Por esa época me empecé a re encontrar con Celeste, de quien escribiera "Skinny". El regalo que le diera su madre para su cumpleaños número veintiuno fue la confesión de que su ex marido, el padre de Celeste, había violado a Celeste repetidas veces durante toda su infancia hasta abandonar la familia, tras lo cual ella, la madre de Celeste, había insistido en que "retomaran contacto" y, pese a que Celeste no quería ir y volvía siempre vomitando, la mandaba todos los fines de semana a la casa del padre.
Esta información me hizo entender porqué me sentía atraído por Cel, y porqué no debíamos coger nunca.
Pero hay tantas cosas más fuertes que uno.
Le pedí que me acompañara a un hospital donde daban una serie de talleres, con la esperanza de que ella también se enganchara, pero ni los talleres existían ni ella quería más terapia que la que venía haciendo.
Encontré la Fundación Argentina Contra la Violencia Familiar, dirigida por ahora no recuerdo quien y me da paja buscarlo.
Me atendió una señora mayor llamada Zelmira Ardiles, muy amable ella.
No tenía buena escucha, habló casi toda la duración de las dos sesiones que tomé, pero me dió información estadística muy útil.
Que una proporción brutal de los casos de abuso sexual se dan dentro de las familias, a veces por un familiar directo, a veces por un amigo cercano a la familia. Que ocurren siempre en familias que no consideran la contención de los niños prioridad. Que suele haber antecedentes familiares. Que por eso se las denomina familias "endogámicas".
Que el abuso siempre ocurre en un contexto de abandono, por lo cual excepto en casos muy puntuales la terapia casi no toca el aspecto del hecho concreto, sino todas las deformaciones que un crecimiento en soledad produce en la socialización.
Que las consecuencias del abuso en si son regulares: hipersexualidad, sexualización de todos los vínculos, incapacidad de forjar vínculos desde lo afectivo emocional, confusión entre el afecto, el interés y la sexualidad, tendencia a objetivar a los otros (resultado de la falta de estimulación social cruzada con el haber sido objetos sexuales) con los consiguientes problemas en todos los órdenes de relaciones.
Que muy comúnmente el abusador es el único que muestra alguna clase de interés hacia la víctima, que muy comúnmente la culpa o la estrategia lo llevan a compensar o sobornar a la víctima con regalos. Que muy comúnmente hacen una especie de pacto de silencio mentiroso, en el cual el abusador "promete no decir nada" para que los padres o responsables "no se enojen" con la víctima, que regularmente las víctimas creen haber sido los seductores y por lo tanto culpables del abuso.
Que cuando el varón de una familia endogámica madura, "empieza a probar" con las hermanas.
Que el pacto espúreo entre victimario y víctima no es el único: que todas las familias endogámicas mantienen secreto sobre su historia, que presentan un frente común hacia fuera y hacia dentro, que cuando la víctima denuncia el abuso regularmente se la hace callar pretendiendo que dice tonterías de niño, y si no es un niño o no se calla, se lo expulsa de la familia acusado de locura.
Que TODOS los miembros de una familia endogámica se alinean automáticamente, desprestigiando a la víctima, que por eso la confrontación es el último paso que se recomienda en la institución, porque si bien es, decía Zelmira "el único movimiento terapéuticamente válido", también es "el momento en que la víctima es re-victimizada por toda la familia", y regularmente el momento en que la víctima pierde del todo a esta familia. "Que mejor perdidos que encontrados, siempre", opina Zelmira, "pero no deja de ser una nueva pérdida con el consiguiente dolor".
En dos sesiones sentí que había recibido todo lo que Zelmira me podía dar: información que corroboraba punto por punto en qué cosas había tenido suerte, y en qué cosas mi caso era sólo una estadística más.
Probablemente, si Luci no hubera querido tanto a mi madre, no habría contado ante sus hijos los episodios referentes a Alfredo, y ellos no hubieran tenido pie para tomar postura propia frente a las acusaciones del resto de la familia, y ni queriendo podrían haberme tomado en serio.
Recordé un episodio muy confuso acerca de la casa donde hoy día vive Felisa: en cierto momento, Alicia nos dice que tenía demasiado dinero guardado, que quería invertirlo en una propiedad, pero que no quería pagar más impuestos por propiedades.
Alicia y Alfredo siempre fueron los económicamente fuertes de la familia, consiguiendo a Luci ocasionalmente, y a mi madre con regularidad, trabajos y changas. Felisa, de hecho, vivió parte de mi infancia del dinero que le mandaba Alfredo desde Estados Unidos a cambio de trabajos vagos como "cambiarle divisas". A la luz de lo que me contara Zelmira, ahora entendía porqué Felisa actuaba como si ese tipo de cosas, que otros hacen como un trámite de favor, era un trabajo que mereciera ser remunerado.
Alicia nos propone a Felisa, Javier y a mi, poco después de 2001, comprar una casa que quede a nombre nuestro. El dinero sería una especie de préstamo familiar, que iríamos devolviendo con el tiempo, cuando nuestras respectivas carreras comenzaran a funcionar.
Yo tomé ese préstamo como una carga a futuro, Javier me dijo claramente que lo consideraba un préstamo para no devolver jamás.
Al segundo año de vivir en esa casa, Felisa aparece diciendo que en una charla telefónica con Alfredo, éste había dicho la frase clave "ese dinero que te regalé".
Era una práctica común, también, en la familia, pedir dinero a Alfredo. Y era convención aceptada, que fuera quien fuera que se lo pidiera, Alfredo se lo daba, pero no directamente: se lo mandaba a Alicia. Alfredo nunca decía cuánto dinero había mandado, Alicia nunca contaba cuánto había recibido, y Luci o Felisa se conformaban con tomar lo que Alicia les re distribuyera.
Me llamó la atención semejante pacto extraño, hasta recordar escalofriado la frase de Zelmira "cuando el varón de una familia endogámica madura, "empieza a probar" con las hermanas". Los pactos de silencio. La verguenza de quienes se sienten socialmente inútiles.
El pacto económico entre Alicia y Alfredo me pareció una consecuencia natural de un pasado incestuoso compartido y consentido, y probablemente olvidado del todo a pura fuerza de voluntad.
Felisa insiste en que Alfredo "se dió cuenta de que había cometido un error" y "quiso arreglarlo" diciendo "yo no le expliqué bien a Alicia para quién era ese dinero...".
Sobre esta base, Felisa mantuvo una pelea a muerte con Alicia durante dos años, hasta que la enfermedad de Nacho las reunió.
Mientras, tampoco logro olvidar lo de que "la culpa o la estrategia llevan al abusador a compensar o sobornar a la víctima con regalos".
Fin.
ES IMPORTANTE SABER
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jueves, 23 de septiembre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
La rosa y el lecho - VII
Aparentemente, la idea original había sido de mi medio hermano Javier que, como estaría de viaje para la fecha del día de la madre, propuso a Felisa juntarse antes para festejarlo.
A lo cual Felisa dijera "bueno, pero invitémosla a Alicia, que está re triste". Y ya que iban a estar las dos juntas, sólo faltaría Lucila.
Cómo no invitarla.
Pero ya que iban a estar las tres hermanas y Javier, porqué no invitar además a los primos, para no tenerlo a Javier solo como único representante de la siguiente generación.
Así que un día José levanta el teléfono y escucha a Felisa decirle que Javier los invitaba a él y Dani a festejar el día de la madre por adelantado.
Se lo transmitió a Daniel, se tomaron unos minutos y, ya que supuestamente Javier los invitaba, lo llamaron directamente.
José charla un poco con él y le pregunta "che... ¿la idea de esta reunión cual es?¿juntarnos y hablar todos de lo que pasa con Roge, no?".
A lo que Javier, que tampoco come vidrio, reconoció "si, es una locura, juntémonos nosotros antes".
Se juntaron los tres primos, y de la charla que se dió ahí, José y Daniel quedaron excusados de asistir al festejo adelantado del dia de la madre.
Llegó el día en que nos juntamos a charlar, Dani y yo. Dani es, aunque suene extraño viniendo de mi, un tipo raro.
Algunas cosas suyas son recurrentes de mi familia, paterna y materna: una gran capacidad intelectual abstracta, y poquísimo contacto con la realidad.
Me sorprendió que, pese a propiciar el encuentro, me dijera que "le resultaba difícil creerme sin pruebas". Traté de hacerle entender que a los nueve años uno no entiende mucho de nada, y que no se me ocurrió redactar una confesión y pedirle a Alicia que la firme.
Al rato me cuenta la reunión con mi hermano, no recuerdo si él me sugiere o yo le pregunto, pero la parecía buena idea que me juntara con Javier a charlar. Lo veía muy dispuesto y con ganas, dijo.
Me pareció totalmente contrario a lo que conozco y sé de mi hermano, así que al poco tiempo le pregunté a José su opinión al respecto.
Tomó aire y dijo
"No". "No me parece buena idea".
"Como estudia biología nos explicó una teoría acerca de las sinapsis que explica que tu recuerdo es falso por ser recuperado bajo hipnosis".
Empecé a protestar que Javier ni siquiera sabe qué tipo de terapia hago, y José me interrumpió "no me expliques nada, lo que dice hace agua por todos lados, no tiene consistencia y no necesito saber de hipnosis ni de biología para darme cuenta: simplemente, no quiere saberlo".
Me urgió, pero poco, saber: "qué opina de lo de Alfredo y Felisa?"
"Le pregunté, pero me dijo que no había juntado coraje de preguntarle a Felisa".
Eso sí, condice con lo que sé de mi hermano.
A los pocos días, José me llama al trabajo: "Roge, no te quiero alarmar, pero están pasando algunas cosas feas, y me parece que tenés que estar al tanto".
"Llamaron Felisa y Alicia a casa, para pedirle a mi vieja que no te contara lo de Alfredo y Felisa, hace unos días".
"Mi vieja les dijo que ya te lo había contado, así que dos días después llamó Felisa para decir que ella lo iba a negar".
"Solamente te quería avisar que si te tratan de hacer pasar por loco, o algo así, acá en casa ya lo charlamos, y estamos con vos".
Después me enteraría que, excepto la reacción de Luci, José y Daniel, todo esto es de manual.
Un día nos sentamos con Raúl, mi tio político, ex de Alicia, padre de Nacho y Alejo. No nos veíamos desde la muerte de Nacho.
Charlamos un rato largo, me invitó la cena.
Que un familiar mayor que yo me invitara, ocupara el rol de mayor y de modo generoso, fue una experiencia nueva y agradable.
Insistió mucho en que "institucionalizara el asunto". Por un lado por la contención que una institución especializada puede proveer.
Por otro, parecía temer, mucho, futuras represalias de Alicia, y me convenía que el asunto estuviera asentado en algún lado.
Insinuó incluso palizas por matones pagos.
Me pareció mucho, pero me dejó dudando.
Alicia terapeuta se había alegrado mucho de que yo encarara a mi tia, y bastante menos de que la escrachara en el edificio.
Ya todo el asunto de los correos intrafamiliares le parecía algo quizás necesario para mi, para terminar yo de entender que no había nada que hacer con esta familia, pero en sí mismo intrascendente.
"Estás pidiéndoles que reconozcan que fueron malos con vos, pero no lo van a reconocer. Es como si les pidieras que fueran otras personas que quienes son". "Y además, vos no necesitás que ellos te reconozcan nada".
Tardé un poco más de otro año en ver las cosas a su manera.
Si le pareció interesante, en cambio, la idea de "institucionalizar el asunto". "Es simbólicamente apropiada" me dijo.
La detesté un rato, como siempre, y empecé a buscar una institución adecuada.
A lo cual Felisa dijera "bueno, pero invitémosla a Alicia, que está re triste". Y ya que iban a estar las dos juntas, sólo faltaría Lucila.
Cómo no invitarla.
Pero ya que iban a estar las tres hermanas y Javier, porqué no invitar además a los primos, para no tenerlo a Javier solo como único representante de la siguiente generación.
Así que un día José levanta el teléfono y escucha a Felisa decirle que Javier los invitaba a él y Dani a festejar el día de la madre por adelantado.
Se lo transmitió a Daniel, se tomaron unos minutos y, ya que supuestamente Javier los invitaba, lo llamaron directamente.
José charla un poco con él y le pregunta "che... ¿la idea de esta reunión cual es?¿juntarnos y hablar todos de lo que pasa con Roge, no?".
A lo que Javier, que tampoco come vidrio, reconoció "si, es una locura, juntémonos nosotros antes".
Se juntaron los tres primos, y de la charla que se dió ahí, José y Daniel quedaron excusados de asistir al festejo adelantado del dia de la madre.
Llegó el día en que nos juntamos a charlar, Dani y yo. Dani es, aunque suene extraño viniendo de mi, un tipo raro.
Algunas cosas suyas son recurrentes de mi familia, paterna y materna: una gran capacidad intelectual abstracta, y poquísimo contacto con la realidad.
Me sorprendió que, pese a propiciar el encuentro, me dijera que "le resultaba difícil creerme sin pruebas". Traté de hacerle entender que a los nueve años uno no entiende mucho de nada, y que no se me ocurrió redactar una confesión y pedirle a Alicia que la firme.
Al rato me cuenta la reunión con mi hermano, no recuerdo si él me sugiere o yo le pregunto, pero la parecía buena idea que me juntara con Javier a charlar. Lo veía muy dispuesto y con ganas, dijo.
Me pareció totalmente contrario a lo que conozco y sé de mi hermano, así que al poco tiempo le pregunté a José su opinión al respecto.
Tomó aire y dijo
"No". "No me parece buena idea".
"Como estudia biología nos explicó una teoría acerca de las sinapsis que explica que tu recuerdo es falso por ser recuperado bajo hipnosis".
Empecé a protestar que Javier ni siquiera sabe qué tipo de terapia hago, y José me interrumpió "no me expliques nada, lo que dice hace agua por todos lados, no tiene consistencia y no necesito saber de hipnosis ni de biología para darme cuenta: simplemente, no quiere saberlo".
Me urgió, pero poco, saber: "qué opina de lo de Alfredo y Felisa?"
"Le pregunté, pero me dijo que no había juntado coraje de preguntarle a Felisa".
Eso sí, condice con lo que sé de mi hermano.
A los pocos días, José me llama al trabajo: "Roge, no te quiero alarmar, pero están pasando algunas cosas feas, y me parece que tenés que estar al tanto".
"Llamaron Felisa y Alicia a casa, para pedirle a mi vieja que no te contara lo de Alfredo y Felisa, hace unos días".
"Mi vieja les dijo que ya te lo había contado, así que dos días después llamó Felisa para decir que ella lo iba a negar".
"Solamente te quería avisar que si te tratan de hacer pasar por loco, o algo así, acá en casa ya lo charlamos, y estamos con vos".
Después me enteraría que, excepto la reacción de Luci, José y Daniel, todo esto es de manual.
Un día nos sentamos con Raúl, mi tio político, ex de Alicia, padre de Nacho y Alejo. No nos veíamos desde la muerte de Nacho.
Charlamos un rato largo, me invitó la cena.
Que un familiar mayor que yo me invitara, ocupara el rol de mayor y de modo generoso, fue una experiencia nueva y agradable.
Insistió mucho en que "institucionalizara el asunto". Por un lado por la contención que una institución especializada puede proveer.
Por otro, parecía temer, mucho, futuras represalias de Alicia, y me convenía que el asunto estuviera asentado en algún lado.
Insinuó incluso palizas por matones pagos.
Me pareció mucho, pero me dejó dudando.
Alicia terapeuta se había alegrado mucho de que yo encarara a mi tia, y bastante menos de que la escrachara en el edificio.
Ya todo el asunto de los correos intrafamiliares le parecía algo quizás necesario para mi, para terminar yo de entender que no había nada que hacer con esta familia, pero en sí mismo intrascendente.
"Estás pidiéndoles que reconozcan que fueron malos con vos, pero no lo van a reconocer. Es como si les pidieras que fueran otras personas que quienes son". "Y además, vos no necesitás que ellos te reconozcan nada".
Tardé un poco más de otro año en ver las cosas a su manera.
Si le pareció interesante, en cambio, la idea de "institucionalizar el asunto". "Es simbólicamente apropiada" me dijo.
La detesté un rato, como siempre, y empecé a buscar una institución adecuada.
sábado, 18 de septiembre de 2010
La rosa y el lecho - VI
Felisa tenía la costumbre de explotar, en todo. A veces en violencia conmigo, a veces en indignación contra terceros, a veces descorriendo fugazmente velos sobre lo peor de su pasado, tirando acusaciones únicas y efímeras contra su entorno.
Una por ejemplo, había sido una acusación genérica hacia sus hermanos de, cuando se aburrían en su infancia en San Pedro, jugar con ella al submarino. "Sus hermanos" difícilmente incluyera a Luci, que por mi padre sabía que era prácticamente quien la criara. Quedaban Alicia y Alfredo. Además, en todos mis recuerdos de infancia no figuraba ninguna acción violenta de Lucila, y si varias de Alicia y Alfredo.
Felisa dijo esto una vez y, aprovechando haberme dejado congelado, cambió de tema y no volvió a decir nada jamás.
De esas, había un par, así que mi siguiente pregunta a Lucila fue acerca de la violencia entre hermanos en la infancia.
"Si, la vieja nos fajaba fuerte, a veces...".
"Si, pero te pregunté entre hermanos, Luci".
"Ah, si, claro, si... la vieja nos fajaba, me acuerdo una vez...".
"Luci! entre hermanos: entre Alfredo, Alicia, vos y Felisa".
A la tercera reaccionó, o aceptó, y contó alguna que otra anécdota sobre la crueldad física de Alicia, y finalmente la que me interesaba.
Mi padre conoció a mi madre con trece años de edad: ella 16, el 29.
Mi padre siempre fue un pelotudo.
Así que un día, para mostrarle a su nueva familia política que él no era una especie de pervertido que se estaba comiendo a la nena, no tuvo mejor idea que contarle a Lucila lo que Felisa le había confiado a él: que Alfredo la abusó durante su infancia.
La versión que Luci me contara a mi fue cotejada después con la que le contara a José y Daniel: había algunos diferencias de matiz, como que a mi me diera a entender que esto había pasado una sola vez, mientras que a ellos les agregó la frase "hasta que Felisa fue lo bastante grande para frenarlo".
Los detalles no pudieron ser esclarecidos, y en el esfuerzo de preguntar si había habido o no penetración, se me escapó preguntar otra cosa, bastante interesante también.
José me dijo que a él le cayó la ficha de este olvido también cerca de una semana después.
"Cuando Rogelio (padre) le contó esto... ¿ella qué hizo!!??"
No le preguntamos nunca, pero parece que nada.
En ese momento, igualmente, la ficha no nos caería porque todavía estábamos pendientes de otra cosa: Lucila nos cuenta, de motu propio, que esta acusación volvió a escucharse casi treinta años después, por segunda vez.
Ella no estaba presente, creo que Alicia se lo contaría: estaban Alicia y Felisa charlando de algo, cuando sale el tema del abuso infantil, y Felisa explota "como hizo el pelotudo de Alfredo conmigo!".
Parece que Alicia exclamó horrorizada "pero Felisa, esto que estás diciendo es muy grave, tenemos que hablar con Alfredo!", a lo cual Felisa respondiera algo asi como que ya a esta altura, para qué.
Me resultaba totalmente coherente, todo.
Lucila contaría algunas cosas más, de las que ya sabía: que Felisa fue abandonada por su padre antes de cumplir dos años, que la madre le echaría la culpa de eso desde que aprendiera a hablar, que la mandaría con los abuelos paternos como se devuelve un paquete no deseado, que Lucila casi se muere de la depresión que le produjera esto, que Alicia era asmática desde chiquita pero en la casa no se usaban medicamentos por idea religiosa de la madre así que los ataques de asma le duraban toda la noche... la colección de fotos de la familia. Y su idea de que, como no era algo grato para contar, mejor no contarlo jamás.
Ahora sé por experiencia que lo que no se sabe, pesa más que lo que sí se sabe. Mucho más.
Agotados, terminamos la charla por ese día. Luego tuvimos un poco más José y yo por nuestra cuenta.
Daniel no estaba presente ese día, pero me estaba buscando activamente.
Es el menor de la familia, y fue el que más se resintió de este episodio. Es el día de hoy que solapadamente, reclama a su madre que corte relaciones con Alicia y Felisa a raíz de lo que voy a contar en un rato.
Mientras, un día, José me cuenta que se estaba gestando una reunion familiar, adelantando el día de la madre.
Una por ejemplo, había sido una acusación genérica hacia sus hermanos de, cuando se aburrían en su infancia en San Pedro, jugar con ella al submarino. "Sus hermanos" difícilmente incluyera a Luci, que por mi padre sabía que era prácticamente quien la criara. Quedaban Alicia y Alfredo. Además, en todos mis recuerdos de infancia no figuraba ninguna acción violenta de Lucila, y si varias de Alicia y Alfredo.
Felisa dijo esto una vez y, aprovechando haberme dejado congelado, cambió de tema y no volvió a decir nada jamás.
De esas, había un par, así que mi siguiente pregunta a Lucila fue acerca de la violencia entre hermanos en la infancia.
"Si, la vieja nos fajaba fuerte, a veces...".
"Si, pero te pregunté entre hermanos, Luci".
"Ah, si, claro, si... la vieja nos fajaba, me acuerdo una vez...".
"Luci! entre hermanos: entre Alfredo, Alicia, vos y Felisa".
A la tercera reaccionó, o aceptó, y contó alguna que otra anécdota sobre la crueldad física de Alicia, y finalmente la que me interesaba.
Mi padre conoció a mi madre con trece años de edad: ella 16, el 29.
Mi padre siempre fue un pelotudo.
Así que un día, para mostrarle a su nueva familia política que él no era una especie de pervertido que se estaba comiendo a la nena, no tuvo mejor idea que contarle a Lucila lo que Felisa le había confiado a él: que Alfredo la abusó durante su infancia.
La versión que Luci me contara a mi fue cotejada después con la que le contara a José y Daniel: había algunos diferencias de matiz, como que a mi me diera a entender que esto había pasado una sola vez, mientras que a ellos les agregó la frase "hasta que Felisa fue lo bastante grande para frenarlo".
