospechar nada de la naturaleza del otro con quien comparten ahora mismo un coito.
Pero convencidos de estar haciendo algo, cada uno. Ciegos, perdidos y convencidos.

Lo segundo, lo que da el marco que en otro momento me habría catapultado al horror, me habría tirado entero al abismo vacío de la contradicción irresoluble, es que en el fondo de todo el movimiento se nota, brilla.
La legitimidad.
Hay una fuerza tan gigante agitando desde la base de cada uno, tan blanca que no importa, en el fondo, que esté tan tapada y cegada que ni ellos la vean.
Hay razón de ser en todo esto. Una razón pujante y vibrante y tal vez ciega, no llego a determinarlo.

El niño que mira siente ganas de correr, espantado, y un aflojar mío interno le libera los pies y le permite salir corriendo. Decido entrar a la escena y yo mismo lo espero, unos pasos más allá. Lo tomo a upa.
Mi yo de ensueño sigue sin entender nada, pero sostiene al niño a upa.

El niño irradia, más que ninguna otra sensación, la de pavor. Una excitación similar al miedo pero más anónima, más básica, más intensa. Tiene sabor a primal, a los niveles más básicos posibles de sensación.

Del coito en el lecho empieza a crecer una flor.

martes, 7 de diciembre de 2010

Núcleo - II

La siguiente frase, más o menos articulada, fue: “quiero poder para resolver mis problemas, poder cortar los nudos presentes y cambiar de etapa”.
“Y eso me da miedo: no poder, y poder también”.
Me quedo callado.
Al rato, Alicia pregunta “¿Y ahora?”

Había aparecido la imagen de mi madre, la cara convertida en un puchero de mucho sufrimiento.
Llevaba una estatua de aproximadamente cuarenta centímetros, claramente muy pesada, aunque no podía ver la forma. Parecía algo arrodillado, como la momia del Cerro Colorado, o algunos demonios dibujados por Carl Barks. Claramente quería que lo tomara, era para mí, era lo que tenía para darme, pero no conseguía entender si era un don o una maldición. Lo pesado del paquete me hacía incluso sospechar que no era para mi sino que simplemente se lo quería sacar de encima.

Mientras lo comento en voz alta a Alicia, aparece detrás de toda la escena la cara de un demonio chino. La figura de mi madre se aproxima a mi vista y se funde con su propia sombra: detrás, lejos, aparece una geisha llevando un cántaro blanco de barro.
Es claro que es para mí. Todavía desconfío, pero estiro los brazos para tomarlo.
Cada imagen aparece cortada, paralizada: cuando veo a la geisha con el jarro sé que es para mi, pero no lo tomo. Cuando estiro los brazos para tomarlo, también se congela todo. Finalmente, aparece la imagen donde tengo el cántaro en las manos. El gesto de mi cara indica algo entre la perplejidad y la ignorancia.

Aparecen muchas geishas detrás, como si fueran parte del tapizado, parte intrínseca del escenario, y al mismo tiempo como si me siguieran. Recuerdo 23, cinco.
El cántaro en mis manos es cada vez más blanco, hay un dragón chino ocupando el espacio de la cara del demonio anterior, y simultáneamente volando alrededor de mi cuerpo, con el hocico tocando el cántaro, que se transforma en una bola de luz blanca.

Sé que lo puedo ver afuera y volando, pero está adentro de la bola, es la bola o parte de ella al menos.

Mi yo de sueños sigue proyectándome la sensación de que no entiende nada, Alicia me dice que está bien, que no es necesario que yo entienda nada.

Empiezo a sentir que me filtro hacia dentro de la bola de luz, empezando por los genitales.
Al mismo tiempo, la cabeza de colores del dragón que se veía como fondo de la escena se transformó en una especie de vórtice, en el cual se derrama la luz de la esfera.
La esfera fluye en el vórtice y yo en ella, cada vez más. Me doy cuenta de que lo resisto, me pido a mí mismo aflojarme y permitir que ocurra, y de repente se da.
Como el sonido repentino que se escucha cuando el agua termina de escurrir por el lavadero, del mismo modo, me escurro empezando por los genitales dentro del vórtice de colores.
Hay un momento de vértigo, otro de susto, y ya acabó todo.
Estoy del otro lado.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Núcleo - I

La noche anterior tengo espontáneamente una imagen muy tierna, muy fuerte, de mis dos padres juntos, queriéndose.
Sé que la imagen es falsa, o al menos no me tocó vivirla, pero decide sola desarrollarse un poco más.

Después, como parte del proceso, vienen los recuerdos históricos: las visitas semanales de mi padre a casa, cómo yo miraba por el buzón que quedaba justo a la altura de mis ojos de cinco años para verlo llegar, ansioso, cómo siempre se tomaban un rato de estar a solas en la pieza de mi madre u otra, cómo siempre, siempre, se escuchaban los gritos y las peleas a través de las paredes.
Recordé las ganas de correr sin saber a dónde, la parálisis de mi niñez.
El ciclo se repetía todos los fines de semana, y el breve período que mi padre vino dos veces por semana, dos veces por semana.

El rato antes inmediato había contactado plenamente con mi estado anímico: me sentía triste, desconforme con todo, impotente ante todo y carente de expectativas, en parte por miedo a entusiasmarme con cualquier cosa.
Llamé a Alicia, mi terapeuta con la que trabajo a través de visualizaciones inducidas, para pedirle que me mandara rei ki. La sensación que le describí fué de sentirme acorralado: de un lado, engaños de inevitablemente doloroso final. Del otro, una realidad amarga. Ningún otro lugar a donde ir. Insatisfacción, disconformidad e impotencia, rodeadas de miedo.
Desmotivación total, certeza de que salir de un problema era caer en otro.
No quedaban fuerzas ni para angustiarme.

Lo único que me dijo fue “si, así estás”.
Y agregó “bueno, por lo menos te das cuenta de cómo estás”.
Cortamos la charla, me manda rei ki (supongo!: yo le creo que lo hace), mi ánimo se estabiliza y solidifica un poco. Es entonces cuando aparecen las imágenes de mis padres juntos, queriéndose, los recuerdos históricos, un poco de llanto, me quedo en la oscuridad con la nariz sobre la almohada, mirando sin ver hacia delante, como se tira un perro a ver el sol.

Llego a sesión al día siguiente, me dice que me veo interesantemente triste, le hago un reporte rápido de la semana, puteo un poco. Empezamos el trabajo.

Extraordinariamente, no me hace relajación ni introducción, y tampoco deja la visualización librada a lo que surja. Me dice directamente: “estás en un prado verde, lleno de flores amarillas”. Breves descripciones más, convierte el día en atardecer, todo el cielo se pone rojizo y azulado, y pasa al hueso del asunto: “la energía que te rodea es simplemente el cosmos”.

“Y ahora el cosmos se transforma en una boca, y una oreja”.

“Y podés hablar, y ser respondido”

“... si querés”.
Creo que eso fué en atención a mi lado renegado, que perfectamente puede mandar al cosmos a cagar.

Me lo tomé muy en serio. La noche anterior, entre lo dicho, también aparecieron imágenes de una vida sencilla, sólidas y claras pero efímeras.

Pensé decir que quiero eso, y me di cuenta de que tenía mucho miedo.

Así que empecé por decir, al cosmos, acostado, musitando movimientos de mi boca hacia la noche: “tengo miedo”.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - fin

Ese día, supongo, escuché el llamado de la sombra, el pánico de la hiperrealidad, el presente absoluto sin matices emocionales.
Esta vez, sin embargo, es más blando.
Soy Pan, pero una variante mía propia, el Pan que me cuadra.
Uno blando.

Trato de hacer cosas de fauno estereotípico, y no me salen. Intento sonar la flauta, y me parece un instrumento soso. Aparecen alrededor mío cascadas, frutos y mujeres, y el fauno que soy se enoja.
Nada de eso es lo mío, supongo.
Empiezo a correr internándome en la selva, y se repite una visión que tuviera años atrás: la cámara se levanta, enfoca una panorámica, y veo que estoy corriendo a ciegas entre las plantas hacia un precipicio que me va a obligar a frenar.
Ese no es el camino, por ahí no hay camino.

Lo tomamos como una señal de que es suficiente por el día de hoy, y salgo del trance.

Charlamos un poco con Alicia. Cuando coincidimos en la descripción de las sensaciones del encuentro con la sombra y ella se muestra muy contenta de que yo hubiera distinguido el miedo junto con la falta de hostilidad y la atracción (“sentimientos encontrados o desencontrados”, dice,”como prefieras”), timidamente le cuento, porque me pareció necesario que lo supiera, que la sensación de atracción hacia la cabra fue tan intensa que casi me hizo temer la zoofilia.
Ahí se entusiasma más.

“Mejor, mejor”, dice.

No sé porqué me sigo dejando engañar por su apariencia de ancianita: es una persona a la que le parece bien que me coja una cabra.

Y sin embargo, me resulta también claro que, si la sombra es la mitad de las cosas que pienso que es, una aproximación desde la líbido amorosa más plena, es lo mejor que puede ocurrir.

Si es la mitad de lo que pienso que es.












fin

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - X

Todo es lindo y aterrador al mismo tiempo, es el sobresalto del corazón del segundo antes de darnos cuenta de que oímos un trueno, cuando solamente estamos vibrando en el ahora sin saber ni porqué.

Recuerdo a Jodorowsky hablando de la sensación pánica como una característica vital asociada al dios Pan, como un vitalismo extremo y sin complicidades con ninguna emoción, con ningún sesgo de pensamiento o imagen. Chen, el trueno puro.
Entre las sensaciones entremezcladas, tan enterradas bajo la bruma vibrante de los sentidos convertidos en un solo estímulo hiper intenso, aparece una sensualidad que, honestamente, me preocupa al tomar a la cabra entre mis manos.

Ensordecido, sostengo a la cabra a upa mientras la acaricio, y de algún modo, la inserto en mi pecho.
No se me escapa en el momento que la coloqué en el mismo lugar que en la sesión anterior ocupara mi niño interno.
Quedo por un segundo, parado en medio del infierno con la cabra superpuesta a mi cuerpo, saliendo de mi pecho.
Y empiezo a transformarme.

Me vuelvo un hombre con cabeza de cabra, me vuelvo un grabado de Baphomet. Finalmente, me vuelvo un fauno.
La hiperexcitación de la adrenalina sigue corriendo por todos mis músculos, me hace sentir la sangre pasando por mis venas. Mi cuerpo es ligero de tanta tensión y al mismo tiempo torpe, incapaz de cumplir la exageración del movimiento que quisiera expresar, increíblemente vigoroso y frágil ante el despropósito de su misma fuerza.
Soy un fauno en la casa del Diablo, bajo tierra.
Y así como lo pienso, mi pezuña pisa pasto verde.

Y me veo.
Estoy bajo un árbol, el sol alumbra todo, pero la sombra del arbol me tapa la cara.
Estoy como acechante, y sé que si alguien me viera, se asustaría.

Y me gusta saberlo.

Al poco, aparezco entero bajo el sol, saliendo de la sombra, y me veo más claramente: soy un fauno campechano. Mis características más blandas ablandan las más duras del fauno.
La adrenalina todavía corre en cada uno de mis movimientos, todo es intenso y crudo, un amague de debilidad permanente, super sensibilidad y vitalidad desbordante que me recuerda las experiencias de mezcalina.

Y reconozco la última vez que sentí esto mismo, más intenso.
La última vez que pensé en Feldenkrais y el reflejo de caída.

Cuando pensaba en cambiar de vuelta de trabajo.

Ese día, supongo, escuché el llamado de la sombra, el pánico de la hiperrealidad, el presente absoluto sin matices emocionales.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - IX

Sentía que faltaba casi nada para que mi presencia allí fuera completa, pero al mismo tiempo ese casi nada se estiraba hasta el infinito en el camino de volcarse dentro mío, y el vértigo me revoleaba mientras no terminaba nunca de llegar a estar del todo ahí.

Me fui haciendo cargo de que el proceso iba a ser largo, y de que necesitaba, incluso deseaba, terminarlo.
Llegar a ganarme mi lugar, llegar a estar del todo ahí, presente sin dobleces ni retaceos.

Y no se me ocurre mejor idea, para afrontar lo largo del proceso que, siempre internamente, pedir una silla.

Para esperar sentado.




Apenas me hago conciente de haberla pedido, recibo dos imágenes superpuestas.
Una en la que me dieron un trono subterráneo, en el que me senté muy ancho y musculoso cual emperador, y otra en la que me dieron una sillita de paja en la que me siento derechito, inquieto, con las manos sobre las rodillas como quien espera turno.

Al rato de esperar, la imagen que persistió fue la de la sillita de paja, en la cual me veía transpirando y manteniéndome sentado a duras penas, mientras la sensación táctil de caída libre y vértigo me atravesaban todo el cuerpo.

Pese a la sensación de que en cualquier momento una inquietud inexpresable e injustificable me podían sacar corriendo del lugar, el sentimiento global no fue en ningún momento abiertamente desagradable.

Igual, recordemos que el discernimiento de los límites y el reconocimiento del dolor como una señal válida de daño siempre fueron mis puntos débiles.
Pero Alicia estaba totalmente de acuerdo con que eso es lo que hay para sentir frente a la Sombra.

El total de la experiencia era comparable a estar en un sauna, donde cada segundo es difícil, pero simplemente se pasa de uno a otro.
Y también sentía que estaba exhudando algo, ahí sentado.

La ansiedad, o la impaciencia, o algo. No sé.


Al rato, al largo rato, el vértigo comienza a remitir.
Entonces percibo que Juan Malo se transformó abiertamente en la carta de El Diablo.
Nuevamente, una formulación o mejor dicho, una irradiación, un sentir, mucho más amable del habitual en la carta, o de lo que puede expresar la carta de por si.