Los detalles no pudieron ser esclarecidos, y en el esfuerzo de preguntar si había habido o no penetración, se me escapó preguntar otra cosa, bastante interesante también.
José me dijo que a él le cayó la ficha de este olvido también cerca de una semana después.
"Cuando Rogelio (padre) le contó esto... ¿ella qué hizo!!??"
No le preguntamos nunca, pero parece que nada.
En ese momento, igualmente, la ficha no nos caería porque todavía estábamos pendientes de otra cosa: Lucila nos cuenta, de motu propio, que esta acusación volvió a escucharse casi treinta años después, por segunda vez.
Ella no estaba presente, creo que Alicia se lo contaría: estaban Alicia y Felisa charlando de algo, cuando sale el tema del abuso infantil, y Felisa explota "como hizo el pelotudo de Alfredo conmigo!".
Parece que Alicia exclamó horrorizada "pero Felisa, esto que estás diciendo es muy grave, tenemos que hablar con Alfredo!", a lo cual Felisa respondiera algo asi como que ya a esta altura, para qué.
Me resultaba totalmente coherente, todo.
Lucila contaría algunas cosas más, de las que ya sabía: que Felisa fue abandonada por su padre antes de cumplir dos años, que la madre le echaría la culpa de eso desde que aprendiera a hablar, que la mandaría con los abuelos paternos como se devuelve un paquete no deseado, que Lucila casi se muere de la depresión que le produjera esto, que Alicia era asmática desde chiquita pero en la casa no se usaban medicamentos por idea religiosa de la madre así que los ataques de asma le duraban toda la noche... la colección de fotos de la familia. Y su idea de que, como no era algo grato para contar, mejor no contarlo jamás.
Ahora sé por experiencia que lo que no se sabe, pesa más que lo que sí se sabe. Mucho más.
Agotados, terminamos la charla por ese día. Luego tuvimos un poco más José y yo por nuestra cuenta.
Daniel no estaba presente ese día, pero me estaba buscando activamente.
Es el menor de la familia, y fue el que más se resintió de este episodio. Es el día de hoy que solapadamente, reclama a su madre que corte relaciones con Alicia y Felisa a raíz de lo que voy a contar en un rato.
Mientras, un día, José me cuenta que se estaba gestando una reunion familiar, adelantando el día de la madre.
jueves, 16 de septiembre de 2010
La rosa y el lecho - V
Le dije del correo que iba a mandar, me preguntó porqué, le dije que porque esto había sido un secreto demasiado tiempo, y no quería más que fuera algo entre Alicia y yo, y dado que ella no estaba cooperando, iba a gritarlo desde los techos si hiciera falta.
Dijo "a veces, gritar algo desde los techos es una manera de no decir nada".
No respondí, me pareció una pelotudez propia de alguien tan cagado en los pantalones que trata de torcer la realidad con frases ingeniosas, infructuosamente pero sin hacerse cargo tampoco.
Lo seguía entendiendo, pero ya no lo podía respetar más.
Coincidimos en que había mucho cariño mutuo, y que veríamos cómo estos hechos afectaban la relación, porque era inevitable que la afectaran, y nos despedimos.
Dos días después, llegó a todos mis parientes sanguíneos y políticos, excepto mi padre, muerto unos meses atrás, una carta titulada "cosas que quiero compartir con mi familia", donde detallaba todo lo ya contado. También pedía ayuda para superar la situación, porque no consideraba que correspondiera, siendo una crisis familiar, que lo hiciera yo solo.
Las consecuencias fueron varias. La primera, una serie de intercambios epistolares abiertos entre Alicia tia y yo, donde ella planteaba encontrarse con Alicia terapeuta y yo malentendía que quería hacer terapia familiar, hasta que entendí que no, que solamente quería ir con una amiga suya a verla, para hacer uso de "su derecho a defenderse". También decía que yo le debía disculpas por esta situación, dando a entender que una vez que las pidiera, podría volver al seno de la familia.
Finalmente, el mismo día que tocaba Dave Matthews en Obras, entendí que esperar algo de ella era perder el tiempo y la mandé al re contra carajo, siempre con copia a toda la familia. Todo el intercambio había llevado un par de semanas.
Llegué casi cuarenta minutos tarde a Dave Matthews, pero justo a tiempo para escuchar "Two Steps".
Fue una noche maravillosa.
Otra consecuencia fue la reaparición de mi tio político, ex esposo de Alicia, padre de Ignacio, diciendo "no entiendo nada y esto duele mucho, pero aca estoy".
Un caballero.
Apenas mandado el primer correo, vuelvo a casa de José.
Me cuenta que cuando me fui el día anterior, apenas se le pasó el pasmo de lo que le había contado, la frase "mirada vidriosa" le recordó una anécdota propia con Alicia.
"Nunca llegó a tanto, así que no la tenía muy presente, pero tampoco la olvidé".
"Yo tenía también, unos ocho años, salí del colegio y fui con Alejo a su casa, el tendría unos diez. Estábamos jugando en el living, cuando entra Alicia en tetas y bombacha, se para enfrente nuestro y nos suelta un discurso larguísimo acerca de que no hagamos ruido".
"Tenía la mirada como vidriosa y perdida, y yo estaba totalmente impactado, por esa mirada por un lado, y por ver a mi tia semidesnuda en el living enfrente nuestro y hablando como si nada. Yo lo miraba a Alejo y él no sabía dónde meterse de la verguenza".
"Nunca me olvidé, porque me resultó muy impactante, y cuando crecí me dí cuenta de que esa era la famosa mirada de borrachos y drogados".
Entre idas y vueltas del resto de mi vida, vuelvo a lo de José por tercera vez, y esta vez me abre la puerta Lucila.
Inmediata, frontalmente, me pregunta "¿querés charlar?".
"Dale".
Empecé por preguntarle qué pensaba de mi acusación.
"No sexualmente, pero es cierto que en algunas cosas Alicia se abusa, si".
Me pareció una frase extraña, apropiada más para hablar de alguien que manguea favores que de lo que estábamos hablando.
Le agradecí mucho el espacio, la franqueza y la oportunidad.
Y me tiré a la pileta con algunas cuentas pendientes que traía.
Dijo "a veces, gritar algo desde los techos es una manera de no decir nada".
No respondí, me pareció una pelotudez propia de alguien tan cagado en los pantalones que trata de torcer la realidad con frases ingeniosas, infructuosamente pero sin hacerse cargo tampoco.
Lo seguía entendiendo, pero ya no lo podía respetar más.
Coincidimos en que había mucho cariño mutuo, y que veríamos cómo estos hechos afectaban la relación, porque era inevitable que la afectaran, y nos despedimos.
Dos días después, llegó a todos mis parientes sanguíneos y políticos, excepto mi padre, muerto unos meses atrás, una carta titulada "cosas que quiero compartir con mi familia", donde detallaba todo lo ya contado. También pedía ayuda para superar la situación, porque no consideraba que correspondiera, siendo una crisis familiar, que lo hiciera yo solo.
Las consecuencias fueron varias. La primera, una serie de intercambios epistolares abiertos entre Alicia tia y yo, donde ella planteaba encontrarse con Alicia terapeuta y yo malentendía que quería hacer terapia familiar, hasta que entendí que no, que solamente quería ir con una amiga suya a verla, para hacer uso de "su derecho a defenderse". También decía que yo le debía disculpas por esta situación, dando a entender que una vez que las pidiera, podría volver al seno de la familia.
Finalmente, el mismo día que tocaba Dave Matthews en Obras, entendí que esperar algo de ella era perder el tiempo y la mandé al re contra carajo, siempre con copia a toda la familia. Todo el intercambio había llevado un par de semanas.
Llegué casi cuarenta minutos tarde a Dave Matthews, pero justo a tiempo para escuchar "Two Steps".
Fue una noche maravillosa.
Otra consecuencia fue la reaparición de mi tio político, ex esposo de Alicia, padre de Ignacio, diciendo "no entiendo nada y esto duele mucho, pero aca estoy".
Un caballero.
Apenas mandado el primer correo, vuelvo a casa de José.
Me cuenta que cuando me fui el día anterior, apenas se le pasó el pasmo de lo que le había contado, la frase "mirada vidriosa" le recordó una anécdota propia con Alicia.
"Nunca llegó a tanto, así que no la tenía muy presente, pero tampoco la olvidé".
"Yo tenía también, unos ocho años, salí del colegio y fui con Alejo a su casa, el tendría unos diez. Estábamos jugando en el living, cuando entra Alicia en tetas y bombacha, se para enfrente nuestro y nos suelta un discurso larguísimo acerca de que no hagamos ruido".
"Tenía la mirada como vidriosa y perdida, y yo estaba totalmente impactado, por esa mirada por un lado, y por ver a mi tia semidesnuda en el living enfrente nuestro y hablando como si nada. Yo lo miraba a Alejo y él no sabía dónde meterse de la verguenza".
"Nunca me olvidé, porque me resultó muy impactante, y cuando crecí me dí cuenta de que esa era la famosa mirada de borrachos y drogados".
Entre idas y vueltas del resto de mi vida, vuelvo a lo de José por tercera vez, y esta vez me abre la puerta Lucila.
Inmediata, frontalmente, me pregunta "¿querés charlar?".
"Dale".
Empecé por preguntarle qué pensaba de mi acusación.
"No sexualmente, pero es cierto que en algunas cosas Alicia se abusa, si".
Me pareció una frase extraña, apropiada más para hablar de alguien que manguea favores que de lo que estábamos hablando.
Le agradecí mucho el espacio, la franqueza y la oportunidad.
Y me tiré a la pileta con algunas cuentas pendientes que traía.
lunes, 13 de septiembre de 2010
La rosa y el lecho - IV
Mientras, me junté con mi primo José.
Hijo de Lucila, también tia, hermana de Alicia, la siguiente en edad, José es la persona de mi familia materna con la que mas relación tuve en toda mi vida. Incluso más que con mi medio hermano Javier.
Vive en una habitación hecha de una esquina medianera y dos paredes de madera en la terraza de la casa de su madre. Entre las tablas de las paredes se filtra la luz, pero la computadora, el monitor, el aire acondicionado, su batería, todo es último modelo o lo bastante adelantado a su época como para no necesitar serlo para funcionar al máximo de eficacia.
Le conté todo, desde las visualizaciones hasta el encuentro con nuestra tia.
Me escuchó hasta el final, apenas pestañeó.
Se tomó un segundo y dijo, despacio "no es que me quiera hacer el superado, y no me esperaba para nada esto que me acabás de contar, pero la verdad es que no me sorprende... yo sabía... yo sabía que había algo así en esta familia".
Charlamos un poco más de lo que sabíamos. Ya durante el tiempo de vida final de Nacho habíamos reflotado el tema de que el pasado de nuestra familia materna era un enigma, que no se hablaba nunca nada, ni siquiera ante preguntas directas. Que a veces, con inmensa insistencia, de su hermano menor Daniel sobre todo, habían conseguido juntar algunos datos escasos. Me enteré que mi madre y todos mis tios habían vivido un tiempo en Vicente López, y una conexión inexplicable entre el tio Alfredo, residente desde hacía muchos años en el extranjero, y mi madre me hizo decir en voz alta... "para mi que Alfredo se cogio a Felisa".
"¿Porqué?" preguntó José.
"Ni idea, pero de repente me parece re probable".
Llegó el lunes, me levanté muy temprano, como para llegar al trabajo antes que los demás compañeros.
De camino compré una resma de papel A4.
Me senté en una computadora con impresora, puse la letra "arial" en tamaño setenta y dos, y escribí, en mayúsculas y con alineación al centro "Alicia XXX, del piso 12 "A" es una abusadora sexual de menores".
Lo imprimí y borré el archivo de la máquina, para que no lo leyera nadie por accidente.
De accidentes, nada.
Y después le saqué ciento cincuenta copias en la fotocopiadora de la oficina de administración.
Todo el mundo entra tarde, a esa oficina.
Pasé el resto del día desempeñando mis funciones normales en el trabajo, me llevé los afiches en la mochila, pasé por casa a dejar lo que me sobrara, y encaré mi demostración tangible de haber librado una lucha.
Seguía sin tener llave de la casa de Alicia tia, pero tenía una especie de sentimiento mesiánico - del cual luego aprendí a desconfiar, también - que me hacía decirme "si consigo entrar al edificio es que tengo que hacerlo, y sino no".
Llegué, hice señas al portero de que me abriera, hice algún chiste al pasar, tomé el ascensor hasta el piso 12.
Me bajé como para ir a lo de mi tia y subí los pisos restantes por escalera.
Y empecé a repartir los volantes con la leyenda "Alicia Saab, abusadora sexual de menores", por debajo de todas las puertas, piso por piso.
Llegué a planta baja, me acerqué al portero, le dije "parece que no está, ¿me abrís de vuelta?", y me fui.
Extrañamente, la sensación de triunfo fue esta vez mucho menor.
Pero en esa época aún desconfiaba mucho de mí mismo, y necesitaba demostrarme que estaba haciendo verdaderamente todo lo necesario para defenderme, que estaba tomando partido a favor de mi mismo, contra quien fuera.
El plan de recuperar la confianza en mí tenía aún un par de puntos más. No estaba seguro de hasta dónde llegaría con todo ello, pero el siguiente paso requería hablar primero con el hijo superviviente de Alicia, Alejo.
Estaba preparando un correo para hacer circular entre toda la familia y allegados, en el cual contaba los últimos hechos.
Principalmente por consideración al hecho de que era su hijo, no quería que Alejo se enterara de esa manera, prefiriendo contárselo primero en persona.
Me llevó casi una semana, pero finalmente conseguí encontrarnos en una actividad política que él estaba desarrollando en ese momento. La idea era muy interesante, atractiva, pero ya sabía que no podría participar.
Esperé hasta que todo el mundo se fuera, lo acompañé en parte del camino a otro lugar a donde él tenía que ir, le expresé urgente necesidad de tener una charla privada con él.
"Si es por lo de mi vieja, ya me contó", me ataja.
"Aja. ¿qué te contó?"
"Que fuiste a su casa, le dijiste que recuperaste un recuerdo de ella violándote, y que el lunes le llenaste la el edificio de volantes".
"Ajá".
"En realidad me llamó el mismo viernes, toda angustiada, me dijo todo lo que había pasado y que no sabía que pensar, porque- y la citó - "Roge me dijo que yo tenía la mirada vidriosa y yo no me acuerdo de nada, no estoy segura y no sé qué pensar"
"¿Y vos qué pensás?", le pregunto.
Se toma una pausa y dice "... opino que tengo un primo que está convencido de lo que dice, pero que no puedo saber, y que no es asunto mío. No quiero que me metan en lo que no es asunto mío".
Nos tomamos un minuto en la esquina.
Lo entendía profundamente, pero igual pensaba que su actitud era una mierda.
Pero lo entendía profundamente.
Hijo de Lucila, también tia, hermana de Alicia, la siguiente en edad, José es la persona de mi familia materna con la que mas relación tuve en toda mi vida. Incluso más que con mi medio hermano Javier.
Vive en una habitación hecha de una esquina medianera y dos paredes de madera en la terraza de la casa de su madre. Entre las tablas de las paredes se filtra la luz, pero la computadora, el monitor, el aire acondicionado, su batería, todo es último modelo o lo bastante adelantado a su época como para no necesitar serlo para funcionar al máximo de eficacia.
Le conté todo, desde las visualizaciones hasta el encuentro con nuestra tia.
Me escuchó hasta el final, apenas pestañeó.
Se tomó un segundo y dijo, despacio "no es que me quiera hacer el superado, y no me esperaba para nada esto que me acabás de contar, pero la verdad es que no me sorprende... yo sabía... yo sabía que había algo así en esta familia".
Charlamos un poco más de lo que sabíamos. Ya durante el tiempo de vida final de Nacho habíamos reflotado el tema de que el pasado de nuestra familia materna era un enigma, que no se hablaba nunca nada, ni siquiera ante preguntas directas. Que a veces, con inmensa insistencia, de su hermano menor Daniel sobre todo, habían conseguido juntar algunos datos escasos. Me enteré que mi madre y todos mis tios habían vivido un tiempo en Vicente López, y una conexión inexplicable entre el tio Alfredo, residente desde hacía muchos años en el extranjero, y mi madre me hizo decir en voz alta... "para mi que Alfredo se cogio a Felisa".
"¿Porqué?" preguntó José.
"Ni idea, pero de repente me parece re probable".
Llegó el lunes, me levanté muy temprano, como para llegar al trabajo antes que los demás compañeros.
De camino compré una resma de papel A4.
Me senté en una computadora con impresora, puse la letra "arial" en tamaño setenta y dos, y escribí, en mayúsculas y con alineación al centro "Alicia XXX, del piso 12 "A" es una abusadora sexual de menores".
Lo imprimí y borré el archivo de la máquina, para que no lo leyera nadie por accidente.
De accidentes, nada.
Y después le saqué ciento cincuenta copias en la fotocopiadora de la oficina de administración.
Todo el mundo entra tarde, a esa oficina.
Pasé el resto del día desempeñando mis funciones normales en el trabajo, me llevé los afiches en la mochila, pasé por casa a dejar lo que me sobrara, y encaré mi demostración tangible de haber librado una lucha.
Seguía sin tener llave de la casa de Alicia tia, pero tenía una especie de sentimiento mesiánico - del cual luego aprendí a desconfiar, también - que me hacía decirme "si consigo entrar al edificio es que tengo que hacerlo, y sino no".
Llegué, hice señas al portero de que me abriera, hice algún chiste al pasar, tomé el ascensor hasta el piso 12.
Me bajé como para ir a lo de mi tia y subí los pisos restantes por escalera.
Y empecé a repartir los volantes con la leyenda "Alicia Saab, abusadora sexual de menores", por debajo de todas las puertas, piso por piso.
Llegué a planta baja, me acerqué al portero, le dije "parece que no está, ¿me abrís de vuelta?", y me fui.
Extrañamente, la sensación de triunfo fue esta vez mucho menor.
Pero en esa época aún desconfiaba mucho de mí mismo, y necesitaba demostrarme que estaba haciendo verdaderamente todo lo necesario para defenderme, que estaba tomando partido a favor de mi mismo, contra quien fuera.
El plan de recuperar la confianza en mí tenía aún un par de puntos más. No estaba seguro de hasta dónde llegaría con todo ello, pero el siguiente paso requería hablar primero con el hijo superviviente de Alicia, Alejo.
Estaba preparando un correo para hacer circular entre toda la familia y allegados, en el cual contaba los últimos hechos.
Principalmente por consideración al hecho de que era su hijo, no quería que Alejo se enterara de esa manera, prefiriendo contárselo primero en persona.
Me llevó casi una semana, pero finalmente conseguí encontrarnos en una actividad política que él estaba desarrollando en ese momento. La idea era muy interesante, atractiva, pero ya sabía que no podría participar.
Esperé hasta que todo el mundo se fuera, lo acompañé en parte del camino a otro lugar a donde él tenía que ir, le expresé urgente necesidad de tener una charla privada con él.
"Si es por lo de mi vieja, ya me contó", me ataja.
"Aja. ¿qué te contó?"
"Que fuiste a su casa, le dijiste que recuperaste un recuerdo de ella violándote, y que el lunes le llenaste la el edificio de volantes".
"Ajá".
"En realidad me llamó el mismo viernes, toda angustiada, me dijo todo lo que había pasado y que no sabía que pensar, porque- y la citó - "Roge me dijo que yo tenía la mirada vidriosa y yo no me acuerdo de nada, no estoy segura y no sé qué pensar"
"¿Y vos qué pensás?", le pregunto.
Se toma una pausa y dice "... opino que tengo un primo que está convencido de lo que dice, pero que no puedo saber, y que no es asunto mío. No quiero que me metan en lo que no es asunto mío".
Nos tomamos un minuto en la esquina.
Lo entendía profundamente, pero igual pensaba que su actitud era una mierda.
Pero lo entendía profundamente.
martes, 7 de septiembre de 2010
La rosa y el lecho - III
Lo cierto.
Durante cinco semanas más, en cada sesión de las subsiguientes continué viendo diferentes formas de bocas, agujeros y vórtices dentados.
Un viernes, finalmente, Alicia terapeuta se rindió a la evidencia y dijo "parece que vas a tener que confrontar, va a ser la única manera de que se te vaya el miedo".
Fue como si mi cuerpo hubiera recibido una orden. Le dije "si, parece que si" y me levanté, agotado pero fuerte. Nos despedimos hasta la próxima sesión y fuí a casa a dejar la bici. No suelo preocuparme por manejar bici en el tránsito, pero esta vez sabía que iba a volver conmovido, fuera cual fuera el resultado, y tuve algo de aprensión.
Dejé la bici y tomé el subterráneo desde mi pensión hasta Once.
En todo el camino iba pensando qué decir, cómo decirlo.
Me preguntaba si no estaría equivocado, como me lo había preguntado durante cinco semanas.
Pero una sensación casi nunca sentida me decía que estaba haciendo lo correcto.
Y la verdad es que no podía seguir viviendo con la duda.
Al llegar a lo de Alicia tia, alguien me abrió la puerta, no recuerdo quien, tal vez el portero. Me conoce de muchos años, ya.
Así que me presenté directo en su puerta.
"Roge! qué sorpresa".
"Tenemos que hablar algo muy serio"
"¿Tan serio que no me podés dar ni un beso?"
"Si".
Como para besos estaba.
Nos sentamos y busqué un segundo las palabras. Salieron rápido.
"Hace cinco semanas, encontré en terapia un recuerdo muy fuerte. Un recuerdo que te incluye".
"Yo tenía alrededor de ocho años, menos de diez. Estábamos solos."
"Tenías la mirada vidriosa y perdida, no sé porqué. Me llevaste a la cama, me desnudaste y tuviste un orgasmo frotándote conmigo".
Esperé que hiciera alguna pregunta, pero lo que llegó fue una acusación de locura, seguida de "andate ahora mismo, en esta casa no hay espacio para locos".
Llegué hasta la puerta y antes de irme me surgió decir "considerá que si así termina nuestra relación, es por tu voluntad, y que fuiste la primer persona con que hablé esto".
"Nunca tuve tiempo para la locura", fue su respuesta.
Aproveché que estaba a diez cuadras de casa de Felisa para hacer el combo completo.
Toqué timbre, me dijo que estaba enferma, que entrara.
"No vine con la llave, y no quiero quedarme más de un minuto: bajá".
Apareció, presa de alguna de sus constantes gripes y neumonías de fumadora empedernida, el plexo hecho un agujero como siempre, una mano colgando como si quisiera agarrarse de algo que colgara a su costado, mi madre.
Carne de mi carne.
Abrió la puerta y entré al pasillo.
No le di mucho tiempo a hablar, le pregunte directamente si había hablado con su hermana Alicia. No.
"Porque vengo de decirle que ahora me acuerdo de cuando ella me cogió: yo tenía nueve años... y tu hermana... me cogió".
Vi en su cara una especie extraña, precisa, de dolor: el de la persona tan acostumbrada a ciertos sufrimientos que ya no quiere acordarse de que a otros también les pasa, no le importa, no quiere saberlo. Fue casi imperceptible: en realidad, casi no parecía haber escuchado.
"Y esta noche cierro todas las cuentas: la de ella es esa, la tuya es que nunca me quisiste, me abandonaste cada vez que se te ocurrió, y me cagaste todo lo que pudiste".
No recuerdo ya bien, pero creo que no intentó decir nada.
Salí del pasillo a la calle, doblé la esquina, entré al subterráneo.
Todo el camino de vuelta me sentí extraño, como si hubiera ganado una batalla que no estaba seguro de haber librado.
Me faltaba alguna clase de demostración tangible, pero supe rápidamente cómo conseguirla.
Tendría que esperar hasta el lunes.
Durante cinco semanas más, en cada sesión de las subsiguientes continué viendo diferentes formas de bocas, agujeros y vórtices dentados.
Un viernes, finalmente, Alicia terapeuta se rindió a la evidencia y dijo "parece que vas a tener que confrontar, va a ser la única manera de que se te vaya el miedo".
Fue como si mi cuerpo hubiera recibido una orden. Le dije "si, parece que si" y me levanté, agotado pero fuerte. Nos despedimos hasta la próxima sesión y fuí a casa a dejar la bici. No suelo preocuparme por manejar bici en el tránsito, pero esta vez sabía que iba a volver conmovido, fuera cual fuera el resultado, y tuve algo de aprensión.
Dejé la bici y tomé el subterráneo desde mi pensión hasta Once.
En todo el camino iba pensando qué decir, cómo decirlo.
Me preguntaba si no estaría equivocado, como me lo había preguntado durante cinco semanas.
Pero una sensación casi nunca sentida me decía que estaba haciendo lo correcto.
Y la verdad es que no podía seguir viviendo con la duda.
Al llegar a lo de Alicia tia, alguien me abrió la puerta, no recuerdo quien, tal vez el portero. Me conoce de muchos años, ya.
Así que me presenté directo en su puerta.
"Roge! qué sorpresa".
"Tenemos que hablar algo muy serio"
"¿Tan serio que no me podés dar ni un beso?"
"Si".
Como para besos estaba.
Nos sentamos y busqué un segundo las palabras. Salieron rápido.
"Hace cinco semanas, encontré en terapia un recuerdo muy fuerte. Un recuerdo que te incluye".
"Yo tenía alrededor de ocho años, menos de diez. Estábamos solos."
"Tenías la mirada vidriosa y perdida, no sé porqué. Me llevaste a la cama, me desnudaste y tuviste un orgasmo frotándote conmigo".
Esperé que hiciera alguna pregunta, pero lo que llegó fue una acusación de locura, seguida de "andate ahora mismo, en esta casa no hay espacio para locos".
Llegué hasta la puerta y antes de irme me surgió decir "considerá que si así termina nuestra relación, es por tu voluntad, y que fuiste la primer persona con que hablé esto".
"Nunca tuve tiempo para la locura", fue su respuesta.
Aproveché que estaba a diez cuadras de casa de Felisa para hacer el combo completo.
Toqué timbre, me dijo que estaba enferma, que entrara.
"No vine con la llave, y no quiero quedarme más de un minuto: bajá".
Apareció, presa de alguna de sus constantes gripes y neumonías de fumadora empedernida, el plexo hecho un agujero como siempre, una mano colgando como si quisiera agarrarse de algo que colgara a su costado, mi madre.
Carne de mi carne.
Abrió la puerta y entré al pasillo.
No le di mucho tiempo a hablar, le pregunte directamente si había hablado con su hermana Alicia. No.
"Porque vengo de decirle que ahora me acuerdo de cuando ella me cogió: yo tenía nueve años... y tu hermana... me cogió".
Vi en su cara una especie extraña, precisa, de dolor: el de la persona tan acostumbrada a ciertos sufrimientos que ya no quiere acordarse de que a otros también les pasa, no le importa, no quiere saberlo. Fue casi imperceptible: en realidad, casi no parecía haber escuchado.
"Y esta noche cierro todas las cuentas: la de ella es esa, la tuya es que nunca me quisiste, me abandonaste cada vez que se te ocurrió, y me cagaste todo lo que pudiste".
No recuerdo ya bien, pero creo que no intentó decir nada.
Salí del pasillo a la calle, doblé la esquina, entré al subterráneo.
Todo el camino de vuelta me sentí extraño, como si hubiera ganado una batalla que no estaba seguro de haber librado.
Me faltaba alguna clase de demostración tangible, pero supe rápidamente cómo conseguirla.
Tendría que esperar hasta el lunes.
jueves, 2 de septiembre de 2010
La rosa y el lecho - II - Addenda
martes, 31 de agosto de 2010
La rosa y el lecho - II
Primera parte, acá.
Lo incierto
Las visualizaciones de ese entonces eran bastante oscuras, estaba empezando la etapa más franca de la lucha con lo que Alicia terapeuta llamó mi "fijación con lo siniestro".
Cierto día llegó sin tapujos: en la visualización, aparezco con una edad de entre ocho y diez años, en casa de mi tía Alicia.
Ella viene, me toma, me lleva a su cuarto.
Su mirada parecía vidriosa y perdida.
Me desnuda, se desnuda, se mete en la cama conmigo, se frota contra mi cuerpo. Siento ondas de sensación que salen de ella y empapan mi cuerpo. Con los años aprendería que eso era deseo sexual.
Unilateral.
Alcanza el orgasmo, se da vuelta, se duerme.
Repentinamente la visualización cambia y no tengo más el cuerpo de un niño. Soy un adulto, desnudo al lado de mi tía dormida, hundida en sopor. Lloro. De alguna forma, desnudo, tengo puestas unas zapatillas sin medias.
Al mirar a mi tía noto que no está exactamente dormida: su torso está abierto, comido y habitado por bichos como un cadáver. Su mirada ausente como la de un muñeco de madera. De alguna manera sé que igualmente se levanta cada día y va a trabajar.
Rogelio Desnudo camina por la casa, desnudo en sus zapatillas, Alicia terapeuta me insiste, desde el otro lado de la visualización "andate!! andate!! abandoná ese lugar para siempre!!!".
Pero no puedo.
Rogelio Desnudo no consigue salir del departamento de Once, es una especie de fantasma, atrapado para siempre al lado del cadáver viviente de su tia.
Una vez tras otra, intento irme y reaparezco, sentado, viendo todo rojo escarlata y sintiéndome absolutamente nada, una bolsa de basura, en el lecho de mi tia.
Odio todo hasta el aborrecimiento, desde la náusea, pero no consigo irme, es como si no existieran para mi las puertas, u otros lugares en el mundo. Rogelio está quebrado y sólo puede sentir asco, asco de esa cosa que lo acaba de atravesar por todo el cuerpo antes de dormirse tia Alicia.
"Entonces quemalo todo" susurra Alicia terapeuta a través de la visualización casi grita desde la vigilia, y sé que tiene razón, pero duele mucho.
Pero tiene razón.
Aparezco en la visualización yo, Rogelio de hoy, echando combustible sobre cada cosa en la pieza.
Sé que Rogelio de Entonces no va a poder salir, sé que va a ser quemado con todo.
Lo lamento, lo lamento profundamente. Sé que no tuvo la culpa de nada, que intentó salir y no pudo. Sé que no puedo seguir viviendo con esa parte de mí anclada, que debo matarla. Lloro, lloro mucho cuando aparezco en la esquina, viendo el departamento de Once arder en humo espeso.
El precio de haber sido violado es además morir en las llamas.
Para que yo viva libre.
Lo haría cuantas veces fuera.
Lo incierto
Las visualizaciones de ese entonces eran bastante oscuras, estaba empezando la etapa más franca de la lucha con lo que Alicia terapeuta llamó mi "fijación con lo siniestro".
Cierto día llegó sin tapujos: en la visualización, aparezco con una edad de entre ocho y diez años, en casa de mi tía Alicia.
Ella viene, me toma, me lleva a su cuarto.
Su mirada parecía vidriosa y perdida.
Me desnuda, se desnuda, se mete en la cama conmigo, se frota contra mi cuerpo. Siento ondas de sensación que salen de ella y empapan mi cuerpo. Con los años aprendería que eso era deseo sexual.
Unilateral.
Alcanza el orgasmo, se da vuelta, se duerme.
Repentinamente la visualización cambia y no tengo más el cuerpo de un niño. Soy un adulto, desnudo al lado de mi tía dormida, hundida en sopor. Lloro. De alguna forma, desnudo, tengo puestas unas zapatillas sin medias.
Al mirar a mi tía noto que no está exactamente dormida: su torso está abierto, comido y habitado por bichos como un cadáver. Su mirada ausente como la de un muñeco de madera. De alguna manera sé que igualmente se levanta cada día y va a trabajar.
Rogelio Desnudo camina por la casa, desnudo en sus zapatillas, Alicia terapeuta me insiste, desde el otro lado de la visualización "andate!! andate!! abandoná ese lugar para siempre!!!".
Pero no puedo.
Rogelio Desnudo no consigue salir del departamento de Once, es una especie de fantasma, atrapado para siempre al lado del cadáver viviente de su tia.
Una vez tras otra, intento irme y reaparezco, sentado, viendo todo rojo escarlata y sintiéndome absolutamente nada, una bolsa de basura, en el lecho de mi tia.
Odio todo hasta el aborrecimiento, desde la náusea, pero no consigo irme, es como si no existieran para mi las puertas, u otros lugares en el mundo. Rogelio está quebrado y sólo puede sentir asco, asco de esa cosa que lo acaba de atravesar por todo el cuerpo antes de dormirse tia Alicia.
"Entonces quemalo todo" susurra Alicia terapeuta a través de la visualización casi grita desde la vigilia, y sé que tiene razón, pero duele mucho.
Pero tiene razón.
Aparezco en la visualización yo, Rogelio de hoy, echando combustible sobre cada cosa en la pieza.
Sé que Rogelio de Entonces no va a poder salir, sé que va a ser quemado con todo.
Lo lamento, lo lamento profundamente. Sé que no tuvo la culpa de nada, que intentó salir y no pudo. Sé que no puedo seguir viviendo con esa parte de mí anclada, que debo matarla. Lloro, lloro mucho cuando aparezco en la esquina, viendo el departamento de Once arder en humo espeso.
El precio de haber sido violado es además morir en las llamas.
Para que yo viva libre.
Lo haría cuantas veces fuera.
viernes, 27 de agosto de 2010
La rosa y el lecho - I
Más exorcismo por entregas. Recuerden el combo básico de cualidades de estas cosas: no van a ningún lado y son un asco.
Como recordatorio de que ahora están pasando cosas lindas, va esto y esto.
Lo primero
El primer año que hice terapia con Alicia Valero, tuve algunas visualizaciones totalmente metafóricas, pero extremadamente significativas.
Prácticamente al primer momento supe lo que significaban, pero me tomó un año y medio más hacerme cargo, y llegó a ser necesario pasar de lo metafórico a lo literal, al recuerdo directo, para que pudiera dejar de negarlo.
La primera fue una rosa roja, color sangre, en medio de la oscuridad.
Posteriormente apareció, tras la rosa, un lecho de cortinas también escarlata oscuro.
Había gente moviéndose detrás de las cortinas, y yo sabía lo que estaba pasando, pero aprovechaba no poder verlo para pensar que no lo sabía.
Si hubiera aceptado ahí mismo lo que ya sabía, probablemente hubiera acortado bastante mi tratamiento.
Para esa época ya había dejado de tener contacto regular con mi tía Alicia Saab, pero había recuerdos claros que siempre me habían intrigado, y aún tenía. Como no estaba acostumbrado a tomarme en serio a mí mismo, descalificaba estos recuerdos. Tampoco se me ocurría charlarlos con nadie.
En estos recuerdos, aparecía Alicia en sus treinta años (mis menos de diez), semidesnuda en la cama de su departamento de Once, enfrente mío. Algunas tapas clásicas de Frank Frazetta, tipicamente esas donde se ve al héroe ascendiendo hacia el altar de la hechicera, remedan las figuras de este recuerdo. Una atmósfera pesada, calurosa y húmeda es parte de la escena también.

Entre mis veinticinco y treinta años, varias veces había oficiado de profesor de gimnasia para mi tía, y me había pasado muchas de sentir una tensión sexual extraña.
Tensión sin atracción sería la mejor definición, pero lo más sorprendente siempre era la sensacion de total familiaridad, de cosa ya conocida.
Lo asociaba con estos recuerdos recurrentes de verla en ropa interior de niño, y me sentía un poco culpable de lo incestuoso de este sentimiento, al mismo tiempo que conflictuado conmigo mismo por poder sentir esta "tensión sin atracción".
Un sentimiento similar me tomaba a veces, cuando me daba cuenta de que estaba pensando en tener sexo con alguna amiga, solamente por no saber cómo sobrellevar una charla.
Todos los atajos llevaban al mismo lado, y tendía a sentirme culpable de esto.
Años después, mi hermana política Francisca, refugiada de la pasta base y la prostitución en un pueblito de Neuquén, me contaría su sensación de un encuentro con mi abuela materna Zulema. "Sentí (de Zulema) una fuerza sexual tal que si podía, me cogía ahí mismo, no porque me deseara sino por deseo de poseer y cogerse a las cosas", dijo. "A las cosas: sentí que no le importaba si yo era hombre, mujer, si quería o no, si teníamos relación o parentesco... nada, no le importaba nada de mi, solamente deseaba".
Para ese momento, mi abuela era ya un ser desvencijado, afortunadamente.
Ocurrieron algunos hechos nefastos.
Mi primo Ignacio, el hijo mayor de Alicia, se enfermó de cáncer, duró dos años y murió.
Mi padre terminó de evidenciar su locura profunda, duró cuatro años y murió.
Yo completé mientras tanto las escalas hacia la infección de hiv en una espiral de alcoholismo, soledad, desamor.
En cierto momento, encaré a mi madre y hermano, acusándolos de haber tomado provecho económico de mi bajo chantaje emocional encubierto.
A esta acusación mi madre, Felisa, respondió echándome de su casa. Casi no nos volvimos a ver desde entonces.
Mi primo había muerto hacía pocos meses, mi padre aún viviría casi dos años más.
Viví un tiempo en casas de amigos, terminé de curarme de algunas cosas del momento, retomé el ritmo natural de mi vida en lo posible.
No lo sabía, pero estaba tomando envión para volver. Hacia atrás, a lo irresuelto.
Y cambiar todo para siempre.
Gracias Meuge por la ilustración.
Como recordatorio de que ahora están pasando cosas lindas, va esto y esto.
Lo primero
El primer año que hice terapia con Alicia Valero, tuve algunas visualizaciones totalmente metafóricas, pero extremadamente significativas.
Prácticamente al primer momento supe lo que significaban, pero me tomó un año y medio más hacerme cargo, y llegó a ser necesario pasar de lo metafórico a lo literal, al recuerdo directo, para que pudiera dejar de negarlo.
La primera fue una rosa roja, color sangre, en medio de la oscuridad.
Posteriormente apareció, tras la rosa, un lecho de cortinas también escarlata oscuro.
Había gente moviéndose detrás de las cortinas, y yo sabía lo que estaba pasando, pero aprovechaba no poder verlo para pensar que no lo sabía.
Si hubiera aceptado ahí mismo lo que ya sabía, probablemente hubiera acortado bastante mi tratamiento.
Para esa época ya había dejado de tener contacto regular con mi tía Alicia Saab, pero había recuerdos claros que siempre me habían intrigado, y aún tenía. Como no estaba acostumbrado a tomarme en serio a mí mismo, descalificaba estos recuerdos. Tampoco se me ocurría charlarlos con nadie.
En estos recuerdos, aparecía Alicia en sus treinta años (mis menos de diez), semidesnuda en la cama de su departamento de Once, enfrente mío. Algunas tapas clásicas de Frank Frazetta, tipicamente esas donde se ve al héroe ascendiendo hacia el altar de la hechicera, remedan las figuras de este recuerdo. Una atmósfera pesada, calurosa y húmeda es parte de la escena también.

Entre mis veinticinco y treinta años, varias veces había oficiado de profesor de gimnasia para mi tía, y me había pasado muchas de sentir una tensión sexual extraña.
Tensión sin atracción sería la mejor definición, pero lo más sorprendente siempre era la sensacion de total familiaridad, de cosa ya conocida.
Lo asociaba con estos recuerdos recurrentes de verla en ropa interior de niño, y me sentía un poco culpable de lo incestuoso de este sentimiento, al mismo tiempo que conflictuado conmigo mismo por poder sentir esta "tensión sin atracción".
Un sentimiento similar me tomaba a veces, cuando me daba cuenta de que estaba pensando en tener sexo con alguna amiga, solamente por no saber cómo sobrellevar una charla.
Todos los atajos llevaban al mismo lado, y tendía a sentirme culpable de esto.
Años después, mi hermana política Francisca, refugiada de la pasta base y la prostitución en un pueblito de Neuquén, me contaría su sensación de un encuentro con mi abuela materna Zulema. "Sentí (de Zulema) una fuerza sexual tal que si podía, me cogía ahí mismo, no porque me deseara sino por deseo de poseer y cogerse a las cosas", dijo. "A las cosas: sentí que no le importaba si yo era hombre, mujer, si quería o no, si teníamos relación o parentesco... nada, no le importaba nada de mi, solamente deseaba".
Para ese momento, mi abuela era ya un ser desvencijado, afortunadamente.
Ocurrieron algunos hechos nefastos.
Mi primo Ignacio, el hijo mayor de Alicia, se enfermó de cáncer, duró dos años y murió.
Mi padre terminó de evidenciar su locura profunda, duró cuatro años y murió.
Yo completé mientras tanto las escalas hacia la infección de hiv en una espiral de alcoholismo, soledad, desamor.
En cierto momento, encaré a mi madre y hermano, acusándolos de haber tomado provecho económico de mi bajo chantaje emocional encubierto.
A esta acusación mi madre, Felisa, respondió echándome de su casa. Casi no nos volvimos a ver desde entonces.
Mi primo había muerto hacía pocos meses, mi padre aún viviría casi dos años más.
Viví un tiempo en casas de amigos, terminé de curarme de algunas cosas del momento, retomé el ritmo natural de mi vida en lo posible.
No lo sabía, pero estaba tomando envión para volver. Hacia atrás, a lo irresuelto.
Y cambiar todo para siempre.
Gracias Meuge por la ilustración.
sábado, 24 de julio de 2010
Lo llamaban El Castillo - Final
Mi infancia olvidada toca mi presente sin rumbo, todo se vuelve una burbuja de sol, sin nada que hacer más que entrecruzarnos en los senderos.
Fran es una compañera ideal para los paisajes rocosos: cada vez que podemos elegir entre caminar seiscientos metros por asfalto o cien metros en picada vertical, casi ni lo hablamos, y nos encontramos de repente colgando de los dedos, jadeando, llegando cada vez más alto. Felices.
Los caminos llanos no son para ella, todavía. Lo achaco un poco al carácter, mucho más a la puta costumbre de vivir en adrenalina, de necesitar llenar cada segundo con una intensidad inflada.
Y disfruto lo que compartimos, sin añorar a nadie más, ni hijos, ni novia, ni nada.
Mi hermana trepa conmigo, codo a codo, árboles y montañas.
Prácticamente todos los días hacemos alguna compra, casi siempre pago yo. Al principio porque la plata que le giran desde Buenos Aires no llegaba. Bubi alquiló el departamento de San Cristóbal, le pasan de ahí unos mil pesos por mes, en cuotas para que si se manda un desastre, tenga algún límite.
Es muy sabio, dado que al poquísimo tiempo de estar sola, ya había logrado arreglar telefónicamente que un puntero la esperara en la ruta no sé por dónde, alguna tramoya más, y logró irse de gira tres días en Nequén, cosa que parecería a primera vista imposible.
Me cuenta que la segunda vez que lo encaró, a mitad de camino se le fueron las ganas y lo dejó.
Me alegraría infinitamente de ello, porque el cansancio del vicio es otra de las señales claras de autoamor y recuperación, pero ya no estoy tan seguro de creerle cuando cuenta algo.
Me guardo mis dudas.
Los siguientes días sigo pagando yo, por diferentes accidentes con la tarjeta, por paja, etc. me parece bien contribuir un poco a la casa, considero que mil pesos no es mucho.
Aprovechando que por irme a buscar al aeropuerto tenia que pasar por Neuquén, Fran se compró un veinticinco, o algo así. No mido bien las cantidades a ojo.
Se lo fumó a razón de casi tres porros por día. El décimo día de mi estancia en el Chocón, no le quedaba ya más. Y nunca lo hablamos, pero hacer toda la tramoya para ir a Neuquén de vuelta, implicaba no sólo un montón de energía, sino también probablemente el dinero de la comida.
Vimos dos películas, entre varias otras cosas: "Viaje a Darjeeling" o algo así, y otra cuyo nombre no recuerdo. Ambas películas fervientemente recomendadas por Fran, que segundos antes de empezar a verlas dudaba de sí misma y empezaba a preocuparse de que no me parecieran malas.