Un sesgo particularmente blando del Diablo.


Mientras voy notando esto, se convierte en la imagen del thoth, y finalmente en una cabra verdadera y sencilla, enfrente mío. Ya no tiene ni siquiera mirada humana, es nada más que una cabra.
Que es también todo lo que es la carta XV.

El vértigo se transformó en un sensación terriblemente intensa de peligrosidad: toda mi piel experimentaba la electricidad del peligro cercano.

Y sin embargo, simultáneamente, era clara la amistosidad del ente, de la cabra.

“Siento peligrosidad pero no hostilidad” le cuento a Alicia. Ella sigue tomando notas y notas, me dice que está bien, que corresponde.
Incluso había cierta sensación de calidez. Y, de alguna forma más oscura pero más intensa, atracción.

Todo el tiempo no pasa nada, pero la intensidad de cada fracción de segundo es comparable solamente a la caída libre, a los momentos en que uno sabe que una inmensa bola de algo está por soltársele encima, los segundos en que ves que el médico está por abrir la boca decir algo que va a cambiar toda tu vida.

La atracción me va acercando a la cabra, lenta pero firmemente, y si bien no espero que me ataque, igual me tensiono entero, exhudo adrenalina.
De alguna forma, llego a tocarla, y me veo acariciando su pelaje.
Hay muchas sensaciones, pero la predominante es la adrenalina.

martes, 9 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VIII

Me surge la pregunta interna de si con esa constatación ya está todo o qué, y permanezco.
Mientras pasan los segundos, voy asumiendo que, en realidad, no estoy “del todo” ahí.
Que mi cuerpo de sueño carece de la consistencia plena que puede llegar a tener, que la experiencia está ligeramente desteñida, como si en realidad quisiera estar en otro lado.

Surge claramente la dualidad: una parte mía siente que debo permanecer ahí, bajo tierra, en la casa de Juan Malo. Otra parte mía dice que ya tengo que estar haciendo otra cosa, o tal vez hacerlas en simultáneo. Pregunto, sin cuestionarme a quien, si puedo hacer las dos cosas simultáneamente, y aparece una especie de compartimiento pequeño en la parte superior de la imagen, donde estoy con una especie de guía.
Ambos vestimos túnicas blancas y estamos en un espacio blanco.
Pero no es mi guía, sus características son muy diferentes: es un pelado con barba negra recta, irradia algo muy diferente a mi guía.
Le digo a Alicia que la sensación es la de haber encontrado un maestro temporal o local, alguien que me va a enseñar algo muy preciso.
“Si, un maestro temporal está bien”, dice Alicia.
Por momentos, su túnica y la mía cambian, se llenan de cosas. Al rato, mientras me habla, se estabilizan: son como las túnicas del Rey de Oros, cubiertas de vides, frutas y colores térreos.
“Algo muy preciso, y muy práctico” agrego, y Alicia, basándose en dios sabe qué, concuerda.

Mientras tanto, abajo, la cosa seguía y siguió mucho después de que lo de arriba con el maestro temporal terminara.
Mi imagen bajo tierra empezó a ser expulsada, como si la cámara sola retrocediera.
Juan Malo no estaba en conflicto con eso, pero mientras empezaba a decirlo, la subjetiva volvió como si hubiera estado tomando envión, al centro mismo de la casa subterránea de la Sombra.

Una sensación de caída libre intensa y vértigo extenso y permanente, renovado cada segundo, empezaron a acompañar la presencia cada vez más definida de mi doble de sueños en el infierno.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VII

Mientras me habla, mi sombra oscila de forma.
Siempre es un indio viejo, pero pasa de tener cierta nobleza a ser nada más un anciano cansado, a asemejarse incómodamente a las versiones criollas del diablo, a un Juan Malo.

Cuando es Juan Malo es cuando se lo ve más animado.

Hasta que termina de hablar y, muy repentinamente, cambia y se transforma exactamente en mi.

Rejuvenece cuarenta años, y me mira con mi propia cara, muy pero muy fijamente. Pero no del todo frontalmente.
Por primera vez, y siendo algo que no creía posible, la noto pendiente de mi.

Me doy cuenta de que le habló a mi doble de sueños, al Rogelio que permanentemente veo transitando mis visualizaciones.

Y que no le dijo un pensamiento ocioso ni le transmitió un discurso, sino que, mientras yo miraba sin saber, le estaba, me estaba, haciendo una propuesta.

Y ahora estaba tensa, expectante, de ver mi respuesta.

La respuesta llega sin transición: mi yo de sueño aparece postrado en posición de adoración ante su propia sombra, nuevamente una silueta negra ahora, pero que surge de bajo su cuerpo, se estira por la tierra y se eleva en el aire, a pocos pasos.

La silueta negra irradia satisfacción, incluso algo de soberbia, me parece.

Suavemente, la imagen se desliza, o más bien resbala, en otra: caen lianas desde más arriba de donde alcanzo a ver.
Se transforman en líneas negras, se transforman de vuelta. En colas.
Colas de ratones gigantes.
Y colas de demonios.

Me veo a mi mísmo, parado frente a la sonrisa de Juan Malo, en medio del infierno.

No es un lugar desagradable del todo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VI

La cámara, el ángulo de la visión, se acomoda para centrarla, y mi sombra cobra primero silueta propia, y luego volumen.

Finalmente, se independiza del todo, y es otra persona, radicalmente distinta a mí.
Parece un indio viejo.

Una de las decepciones de mis inconclusos estudios como antropólogo, fue descubrir que, pese a lo en boga que está la apreciación incondicional de la sabiduría ancestral indígena americana, o precisamente por ello, no consigo valorar a priori a los indígenas.
Los pongo en la misma categoría que a cualquier extranjero, y de antemano me fastidia la distancia cultural, la diferencia en las costumbres, la dificultad para compartir desde comida que nos guste a los dos hasta una charla.

Se entiende entonces mi poco entusiasmo al ver a mi sombra como un indio viejo, así como probablemente el mismo hecho de que haya aparecido con una apariencia de la que yo no podría gustar.

Me habla. Por supuesto, tampoco sé nunca abiertamente qué dice. Si fuera un poco más jipi o pomposo, diría algo así como “me habla en el lenguaje antiguo de las cosas que existen desde antes de las palabras”. Pero no me cierra por ningún lado que sea eso, aunque sí me parece que los diálogos con estas figuras son, por decirlo de alguna forma, lo bastante trascendentes como para tener más dimensiones de las que entran en el lenguaje lineal, y más existencia de la que se puede reflejar en un discurso.

No sé si eso sonó menos pomposo, pero la idea es la misma que si habláramos del funcionamiento del hígado o el páncreas: se pueden escribir miles de páginas, principalmente de suposiciones, sobre su funcionamiento. Mientras que el órgano simplemente lo ejecuta. Segundo a segundo.
Si una imagen vale mil palabras, una acción simplemente se va de escala.