Eran muy buenas, en realidad.
Y Darjeeling reforzó su fantasía de ir a la India.
"Ahora que estoy bien" decía "el resto de mi familia empieza a demostrar su propio desequilibrio, y no me lo quiero bancar mas".
Yo quería fuertemente creerle que estaba bien.
Empezó a hacer planes para irse a la India, se intensificaron muchísimo cuando se le acabó el porro.
El día doce empezó a sacar números, retomó contacto con su novio hare.
Le preguntó cuánto había que juntar, el otro le pasó un boceto de plan de ir juntos a Ibiza, trabajar de camareros, juntar euros, gastarlos en India donde duran infinitamente. Había que arrancar por algo así como dos mil dólares.
Charlamos un rato, le pregunto de que piensa trabajar para juntarlos, saco unos números rápidos: le llevaría al menos seis meses.
Me dice que piensa pedírselos a Bubi. Que también puede ahorrar algo por su cuenta, que yo la estoy ayudando mucho en eso.
"¿Exactamente cómo te estoy ayudando?". "Bueno, con las compras y la comida que estás pagando". Sentí la sombra de un interés no expresado, un intento de ocultamiento burdamente innecesario por mis propias ganas de no ver las cosas.
Hablando en términos estrictos, eso me hace cómplice.
Siempre tan putamente ciego primero, y estricto después.
Sigue sacando números, llena toda una hoja: pasa los dólares a pesos, los vuelve a pasar a dólares, le dá más que al principio. Llama de vuelta al chico para preguntarle lo mismo.
Le digo "esto es de ansiosa ¿porqué no esperás y seguís haciendo los mismos planes con más calma?". Me acusa de vegetal y de pincharle el globo, con suficiente saña como para que nos separemos cada uno a su cuarto.
Me tomo un par de horas, pero me doy cuenta de que cualquier rumbo que tome dentro de esta casa, me expone a más de lo mismo.
No me va a matar, pero me pregunto cuidadosamente qué se puede sacar de bueno de otro acceso de estos.
Decido empezar por hacer la mochila, no parecía haber mucho más camino.
Por las dudas, una hora después, algo más tranquilo, encaro un diálogo, un intento.
Levanta las manos al pecho, toma aire al mismo tiempo que habla: "no hay nada que hablar: no tenemos una relación de la que hablar, no quiero escuchar nada, este circo tuyo de hacer la mochila, si querés te quedás y si querés te vas, pero no hay nada que hablar".
Tan parecida a Felisa, tan parecida a su propio padre.
Me voy a pasear, meriendo en el pueblo, re chequeo los horarios de pasajes. Por las dudas, ojeo otros lugares para parar, pero no hay nada disponible a mi alcance. Paseo más, me pregunto si bajar a a Chubut a ver a Dani, pero extrañamente no me había llevado su número telefónico. Decido volver a capital: tengo una mudanza por terminar, y veinte días de vacaciones todavía para acomodarme a una cantidad importante de cosas que había dejado en marcha. Eso significa un pasaje avión desperdiciado, pero estaba entre los riesgos asumidos.
Todavía pienso que valió la pena.
Escribí una nota que decía "tu plan de pedirle a tu abuela que te pague tu viaje a la India es idiota y lo sabés, pero en vez de enojarte con vos te enojás conmigo".
Pero no encontré razón de dejarle una nota diciendo que ya sabe lo que ya sabe.
Paseo otro poco, paso a buscar mis cosas, Fran está durmiendo. Elijo no despertarla: ni ganas de sorprenderme con el humor que tenga, bueno o malo.
El colectivo se retrasa, quietito en la parada me sorprendo de verla pasar de repente, llevando una coca cola. Me ve también de sorpresa, se le frunce el ceño, dice "me voy para casa" y corta camino por el bosque para pasar por detrás de la caseta del colectivo y sacarnos de la vista.
A los días, no recuerdo cuántos, le escribo un mensaje de texto tirando media onda. No recibo respuesta hasta muchos días después, otro teléfono, diciendo "este mi nuevo celular".
Temo que haya perdido el anterior en alguna gira pagada con lo que consiguió que gastara yo en su lugar. No saco números, no creo haber gastado tanto. Ni que haga falta yo en la pintura para nada de eso.
Habíamos hablado de la ausencia de fotos de nuestras infancias, de cómo delata eso la falta de un ojo puesto sobre nosotros, la falta de ganas de mirarnos. Arreglamos sacarnos un par de buenas autofotos, nunca lo hicimos.
Tal vez le mande ahora este mismo texto, tal vez le pida una foto.
Fin.
Fran es una compañera ideal para los paisajes rocosos: cada vez que podemos elegir entre caminar seiscientos metros por asfalto o cien metros en picada vertical, casi ni lo hablamos, y nos encontramos de repente colgando de los dedos, jadeando, llegando cada vez más alto. Felices.
Los caminos llanos no son para ella, todavía. Lo achaco un poco al carácter, mucho más a la puta costumbre de vivir en adrenalina, de necesitar llenar cada segundo con una intensidad inflada.
Y disfruto lo que compartimos, sin añorar a nadie más, ni hijos, ni novia, ni nada.
Mi hermana trepa conmigo, codo a codo, árboles y montañas.
Prácticamente todos los días hacemos alguna compra, casi siempre pago yo. Al principio porque la plata que le giran desde Buenos Aires no llegaba. Bubi alquiló el departamento de San Cristóbal, le pasan de ahí unos mil pesos por mes, en cuotas para que si se manda un desastre, tenga algún límite.
Es muy sabio, dado que al poquísimo tiempo de estar sola, ya había logrado arreglar telefónicamente que un puntero la esperara en la ruta no sé por dónde, alguna tramoya más, y logró irse de gira tres días en Nequén, cosa que parecería a primera vista imposible.
Me cuenta que la segunda vez que lo encaró, a mitad de camino se le fueron las ganas y lo dejó.
Me alegraría infinitamente de ello, porque el cansancio del vicio es otra de las señales claras de autoamor y recuperación, pero ya no estoy tan seguro de creerle cuando cuenta algo.
Me guardo mis dudas.
Los siguientes días sigo pagando yo, por diferentes accidentes con la tarjeta, por paja, etc. me parece bien contribuir un poco a la casa, considero que mil pesos no es mucho.
Aprovechando que por irme a buscar al aeropuerto tenia que pasar por Neuquén, Fran se compró un veinticinco, o algo así. No mido bien las cantidades a ojo.
Se lo fumó a razón de casi tres porros por día. El décimo día de mi estancia en el Chocón, no le quedaba ya más. Y nunca lo hablamos, pero hacer toda la tramoya para ir a Neuquén de vuelta, implicaba no sólo un montón de energía, sino también probablemente el dinero de la comida.
Vimos dos películas, entre varias otras cosas: "Viaje a Darjeeling" o algo así, y otra cuyo nombre no recuerdo. Ambas películas fervientemente recomendadas por Fran, que segundos antes de empezar a verlas dudaba de sí misma y empezaba a preocuparse de que no me parecieran malas.
Eran muy buenas, en realidad.
Y Darjeeling reforzó su fantasía de ir a la India.
"Ahora que estoy bien" decía "el resto de mi familia empieza a demostrar su propio desequilibrio, y no me lo quiero bancar mas".
Yo quería fuertemente creerle que estaba bien.
Empezó a hacer planes para irse a la India, se intensificaron muchísimo cuando se le acabó el porro.
El día doce empezó a sacar números, retomó contacto con su novio hare.
Le preguntó cuánto había que juntar, el otro le pasó un boceto de plan de ir juntos a Ibiza, trabajar de camareros, juntar euros, gastarlos en India donde duran infinitamente. Había que arrancar por algo así como dos mil dólares.
Charlamos un rato, le pregunto de que piensa trabajar para juntarlos, saco unos números rápidos: le llevaría al menos seis meses.
Me dice que piensa pedírselos a Bubi. Que también puede ahorrar algo por su cuenta, que yo la estoy ayudando mucho en eso.
"¿Exactamente cómo te estoy ayudando?". "Bueno, con las compras y la comida que estás pagando". Sentí la sombra de un interés no expresado, un intento de ocultamiento burdamente innecesario por mis propias ganas de no ver las cosas.
Hablando en términos estrictos, eso me hace cómplice.
Siempre tan putamente ciego primero, y estricto después.
Sigue sacando números, llena toda una hoja: pasa los dólares a pesos, los vuelve a pasar a dólares, le dá más que al principio. Llama de vuelta al chico para preguntarle lo mismo.
Le digo "esto es de ansiosa ¿porqué no esperás y seguís haciendo los mismos planes con más calma?". Me acusa de vegetal y de pincharle el globo, con suficiente saña como para que nos separemos cada uno a su cuarto.
Me tomo un par de horas, pero me doy cuenta de que cualquier rumbo que tome dentro de esta casa, me expone a más de lo mismo.
No me va a matar, pero me pregunto cuidadosamente qué se puede sacar de bueno de otro acceso de estos.
Decido empezar por hacer la mochila, no parecía haber mucho más camino.
Por las dudas, una hora después, algo más tranquilo, encaro un diálogo, un intento.
Levanta las manos al pecho, toma aire al mismo tiempo que habla: "no hay nada que hablar: no tenemos una relación de la que hablar, no quiero escuchar nada, este circo tuyo de hacer la mochila, si querés te quedás y si querés te vas, pero no hay nada que hablar".
Tan parecida a Felisa, tan parecida a su propio padre.
Me voy a pasear, meriendo en el pueblo, re chequeo los horarios de pasajes. Por las dudas, ojeo otros lugares para parar, pero no hay nada disponible a mi alcance. Paseo más, me pregunto si bajar a a Chubut a ver a Dani, pero extrañamente no me había llevado su número telefónico. Decido volver a capital: tengo una mudanza por terminar, y veinte días de vacaciones todavía para acomodarme a una cantidad importante de cosas que había dejado en marcha. Eso significa un pasaje avión desperdiciado, pero estaba entre los riesgos asumidos.
Todavía pienso que valió la pena.
Escribí una nota que decía "tu plan de pedirle a tu abuela que te pague tu viaje a la India es idiota y lo sabés, pero en vez de enojarte con vos te enojás conmigo".
Pero no encontré razón de dejarle una nota diciendo que ya sabe lo que ya sabe.
Paseo otro poco, paso a buscar mis cosas, Fran está durmiendo. Elijo no despertarla: ni ganas de sorprenderme con el humor que tenga, bueno o malo.
El colectivo se retrasa, quietito en la parada me sorprendo de verla pasar de repente, llevando una coca cola. Me ve también de sorpresa, se le frunce el ceño, dice "me voy para casa" y corta camino por el bosque para pasar por detrás de la caseta del colectivo y sacarnos de la vista.
A los días, no recuerdo cuántos, le escribo un mensaje de texto tirando media onda. No recibo respuesta hasta muchos días después, otro teléfono, diciendo "este mi nuevo celular".
Temo que haya perdido el anterior en alguna gira pagada con lo que consiguió que gastara yo en su lugar. No saco números, no creo haber gastado tanto. Ni que haga falta yo en la pintura para nada de eso.
Habíamos hablado de la ausencia de fotos de nuestras infancias, de cómo delata eso la falta de un ojo puesto sobre nosotros, la falta de ganas de mirarnos. Arreglamos sacarnos un par de buenas autofotos, nunca lo hicimos.
Tal vez le mande ahora este mismo texto, tal vez le pida una foto.
Fin.
sábado, 17 de julio de 2010
Lo llamaban el Castillo - VI
Los primeros tres días, sin pensarlo, pospusimos las excursiones a cualquier lado, y nos quedamos atrapados en un torbellino de confesiones compulsivas.
A partir del cuarto día, me iría dando cuenta de que en Fran, eso es un estado casi permanente.
La primer mañana, sin embargo, me levanté tan temprano como habíamos quedado, e intenté despertarla. Habíamos arreglado ir a Neuquén para que se hiciera sus propios exámenes de hiv. La propuesta surgió de ella, nos pareció bien aprovechar mi presencia y tratar de hacerlo lo antes posible para no perder el impulso.
Pero no quería levantarse. Insistí, medio que se agrió, me pegó sin gracia con la almohada en la cara, lo llevamos hasta donde pudimos.
De repente se levanta, explosiva, hasta puntas de pìe, llevando las manos al pecho con las palmas hacia abajo como si estuviera tratando de detener una marea que la ahoga, como si tuviera que poner repentinamente límite a una situación agobiante que llegó demasiado lejos demasiado rápido. No recuerdo las frases exactas, pero no daban pie a ninguna clase de diálogo, y quedaba la violencia a medio paso.
Yo, ella y la violencia a medio paso.
Quisiera que nos conozcas, para saber de qué hablo. Del miedo que nos tengo.
Era el primer día: decidí quedarme en mi cuarto. Muy enojado, pero apostando a que se pasara de ambas partes. También decidí no embarcarme de vuelta en nada de lo que habíamos hablado previamente: "Que bueno que vengas, me vas a ayudar a ponerme las pilas con correr y hacer ejercicio", fue la primer propuesta en ser tachada de mis obligaciones.
Seguiría proponiendo y recordando todo lo que se hablara, pero la idea de "ayudame a hacer lo que no hago por mí misma", dejó de tener todo atractivo para mí.
Durante tres días, en olas sucesivas, íbamos sacando a luz la mierda de nuestras historias y encontrando el afecto mutuo. El segundo día, espontáneamente, sentí de ella y de mí olas de amor mutuo que irradiaban el aire, brillando. Ví el aire vibrar de amor, se lo dije, ella también lo sentía. Vida pura.
A partir del cuarto día, empezamos a tratar de separarnos un poco: ir a hacer compras por separado, pasear cada uno por su cuenta, quedarme en mi pieza leyendo.
Igualmente era muy difícil: a cualquier movimiento mío, Francisca se sentía obligada a responder, la atención permanente era agotadora para los dos. Si me levantaba con ganas de lavar los platos de la noche anterior, se sentía obligada a levantarse a su vez, sacármelos de las manos y lavarlos ella. Si nos quedábamos en el mismo espacio, se sentía obligada a charlar y eso la llevaba nuevamente a la compulsión por contar las cosas más bizarras que pudiera encontrar entre sus recuerdos.
No pudimos encarar nunca la desprogramación, tampoco el trabajo de constelaciones. Fran está convencida de haber hecho ya todo lo existente en las clínicas e internaciones.
Pero el problema real era otro, y se puso de manifiesto al intentar pasarle elementos de Chi kung.
Uno de sus antiguos novios había pasado poco antes por el Chocón, convertido en Hare Krishna. Dejó bien claro que lo echó al muy poco tiempo por insoportable: rezaba todos los días, varias veces por día, consagraba la comida, su devoción era permanente.
No dejó tan claro cómo fué la última discusión, pero sí que el tipo de repente tomó todas sus cosas y se fué sin decir más nada. Se arreglaron medianamente más tarde por mensaje de texto.
A los pocos días de su partida, Fran se encontró haciendo varias de las devociones.
Personalmente, detesto todo lo formal - institucional, pero sé muy bien el poder que tiene la acción devocional para reforzar una disposición interna, sobre todo en sus etapas más iniciales y frágiles, así que celebré que Fran se dedicara a todo lo positivo de cualquier actividad religiosa: el sentido de gratitud, la confianza en la vida, el compromiso con la limpieza interna.
Desde ese aspecto, reforzar o completar lo que según ella "ya tenía" de chi kung, era una buena idea. Al menos es una práctica que tiene a mi criterio más contenido que la veneración de imágenes, y la actitud devocional es la mejor para asegurar el cumplimiento de la práctica, o eso creí.
Lamentablemente, no es lo mismo ser obsesivo que ser aplicado, y al pasarle el primero de nueve ejercicios, consistente en quedarse parado, quieto, visualizando absorción de energía por las plantas de los pies y manos, chocamos: a los veinte segundos, interrumpe diciendo "me pongo ansiosa".
El resto era previsible, aunque no hubiera querido verlo: prenderse un porro tras otro sosteniendo que "baja su ansiedad", desde la actitud de estar tan curtida que "esto no es nada".
La realidad es que le pega como a cualquiera, y lo único que queda después es mirar televisión el resto del día, porque es muy difícil hacer cualquier cosa tan fumada.
Salir a correr tuvo la misma resolución: la primera vez hicimos un buen trecho. La segunda tomamos en otra dirección, que subía una larga loma, al rato dice "esto sube y sube, basta!" y se va, con una sonrisa que sugiere "tiro buena onda pero no preguntes nada porque se pudre todo". Ninguna intención de mi parte: yo sí quería correr.
No volvimos a salir juntos. Ella no volvió a salir, de hecho.
En una charla de las siguientes, me cuenta sobre su novio muerto, Santiago. No sé cuántos años de estar juntos, drogadísimos, sin hacerse cargo de la pareja, perdidísimos.
Pero rescata ahora no me acuerdo qué, tal vez el amor, para siempre.
Me suena exagerado, vacío, encadenante. Le digo sin pensar "eventualmente, vas a tener que soltar eso, también".
Empieza a dar círculos por la pieza, se pone en puntas de pie, levanta las manos con las palmas hacia abajo, toma aire al mismo tiempo de hablar, dice algo como "no te metas con mis muertos". No recuerdo si llegué a pasarme sus muertos por el culo o me contuve, pero ya no me banqué el circo de cocainómana digna y levanté la voz para decirle "sabés que tengo razón". Lo repetí, más suave, ella depuso la actitud amenazante y renunció a seguir levantando presión. Dejamos el tema.
Pasan los días y hay una familiaridad que no llega, una relajación que no se cumple nunca. Mi presencia es permanentemente percibida por ella, su atención es constantemente sentida por mi. Llega el momento en que siento que no puedo respirar sin obligarla a responder de alguna manera.
Paralelamente, sin contacto entre un proceso y otro, me voy acostumbrando a la quietud: me despierto y me siento en la pared de afuera de la casa, mirando hacia el lago a través de las demás casas en construcción. O camino una horita y algo hasta donde no hay nada y me siento con el I Ching, y no lo uso. Me quedo sentado en el silencio, miro el cielo, el lago. Muchas veces estoy contento, pero la mayor parte del tiempo no estoy contento ni triste, sino simplemente conforme.
Con poco, diría, si el lago fuera poco.
De alguna manera, en algún momento, vuelvo.
Llegando la noche jugamos al scrabbel, me gana siempre.
El aire del Chocón es más denso, es como más real: uno lo siente en la piel, en la nariz, en la sangre.
"Acá se genera la energía para toda capital" me dice Fran. Si no es cierto no importa: miro los cables que salen de la represa con respeto.
Hacemos varias excursiones: esos son momentos geniales.
Caminamos entre las flores, a veces adelante, a veces atrás. La veo con su sombrero de sol y eso me hace volver a mi, saber quién soy: ahora me acuerdo.
Me acuerdo quién soy.
A partir del cuarto día, me iría dando cuenta de que en Fran, eso es un estado casi permanente.
La primer mañana, sin embargo, me levanté tan temprano como habíamos quedado, e intenté despertarla. Habíamos arreglado ir a Neuquén para que se hiciera sus propios exámenes de hiv. La propuesta surgió de ella, nos pareció bien aprovechar mi presencia y tratar de hacerlo lo antes posible para no perder el impulso.
Pero no quería levantarse. Insistí, medio que se agrió, me pegó sin gracia con la almohada en la cara, lo llevamos hasta donde pudimos.
De repente se levanta, explosiva, hasta puntas de pìe, llevando las manos al pecho con las palmas hacia abajo como si estuviera tratando de detener una marea que la ahoga, como si tuviera que poner repentinamente límite a una situación agobiante que llegó demasiado lejos demasiado rápido. No recuerdo las frases exactas, pero no daban pie a ninguna clase de diálogo, y quedaba la violencia a medio paso.
Yo, ella y la violencia a medio paso.
Quisiera que nos conozcas, para saber de qué hablo. Del miedo que nos tengo.
Era el primer día: decidí quedarme en mi cuarto. Muy enojado, pero apostando a que se pasara de ambas partes. También decidí no embarcarme de vuelta en nada de lo que habíamos hablado previamente: "Que bueno que vengas, me vas a ayudar a ponerme las pilas con correr y hacer ejercicio", fue la primer propuesta en ser tachada de mis obligaciones.
Seguiría proponiendo y recordando todo lo que se hablara, pero la idea de "ayudame a hacer lo que no hago por mí misma", dejó de tener todo atractivo para mí.
Durante tres días, en olas sucesivas, íbamos sacando a luz la mierda de nuestras historias y encontrando el afecto mutuo. El segundo día, espontáneamente, sentí de ella y de mí olas de amor mutuo que irradiaban el aire, brillando. Ví el aire vibrar de amor, se lo dije, ella también lo sentía. Vida pura.
A partir del cuarto día, empezamos a tratar de separarnos un poco: ir a hacer compras por separado, pasear cada uno por su cuenta, quedarme en mi pieza leyendo.
Igualmente era muy difícil: a cualquier movimiento mío, Francisca se sentía obligada a responder, la atención permanente era agotadora para los dos. Si me levantaba con ganas de lavar los platos de la noche anterior, se sentía obligada a levantarse a su vez, sacármelos de las manos y lavarlos ella. Si nos quedábamos en el mismo espacio, se sentía obligada a charlar y eso la llevaba nuevamente a la compulsión por contar las cosas más bizarras que pudiera encontrar entre sus recuerdos.
No pudimos encarar nunca la desprogramación, tampoco el trabajo de constelaciones. Fran está convencida de haber hecho ya todo lo existente en las clínicas e internaciones.
Pero el problema real era otro, y se puso de manifiesto al intentar pasarle elementos de Chi kung.
Uno de sus antiguos novios había pasado poco antes por el Chocón, convertido en Hare Krishna. Dejó bien claro que lo echó al muy poco tiempo por insoportable: rezaba todos los días, varias veces por día, consagraba la comida, su devoción era permanente.