No sé de qué me habla, pero lo que se desprende de su actitud es que va tomando a cada frase determinaciones sobre consideraciones largamente hechas: estoy presenciando el momento en que ella misma se define respecto de muchas cosas, y da su palabra, su sentencia, su decisión sobre ellas.
Sabiendo que al decirlo, toma un paso importante hacia realizarlas, que expresarse lo compromete.
Lo compromete con nadie más que con el poder propio de una sentencia.
Que no es poca cosa, en este mundo que compartimos, en este momento.
Acá si, lo que se dice pesa.

martes, 2 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - V

A todo esto, mi jefe me había dicho claramente que no, que yo no me voy de la oficina.
Fue muy halagador, obviamente, y tentador, pero ya sé que la decisión de irme se toma sola, sin mi concurso. Yo apenas la sigo, tratando de no quedar muy atrás.

Desde entonces, toda la semana, en algún momento, dejó deslizar uno que otro chiste al respecto.
A mí me sirvió el total de la situación para retraer la relación al momento inicial, en que podía bombardearlo a consultas por ser el nuevo. De algún modo eso nos salió espontáneamente a los dos.
O se dió cuenta de que solo me pierdo y actúa en consecuencia. Qué se yo.

Respondiendo chiste con chiste, mantengo toda la charla en el punto de que “cada uno expresó lo suyo y nuestras opiniones no variaron”. Obviamente, dando seguridades de que mi intención no es desaparecer y complicarle la vida a nadie. La semana pasa grata, muy gratamente.
Cuando pienso en terapia, por primera vez en casi cuatro años de tratamiento, tengo cierto apuro por ir al encuentro de mi guía interno y ver qué me indica hacer.
Y cumplirlo.
Quien te ha visto y quien te ve.

Llega la siguiente sesión.
En esta pasaron muchas cosas, me siento a escribir apenas llego a casa, pedaleo todo el camino estructurando el relato en mi cabeza mientras van resurgiendo detalles, posiblemente al mismo tiempo que otros se olvidan.

Empiezo viendo una especie de medusa de luz. Creo que es una nueva formulación de mi guía.
Me dice algo, pero no llego a saber qué.
Aparezco en otro momento sosteniendo a mi niño interno en brazos, la medusa se transforma en una estrella, mi niño interno estira los brazos hacia ella, se acerca tanto que se mete en ella y me encuentro mirando de frente un resplandor blanco que abarca todo.

A esta altura, es una experiencia relativamente común.

Algo pasa, no recuerdo qué, y me encuentro mirando un ocho acostado. “Como ´infinito´” pregunta/afirma Alicia.
“Si”, le confirmo.
“¿No sabés de qué color es?”
“Irisado como las manchas de aceite en el agua”
“Ah, muy bueno”, dice.
“Veo también dos rayitas horizontales encima, no entiendo qué es eso”
“No te preocupes, es muy bueno esto”.
Ya me dejo llevar de un modo increíble para mí mismo.

La imagen muta un par de veces, pero no le doy demasiada cabida, lo considero interferencia, Alicia concuerda.
De repente, el ocho acostado vuelve a mutar, y se convierte en algo que no termino de entender, que termina siendo una mariposa. No sé si es mi mente sobreinformada, que asocia mariposa con Psique, y aparece el Rey de Espadas. No hace falta mirar esa carta muy atentamente para ver que el trono del Rey de Espadas tiene varias mariposas. Así y todo, a mí me llevó como dos años verlas, y probablemente si no me las señalaba Ale no las notara.

La persistencia de la imagen me indica que esta no es interferencia, pero empiezo a discutir con ella.
“Chabón, tu espada está toda torcida, mirala: no está derechita como la de la Justicia, tu criterio está mocho”.
Con una blandura inesperada para el Rey de Espadas y definitivamente convincente y seductora, la imagen me retruca sin palabras, en el modo telepatico común a todas las visualizaciones “es cierto que no soy perfecto, pero soy la siguiente cosa más inteligente, inmediatamente después de la Justicia. Y soy muy útil, te conviene tomar lo que tengo”.
Su blandura y moderación son lo que me permite tomar sus palabras sin más rechazo.
La subjetiva se empieza a alejar, mientras yo todavía no estoy seguro de si terminé o no. Una mariposa aletea frenética justo arriba de mi visión, no sé si es dorada o son reflejos de sol.

En algún lugar, hay algo incierto de oro y un fruto, y están relacionados.

La cámara se sigue alejando y entonces tuerce el ángulo y se clava. Lo que se muestra es demasiado evidente para que lo acepte sin cuestionarlo.
Porque el trono del Rey de espadas queda a la suficiente distancia como para verlo a escala humana en vez de la escala magnificada de la carta, y la distancia es un camino, y el camino y el paisaje están atravesados

y lo estuvieron siempre

y lo van a estar en cada lugar en que yo esté

por mi sombra.





Discuto un momento lo evidente de la visualización, pero la persistencia, y un deseo interno claro, nuevamente me convencen de que lo que estoy viendo es legítimo.


Lo acepto, y mi sombra me empieza a hablar desde el piso.

sábado, 30 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - IV

Pregunto por la estabilidad y crecimiento económico (porque con estabilidad sola, donde estoy ahora, no alcanza), y me responden que si, que es muy probable y cercana.

Pero sigo sin tener la menor idea de cómo ni qué hacer.

El vértigo se vuelve panico cuando me doy cuenta de que, llegado a este nivel de seriedad en mis consideraciones, no puedo seguir pensándolo por mi cuenta: ir a mi trabajo pensando que estoy buscando la oportunidad de irme me huele a doblez y me angustia. Prefiero, tanto por no tomarme la molestia de mentir, como por cierto miedo a que “me descubran”, como por una cuestión básica de devolución de positivo por positivo, ser frontal con mi jefe y que, por lo menos, sepa que estoy pensando seriamente en irme.

Pero eso también me confronta con la seriedad con que tomo mi palabra. Me siento neuróticamente obligado a poner plazos y cumplirlos, sea como sea, y llegado el día propuesto renunciar, incluso si no tengo a dónde ir.

El I Ching desestima ese camino, una cosa es dar un salto de fe y otra es tirarse de cabeza a un charco, en bolas y gritando.


La sensación de encrucijada inminente me eriza la piel por momentos, la seriedad de mis pensamientos y la propia del asunto me tensionan como hacía años no lo sentía, no por tener mayor intensidad. Todas las presiones de los últimos tiempos fueron totalmente diferentes: una cosa saturnina de agobio, de tiempo hostil, de invierno y noche oscura ante los cuales sólo cabía ser estoico como una piedra. Lo cual dentro de todo es fácil: aguantás o te quebrás, y podés maldecir mil veces tu destino, pero nunca sentirte responsable. Las cagadas de mis padres, los caprichos del destino, la humildad de doblegarse ante todo lo que nos excede... todo eso no cuadraba acá, ni un momento.


Simplemente, tengo una decisión importante entre manos, y me pesa.


De un lado, un trabajo en el cual me siento progresivamente inútil por estar desmotivado en la base, mientras externamente todo está bien.

Del otro, la necesidad clara de buscar aquello que me motive, de terminar de emparejarme conmigo mismo como para poder alinear líbido, acción y economía con sueños, proyectos e idealizaciones.

Y simplemente, pero no por eso menos escalofriante, empezar por fin a trabajar en la realización de mis ideales.

Aún suponiendo que supiera cuáles son, la posibilidad de encarar el trabajo y fracasar me estremece.

Pero la posibilidad de fracasar por ni siquiera poder encarar el trabajo me angustia aún peor.

Y de algún modo, me hace tomar la determinación de esperar con los sentidos muy, muy atentos, la oportunidad que venga de cambiar de trabajo, sabiendo que venga lo que venga dificílmente sea más que sólo un peldaño hacia la realización.

Y que hay que empezar, porque ya no me atrevo a pagar más facturas vencidas.


Pierdo dos oportunidades de franquearme con mi jefe, pero lo logro un lunes y, minutos después de la charla, el temor a las facturas vencidas se vuelve paulatina y moderadamente, deseo de avanzar.


Pero sigue sin tener una dirección precisa.

Pienso en retomar el trabajo de masajista, que cayera solo en desuso ante la pérdida gradual de todos mis pacientes. Pero no encuentro ganas de publicitar, ni siquiera de trabajar plenamente de eso, ahora.

Pienso en desarrollar de algún modo mi carrera de escritor, hago algún tanteo tímido.

No juego las cartas más fuertes porque noto que todavía me falta lucidez como para usarlas de modo positivo: no sé qué clase de escritor soy, dónde cuadro. No quiero verme en situación de tener que escribir por compromisos y sufrirlo.

No quiero volver a caer en la situación de tener que hacer algo que no es íntimamente propio para vivir.


Desde ahí, de a poco voy perfilando un norte.


No es “lo que me guste”, “lo que me divierta” u otras formulaciones. Es “lo que sea íntimamente mío”.

Ese me suena como el único motor posible que me preserve de transformar mi trabajo, cualquiera sea, en una lima que se vaya comiendo los días de mi vida.


Recuerdo permanentemente la aseveración de Alicia, sin entender porqué.

“La gente busca avales para su trabajo y su desempeño en los títulos, credenciales, certificados... pero el aval lo da la sombra”.

“Pero yo ya hice las paces con mi sombra” le digo.

“Una vez, si”, responde.

Tirado en casa, temblando ante la incertidumbre, pienso en la última sesión, donde claramente me someto a los designios de mi niño interior y guía. Una parte mía dice “si lo que hace falta es paz con la sombra, vamos a por ello!”.

Y otra parte dice “si es lo que nuestro señor dispone”.

Una tercera se ríe agarrándose los pies y diciendo “quien te ha visto y quien te ve”.


martes, 26 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - III

El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.Su título en la baraja de Alicia es “conflicto entre lo material y lo espiritual”. Que, sorprendentemente, Alicia me dijera que le sale mucho en su propio trabajo sobre ella.

Ni imagino cómo trabajará sobre ella, aunque sé que a veces pide ayuda a aquellos pacientes dados de alta que se hayan autodesarrollado como terapeutas, que parecen ser un porcentaje importante (que se yo, un 5, 10 por ciento, por decir algo, que es una barbaridad - ¿cuántos pacientes de un dentista se vuelven dentistas?).


Durante esa semana, experimento aún más rechazo a consultar los oráculos, al mismo tiempo que, ante las pocas consultas que hago, encuentro respuestas inusualmente satisfactorias, pese a lo insospechable o incomprensible. Incluso sin entenderlas muchas veces, me producen un estado interno de reposo y satisfacción serena, en parte por una resignación nueva a los tiempos y exigencias de la vida, creo yo.

Creo que los oráculos me hablan mucho de eso, ahora.

También por las preguntas que hago ahora.


Sobre lo que más consulté, fue sobre mi trabajo actual.

No encontré el momento de contarlo, pero mi trabajo actual es una de las acciones e innovaciones importantes de este año. Estoy, en términos generales, muy contento con el cambio y con el lugar en sí.

Sin embargo, atravieso momentos de stress y angustia que recién ahora empiezo a comprender.

Mi jefe usa un concepto, cuando expresa cosas que le conviene que pasen, política o técnicamente, que es el de “apropiación”. Si uno de sus superiores o subordinados se “apropia” de los proyectos que él plantea, eso le conviene enormemente.

Yo experimenté durante algunos meses una apropiación de algunos aspectos del trabajo, que me reconectaron con las pocas veces que logré dar rienda suelta a proyectos enteramente propios.


Tiendo a estar en esos momentos en todos lados alrededor del trabajo, por encima y por debajo y por delante y por detrás, motorizando y previendo y definiendo, etc., etc.


Sin embargo, hace ya un par de meses largos que en mi trabajo tiendo a vivir sobresaltos muy angustiantes cuando descubro que dormí sobre algo que ahora me viene a buscar, o agobios muy intensos cuando me doy cuenta de que tengo que correr y hacer cosas de último momento por cuestiones políticas que, en el fondo, considero despreciables.


Interrogarme sobre porqué duermo con cosas necesarias, porqué me sorprenden elementos que ya conozco o debiera conocer del trabajo, porqué me preocupan actividades que en realidad ya debería manejar con una mano, me lleva a evaluar todo, y llegar a la conclusión inevitable: si está todo bien con mi jefe, está todo bien con mis compañeros y lugar de trabajo, está todo bien con el trabajo en sí, que me parece algo noble y digno de ser hecho, y ni así logro apropiármelo, hacerlo mío... es porque no es lo mío.


Una parte de pereza y otra de inseguridad se turnan para lastrar el darme cuenta de que tengo que volver a saltar al vacío. Me recuerdo que en sesión ya experimenté el salto al vacío como algo mucho menos importante de lo que parece: tengo razones para pensar que lo que considero un abismo se revela apenas un peldaño, una vez dado el salto.


Peeeroo....


Empiezo a considerar y consultar seriamente la posibilidad de renuncia, y a medida que los oráculos van confirmando que lo más seguro es que antes de fin de año ya no esté más en este trabajo, empiezo a sentir vértigo. Sobre todo porque me dejan muy claro que parte del asunto depende de que yo active, mientras simultáneamente me dejan también muy en claro que no voy a tener ni la más mínima facultad cognitiva para saber o ver hacia dónde tengo que ir: ni inteligencia, ni intuición.

No se me ocurre salto de fe más puro, ni más aterrador.

sábado, 23 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - II

Al mismo tiempo que pienso eso, entre otras cosas que no voy a detallar porque porque concordamos con Alicia en considerarlas interferencia, veo mi cabeza abierta como la terminación de una torre de ajedrez, como si mi cráneo fuera un balcón en forma de taza, y el espacio vacío dentro de esa taza lleno de cielo azul con nubes, como un margritte.