No dejó tan claro cómo fué la última discusión, pero sí que el tipo de repente tomó todas sus cosas y se fué sin decir más nada. Se arreglaron medianamente más tarde por mensaje de texto.
A los pocos días de su partida, Fran se encontró haciendo varias de las devociones.
Personalmente, detesto todo lo formal - institucional, pero sé muy bien el poder que tiene la acción devocional para reforzar una disposición interna, sobre todo en sus etapas más iniciales y frágiles, así que celebré que Fran se dedicara a todo lo positivo de cualquier actividad religiosa: el sentido de gratitud, la confianza en la vida, el compromiso con la limpieza interna.
Desde ese aspecto, reforzar o completar lo que según ella "ya tenía" de chi kung, era una buena idea. Al menos es una práctica que tiene a mi criterio más contenido que la veneración de imágenes, y la actitud devocional es la mejor para asegurar el cumplimiento de la práctica, o eso creí.
Lamentablemente, no es lo mismo ser obsesivo que ser aplicado, y al pasarle el primero de nueve ejercicios, consistente en quedarse parado, quieto, visualizando absorción de energía por las plantas de los pies y manos, chocamos: a los veinte segundos, interrumpe diciendo "me pongo ansiosa".
El resto era previsible, aunque no hubiera querido verlo: prenderse un porro tras otro sosteniendo que "baja su ansiedad", desde la actitud de estar tan curtida que "esto no es nada".
La realidad es que le pega como a cualquiera, y lo único que queda después es mirar televisión el resto del día, porque es muy difícil hacer cualquier cosa tan fumada.
Salir a correr tuvo la misma resolución: la primera vez hicimos un buen trecho. La segunda tomamos en otra dirección, que subía una larga loma, al rato dice "esto sube y sube, basta!" y se va, con una sonrisa que sugiere "tiro buena onda pero no preguntes nada porque se pudre todo". Ninguna intención de mi parte: yo sí quería correr.
No volvimos a salir juntos. Ella no volvió a salir, de hecho.
En una charla de las siguientes, me cuenta sobre su novio muerto, Santiago. No sé cuántos años de estar juntos, drogadísimos, sin hacerse cargo de la pareja, perdidísimos.
Pero rescata ahora no me acuerdo qué, tal vez el amor, para siempre.
Me suena exagerado, vacío, encadenante. Le digo sin pensar "eventualmente, vas a tener que soltar eso, también".
Empieza a dar círculos por la pieza, se pone en puntas de pie, levanta las manos con las palmas hacia abajo, toma aire al mismo tiempo de hablar, dice algo como "no te metas con mis muertos". No recuerdo si llegué a pasarme sus muertos por el culo o me contuve, pero ya no me banqué el circo de cocainómana digna y levanté la voz para decirle "sabés que tengo razón". Lo repetí, más suave, ella depuso la actitud amenazante y renunció a seguir levantando presión. Dejamos el tema.
Pasan los días y hay una familiaridad que no llega, una relajación que no se cumple nunca. Mi presencia es permanentemente percibida por ella, su atención es constantemente sentida por mi. Llega el momento en que siento que no puedo respirar sin obligarla a responder de alguna manera.
Paralelamente, sin contacto entre un proceso y otro, me voy acostumbrando a la quietud: me despierto y me siento en la pared de afuera de la casa, mirando hacia el lago a través de las demás casas en construcción. O camino una horita y algo hasta donde no hay nada y me siento con el I Ching, y no lo uso. Me quedo sentado en el silencio, miro el cielo, el lago. Muchas veces estoy contento, pero la mayor parte del tiempo no estoy contento ni triste, sino simplemente conforme.
Con poco, diría, si el lago fuera poco.
De alguna manera, en algún momento, vuelvo.
Llegando la noche jugamos al scrabbel, me gana siempre.
El aire del Chocón es más denso, es como más real: uno lo siente en la piel, en la nariz, en la sangre.
"Acá se genera la energía para toda capital" me dice Fran. Si no es cierto no importa: miro los cables que salen de la represa con respeto.
Hacemos varias excursiones: esos son momentos geniales.
Caminamos entre las flores, a veces adelante, a veces atrás. La veo con su sombrero de sol y eso me hace volver a mi, saber quién soy: ahora me acuerdo.
Me acuerdo quién soy.
sábado, 10 de julio de 2010
Lo llamaban El Castillo - V
Breve reflexión: tipo por 1890, en el auge de la literatura folletinesca, no recuerdo quién dejó a su héroe, al final de la entrega semanal, en una situación desesperada e irresoluble. No recuerdo si atado en las vías del tren, o algo así.
Los lectores esperaban ansiosos la siguiente entrega para ver cómo escapaba el protagonista de la muerte segura.
Por la reacción de un par de amigos ante "El Castillo...", entiendo que el mismo reflejo se produce aquí, y descubro una característica de mi escritura: tiendo a poner a los personajes en situaciones cada vez más estranguladas e imposibles de resolver, generando en el lector ansiedad por saber cómo podrán los protagonistas salir de semejante circunstancia.
La respuesta es simple: no salen.
Las situaciones pueden ser infinitamente angustiosas, porque no existe fondo para la miseria, y la salida del pozo requiere tanto esfuerzo como la entrada, a veces más, y tendemos a hacer lo mismo, no lo nuevo ni lo contrario.
Como Grant Morrison, si de mi dependiera el destino de mis personajes, sería benévolo con ellos, para que al menos en algún lado haya dulzura.
Pero esto es biografía.
Lo único que nos salva es la incongruencia de la realidad consigo misma, las rupturas, los pliegues, las grietas donde el cieguito ese decía que no sé quién acecha.
Es lo único que permite que hoy día Fran siga en algún lado.
Y yo me lleve mejor con mi madre.
Pueden leer lo previo acá, acá, acá y acá, y nos tomamos un respiro.
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Cierto día, de alguna forma, juntaron fuerzas con mi madre y fueron a un psiquiátrico, la medicación no fue adecuada, tuvo una crisis cuya naturaleza no recuerdo ahora y volvió al departamento.
Fueron muchos datos, muy fuertes, en muy poco tiempo. En el ida y vuelta furioso yo le iba contando lo mío, pero no es hoy el día para contárselo a ustedes.
Que otro día, con su abuela, juntaron fuerzas nuevamente y encararon la última salida que veían, y vinieron juntas al terreno donde ahora hay una casa.
En aquel momento, sólo estaban las paredes de la prefabricada y algo del terreno: había luz, pero no había agua ni gas.
Se tomaron tres meses juntas, pasando el mono.
Bubi se bancó las agresiones cada vez más frecuentes e intensas de Francisca junto con dormir en el piso y lavarse en el patio.
Fran... sé que no sospecho siquiera lo que se bancó Fran.
En cierto momento empezó a sacarse fotos.
Era el modo de verse en un lugar que no tenía espejos, tampoco.
Flaca, la piel sucia por debajo, el gesto sacado incluso en los buenos momentos.
En una, de repente, aparece feliz, muy feliz. "Acá me estaba empezando a dar cuenta de lo que es este lugar, de a dónde había llegado", me dice.
Cuando se empezaron a disipar las brumas de la intoxicación, empezó a enamorarse del lugar.
Del silencio, del lago, de la lejanía absoluta de toda la gente que conocía.
Tuvo algunas anécdotas, claro.
Una fue la verdad acerca de la citación.
Empezó diciendo "no, no te lo quiero contar, porque vas a querer ir a pegarle y yo no puedo tener problemas acá en el pueblo..." y otra sarta de frases hechas de piba quilombo a novio merquero.
No le expliqué que por las cagadas que se mandara ella, no iba a enojarme con nadie más que con ella.
Resulta que, mientras se desintoxicaba, la abuela iba construyendo la casa, de a poco, con gente del pueblo como peones.
Fran, con la muletilla de que ninguna medicación le sirve más que el porro, se pasa el día fumando.
Con tal actitud, que una vez que la abuela estaba en Buenos Aires y ella sola, uno de los peones la ve fumar.
"Y entonces le tuve que convidar", me explica.
"NO!".
Mi suposición había sido cierta: ya tenía ganas de pegarle a ella, y del otro ni me acordaba.
Mi opinión respecto de este tipo de cosas quedó clara: a)- uno tiene que aprender a bancarse las ganas de fumar, o cualquier vicio, lo suficiente como para no hacerlo cuando te puede poner en una situación incómoda.
b)- si te pasa algo como esto, atenerse por la cara a la situación base: "si: yo fumo mientras vos trabajás porque estoy en mi casa y soy tu jefe: andá a poner esto acá y eso allá y hacelo ahora, que yo tengo que fumarme este porro."
Para la próxima quizás lo haga.
Para esta vez, lo que hizo fue hacerse cómplice del tipo, fumando juntos a escondidas de la abuela.
Por supuesto, en la charla, sale el tema de su reclusión en el Chocón.
No la culpo, yo me pasé dos años enteros diciéndole a todo el mundo que tengo hiv, casi antes de decirles mi nombre. Lleva tiempo dejar de tener ganas de que tu historia te defina, y más tiempo aún olvidarla.
Doy fe: a todo se llega.
Pero Fran todavía tenía pocos meses en el pueblo, y le contó todo.
Incluído, claro, que no podía tomar nada de alcohol, y menos que menos, vodka.
A la semana, por supuesto, el tonto aparece con una botella de vodka.
"Y yo, claro" dice Fran, "me tomé primero dos medidas y después, claro: la botella entera".
"Y claro, quise ir al pueblo a tomar mas".
"Y claro, el tipo me quiso coger, pero claro: le puse dos manos que le rompí la nariz y me fuí al pueblo sola".
Me reí un buen rato a expensas del estúpido que se quiso coger a la hija del herrero, hasta que terminó la anécdota.
El final no me pareció tan gracioso.
"Me fui al pueblo, bardée, no me acuerdo nada pero me dijeron que bailé streep tease sobre la mesa del único bar que hay".
"Al día siguiente me llegó la citación de la jueza de paz, y ahí chatée con vos"
"Después de ir"
"No, antes"
"Pero... me dijiste..."
"Pero era lo que pensaba hacer!! pero no estaba segura!! y no sabés lo bien que me vino todo lo que me dijiste cuando pensabas que ya lo había hecho: fue lo que me decidió a ir!!".
Permanecí ligeramente incómodo desde entonces.
Hubo más anécdotas, del presente y del pasado.
Cambiamos mucha data, yo me enojé con su padre de vuelta, ella con mi madre por primera vez.
Me contó que ella le conseguía porro al padre, cuando tenía doce años.
Que le quiso convidar a mi medio hermano Javier, hijo de un matrimonio intermedio de Felisa, que entonces vivía con ella y Guillermo mientras yo vivía con mi padre, pero Guillermo le dijo que "no, Javier tiene que estudiar, no hay que darle porro, hay que cuidarlo".
Tienen la misma edad, Fran y Javi.
Nos preguntamos bastante porqué a Javier había que cuidarlo y a ella no.
Me contó que poco después de la anécdota del vodka el invierno se puso duro en Neuquén, y en cierto momento dejó de salir de la casa. Un día pasó el albañil del vodka, y le dejó un paquete de galletitas, de puchos y un yogur, de onda, porque vio que no estaba saliendo.
"Se lo agradezco para siempre" dijo, con el gesto de quien eleva algo a la mayor dignidad y se compromete a mantenerlo ahí hasta la tumba.
Me pareció demasiado para galletitas y yogur.
Pero también agradece a mi madre que la haya ayudado a abortar.
Un chico menos es un problema menos, no consigo sacarme la ecuación de la cabeza.
Los lectores esperaban ansiosos la siguiente entrega para ver cómo escapaba el protagonista de la muerte segura.
Por la reacción de un par de amigos ante "El Castillo...", entiendo que el mismo reflejo se produce aquí, y descubro una característica de mi escritura: tiendo a poner a los personajes en situaciones cada vez más estranguladas e imposibles de resolver, generando en el lector ansiedad por saber cómo podrán los protagonistas salir de semejante circunstancia.
La respuesta es simple: no salen.
Las situaciones pueden ser infinitamente angustiosas, porque no existe fondo para la miseria, y la salida del pozo requiere tanto esfuerzo como la entrada, a veces más, y tendemos a hacer lo mismo, no lo nuevo ni lo contrario.
Como Grant Morrison, si de mi dependiera el destino de mis personajes, sería benévolo con ellos, para que al menos en algún lado haya dulzura.
Pero esto es biografía.
Lo único que nos salva es la incongruencia de la realidad consigo misma, las rupturas, los pliegues, las grietas donde el cieguito ese decía que no sé quién acecha.
Es lo único que permite que hoy día Fran siga en algún lado.
Y yo me lleve mejor con mi madre.
Pueden leer lo previo acá, acá, acá y acá, y nos tomamos un respiro.
------------------------------------------------------------------------
Cierto día, de alguna forma, juntaron fuerzas con mi madre y fueron a un psiquiátrico, la medicación no fue adecuada, tuvo una crisis cuya naturaleza no recuerdo ahora y volvió al departamento.
Fueron muchos datos, muy fuertes, en muy poco tiempo. En el ida y vuelta furioso yo le iba contando lo mío, pero no es hoy el día para contárselo a ustedes.
Que otro día, con su abuela, juntaron fuerzas nuevamente y encararon la última salida que veían, y vinieron juntas al terreno donde ahora hay una casa.
En aquel momento, sólo estaban las paredes de la prefabricada y algo del terreno: había luz, pero no había agua ni gas.
Se tomaron tres meses juntas, pasando el mono.
Bubi se bancó las agresiones cada vez más frecuentes e intensas de Francisca junto con dormir en el piso y lavarse en el patio.
Fran... sé que no sospecho siquiera lo que se bancó Fran.
En cierto momento empezó a sacarse fotos.
Era el modo de verse en un lugar que no tenía espejos, tampoco.
Flaca, la piel sucia por debajo, el gesto sacado incluso en los buenos momentos.
En una, de repente, aparece feliz, muy feliz. "Acá me estaba empezando a dar cuenta de lo que es este lugar, de a dónde había llegado", me dice.
Cuando se empezaron a disipar las brumas de la intoxicación, empezó a enamorarse del lugar.
Del silencio, del lago, de la lejanía absoluta de toda la gente que conocía.
Tuvo algunas anécdotas, claro.
Una fue la verdad acerca de la citación.
Empezó diciendo "no, no te lo quiero contar, porque vas a querer ir a pegarle y yo no puedo tener problemas acá en el pueblo..." y otra sarta de frases hechas de piba quilombo a novio merquero.
No le expliqué que por las cagadas que se mandara ella, no iba a enojarme con nadie más que con ella.
Resulta que, mientras se desintoxicaba, la abuela iba construyendo la casa, de a poco, con gente del pueblo como peones.
Fran, con la muletilla de que ninguna medicación le sirve más que el porro, se pasa el día fumando.
Con tal actitud, que una vez que la abuela estaba en Buenos Aires y ella sola, uno de los peones la ve fumar.
"Y entonces le tuve que convidar", me explica.
"NO!".
Mi suposición había sido cierta: ya tenía ganas de pegarle a ella, y del otro ni me acordaba.
Mi opinión respecto de este tipo de cosas quedó clara: a)- uno tiene que aprender a bancarse las ganas de fumar, o cualquier vicio, lo suficiente como para no hacerlo cuando te puede poner en una situación incómoda.
b)- si te pasa algo como esto, atenerse por la cara a la situación base: "si: yo fumo mientras vos trabajás porque estoy en mi casa y soy tu jefe: andá a poner esto acá y eso allá y hacelo ahora, que yo tengo que fumarme este porro."
Para la próxima quizás lo haga.
Para esta vez, lo que hizo fue hacerse cómplice del tipo, fumando juntos a escondidas de la abuela.
Por supuesto, en la charla, sale el tema de su reclusión en el Chocón.
No la culpo, yo me pasé dos años enteros diciéndole a todo el mundo que tengo hiv, casi antes de decirles mi nombre. Lleva tiempo dejar de tener ganas de que tu historia te defina, y más tiempo aún olvidarla.
Doy fe: a todo se llega.
Pero Fran todavía tenía pocos meses en el pueblo, y le contó todo.
Incluído, claro, que no podía tomar nada de alcohol, y menos que menos, vodka.
A la semana, por supuesto, el tonto aparece con una botella de vodka.
"Y yo, claro" dice Fran, "me tomé primero dos medidas y después, claro: la botella entera".
"Y claro, quise ir al pueblo a tomar mas".
"Y claro, el tipo me quiso coger, pero claro: le puse dos manos que le rompí la nariz y me fuí al pueblo sola".
Me reí un buen rato a expensas del estúpido que se quiso coger a la hija del herrero, hasta que terminó la anécdota.
El final no me pareció tan gracioso.
"Me fui al pueblo, bardée, no me acuerdo nada pero me dijeron que bailé streep tease sobre la mesa del único bar que hay".
"Al día siguiente me llegó la citación de la jueza de paz, y ahí chatée con vos"
"Después de ir"
"No, antes"
"Pero... me dijiste..."
"Pero era lo que pensaba hacer!! pero no estaba segura!! y no sabés lo bien que me vino todo lo que me dijiste cuando pensabas que ya lo había hecho: fue lo que me decidió a ir!!".
Permanecí ligeramente incómodo desde entonces.
Hubo más anécdotas, del presente y del pasado.
Cambiamos mucha data, yo me enojé con su padre de vuelta, ella con mi madre por primera vez.
Me contó que ella le conseguía porro al padre, cuando tenía doce años.
Que le quiso convidar a mi medio hermano Javier, hijo de un matrimonio intermedio de Felisa, que entonces vivía con ella y Guillermo mientras yo vivía con mi padre, pero Guillermo le dijo que "no, Javier tiene que estudiar, no hay que darle porro, hay que cuidarlo".
Tienen la misma edad, Fran y Javi.
Nos preguntamos bastante porqué a Javier había que cuidarlo y a ella no.
Me contó que poco después de la anécdota del vodka el invierno se puso duro en Neuquén, y en cierto momento dejó de salir de la casa. Un día pasó el albañil del vodka, y le dejó un paquete de galletitas, de puchos y un yogur, de onda, porque vio que no estaba saliendo.
"Se lo agradezco para siempre" dijo, con el gesto de quien eleva algo a la mayor dignidad y se compromete a mantenerlo ahí hasta la tumba.
Me pareció demasiado para galletitas y yogur.
Pero también agradece a mi madre que la haya ayudado a abortar.
Un chico menos es un problema menos, no consigo sacarme la ecuación de la cabeza.
miércoles, 7 de julio de 2010
Lo llamaban El Castillo - IV
Partes uno, dos y tres.
Arreglo todo en mi trabajo, tomo vacaciones por un mes.
Estaba en ese momento viviendo en una pensión y llevando adelante el juicio de sucesión de la casa de mi padre (para luego determinar qué haría con el intruso instalado adentro): las cuentas me cerraban muy justas, se me venían gastos grandes para el juicio y estaban por subirme el alquiler en la pensión, cuyo piso se hundía solo.
José me venía ofreciendo hacía tiempo la sala de ensayo de su banda para dormir. De repente, la mejor combinación posible era aprovechar el momento en que re hicieran el piso de la pensión, que tendría que abandonar obligatoriamente la pieza, para irme a Neuquén, pasar una semana o un mes, lo que pudiera, con Francisca, y volver directamente a la sala de ensayo para empezar a ahorrar el dinero que pudiera.
Temía que eso implicara terminar de abandonar mis pretensiones de trabajar con los masajes: a duras penas me daba la cara para llevar gente a la pensión -solo amigos con los que trabajaba por truque- mucho menos podría llevar desconocidos por dinero a una sala de ensayo.
La fantasía de volver y ocuparme de promocionarme a domicilio flotaba, pero estaba todo todavía demasiado lejos. Me intrigaba mucho saber con qué me encontraría en El Chocón. Mis experiencias con cocainómanos empedernidos me tintineaba recuerdos de desbordes y melodramas ridículos y agobiantes que escalan rápidamente a violencia visceral, inmensas cantidades de veneno repentinamente sueltas en el aire. Relaciones que se perpetúan sólo aceptando esa dinámica, a las que siempre renuncié muy rápidamente.
Terminé decidiendo viajar en avión por una oferta de ida y vuelta. Estaba preparado para volver como fuera, sabía que difícilmente pudiera cumplir las fechas de la aerolínea. Tenía posibilidades alternativas: Daniel estaba trabajando como maestro rural una o dos provincias más al sur. Si todo explotaba, podía volverme a Baires, o bajar y terminar mis vacaciones en Gualjaina, o esos lugares.
Bajé del avión y me tomé unos minutos de ansiedad en el bar del aeropuerto mientras Fran llegaba. Me avisa que está cerca, la veo acercarse desde la otra punta. Miles de palabras y risas por minuto, no podemos parar. No íbamos a poder parar en casi tres días.
Encaramos hacia la casa, y empieza a disculparse de antemano. Está muy ansiosa de que no desvalorice lo que tiene, preocupada. No sabe que me conformo con muy poco, o no recuerda lo que era Cascallares, donde compartimos la mayor parte de nuestra infancia en común.
El lugar donde vive ahora es una casa pre fabricada sobre una pila de tierra que nivela el terreno exacto de la casa y un metro más a los costados. Después, cae abruptamente. Parece una cajita puesta sobre una montañita de tierra y piedras, en un barrio en construcción a cierta distancia del pueblo del Chocón.
Por dentro tiene tres ambientes mínimos pegados entre sí, una cocina a garrafa y un baño con termotanque eléctrico de veinte litros.
A cinco minutos de caminata, el lago artificial creado por la represa, inmenso, gigante. Se lo puede caminar por horas sin hacer ni la mitad de su circunferencia.
La casa la empezó a construir Bubi con la intención de tener un lugar de fin de semana.
Se evidenció en cierto momento como la última posibilidad para Francisca de estar en algún lugar.
Dejamos la exploración para otro momento, nos empezamos a poner al día.
Inmediatamente antes de esto, me cuenta, había vivido cerca de Felisa. Al mismo tiempo casi que yo abandono la casa de Felisa en una bola de confusión y angustia, sin saber aún que le debía el encubrimiento de mi propio pasado y el familiar, Bubi le da a Fran un departamento a tres cuadras, en el mismo barrio, San Cristóbal.