Alicia me insta a que permanezca en esa contemplación, hasta que todo mi cuerpo se vacía y se llena de cielo, volviéndose casi invisible. Apenas veo la silueta de parte de mi espalda transparentada contra el cielo al final, y en ese momento vuelven a aparecer mi guía, como un viejo fantasma barbudo e inmenso por detrás, enroscado, cubriendo toda mi espalda y encorvando su cuerpo de modo que nuestras frentes coincidían, entrecejo con entrecejo. Y el niño flotando enfrente mío y, repentinamente, pasando su cuerpo a través del mío desde atrás, a través del espacio entre plexo y corazón.

Quedó ahí, con la cabeza saliendo de mi pecho como un trofeo de pared viviente y mirando hacia delante. Su cara reflejaba mucha alegría, como un niño viendo algo que lo pone muy contento.

Consideramos un buen momento para terminar la sesión, cuando abro los ojos veo a Alicia levantando los brazos, en gesto simultáneo de victoria y de agradecimiento al cielo.
El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.

jueves, 21 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - I (de muuuchos)

Dos sesiones seguidas con Alicia fueron absolutamente infructuosas.
Cada vez que intentábamos entrar en trance, inmediatamente era tomado por sensaciones de enojo y rechazo tan intensas, que no podíamos ni empezar a visualizar.

La segunda vez de éstas, no se lo dije, pero había experimentado algo similar a una visualización, y consistía en una especie de conos divergentes de hierro, rodeados de alambre de espino cual enredadera.

La imagen me parecía tan clara en cuanto a la dureza inflexible e irreconciliable, que no creí que agregara nada contarla.

Alicia se veía francamente preocupada, casi llegando a lo angustiada, dentro de lo desprendida que es del mambo de cada uno de sus pacientes o allegados.
Suele bromear diciendo “esto que vivís como un problema, no me preocupa, y ojo: eso es porque te tengo confianza, no solamente porque lo tengas que resolver vos y no yo”.

Pero ahora se la veía preocupada.

Yo, mientras, sufría agotadoras tensiones durante la semana, fruto de saber con claridad directa que todo el trabajo con ella se basa en lograr la conciliación con el yo interior, y al mismo tiempo saber que a mi yo interior mis planes y valores le importan absolutamente nada. Por lo que, si conciliara con él, sería en base a la total renuncia a mis planes y valores, en favor de una instancia que hasta ahora tuvo la puta costumbre de manifestarse de modos débiles, ambiguos y aparentemente caprichosos.

Finalmente, de algún modo, posiblemente debido a la excesiva lectura de la versión extendida del i ching, terminé aceptando que esta figura fantasmagórica e incapaz de manifestarse tangiblemente, es más importante que yo.
La punta del iceberg, el 95% del cerebro que no usamos, la inmensa red neuronal extracerebral, o la emoción y el instinto complementando el intelecto, o el inconciente y toda su galería de conceptos y órganos psíquicos, lo que sea: sobran formas de interpretar el yo conciente como una parte minoritaria del organismo.

Concebí de modo positivo ser el apéndice material de un organismo mayor, cuyas consideraciones incluyen todo lo que es mi vida sensible, pero como parte de un todo que no voy a lograr ver jamás, así que tampoco es de esperar acuerdo de mi parte en los planes de este ente que me incluye. Pero es razonablemente seguro esperar de su parte hacia mí buena voluntad e intención de cuidado.

A los empujones, mientras, tuvimos la sesión donde experimenté el oceáno de miedo, y luego aquella donde no entendí nada pero me llevó a recontactar con mi madre.

En la siguiente sesión a estas cuatro, todo dió un vuelco repentino.
Durante la semana de preparación a esta sesión, o de descanso entre sesiones, o simplemente durante la semana, había experimentado un extraño rechazo a consultar los oráculos sobre ciertas cuestiones, y una rapidísima saciedad en los casos en que sí los consultara.

No recuerdo todos los detalles de la sesión ahora, no los tomé en su momento y posiblemente se hayan perdido para siempre, y es casi seguro que lo que recuerdo ahora no fuera lo central, pero sirve a los efectos del hilo de hoy.

En cierto momento, de algún modo, remedamos una situación que ya había visualizado anteriomente, en la que mi niño interno (regularmente un Rogelio de dos años), mi yo presente y mi yo Superior o guía (esta vez apareciendo como un viejo mezcla del ermitaño del thoth, y un gandalf particularmente corpulento), coincidimos en una misma mesa.

La sensación permanente, que tenía mucho que ver con cómo me venía sintiendo en varios aspectos de mi vida, especialmente en el trabajo, era la de ser yo demasiado tonto para entender de qué se hablaba.

Esta incomodidad se veía sólo ligeramente moderada por la benevolencia con que sentía que mi niño interno y guia se reían de mi. Desprendían una mezcla entre pensar que en el momento adecuado yo entendería y que en realidad si nunca entiendo nada no importa.

martes, 31 de agosto de 2010

La rosa y el lecho - II

Primera parte, acá.

Lo incierto

Las visualizaciones de ese entonces eran bastante oscuras, estaba empezando la etapa más franca de la lucha con lo que Alicia terapeuta llamó mi "fijación con lo siniestro".

Cierto día llegó sin tapujos: en la visualización, aparezco con una edad de entre ocho y diez años, en casa de mi tía Alicia.
Ella viene, me toma, me lleva a su cuarto.
Su mirada parecía vidriosa y perdida.
Me desnuda, se desnuda, se mete en la cama conmigo, se frota contra mi cuerpo. Siento ondas de sensación que salen de ella y empapan mi cuerpo. Con los años aprendería que eso era deseo sexual.
Unilateral.
Alcanza el orgasmo, se da vuelta, se duerme.

Repentinamente la visualización cambia y no tengo más el cuerpo de un niño. Soy un adulto, desnudo al lado de mi tía dormida, hundida en sopor. Lloro. De alguna forma, desnudo, tengo puestas unas zapatillas sin medias.
Al mirar a mi tía noto que no está exactamente dormida: su torso está abierto, comido y habitado por bichos como un cadáver. Su mirada ausente como la de un muñeco de madera. De alguna manera sé que igualmente se levanta cada día y va a trabajar.

Rogelio Desnudo camina por la casa, desnudo en sus zapatillas, Alicia terapeuta me insiste, desde el otro lado de la visualización "andate!! andate!! abandoná ese lugar para siempre!!!".
Pero no puedo.
Rogelio Desnudo no consigue salir del departamento de Once, es una especie de fantasma, atrapado para siempre al lado del cadáver viviente de su tia.