Con tanta mala suerte que San Cristóbal es, hoy día, una de las cocinas de pasta base de capital federal.
Al poco tiempo había vendido todo lo que tenía en el departamento, había bailado desnuda en la calle frente al despacho local de pasta base con la intención de demostrar que estaba más loca que otra fumona que la quiso asustar, había llenado el departamento de fumones, se había enamorado de un linyera.
Lo invitó a vivir en su departamento para fumar juntos, me contaba cómo él no tenía dientes pero fue el único que le dio un orgasmo a través del sexo oral.
Que Santiago, en diez años de estar enamorados, no le había dado prácticamente ninguno, de ninguna forma.
Que el linyera terminó yéndose: como toda persona que de alguna forma termina viviendo en la calle, prefirió eso.
Que para ese momento el departamento estaba lleno de otros fumones, ella misma no pasaba tanto tiempo dentro.
Que Felisa y Bubi la visitaban seguido, ahí, pero ella no podía pasar ya más de cinco minutos sin fumar, así que entre la mugre del basural en que se fue convirtiendo el lugar, le pedía a su abuela “mirá para otro lado”, y se prendía una pipa rápida.
Que se prostituía en Constitución, literalmente por dos pesos.
Insistió mucho en esa frase y esa cantidad.
Que se pasaba a veces días en la escalera de entrada de la casa donde compraba, junto con muchos otros fumones que se iban conociendo mutuamente, de estar siempre ahí, pidiendo, vendiéndose, comprando.
Que casi vivían en esa escalera.
La llamaban El Castillo.
Que muchos decían que veían fantasmas de muertos anteriores en los escalones en que se sentaban ellos ahora.
Que un día me vió pasar.
Que la miré de frente y no la ví.
Puede ser, perfectamente puede ser.
Arreglo todo en mi trabajo, tomo vacaciones por un mes.
Estaba en ese momento viviendo en una pensión y llevando adelante el juicio de sucesión de la casa de mi padre (para luego determinar qué haría con el intruso instalado adentro): las cuentas me cerraban muy justas, se me venían gastos grandes para el juicio y estaban por subirme el alquiler en la pensión, cuyo piso se hundía solo.
José me venía ofreciendo hacía tiempo la sala de ensayo de su banda para dormir. De repente, la mejor combinación posible era aprovechar el momento en que re hicieran el piso de la pensión, que tendría que abandonar obligatoriamente la pieza, para irme a Neuquén, pasar una semana o un mes, lo que pudiera, con Francisca, y volver directamente a la sala de ensayo para empezar a ahorrar el dinero que pudiera.
Temía que eso implicara terminar de abandonar mis pretensiones de trabajar con los masajes: a duras penas me daba la cara para llevar gente a la pensión -solo amigos con los que trabajaba por truque- mucho menos podría llevar desconocidos por dinero a una sala de ensayo.
La fantasía de volver y ocuparme de promocionarme a domicilio flotaba, pero estaba todo todavía demasiado lejos. Me intrigaba mucho saber con qué me encontraría en El Chocón. Mis experiencias con cocainómanos empedernidos me tintineaba recuerdos de desbordes y melodramas ridículos y agobiantes que escalan rápidamente a violencia visceral, inmensas cantidades de veneno repentinamente sueltas en el aire. Relaciones que se perpetúan sólo aceptando esa dinámica, a las que siempre renuncié muy rápidamente.
Terminé decidiendo viajar en avión por una oferta de ida y vuelta. Estaba preparado para volver como fuera, sabía que difícilmente pudiera cumplir las fechas de la aerolínea. Tenía posibilidades alternativas: Daniel estaba trabajando como maestro rural una o dos provincias más al sur. Si todo explotaba, podía volverme a Baires, o bajar y terminar mis vacaciones en Gualjaina, o esos lugares.
Bajé del avión y me tomé unos minutos de ansiedad en el bar del aeropuerto mientras Fran llegaba. Me avisa que está cerca, la veo acercarse desde la otra punta. Miles de palabras y risas por minuto, no podemos parar. No íbamos a poder parar en casi tres días.
Encaramos hacia la casa, y empieza a disculparse de antemano. Está muy ansiosa de que no desvalorice lo que tiene, preocupada. No sabe que me conformo con muy poco, o no recuerda lo que era Cascallares, donde compartimos la mayor parte de nuestra infancia en común.
El lugar donde vive ahora es una casa pre fabricada sobre una pila de tierra que nivela el terreno exacto de la casa y un metro más a los costados. Después, cae abruptamente. Parece una cajita puesta sobre una montañita de tierra y piedras, en un barrio en construcción a cierta distancia del pueblo del Chocón.
Por dentro tiene tres ambientes mínimos pegados entre sí, una cocina a garrafa y un baño con termotanque eléctrico de veinte litros.
A cinco minutos de caminata, el lago artificial creado por la represa, inmenso, gigante. Se lo puede caminar por horas sin hacer ni la mitad de su circunferencia.
La casa la empezó a construir Bubi con la intención de tener un lugar de fin de semana.
Se evidenció en cierto momento como la última posibilidad para Francisca de estar en algún lugar.
Dejamos la exploración para otro momento, nos empezamos a poner al día.
Inmediatamente antes de esto, me cuenta, había vivido cerca de Felisa. Al mismo tiempo casi que yo abandono la casa de Felisa en una bola de confusión y angustia, sin saber aún que le debía el encubrimiento de mi propio pasado y el familiar, Bubi le da a Fran un departamento a tres cuadras, en el mismo barrio, San Cristóbal.
Con tanta mala suerte que San Cristóbal es, hoy día, una de las cocinas de pasta base de capital federal.
Al poco tiempo había vendido todo lo que tenía en el departamento, había bailado desnuda en la calle frente al despacho local de pasta base con la intención de demostrar que estaba más loca que otra fumona que la quiso asustar, había llenado el departamento de fumones, se había enamorado de un linyera.
Lo invitó a vivir en su departamento para fumar juntos, me contaba cómo él no tenía dientes pero fue el único que le dio un orgasmo a través del sexo oral.
Que Santiago, en diez años de estar enamorados, no le había dado prácticamente ninguno, de ninguna forma.
Que el linyera terminó yéndose: como toda persona que de alguna forma termina viviendo en la calle, prefirió eso.
Que para ese momento el departamento estaba lleno de otros fumones, ella misma no pasaba tanto tiempo dentro.
Que Felisa y Bubi la visitaban seguido, ahí, pero ella no podía pasar ya más de cinco minutos sin fumar, así que entre la mugre del basural en que se fue convirtiendo el lugar, le pedía a su abuela “mirá para otro lado”, y se prendía una pipa rápida.
Que se prostituía en Constitución, literalmente por dos pesos.
Insistió mucho en esa frase y esa cantidad.
Que se pasaba a veces días en la escalera de entrada de la casa donde compraba, junto con muchos otros fumones que se iban conociendo mutuamente, de estar siempre ahí, pidiendo, vendiéndose, comprando.
Que casi vivían en esa escalera.
La llamaban El Castillo.
Que muchos decían que veían fantasmas de muertos anteriores en los escalones en que se sentaban ellos ahora.
Que un día me vió pasar.
Que la miré de frente y no la ví.
Puede ser, perfectamente puede ser.
domingo, 4 de julio de 2010
Lo llamaban El Castillo - III
Primera y segunda parte.
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Siguió pasando el tiempo, nuevos acontecimientos importantes: a fines de 2008 recupero en terapia la memoria de un abuso sexual a manos de mi tía Alicia, lo denuncio ante la familia y allegados: ante algunos en persona, a los no tan cercanos mediante una circular de e-mail.
Fran responde tarde: cuando mandé la circular estaba en otra internación por desintoxicación.
Mi padre ya había muerto, en una secuencia larga y con muchas secuelas.
Mi relación con mi familia materna se rompe, como indica el manual que ocurre cuando alguien denuncia algo así, con una excepción importante: mi tía Luci cuenta los antecedentes del tema en la familia, y sus hijos, José y Daniel, presencian cuando Felisa y Alicia llaman a Luci para pedirle que no lo divulgue. Lucila les cuenta que ya lo hizo, y en la siguiente llamada, mi madre y tía avisan que van a negar todo. El resultado de este movimiento es que José y Daniel se alineen conmigo, diciendo, en síntesis: "si tu recuerdo infantil del abuso es o no es cierto, ya no importa: vimos a tu madre diciendo que va a mentir sobre un antecedente importante".
Todo esto tuvo más consecuencias, ya irá llegando el turno de contarlas.
Cierto día, chateamos de vuelta con Fran.
Me cuenta que está en El Chocón, muy bien, muy contenta.
Pero que se mandó un moco.
Charlamos y me cuenta que se tomó un vodka, luego no recuerda nada, luego tiene esta citación de la jueza de paz del pueblo.
Las consecuencias de bajar la merca con whisky desde los trece años incluyen la amnesia alcohólica.
Sépanlo, intégrenlo en sus consideraciones.
Charlamos un poco, me cuenta que ya había encarado la situación: "fuí, les dije que mi pareja murió y que desde entonces tengo problemas con el alcohol, que por eso me vine acá y que tuve una recaída y que no va a volver a pasar".
Al escucharla decir que había puesto la cara me surgió una alegría creciente, cada vez más expandida en mi pecho.
Sentí que era el cambio verdadero, el único que importaba de todo: desintoxicarse en la Patagonia era necesario, pero aprender a afrontar las consecuencias de los propios hechos y no permitir que crecieran como una bola de nieve... eso era fundamental, y era nuevo.
Le dije con claridad lo que pensaba: "creo que acabás de activar el auto amor y la posibilidad de empezar a protegerte sola".
Nos alegró tanto esa charla, que empezamos a fantasear con encontrarnos.
La verdad es que su última oferta, de casi dos años atrás, también fue parte del deseo.
Por otro lado, como dijera su hermana Margarita, "con Fran siempre sabés que puede ser la última vez".
Sabiendo que incluso en el mejor de los casos me encontraría algo re pesado, y siguiendo mi puta costumbre de buscarme la damisela con más gusto de revolcarse en el barro para limpiarla, busqué las mejores herramientas posibles.
Alicia ya me había ofrecido pasarme la desprogramación un par de veces, yo lo venía rechazando por evitarme responsabilidades, con la excusa de "no sentirme a la altura". Ahora, por suerte en un sentido laxo, la gravedad habitual de la situación restaba importancia al fracaso. Hablamos con Ali, le expuse mi temor de que el proceso de reprogramación pudiera ser demasiado extremo y desencadenar alguna de las acciones que tantas veces estuvieron a punto de matarla.
Ali no lo pensó mucho y en una de tantas posturas que uno no se espera de una ancianita blandita que habla despacito dijo "... si se tiene que morir, que se muera desprogramada".
Sepan eso, también.
También fui con Tati, que me pasó un ejercicio de constelaciones para hacer sin gente, ocupando uno mismo los diferentes roles por momentos. Interesante, pero a ese sí que no me sentí en condiciones de sacarle el jugo, pese a la confianza de Tati.
Igual, me llevé todo.
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Siguió pasando el tiempo, nuevos acontecimientos importantes: a fines de 2008 recupero en terapia la memoria de un abuso sexual a manos de mi tía Alicia, lo denuncio ante la familia y allegados: ante algunos en persona, a los no tan cercanos mediante una circular de e-mail.
Fran responde tarde: cuando mandé la circular estaba en otra internación por desintoxicación.
Mi padre ya había muerto, en una secuencia larga y con muchas secuelas.
Mi relación con mi familia materna se rompe, como indica el manual que ocurre cuando alguien denuncia algo así, con una excepción importante: mi tía Luci cuenta los antecedentes del tema en la familia, y sus hijos, José y Daniel, presencian cuando Felisa y Alicia llaman a Luci para pedirle que no lo divulgue. Lucila les cuenta que ya lo hizo, y en la siguiente llamada, mi madre y tía avisan que van a negar todo. El resultado de este movimiento es que José y Daniel se alineen conmigo, diciendo, en síntesis: "si tu recuerdo infantil del abuso es o no es cierto, ya no importa: vimos a tu madre diciendo que va a mentir sobre un antecedente importante".
Todo esto tuvo más consecuencias, ya irá llegando el turno de contarlas.
Cierto día, chateamos de vuelta con Fran.
Me cuenta que está en El Chocón, muy bien, muy contenta.
Pero que se mandó un moco.
Charlamos y me cuenta que se tomó un vodka, luego no recuerda nada, luego tiene esta citación de la jueza de paz del pueblo.
Las consecuencias de bajar la merca con whisky desde los trece años incluyen la amnesia alcohólica.
Sépanlo, intégrenlo en sus consideraciones.
Charlamos un poco, me cuenta que ya había encarado la situación: "fuí, les dije que mi pareja murió y que desde entonces tengo problemas con el alcohol, que por eso me vine acá y que tuve una recaída y que no va a volver a pasar".
Al escucharla decir que había puesto la cara me surgió una alegría creciente, cada vez más expandida en mi pecho.
Sentí que era el cambio verdadero, el único que importaba de todo: desintoxicarse en la Patagonia era necesario, pero aprender a afrontar las consecuencias de los propios hechos y no permitir que crecieran como una bola de nieve... eso era fundamental, y era nuevo.
Le dije con claridad lo que pensaba: "creo que acabás de activar el auto amor y la posibilidad de empezar a protegerte sola".
Nos alegró tanto esa charla, que empezamos a fantasear con encontrarnos.
La verdad es que su última oferta, de casi dos años atrás, también fue parte del deseo.
Por otro lado, como dijera su hermana Margarita, "con Fran siempre sabés que puede ser la última vez".
Sabiendo que incluso en el mejor de los casos me encontraría algo re pesado, y siguiendo mi puta costumbre de buscarme la damisela con más gusto de revolcarse en el barro para limpiarla, busqué las mejores herramientas posibles.
Alicia ya me había ofrecido pasarme la desprogramación un par de veces, yo lo venía rechazando por evitarme responsabilidades, con la excusa de "no sentirme a la altura". Ahora, por suerte en un sentido laxo, la gravedad habitual de la situación restaba importancia al fracaso. Hablamos con Ali, le expuse mi temor de que el proceso de reprogramación pudiera ser demasiado extremo y desencadenar alguna de las acciones que tantas veces estuvieron a punto de matarla.
Ali no lo pensó mucho y en una de tantas posturas que uno no se espera de una ancianita blandita que habla despacito dijo "... si se tiene que morir, que se muera desprogramada".
Sepan eso, también.
También fui con Tati, que me pasó un ejercicio de constelaciones para hacer sin gente, ocupando uno mismo los diferentes roles por momentos. Interesante, pero a ese sí que no me sentí en condiciones de sacarle el jugo, pese a la confianza de Tati.
Igual, me llevé todo.
viernes, 2 de julio de 2010
Lo llamaban El Castillo - II
Viene de acá.
Va hacia nada.
En alguna remodelación de alguna casa donde vivieran, las nenas denuncian abuso sexual por parte de los albañiles.
Este tipo de episodios son regularmente confusos por un motivo: los adultos siempre prefieren dudar de la palabra del niño antes que enfrentar a otro adulto con una acusación importante.
Detalle interesante, parece que Bubi si creyó o tomó la declaración de Margarita, y no la de Fran.
O así lo cuenta ella años después, diciendo con claridad que no recuerda nada, pero que sabe que "ve pitos" desde antes de los seis años.
Esto me lo contó en El Chocón, refugiada de la pasta base.
Durante varios años, nos vimos muy cada tanto.
Yo desarrollé mi relación disfuncional con mis padres, ella se acostumbró a vivir de fiesta en boliches y ambiente high rock, mientras la hermana y abuela pagaban clínicas y tratamientos. Con la muerte de Santiago, su amigovio desde los catorce años, empezó a fumar quetedique en vez de tomar por la nariz como dios manda.
Su experiencia con drogas ya superaba toda la que yo tengo aun hoy.
Cuando empezó a profundizar su relación con la pasta base, tomó también la costumbre de aparecer por casa de Felisa en busca de refugio.
Era lo más parecido que conocía a una madre.
Felisa ya había cortado con Guillermo, entre otros cambios. Uno de ellos fue cierta tendencia a hacerse cargo, ahora si, de Francisca, dentro de lo que puede hacerse cargo una persona de otra, mayor de edad y con el sesgo de personalidad que te da el consumo temprano.
Fran siempre fue físicamente muy linda, y mezclaba eso con un estilo de niña entre inocente, traviesa y absolutamente desenfrenada que le retribuía mucho en Cocodrilo con hombres mayores.
Y a mi me volvía loco, también.
En la época en que empezó a aparecer seguido por lo de Felisa yo vivía ahí todavía, y no pude evitar re enamorarme de ella. Los sentimientos que había tenido años atrás, infantiles, volvieron a un cuerpo ahora adulto.
Recuerdo el día en que llegó: yo estaba con Ana, explorando algo que se quebró ahí mismo al responder el timbre y ver sorpresivamente a Fran en la puerta, algo demacrada de la gira pero tan linda como pude verla. Nos cortó el polvo y la historia, en el mismo gesto involuntario. Dejé a Ana en pausa para prepararle a Fran un mate, y nunca más volví.
Ese año le declaré mi amor, y ella rehusó. Era evidente algo que yo aún no asumía: temía perder su refugio.
Yo, que todavía no sabía lo que se me venía por delante, estaba convencido de que a fuerza de enamorarnos podríamos dejar, yo el alcohol, ella la merca.
Todavía no había blanqueado que ya estaba en la pipa.
Siguieron pasando los años. Mis acontecimientos importantes fueron Sabrina, el masaje, la escritura, diversos episodios con mi padre que fueron perfilando mi hepatitis, el cáncer de mi primo.
Muy poco antes del cáncer de Nacho, chateamos un día, yo medio ebrio y sin decirlo, ni saber que ella también lo estaba, quedamos en encontrarnos a mitad de camino, bebimos más, muchísimo más, chocamos todo lo que encontramos, le dijimos a quien se cruzara que éramos hermanos, fuimos a un hotel.
Un poco más de tiempo aún, y llega la fecha de mi contagio de hiv.
Nos encontramos, Fran teme habérmelo contagiado porque no sabe si tiene. Muchos de sus novios y amantes eran portadores, ella gusta de dar detalles crudos: es muy probable que estuviera infectada también. Le explico que no, que nos habíamos cuidado bien. Además, las fechas no daban, con seguridad. Pero ni antes ni ahora hizo su propio examen.
Nos despedimos con mi frase de aquel momento, lo primero que dijera mi tía Alicia: "el tema no es la salud, que está cubierto, sino encontrar pareja o tener una vida más o menos normal".
"Cuando necesites coger, llamame", dice Fran.
Va hacia nada.
En alguna remodelación de alguna casa donde vivieran, las nenas denuncian abuso sexual por parte de los albañiles.
Este tipo de episodios son regularmente confusos por un motivo: los adultos siempre prefieren dudar de la palabra del niño antes que enfrentar a otro adulto con una acusación importante.
Detalle interesante, parece que Bubi si creyó o tomó la declaración de Margarita, y no la de Fran.
O así lo cuenta ella años después, diciendo con claridad que no recuerda nada, pero que sabe que "ve pitos" desde antes de los seis años.
Esto me lo contó en El Chocón, refugiada de la pasta base.
Durante varios años, nos vimos muy cada tanto.
Yo desarrollé mi relación disfuncional con mis padres, ella se acostumbró a vivir de fiesta en boliches y ambiente high rock, mientras la hermana y abuela pagaban clínicas y tratamientos. Con la muerte de Santiago, su amigovio desde los catorce años, empezó a fumar quetedique en vez de tomar por la nariz como dios manda.
Su experiencia con drogas ya superaba toda la que yo tengo aun hoy.
Cuando empezó a profundizar su relación con la pasta base, tomó también la costumbre de aparecer por casa de Felisa en busca de refugio.
Era lo más parecido que conocía a una madre.
Felisa ya había cortado con Guillermo, entre otros cambios. Uno de ellos fue cierta tendencia a hacerse cargo, ahora si, de Francisca, dentro de lo que puede hacerse cargo una persona de otra, mayor de edad y con el sesgo de personalidad que te da el consumo temprano.
Fran siempre fue físicamente muy linda, y mezclaba eso con un estilo de niña entre inocente, traviesa y absolutamente desenfrenada que le retribuía mucho en Cocodrilo con hombres mayores.
Y a mi me volvía loco, también.
En la época en que empezó a aparecer seguido por lo de Felisa yo vivía ahí todavía, y no pude evitar re enamorarme de ella. Los sentimientos que había tenido años atrás, infantiles, volvieron a un cuerpo ahora adulto.
Recuerdo el día en que llegó: yo estaba con Ana, explorando algo que se quebró ahí mismo al responder el timbre y ver sorpresivamente a Fran en la puerta, algo demacrada de la gira pero tan linda como pude verla. Nos cortó el polvo y la historia, en el mismo gesto involuntario. Dejé a Ana en pausa para prepararle a Fran un mate, y nunca más volví.
Ese año le declaré mi amor, y ella rehusó. Era evidente algo que yo aún no asumía: temía perder su refugio.
Yo, que todavía no sabía lo que se me venía por delante, estaba convencido de que a fuerza de enamorarnos podríamos dejar, yo el alcohol, ella la merca.
Todavía no había blanqueado que ya estaba en la pipa.
Siguieron pasando los años. Mis acontecimientos importantes fueron Sabrina, el masaje, la escritura, diversos episodios con mi padre que fueron perfilando mi hepatitis, el cáncer de mi primo.
Muy poco antes del cáncer de Nacho, chateamos un día, yo medio ebrio y sin decirlo, ni saber que ella también lo estaba, quedamos en encontrarnos a mitad de camino, bebimos más, muchísimo más, chocamos todo lo que encontramos, le dijimos a quien se cruzara que éramos hermanos, fuimos a un hotel.
Un poco más de tiempo aún, y llega la fecha de mi contagio de hiv.