Una vez tras otra, intento irme y reaparezco, sentado, viendo todo rojo escarlata y sintiéndome absolutamente nada, una bolsa de basura, en el lecho de mi tia.
Odio todo hasta el aborrecimiento, desde la náusea, pero no consigo irme, es como si no existieran para mi las puertas, u otros lugares en el mundo. Rogelio está quebrado y sólo puede sentir asco, asco de esa cosa que lo acaba de atravesar por todo el cuerpo antes de dormirse tia Alicia.
"Entonces quemalo todo" susurra Alicia terapeuta a través de la visualización casi grita desde la vigilia, y sé que tiene razón, pero duele mucho.

Pero tiene razón.

Aparezco en la visualización yo, Rogelio de hoy, echando combustible sobre cada cosa en la pieza.
Sé que Rogelio de Entonces no va a poder salir, sé que va a ser quemado con todo.

Lo lamento, lo lamento profundamente. Sé que no tuvo la culpa de nada, que intentó salir y no pudo. Sé que no puedo seguir viviendo con esa parte de mí anclada, que debo matarla. Lloro, lloro mucho cuando aparezco en la esquina, viendo el departamento de Once arder en humo espeso.

El precio de haber sido violado es además morir en las llamas.

Para que yo viva libre.

Lo haría cuantas veces fuera.

viernes, 27 de agosto de 2010

La rosa y el lecho - I

Más exorcismo por entregas. Recuerden el combo básico de cualidades de estas cosas: no van a ningún lado y son un asco.
Como recordatorio de que ahora están pasando cosas lindas, va esto y esto.


Lo primero

El primer año que hice terapia con Alicia Valero, tuve algunas visualizaciones totalmente metafóricas, pero extremadamente significativas.
Prácticamente al primer momento supe lo que significaban, pero me tomó un año y medio más hacerme cargo, y llegó a ser necesario pasar de lo metafórico a lo literal, al recuerdo directo, para que pudiera dejar de negarlo.

La primera fue una rosa roja, color sangre, en medio de la oscuridad.

Posteriormente apareció, tras la rosa, un lecho de cortinas también escarlata oscuro.
Había gente moviéndose detrás de las cortinas, y yo sabía lo que estaba pasando, pero aprovechaba no poder verlo para pensar que no lo sabía.
Si hubiera aceptado ahí mismo lo que ya sabía, probablemente hubiera acortado bastante mi tratamiento.

Para esa época ya había dejado de tener contacto regular con mi tía Alicia Saab, pero había recuerdos claros que siempre me habían intrigado, y aún tenía. Como no estaba acostumbrado a tomarme en serio a mí mismo, descalificaba estos recuerdos. Tampoco se me ocurría charlarlos con nadie.
En estos recuerdos, aparecía Alicia en sus treinta años (mis menos de diez), semidesnuda en la cama de su departamento de Once, enfrente mío. Algunas tapas clásicas de Frank Frazetta, tipicamente esas donde se ve al héroe ascendiendo hacia el altar de la hechicera, remedan las figuras de este recuerdo. Una atmósfera pesada, calurosa y húmeda es parte de la escena también.















Entre mis veinticinco y treinta años, varias veces había oficiado de profesor de gimnasia para mi tía, y me había pasado muchas de sentir una tensión sexual extraña.
Tensión sin atracción sería la mejor definición, pero lo más sorprendente siempre era la sensacion de total familiaridad, de cosa ya conocida.
Lo asociaba con estos recuerdos recurrentes de verla en ropa interior de niño, y me sentía un poco culpable de lo incestuoso de este sentimiento, al mismo tiempo que conflictuado conmigo mismo por poder sentir esta "tensión sin atracción".

Un sentimiento similar me tomaba a veces, cuando me daba cuenta de que estaba pensando en tener sexo con alguna amiga, solamente por no saber cómo sobrellevar una charla.
Todos los atajos llevaban al mismo lado, y tendía a sentirme culpable de esto.

Años después, mi hermana política Francisca, refugiada de la pasta base y la prostitución en un pueblito de Neuquén, me contaría su sensación de un encuentro con mi abuela materna Zulema. "Sentí (de Zulema) una fuerza sexual tal que si podía, me cogía ahí mismo, no porque me deseara sino por deseo de poseer y cogerse a las cosas", dijo. "A las cosas: sentí que no le importaba si yo era hombre, mujer, si quería o no, si teníamos relación o parentesco... nada, no le importaba nada de mi, solamente deseaba".
Para ese momento, mi abuela era ya un ser desvencijado, afortunadamente.


Ocurrieron algunos hechos nefastos.

Mi primo Ignacio, el hijo mayor de Alicia, se enfermó de cáncer, duró dos años y murió.
Mi padre terminó de evidenciar su locura profunda, duró cuatro años y murió.
Yo completé mientras tanto las escalas hacia la infección de hiv en una espiral de alcoholismo, soledad, desamor.
En cierto momento, encaré a mi madre y hermano, acusándolos de haber tomado provecho económico de mi bajo chantaje emocional encubierto.
A esta acusación mi madre, Felisa, respondió echándome de su casa. Casi no nos volvimos a ver desde entonces.
Mi primo había muerto hacía pocos meses, mi padre aún viviría casi dos años más.

Viví un tiempo en casas de amigos, terminé de curarme de algunas cosas del momento, retomé el ritmo natural de mi vida en lo posible.
No lo sabía, pero estaba tomando envión para volver. Hacia atrás, a lo irresuelto.
Y cambiar todo para siempre.



















Gracias Meuge por la ilustración.

miércoles, 14 de julio de 2010

Sesión 01 07 2010

Tras casi seis meses de pausa, me siento medio perdido y estancado, y arreglo una sesión con Alicia.
El día anterior tengo una charla con Luc, le cuento que me aburro, que estoy medio harto de todo.
Me pregunta espontáneamente “¿a vos lo lúdico te sale solamente cuando hay chicos cerca, no?”.
Con la claridad con que se ve lo que siempre estuvo ahí respondo, sorprendido, que si.
La idea me queda picando todo el día.

El reencuentro con Alicia es un poco tenso, lo primero que hace es volver a criticarme, básicamente, todo.
Recuerdo que por esto me fui meses atrás. Pero en los últimos días vengo tomando overdosis de ginseng y, sorprendentemente, me pone de muy buen humor, así que consigo callarme hasta el momento de decirle que considere lo dicho como dicho, que no estoy de acuerdo y que lo dejemos de lado.
“Pero si no estás de acuerdo con esto, mi terapia no te va a servir de nada”, dice.
Le digo que tampoco estoy de acuerdo con eso, y que nada más probemos.

Con la flexibilidad que la caracteriza, da inicio al trabajo.

Lo primero que veo al entrar en trance es a mí mismo, desnudo, corriendo hacia una puerta tras la cual se ve aire libre y colores muy intensos.
Apenas la cruzo todo se convierte en un conjunto de colores muy, muy brillantes que giran, como un juguete de plástico visto desde demasiado cerca.

Noto que hay más cosas iguales girando, pero no consigo abstraer la mirada lo suficiente para tener una perspectiva. La sensación que acompaña todo es de mucha alegría, mayormente, y una pequeña angustia simultánea por no lograr una panorámica.
La perspectiva me recuerda la de la visión infantil, con todo muy cerca, y me suena peligrosa.
Pero los colores son brillantes, y la sensación base es de mucha alegría.

Las cosas de colores girando son una especie de parque de diversiones, se vuelve evidente.
Un Rogelio niño, también desnudo, está muy contento de verlo, y por un rato me abstraigo en eso, aunque la sensación de peligro por la falta de perspectiva sigue sonando como una alarma obsesiva a volumen mínimo.
De repente aparece una segunda sensación de disconformidad: está bueno quedarse, y no lo está.
También hay que moverse.

Aparecen los pies de un Rogelio gigante, enorme, con la cabeza por las nubes, que tras un momento toma el parque de diversiones entero en sus manos y, sosteniéndolo cerca del pecho, se lo lleva tras las colinas.

Entre todos los juegos de plástico brillante, hay un rincón hecho de carne violeta. El color es la indicación de un estado, una especie de angustia o depresión.

Cuando Rogelio gigante apoya el parque de diversiones en su nueva locación, veo a Rogelio niño, contentísimo, con las manos en la cintura como un patrón de estancia. Disfruta por anticipado todo lo que va a jugar. Es totalmente cierto, pero la sensación de peligro no me abandona.

Rogelio niño se lanza a jugar, corre, salta, aparece en todos los juegos casi a la vez. Sé que está en el máximo de alegría posible, pero su excitación me parece peligrosa, como cuando veo niños con exceso de coca cola en mac donalds.
Aparecen muchos más nenes, todos juegan en mi parque de diversiones. Todos corren, saltan, juegan totalmente olvidados de todo lo que no sea jugar y excitados al mango.
Una parte mía permanentemente espera el desborde: que se choquen, se caigan, se peleen.
Tanta energía y tanto movimiento no pueden existir en armonía.

De esta preocupación se empieza a abstraer, a rezumar, un Rogelio de treinta años, también desnudo. No sé que onda, la desnudez, hoy. No me molesta, en todo caso.
Este Rogelio treintañero, exudado de la preocupación empieza a sentirse triste. Por el inevitable y seguramente cercano quiebre de la alegría.
Ve a Rogelio chico, que de repente convoca a todos los chicos del parque para decirles algo, proponerles un juego.
Se pone más triste, porque sabe que no va a funcionar: que no le van a hacer caso, o que le van a hacer caso y muy rápidamente se van a dar cuenta de que la propuesta carece de interés y gracia.

Una imagen de Rogelio chico en la oscuridad, parcialmente atado al suelo por barro desde los pies hasta los hombros aparece enseguida. Sé que lo lastro, me identifico con Rogelio de treinta, descreído, y sé que lo lastro. Que mi falta de fe le pesa a Rogelio chico.

Me amargo y me retraigo más aún, y aparezco, treintañero, enfurruñado y desnudo, sentado en el lugar violeta del parque de diversiones. Ese lugar era yo desde el principio, noto.

Me doy cuente de que mi presencia es incompatible con la diversión: mientras yo esté, los chicos no van a poder divertirse. Rogelio chico no va a ser totalmente libre de abandonarse al juego y la alegría despreocupada.
Porque mi preocupación, y mi falta de confianza le pesan y lo coartan.

Noto que no puedo cambiar de actitud. Deseo que todo fluya, pero simplemente no encuentro el lugar desde dónde cambiar mi actitud.
No puedo.
Me rindo.

Recuerdo un Rogelio que tuvo que ser quemado por no poder abandonar, por estar anclado a un recuerdo irremediable.
Voluntariamente incendié la habitación donde había ocurrido eso en mi visualización, pero el Rogelio victíma de esa habitación no podía abandonarla.
Un fantasma encadenado.
Así que le prendí fuego a la habitación y lo dejé adentro.
A que muriera.
Si tu ojo izquierdo.

Me asusté, dolorido, al recordar eso, pensando que tal vez debería hacerlo de nuevo.
No quería, pero tampoco quería ser el lastre ante la alegría de vivir de mis otras partes. Y no conseguía cambiar de actitud. Y no veía otra salida. Y no sabía cómo hacerlo, tampoco.

Aparece Rogelio chico, muy sereno, frente a Rogelio treintañero enfurruñado, con el que sigo identificado. Soy yo. Con el diálogo mudo de las visualizaciones, Rogelio chico me cuenta, con una seriedad muy sencilla y dulce, que no esto no puede ser sin Rogelio grande.
No hay fiesta sin mí.
No puedo morir, no tengo que irme, ni transformarme, ni nada.
Nada más que estar.
Se lo ve tan serio, tan confiado. No está enojado de que le estropee la fiesta, no comparte mi falta de confianza. Confía en sí mismo, y extrañamente, en mí también.

Está absolutamente sereno, en una pausa de su juego frenético, sin inercia: no hay agitación, no hay backlash por frenar su acelere, no hay tristeza ni impaciencia. Está totalmente centrado y seguro.
Es intocable, lo sé. Nada puede tocar ya a Rogelio chico.

Me quedo, aferrado a mi desconfianza. No sé qué hacer, cómo dejar de ser un lastre.

Y escucho, desde algún lado, a Rogelio gigante, con los pies en la tierra, la cabeza en las nubes y un ojo mirándonos por alguna ventana. Dice que él nos lleva, que nos sostiene a todos.
A todos: a todo el parque de diversiones, y a mi también.
A Rogelio enfurruñado también.

La misericordia de la afirmación sopla como un viento a mi alrededor, me quedo quieto mientras veo a Rogelio gigante llevando todo, a Rogelio chico que se retira a esperarme y simultáneamente me acompaña, y me desidentifico de Rogelio enfurruñado.

Y lo veo, pasando los segundos, aliviarse. Aburrirse de estar autoexcluído. Darse cuenta de que no es responsable de lastrar a nadie, y tampoco es responsable de sostener a nadie. Hay uno más grande, que lo sostiene todo. Y la culpa da lugar, en pasos sucesivos e instantáneos, al aburrimiento, a la curiosidad, a las ganas de ver qué pasa afuera.
Se levanta y sale, se acerca a los niños que juegan.
Se mezcla entre ellos.
Salgo del trance.

Nos abrazamos con Alicia, no sé si piensa que esto sirvió, pero estamos contentos. Muy contentos.

No quedamos en otro encuentro.

























Mi parque de diversiones visto por Sanx.

martes, 8 de junio de 2010

Sesión 11 enero 2010

Agujas en el pie, entonces astillas.
Recuerdo de infancia.
Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja.
Imágenes de la casa de entonces.
Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete.
Rogelio de seis lo acompaña.
En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.

Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años.
De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.

Veo la vagina de Felisa.

La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.

Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque.
Todo se desdibuja, llamo a mi guía.

Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente.

Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.

Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.

Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.

Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.

Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.

Me parece bien, fríamente bien.

Terminamos la sesión.