Nos encontramos, Fran teme habérmelo contagiado porque no sabe si tiene. Muchos de sus novios y amantes eran portadores, ella gusta de dar detalles crudos: es muy probable que estuviera infectada también. Le explico que no, que nos habíamos cuidado bien. Además, las fechas no daban, con seguridad. Pero ni antes ni ahora hizo su propio examen.
Nos despedimos con mi frase de aquel momento, lo primero que dijera mi tía Alicia: "el tema no es la salud, que está cubierto, sino encontrar pareja o tener una vida más o menos normal".
"Cuando necesites coger, llamame", dice Fran.
miércoles, 30 de junio de 2010
Lo llamaban El Castillo - I
Va en partes. El que avisa no es traidor: es largo, es un montón de mierda y no lleva a ningún lado.
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Nos conocemos con Francisca desde que yo tenía trece años y ella nueve.
Es la hija del imbécil que fuera la última pareja duradera de mi madre: Guillermo, un herrero, peronista, ex exiliado, terriblemente chamuyero, alcohólico, mentiroso, infantil, violento.
Tuvimos mucho contacto con Fran el primer año de conocernos, caminábamos los fines de semana por el rio de Cascallares, entre flores silvestres, buscando nada. Una alegría muy fuerte me llenaba cada vez que nos encontrábamos, junto con cierta confusión. A partir de sus diez, once años, nuestros encuentros comenzaron a espaciarse cada vez más.
Mi madre recuerda lo que dije cuando nos reencontramos por primera vez en mucho tiempo con Fran, muy casualmente, en la calle. Yo era un chico superado ya por aquella época y dije: "me embolan las nenas que largan el chupete y agarran la cocaína".
Teníamos en ese momento yo diez y siete años, Fran trece.
Cuando llegó a los diez y seis, se presentó un día con Felisa, mi madre, a contarle que estaba embarazada, y todavía hoy cuenta como algo valioso que Felisa la acompañara a abortar. En aquella época yo todavía no tenía una postura tomada frente al aborto, pero tendía a estar en contra. Al charlarlo con Felisa, me cortó con gesto inexorable, diciendo "es un problema menos".
Yo hubiera preferido que tres años antes hiciera algún intento de disuadirla de coger a cambio de falopa, pero lo digo desde la perspectiva que da el tiempo.
El tiempo, y el desarrollo calamitoso de los acontecimientos.
Superando los diez y ocho años, Fran tenía ya una larga historia de internaciones en clínicas de desintoxicación, salidas y reincidencias.
En esa época, me encontraba metido en problemas profundos con mi padre, de los que ya hablé en otro lado. Lo peor de todo es que no lo sabía: consideraba a mi padre una persona sana todavía, y más aún, destacablemente inteligente. Tardaría varios años más en darme cuenta de su profunda locura.
Mientras, me emborrachaba de lunes a lunes.
No nos veíamos mucho con Francisca por esa época, porque ella vivía con su abuela y hermana maternas.
Su madre murió en un accidente de auto cuando Fran tenía dos años. Su tío y abuelo maternos habían muerto poco antes. De su familia paterna nunca supimos nada. Guillermo no llevó a ninguna de sus hijas a vivir con él, ni antes ni después de convivir con Felisa.
Tras el accidente, Francisca y Margarita, su hermana cuatro años mayor, vivieron un tiempo con la siguiente esposa de Guillermo, a la cual embarazara para tener su tercer hija, María, y abandonarlas de repente. A todas juntas. Esta mujer, con una hija propia, dos ajenas y sin marido, pasó un tiempo de presiones que la volvieron bastante cruel.
En algún momento, la abuela materna de Fran y Margarita recupera a sus dos nietas e intenta convivir con ellas. Desde entonces hasta ahora, la llaman "Bubi".
Tal vez sobre repetirlo, pero es necesario que quede claro: Bubi había perdido en breve tiempo a su marido y a sus dos hijos veinteañeros, varón y nena, madre de Fran y Margarita. No estaba para mucho, la vieja.
Algunos detalles, sin embargo, es difícil saber de dónde salen, como el recuerdo claro de Francisca de estar almorzando y que la abuela soltara frases del tipo de “y con esta cara de puta enfrente tengo que comer yo”. Era la época en que Francisca aún no sabía lo que significaba “puta”.
Ni cuan profundamente lo aprendería en el futuro cercano.
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Nos conocemos con Francisca desde que yo tenía trece años y ella nueve.
Es la hija del imbécil que fuera la última pareja duradera de mi madre: Guillermo, un herrero, peronista, ex exiliado, terriblemente chamuyero, alcohólico, mentiroso, infantil, violento.
Tuvimos mucho contacto con Fran el primer año de conocernos, caminábamos los fines de semana por el rio de Cascallares, entre flores silvestres, buscando nada. Una alegría muy fuerte me llenaba cada vez que nos encontrábamos, junto con cierta confusión. A partir de sus diez, once años, nuestros encuentros comenzaron a espaciarse cada vez más.
Mi madre recuerda lo que dije cuando nos reencontramos por primera vez en mucho tiempo con Fran, muy casualmente, en la calle. Yo era un chico superado ya por aquella época y dije: "me embolan las nenas que largan el chupete y agarran la cocaína".
Teníamos en ese momento yo diez y siete años, Fran trece.
Cuando llegó a los diez y seis, se presentó un día con Felisa, mi madre, a contarle que estaba embarazada, y todavía hoy cuenta como algo valioso que Felisa la acompañara a abortar. En aquella época yo todavía no tenía una postura tomada frente al aborto, pero tendía a estar en contra. Al charlarlo con Felisa, me cortó con gesto inexorable, diciendo "es un problema menos".
Yo hubiera preferido que tres años antes hiciera algún intento de disuadirla de coger a cambio de falopa, pero lo digo desde la perspectiva que da el tiempo.
El tiempo, y el desarrollo calamitoso de los acontecimientos.
Superando los diez y ocho años, Fran tenía ya una larga historia de internaciones en clínicas de desintoxicación, salidas y reincidencias.
En esa época, me encontraba metido en problemas profundos con mi padre, de los que ya hablé en otro lado. Lo peor de todo es que no lo sabía: consideraba a mi padre una persona sana todavía, y más aún, destacablemente inteligente. Tardaría varios años más en darme cuenta de su profunda locura.
Mientras, me emborrachaba de lunes a lunes.
No nos veíamos mucho con Francisca por esa época, porque ella vivía con su abuela y hermana maternas.
Su madre murió en un accidente de auto cuando Fran tenía dos años. Su tío y abuelo maternos habían muerto poco antes. De su familia paterna nunca supimos nada. Guillermo no llevó a ninguna de sus hijas a vivir con él, ni antes ni después de convivir con Felisa.
Tras el accidente, Francisca y Margarita, su hermana cuatro años mayor, vivieron un tiempo con la siguiente esposa de Guillermo, a la cual embarazara para tener su tercer hija, María, y abandonarlas de repente. A todas juntas. Esta mujer, con una hija propia, dos ajenas y sin marido, pasó un tiempo de presiones que la volvieron bastante cruel.
En algún momento, la abuela materna de Fran y Margarita recupera a sus dos nietas e intenta convivir con ellas. Desde entonces hasta ahora, la llaman "Bubi".
Tal vez sobre repetirlo, pero es necesario que quede claro: Bubi había perdido en breve tiempo a su marido y a sus dos hijos veinteañeros, varón y nena, madre de Fran y Margarita. No estaba para mucho, la vieja.
Algunos detalles, sin embargo, es difícil saber de dónde salen, como el recuerdo claro de Francisca de estar almorzando y que la abuela soltara frases del tipo de “y con esta cara de puta enfrente tengo que comer yo”. Era la época en que Francisca aún no sabía lo que significaba “puta”.
Ni cuan profundamente lo aprendería en el futuro cercano.
lunes, 21 de junio de 2010
El fin de la nostalgia
Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (4 páginas)
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Escribí hace mucho un artículo titulado "Espadas y copas, cosas que se entrenan y cosas que se cultivan".
Narraba en él cómo tuve que abandonar, en mi propósito de ampliar mi percepción, mi vieja dinámica machacona de darle y darle a algo, porque la sensibilidad no crece a la manera de los músculos, sino que se limpia y despeja, a la manera de los canales. Usaba para ello algunas metáforas sacadas de la práctica del tarot, asumiendo que la percepción está vinculada a la función del palo de las copas.
Conté en otro lado también el progresivo cambio de una sexualidad hiperestimulada que escondía la secreta necesidad de aparecer ante la mujer envuelto en la coraza de mi erección, escondido tras ella también, hacia una más tranquila, donde podía empezar a rendir mi masculinidad en un orgasmo, deponer mis armas.
Y también conté mi tendencia a disolverme en los otros, a perder mi identidad, y su vinculación con esta permanente sensación de nostalgia, este anhelo constante de la piel.
Participé durante alrededor de un año y medio en talleres de Terapia de Constelaciones Familiares, un sistema que tiene una dinámica de funcionamiento realmente curiosa e impactante: uno pide a otra persona que represente a personas o hechos del propio sistema familiar, y los representantes experimentan sensaciones, emociones, sentimientos e incluso transformaciones de carácter que se corresponden con los del sistema familiar de la persona representada, a pesar de que representante y representado no se conozcan entre sí, e incluso aún cuando el propio representado no se reconozca en lo que emerge. Es muy común que uno se entere de cosas en un taller de constelaciones, que luego descubre que se corresponde con hechos históricos de su familia que no conocía (concientemente, claro) al momento de constelar.
También se dice mucho que cada vez que una persona elige a otra para representarlo, es porque la problemática de ambas está de alguna manera vinculada, o tocan en algún punto que sirve a cada uno.
Preguntándome cómo puede ocurrir este fenómeno, se desplegaba un abanico de respuestas posibles. La gente que enseña constelaciones en Argentina, habla del campo morfogenético. Hellinger, el creador, habla de un alma externa al cuerpo a través de la que se ejerce la comunicación.
Supongo que al fin de cuentas mi teoría se ajusta más la suya, porque sostengo que el transvase de información que ocurre en Constelaciones Familiares entre una persona y otras es una función del área de copas.
Hace años vengo llevando adelante el proyecto Tarot Colectivo, donde regularmente debo explicar a ilustradores que no conocen de tarot, lo mínimo indispensable para que puedan dibujar cada uno una carta con cierto rigor, que sea algo más que una ilustración, que contenga las ideas mínimas que fui descubriendo, robando o desarrollando al respecto.
Suelo decirles que cada palo es una descripción práctica, aplicable, de una función psíquica y del grupo de "órganos psíquicos" que la cumplen.
Que los bastos representan el instinto y la líbido, por lo que son tan difíciles de percibir como de desobedecer, que las espadas son el pensamiento racional y operativo, por lo que se identifican indebidamente y por demás con el ego, y que las copas son el sentir, emocional y vivencial, junto con el pensamiento aglutinante, que crea en imágenes y entiende por símbolos, que conecta los espacios instintivos con los racionales, y los inconcientes con los concientes.
Hago mucho hincapié en el aspecto de que son una herramienta sensorial, que conocen el mundo a través del contacto, que son el saber por sentir.
Tengo un gesto físico con el cual explico que cada palo reside en un área del cuerpo y que la de copas es la del pecho: plexo y esternón, y otro gesto con el cual dibujo la manera en que funciona la irradiación de su sensibilidad.
Este gesto consiste en extender las manos desde mi pecho dibujando ondas de agua imaginarias que salen del corazón y van cubriendo todo, anegando y envolviendo todos los objetos, como agua, hasta en sus más mínimos detalles.
Al final, cuando cada objeto está totalmente cubierto, la energía de copas tiene una imagen tridimensional de ese objeto, molécula a molécula.
Parecido a como se hacen los moldes de cera perdida.
Es una función tanto perceptiva como expresiva, aunque su aspecto expresivo suele ser tan sutil que la mayor parte de la gente no lo asume como un sentido regular, sino como "corazonadas", "sensaciones", etc.
Mi sospecha es que, al momento de entrar en una habitación llena de personas dispuestas a trabajar sus sistemas familiares, los respectivos órganos de copas se disparan e intercambian información a nivel sub o inconciente, como perros oliéndose mutuamente a toda velocidad. A los pocos minutos, los roles están inconcientemente repartidos, todos saben lo necesario de todos los demás, quién es cada uno, qué viene a trabajar y con quién le conviene emparejarse en el trabajo, y es solamente cuestión de esperar al desarrollo del taller para ir poniendo en práctica la información que cada uno tomó de y ofreció a los demás.
Es una idea, y hasta hace poco la basaba, como dice mi amigo Ale Horsmann, en absolutamente nada.
Hasta encontrar esta maravillosa cita de Helmuth Wilhelm, en su traducción del Tao Te King:
"... para los chinos, "el corazón" es, ante todo, uno de los cinco sentidos, correspondiéndole la función del complejo sensorial que permite el contacto más directo con el mundo exterior y al que nosotros solemos llamar, en lenguaje popular "el sentimiento"".
Gracias Helmuth.
Las cursivas son mías.
Agrega luego que justamente por ser el órgano más conectado con lo externo, el corazón es también la fuente del deseo orientado hacia afuera.
Recientemente decidí sumar, a mis tres años de terapia con Alicia Valero, el año y medio de Constelaciones y las diversas prácticas paralelas, un tratamiento de rei ki Karuna con Marcela Cavallo, la persona que me hizo sacar el rei ki de la bolsa de "boludeces simpáticas chuchis" y ponerla en el estante de "cosas serias a estudiar con detenimiento".
El tratamiento completo será transcripto en otro momento, el punto a señalar esta vez es que en cada sesión conviene tener una intención de trabajo, que lo guíe. También se puede trabajar "a lo que salga" y un par de veces lo hicimos, pero en una de ellas surgió una sensación clara.
Poco antes había hecho mi último trabajo en constelaciones sobre el tema "pareja" y, sorprendentemente, lo que salió fue un claro desinterés al respecto. "No estoy disponible ahora" fue la frase definitoria. Me fui descontento con el resultado, pero con el pasar de los días hasta me asenté con más firmeza y alegría en esa actitud.
Tras muchos años de buscar una contención y no encontrarla, de vincularme con gente que buscaba la misma contención a veces e incluso de ser abiertamente estafado hace muy poco, tomarme un descanso de esta necesidad, me pareció genial.
"La verdad" pensaba "un poco me vendría bien, una pareja, pero son tantas las cosas que desconozco del cómo, y tantas las tareas pendientes en otras áreas, que hasta pueden ser requisito previo (como mi reconstrucción económica tras los desastres que dejara mi viejo en su larga muerte), que me parece lo mejor sacar la cabeza de ahí y ponerla en otra cosa. Nunca apareció una mujer que me guste por buscarla o esperarla, ni dejaron de aparecer a lo largo de los años".
Lo que daba a esto la pauta de "descanso" es el hecho de que casi mecánicamente, al acostarme y despertarme, hecho de menos la presencia de un cuerpo al lado.
Un reclamo permanente de mi piel misma, totalmente físico, por caricias. Un sentir hecho carne, y un sentir la falta hecho carne.
Es extraño, dado que dormí la mayor parte de mi vida solo, y es familiar, desde que me dí cuenta de cuánto busco en el contacto y el deseo de besos y mimos, a mi madre en la forma en que no estuvo. Hay cuentas pendientes que se saldan rápido, y otras que salen en cuotas.
Pero, durante no sé ya cuántos años, viví proyectando alrededor mío una búsqueda insaciable de contacto, abrazos y contención, mandando afuera un enjambre de sondas, un embrollo de nervios vivos e intangibles que buscaban permanentemente en el aire el apoyo de una piel, encontrando sólo vacío.
Me acostumbré a llenar ese vacío con la misma búsqueda, a apoyarme en mi propio gesto interno de pedido para no sentir la nada alrededor.
Parte del progresivo trabajo de reunificación conmigo mismo desarrollado en terapia, tuvo como consecuencia un proceso inverso a este reclamo permanente de caricias, que se siente desde adentro como un reconcentrarme en mi propia piel. Poco a poco, en vez de estar permanentemente abierto, a la espera, con un gesto interno de manito extendida que nadie toma, empiezo a replegar esta mano, no desde el rencor que lleva a la insensibilidad, como fuera parte de mi vida, sino desde un cambio de prioridades. Poco a poco, fui llenándome de mí mismo y aprendiendo a pararme solo. Es cada vez menos la necesidad de contención, y más el placer por el otro, el motor potencial de una relación. Y digo potencial porque siento como algo absolutamente natural mantenerme solo hasta que este proceso concluya.
No estar abierto y a la espera, no ser presa del anhelo, tiene como contraparte una percepción mucho más definida de mi individualidad.
Comienzo a dejar de experimentar deseo por el tipo de imágenes románticas que me gustaban antes, plenas de abrazos, pasión, fusión y confusión, y empezar a tener otras imágenes del amor: dos campanas resonando juntas, dos personas con ejes propios, un gusto sincero por el misterio ajeno vivido desde el borde de mi piel y no desde adentro de la suya.
En el medio, percibo extrañas manifestaciones de una sexualidad futura, o mejor dicho, presente pero de aplicación futura (claro: el celibato es parte de mi vida, hoy). Tras el largo aprendizaje para poder tener un orgasmo con una pareja, llegó de repente, mucho después, otra idea casi sacrílega para mí: la posibilidad de no responsabilizarme porque mi pareja tenga un orgasmo. Pasar de ser protagonista, conquistador de orgasmos, a ser compañero, espectador, objeto en un sentido nuevo y no dañino. Ocuparme egoístamente de tener mi propio orgasmo y permitir que la otra parte haga lo mismo y me disfrute como le surja y no como mi sentido del deber dicta.
No sé, tal vez sea una etapa, pero si semejante sacrilegio es un paso... el camino siguiente es insospechado.
También por eso no tengo apuro por salir a aplicarlo en la práctica, supongo... estoy un poco harto de tanta novedad.
En una de las sesiones de rei ki, había detectado este reconcentrarme, retirar del aire alrededor mío la búsqueda de caricias, y propuse tomar la profundización de este proceso como intención para la sesión. En realidad, lo decidí en algo así como cinco segundos, en los que pasé de decir "no, no tengo intención particular que trabajar hoy" a decir "podría ser esto de retirar mi energía de la expectativa amorosa y re apropiármela".
Al decirlo, siento miedo.
Imagino mi ser concentrado, por fin compacto y retirado del entorno, y me doy cuenta de que lo que espero que pase es sentir frío mortal de parte del entorno.
Lo expreso, charlamos un poco más, y el miedo se vuelve vértigo. Eso me decide. Tengo ya todo lo necesario para saber que mi miedo es ficticio, que es hora de demostrármelo y poder cambiar de vida, otra vez. Otro paso.
Hay cuentas que se saldan en cuotas.
Pero algún día se terminan.
Al terminar la sesión, Marcela cuenta que realizó una "cirugia etérica" (nota mental para buscar más info en el futuro), y que retiró del sacro "plastrones de energía" y "lazos" que "no sé ni quiero saber a dónde llevaban, a qué te ataban", dice. No cuestiono lo extraño de sus afirmaciones, a esta altura. En cambio, tengo una idea clara de adónde estaban anclados esos lazos energéticos del sacro. La noche anterior, de hecho, había tenido un arrebato de furia hacia una persona con la que nunca concretamos nada, pero en quien deposité grandes, muy grandes expectativas. Golpeé un almohadón durante mucho tiempo antes de que se me acabaran las ganas.
Sabía que me iba a olvidar inmediatamente durante días, pero me hice otra nota mental de chequear en el futuro, y hoy veo que es cierto lo que esperaba: pleno desinterés, olvido.
Bienvenido sea, era hora.
Arrancada mi última fantasía de satisfacer el anhelo de la piel, la última interferencia, encarriladas mis acciones en una senda que no permite ni siquiera el fantaseo con nuevas personas, ni pensar demasiado en la soledad o compañía, confío en que se termine de producir la evolución interna de mis ideales de pareja ya sin más intromisiones, ni siquiera la mía. Y sé que eso va a tener ramificaciones en muchos más espacios, incluso no conectados.
No puedo imaginar, obviamente, cómo será eso en el futuro, pero me queda claro que despejar el aire produce otra visión, que condensarme en mí produce otro tacto, que limpiar el canal perceptivo de mi corazón modifica el contacto directo con la realidad.
Siento algo de vértigo, al pensarlo.
Y mucha alegría.
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Escribí hace mucho un artículo titulado "Espadas y copas, cosas que se entrenan y cosas que se cultivan".
Narraba en él cómo tuve que abandonar, en mi propósito de ampliar mi percepción, mi vieja dinámica machacona de darle y darle a algo, porque la sensibilidad no crece a la manera de los músculos, sino que se limpia y despeja, a la manera de los canales. Usaba para ello algunas metáforas sacadas de la práctica del tarot, asumiendo que la percepción está vinculada a la función del palo de las copas.
Conté en otro lado también el progresivo cambio de una sexualidad hiperestimulada que escondía la secreta necesidad de aparecer ante la mujer envuelto en la coraza de mi erección, escondido tras ella también, hacia una más tranquila, donde podía empezar a rendir mi masculinidad en un orgasmo, deponer mis armas.
Y también conté mi tendencia a disolverme en los otros, a perder mi identidad, y su vinculación con esta permanente sensación de nostalgia, este anhelo constante de la piel.
Participé durante alrededor de un año y medio en talleres de Terapia de Constelaciones Familiares, un sistema que tiene una dinámica de funcionamiento realmente curiosa e impactante: uno pide a otra persona que represente a personas o hechos del propio sistema familiar, y los representantes experimentan sensaciones, emociones, sentimientos e incluso transformaciones de carácter que se corresponden con los del sistema familiar de la persona representada, a pesar de que representante y representado no se conozcan entre sí, e incluso aún cuando el propio representado no se reconozca en lo que emerge. Es muy común que uno se entere de cosas en un taller de constelaciones, que luego descubre que se corresponde con hechos históricos de su familia que no conocía (concientemente, claro) al momento de constelar.
También se dice mucho que cada vez que una persona elige a otra para representarlo, es porque la problemática de ambas está de alguna manera vinculada, o tocan en algún punto que sirve a cada uno.
Preguntándome cómo puede ocurrir este fenómeno, se desplegaba un abanico de respuestas posibles. La gente que enseña constelaciones en Argentina, habla del campo morfogenético. Hellinger, el creador, habla de un alma externa al cuerpo a través de la que se ejerce la comunicación.
Supongo que al fin de cuentas mi teoría se ajusta más la suya, porque sostengo que el transvase de información que ocurre en Constelaciones Familiares entre una persona y otras es una función del área de copas.
Hace años vengo llevando adelante el proyecto Tarot Colectivo, donde regularmente debo explicar a ilustradores que no conocen de tarot, lo mínimo indispensable para que puedan dibujar cada uno una carta con cierto rigor, que sea algo más que una ilustración, que contenga las ideas mínimas que fui descubriendo, robando o desarrollando al respecto.
Suelo decirles que cada palo es una descripción práctica, aplicable, de una función psíquica y del grupo de "órganos psíquicos" que la cumplen.
Que los bastos representan el instinto y la líbido, por lo que son tan difíciles de percibir como de desobedecer, que las espadas son el pensamiento racional y operativo, por lo que se identifican indebidamente y por demás con el ego, y que las copas son el sentir, emocional y vivencial, junto con el pensamiento aglutinante, que crea en imágenes y entiende por símbolos, que conecta los espacios instintivos con los racionales, y los inconcientes con los concientes.
Hago mucho hincapié en el aspecto de que son una herramienta sensorial, que conocen el mundo a través del contacto, que son el saber por sentir.
Tengo un gesto físico con el cual explico que cada palo reside en un área del cuerpo y que la de copas es la del pecho: plexo y esternón, y otro gesto con el cual dibujo la manera en que funciona la irradiación de su sensibilidad.
Este gesto consiste en extender las manos desde mi pecho dibujando ondas de agua imaginarias que salen del corazón y van cubriendo todo, anegando y envolviendo todos los objetos, como agua, hasta en sus más mínimos detalles.
Al final, cuando cada objeto está totalmente cubierto, la energía de copas tiene una imagen tridimensional de ese objeto, molécula a molécula.
Parecido a como se hacen los moldes de cera perdida.
Es una función tanto perceptiva como expresiva, aunque su aspecto expresivo suele ser tan sutil que la mayor parte de la gente no lo asume como un sentido regular, sino como "corazonadas", "sensaciones", etc.
Mi sospecha es que, al momento de entrar en una habitación llena de personas dispuestas a trabajar sus sistemas familiares, los respectivos órganos de copas se disparan e intercambian información a nivel sub o inconciente, como perros oliéndose mutuamente a toda velocidad. A los pocos minutos, los roles están inconcientemente repartidos, todos saben lo necesario de todos los demás, quién es cada uno, qué viene a trabajar y con quién le conviene emparejarse en el trabajo, y es solamente cuestión de esperar al desarrollo del taller para ir poniendo en práctica la información que cada uno tomó de y ofreció a los demás.
Es una idea, y hasta hace poco la basaba, como dice mi amigo Ale Horsmann, en absolutamente nada.
Hasta encontrar esta maravillosa cita de Helmuth Wilhelm, en su traducción del Tao Te King:
"... para los chinos, "el corazón" es, ante todo, uno de los cinco sentidos, correspondiéndole la función del complejo sensorial que permite el contacto más directo con el mundo exterior y al que nosotros solemos llamar, en lenguaje popular "el sentimiento"".
Gracias Helmuth.
Las cursivas son mías.
Agrega luego que justamente por ser el órgano más conectado con lo externo, el corazón es también la fuente del deseo orientado hacia afuera.
Recientemente decidí sumar, a mis tres años de terapia con Alicia Valero, el año y medio de Constelaciones y las diversas prácticas paralelas, un tratamiento de rei ki Karuna con Marcela Cavallo, la persona que me hizo sacar el rei ki de la bolsa de "boludeces simpáticas chuchis" y ponerla en el estante de "cosas serias a estudiar con detenimiento".
El tratamiento completo será transcripto en otro momento, el punto a señalar esta vez es que en cada sesión conviene tener una intención de trabajo, que lo guíe. También se puede trabajar "a lo que salga" y un par de veces lo hicimos, pero en una de ellas surgió una sensación clara.
Poco antes había hecho mi último trabajo en constelaciones sobre el tema "pareja" y, sorprendentemente, lo que salió fue un claro desinterés al respecto. "No estoy disponible ahora" fue la frase definitoria. Me fui descontento con el resultado, pero con el pasar de los días hasta me asenté con más firmeza y alegría en esa actitud.
Tras muchos años de buscar una contención y no encontrarla, de vincularme con gente que buscaba la misma contención a veces e incluso de ser abiertamente estafado hace muy poco, tomarme un descanso de esta necesidad, me pareció genial.
"La verdad" pensaba "un poco me vendría bien, una pareja, pero son tantas las cosas que desconozco del cómo, y tantas las tareas pendientes en otras áreas, que hasta pueden ser requisito previo (como mi reconstrucción económica tras los desastres que dejara mi viejo en su larga muerte), que me parece lo mejor sacar la cabeza de ahí y ponerla en otra cosa. Nunca apareció una mujer que me guste por buscarla o esperarla, ni dejaron de aparecer a lo largo de los años".
Lo que daba a esto la pauta de "descanso" es el hecho de que casi mecánicamente, al acostarme y despertarme, hecho de menos la presencia de un cuerpo al lado.
Un reclamo permanente de mi piel misma, totalmente físico, por caricias. Un sentir hecho carne, y un sentir la falta hecho carne.
Es extraño, dado que dormí la mayor parte de mi vida solo, y es familiar, desde que me dí cuenta de cuánto busco en el contacto y el deseo de besos y mimos, a mi madre en la forma en que no estuvo. Hay cuentas pendientes que se saldan rápido, y otras que salen en cuotas.
Pero, durante no sé ya cuántos años, viví proyectando alrededor mío una búsqueda insaciable de contacto, abrazos y contención, mandando afuera un enjambre de sondas, un embrollo de nervios vivos e intangibles que buscaban permanentemente en el aire el apoyo de una piel, encontrando sólo vacío.
Me acostumbré a llenar ese vacío con la misma búsqueda, a apoyarme en mi propio gesto interno de pedido para no sentir la nada alrededor.
Parte del progresivo trabajo de reunificación conmigo mismo desarrollado en terapia, tuvo como consecuencia un proceso inverso a este reclamo permanente de caricias, que se siente desde adentro como un reconcentrarme en mi propia piel. Poco a poco, en vez de estar permanentemente abierto, a la espera, con un gesto interno de manito extendida que nadie toma, empiezo a replegar esta mano, no desde el rencor que lleva a la insensibilidad, como fuera parte de mi vida, sino desde un cambio de prioridades. Poco a poco, fui llenándome de mí mismo y aprendiendo a pararme solo. Es cada vez menos la necesidad de contención, y más el placer por el otro, el motor potencial de una relación. Y digo potencial porque siento como algo absolutamente natural mantenerme solo hasta que este proceso concluya.
No estar abierto y a la espera, no ser presa del anhelo, tiene como contraparte una percepción mucho más definida de mi individualidad.
Comienzo a dejar de experimentar deseo por el tipo de imágenes románticas que me gustaban antes, plenas de abrazos, pasión, fusión y confusión, y empezar a tener otras imágenes del amor: dos campanas resonando juntas, dos personas con ejes propios, un gusto sincero por el misterio ajeno vivido desde el borde de mi piel y no desde adentro de la suya.
En el medio, percibo extrañas manifestaciones de una sexualidad futura, o mejor dicho, presente pero de aplicación futura (claro: el celibato es parte de mi vida, hoy). Tras el largo aprendizaje para poder tener un orgasmo con una pareja, llegó de repente, mucho después, otra idea casi sacrílega para mí: la posibilidad de no responsabilizarme porque mi pareja tenga un orgasmo. Pasar de ser protagonista, conquistador de orgasmos, a ser compañero, espectador, objeto en un sentido nuevo y no dañino. Ocuparme egoístamente de tener mi propio orgasmo y permitir que la otra parte haga lo mismo y me disfrute como le surja y no como mi sentido del deber dicta.
No sé, tal vez sea una etapa, pero si semejante sacrilegio es un paso... el camino siguiente es insospechado.
También por eso no tengo apuro por salir a aplicarlo en la práctica, supongo... estoy un poco harto de tanta novedad.
En una de las sesiones de rei ki, había detectado este reconcentrarme, retirar del aire alrededor mío la búsqueda de caricias, y propuse tomar la profundización de este proceso como intención para la sesión. En realidad, lo decidí en algo así como cinco segundos, en los que pasé de decir "no, no tengo intención particular que trabajar hoy" a decir "podría ser esto de retirar mi energía de la expectativa amorosa y re apropiármela".
Al decirlo, siento miedo.
Imagino mi ser concentrado, por fin compacto y retirado del entorno, y me doy cuenta de que lo que espero que pase es sentir frío mortal de parte del entorno.
Lo expreso, charlamos un poco más, y el miedo se vuelve vértigo. Eso me decide. Tengo ya todo lo necesario para saber que mi miedo es ficticio, que es hora de demostrármelo y poder cambiar de vida, otra vez. Otro paso.
Hay cuentas que se saldan en cuotas.
Pero algún día se terminan.
Al terminar la sesión, Marcela cuenta que realizó una "cirugia etérica" (nota mental para buscar más info en el futuro), y que retiró del sacro "plastrones de energía" y "lazos" que "no sé ni quiero saber a dónde llevaban, a qué te ataban", dice. No cuestiono lo extraño de sus afirmaciones, a esta altura. En cambio, tengo una idea clara de adónde estaban anclados esos lazos energéticos del sacro. La noche anterior, de hecho, había tenido un arrebato de furia hacia una persona con la que nunca concretamos nada, pero en quien deposité grandes, muy grandes expectativas. Golpeé un almohadón durante mucho tiempo antes de que se me acabaran las ganas.
Sabía que me iba a olvidar inmediatamente durante días, pero me hice otra nota mental de chequear en el futuro, y hoy veo que es cierto lo que esperaba: pleno desinterés, olvido.
Bienvenido sea, era hora.
Arrancada mi última fantasía de satisfacer el anhelo de la piel, la última interferencia, encarriladas mis acciones en una senda que no permite ni siquiera el fantaseo con nuevas personas, ni pensar demasiado en la soledad o compañía, confío en que se termine de producir la evolución interna de mis ideales de pareja ya sin más intromisiones, ni siquiera la mía. Y sé que eso va a tener ramificaciones en muchos más espacios, incluso no conectados.
No puedo imaginar, obviamente, cómo será eso en el futuro, pero me queda claro que despejar el aire produce otra visión, que condensarme en mí produce otro tacto, que limpiar el canal perceptivo de mi corazón modifica el contacto directo con la realidad.
Siento algo de vértigo, al pensarlo.
Y mucha alegría.
martes, 8 de junio de 2010
Sesión 11 enero 2010
Agujas en el pie, entonces astillas.
Recuerdo de infancia.
Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja.
Imágenes de la casa de entonces.
Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete.
Rogelio de seis lo acompaña.
En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.
Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años.
De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.
Veo la vagina de Felisa.
La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.
Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque.
Todo se desdibuja, llamo a mi guía.
Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente.
Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.
Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.
Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.
Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.
Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.
Me parece bien, fríamente bien.
Terminamos la sesión.
Recuerdo de infancia.
Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja.
Imágenes de la casa de entonces.
Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete.
Rogelio de seis lo acompaña.
En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.
Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años.
De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.
Veo la vagina de Felisa.
La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.
Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque.
Todo se desdibuja, llamo a mi guía.
Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente.
Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.
Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.
Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.
Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.
Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.
Me parece bien, fríamente bien.
Terminamos la sesión.
jueves, 11 de marzo de 2010
El hombre, la puerta, el cuchillo
Para descargar al pdf y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (ojo, son 15 páginas)
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Despertarse después de perder es feo.
La falta de tiempo de descanso no es tan importante: es la voluntad de los músculos lo que no está más.
Una especie de falta de fe celular.
He comentado algunas cosas de la relación con mi padre, del constante cambio de roles de hijo a responsable, de su autoabandono increíble en profundidad y detalle, de su rebeldía ante cualquier decisión adecuada, de su concepto desesperantemente absurdo sobre el uso del pensamiento lateral.
Alicia, mi terapeuta psicológica, también lo atiende.
Al principio papá, por amenaza mía de terminar absolutamente la relación, y aprovechando la cercanía, comenzó a ir una vez por semana.
Al tiempo, a pesar de tener unos quinientos pesos por mes que le envía un amigo desde Chile y de tener un inquilino en un cuartito de su casa que le acercaba unos trescientos o cuatrocientos mas, manifestó que no podía pagar, por lo que Alicia dejó de cobrarle.
Poco después aseguró no poder cubrir las tres cuadras caminando, así que Alicia comenzó a ir a domicilio.
A los meses, cambió la comida por el tabaco, así que no tenía regularmente la energía necesaria para realizar una visualización, por lo que Alicia iba a su casa, gratis, a hacerle rei ki. O compañía.
Mi padre, como no quería subir y bajar el piso por escalera de su casa, daba indiscriminadamente llaves, del edificio y de la casa, a cualquiera que pudiera llegar a tener algo que hacer allí.
En cierto momento me quedé sin casa, durmiendo en el piso del estudio de un amigo
Mi padre accedió a serme garante para alquilar, pero el mismo día de firmar, se retractó, aduciendo que “dar una garantía es una responsabilidad muy grande”.
Desde ese día dejé de verlo.
Un día tiempo después me llamó el inquilino, para avisarme de que mi padre estaba internado. Parecía creer que eso ocurría por algo distinto que la conducta regular de mi padre, así que le aconsejé que no se preocupara demasiado porque esto le iba a pasar seguido.
También le dije que no me importaba dejar a mi padre morir solo.
MARTES
El martes pasado, antes de iniciar mi sesión, Alicia me dice: “considero que es tiempo de que te lo diga: hace tres semanas que no puedo entrar a lo de tu padre. La cerradura de su puerta está cambiada, y no contesta el teléfono”.
Totalmente tranquilo de que mi padre corre regularmente riesgo de muerte por autoabandono cuando se queda solo, pero de que siempre llega alguien a internarlo, con lo que se recupera plenamente - y quiero decir: plenamente - en pocos días de comer y tomar su medicación, dije que iría más tarde a chequear.
Al salir, saludé a mi amigo Pablo, que recién comienza terapia ahí mismo, y quedamos en que volvería a buscarlo al final de la sesión, para ver cómo le iba.
Llegué al edificio de mi padre, y toqué el timbre de la vecina María, una señora medio cachusa y renga pero de excelente disposición, que me comentó que si, que no veía a mi padre desde que lo internaron, tres semanas atrás.
Que había visto al inquilino sacando “cosas que mi padre le había encargado vender, para tener un poco de plata”. A veces no había preguntado nada, porque, por ejemplo, el televisor, podía habérselo llevado a mi padre al hospital.
Con mi padre, todo es posible, así que pregunté directamente por el cambio de cerradura. María no sabía nada.
Volví a buscar a Pablo, nos sentamos a tomar un café, y llamé al inquilino.
En una internación previa de mi padre, intermedia entre la ya dicha y anteriores, al pasar yo a chequear la casa, nos habíamos conocido: un taxista de unos cuarenta y cinco años, pelo negro peinado hacia atrás, estrábico. Cierto carisma, moralidad dudosa. Mi padre me había comentado que no era muy puntual con el pago, y que una vez le había pagado una parte y al rato se la había pedido prestada para dársela al hijo (a lo que mi padre accedió, y después quiso pedirme ese dinero a mí mientras esperaba que el inquilino se lo devolviera).
En la ocasión de conocernos, intercambiamos teléfonos por lo que pudiera ser necesario.
Esa noche usé ese teléfono desde el café.
“¿Mario?”
“¿Quién es?”
“Rogelio hijo... te llamo para ponerme un poco al tanto, porque me contaron unas cosas un poco raras...”
“¿Vos sabés dónde está tu padre?”
“Si, pero te llamaba por otra cosa, me dijeron que cambiaste la cerradura”
“¿Vos sabés dónde está tu padre?”
“Si: internado. ¿Porqué cambiaste la cerradura?”
“Porque en esta casa entra medio mundo mientras vos dejás que tu viejo se muera un hospital y no le alcanzás ni un vaso de agua!”
“Tá. ¿Entendés que no puede ser que seas vos el único que tenga acceso a la casa de mi padre?”
“Vos no podés decir nada porque no hacés nada por tu viejo y lo dejás morir en un hospital sin alcanzarle ni un vaso de agua”
Me levanté y salí del bar.
“Lo que hice y no hice por mi padre no lo sabés vos, asi que por favor – aunque mi tono de voz era bastante alto – no me juzgues, y no mezcles más los temas”.
“Porque a tu viejo lo llevo yo al hospital y vos ni aparecés!!”
“Tá. Yo te agradezco mucho todo lo que hacés por mi viejo, pero ¿cuándo nos podemos encontrar para que me des una copia de las llaves?”
“Acá no entra nadie!! Acá vivo yo y no entra más nadie!!”
“No es así. Ahí también vive mi viejo y vos no podés ser el único con acceso al departamento”.
“Tu viejo no vive acá porque se está muriendo en un hospital!!”
A la tercera vez que pasamos por el mismo lugar, opté por acortar algunas cosas: “ Estás diciendo mucho eso de que mi viejo se está muriendo en un hospital ¿Vos pensás que eso, si es que está pasando, te da derecho a quedarte con el departamento?”
“No, no... el dueño sos vos, eso no lo discute nadie”
“El dueño es mi padre mientras esté vivo. Pero mientras no se pueda mover, e incluso cuando pueda, no podés cambiar la cerradura sin avisarle a nadie. Por favor, no mezcles mas los temas: mi relación con mi padre no es asunto tuyo. Atengámonos a lo que sí tenemos que hablar”.
“El que vive acá soy yo y acá no entra nadie!”
“No es así: vos alquilás una piecita. Eso no te da derecho a tener las llaves de todo el departamento”.
“Yo tengo un contrato por todo el departamento”.
Acá hubo nuevos desacuerdos y desbordes, tuve que recordarle que la relación entre mi padre y yo no es asunto suyo.
“Bueno, esto no es para charlar por teléfono, mejor lo hablamos en persona”.
Terminamos quedando en vernos al día siguiente, llegó a cerrar con algo así como “no te discuto que el dueño sos vos – mi viejo, le corregí de vuelta – pero acá no entra nadie”.
Caminamos un poco para bajar la mala leche, y el pensamiento general que me dominaba era algo así como “este pobre gil se cree que por vivir seis meses con mi viejo se fué la guerra y se ganó una medalla”.
Para el día siguiente, esto había cuajado en bastante buena voluntad hacia él.
“A fin de cuentas, pensaba, el pobre boludo entró buscando un cuarto barato y quedó en la peor situación posible para que todo el mundo lo acuse de cualquier cosa”.
“Y es cierto, que fué él y no cualquiera de todos los otros posibles, incluído yo, el que lo terminó llevando estas últimas veces al hospital”.
Tiré el I Ching y salió El Viento, La Suavidad, “con buenas maneras se consigue lo que se quiere, incluso con personas irritables”.
Me pareció impecable, y muy en sintonía con mi pensamiento.
MIERCOLES
Al día siguiente, media hora antes de la fijada para el encuentro, Mario me llama para decirme vagamente que no iba a poder verme.
Insistí un poco en indagar, y dijo claramente “no tengo ganas, así que la que te queda es la vía judicial”.
Yo, todavía intentando mantener la buena voluntad – ahora me pregunto si por bondad o cobardía – traté de temperar, pero empezó a trepar solo hasta terminar gritando que “si quería se atrincheraba en el departamento y al que le fuera a romper las pelotas, lo sacaba a las patadas o los tiros”, y colgando.
Yo, algo nervioso pero menos que la noche anterior, volví a llamar, pacientemente, dos veces. La tercera me atiende, llamativamente calmado, y le digo: “Mario, no tengo interés en pelear: soy totalmente conciente de que no es mi padrino, ni mi tío, ni yo mismo los que estamos acompañando a mi padre en su muerte, sino vos, y eso para mi es valioso: no dejo de considerarlo”, etc, etc.
Quedamos en encontrarnos, de vuelta. Le recordé que llevara el contrato y él sugirió un lugar, cercano a la casa. Esperar entrar me parecía demasiado, así que no lo planteé.
Me conformaba con iniciar un contacto amable que sirviera de base para posteriores encuentros. Fué prácticamente la última vez que me comporté de manera estratégica, antes de perder el hilo.
Nos encontramos en un bar parrilla economiquísimo cerca de Scalabrini Ortiz y Corrientes. Llegó unos cinco minutos tarde y encaró al mozo con un fondo de familiaridad mientras le gritaba, serio, “Quién atiende esta mierda!!?”
“Yo” dijo el muchacho, mirándolo de frente, sin casi reaccionar.
“Ah, bueno, entonces traeme un café con leche”.
Interesante, pensé.
Atropellador, ambiguo, doble.
Le agradecí haber venido y planteé claramente: “Entiendo que vos pienses que soy Satanás, pero no me importa: no vine a charlar mis asuntos personales y familiares con vos. La relación con mi viejo está fuera de tema”.
Tras eso, charlamos con cierta fluidez.
Me dijo que había gente en el hospital que quería acercarse a mi viejo para ver si le podía quitar el departamento, que me convendría hacerme un poder general o algo asi.
Dijo que mi padre lo mandó una vez a cobrar la plata que le mandaban de Chile.
Fué honesto conmigo: “no pensaba darle ese dinero: en el hospital no lo puede usar, y además, hace cualquiera con la plata”. Estuve de acuerdo.
También dijo que al mismo día siguiente los quinientos pesos enteros fueron sustraídos de su casa.
“Por eso cambié la cerradura: medio mundo tenía la llave de esa casa, tu viejo se la daba a cualquiera”.
También estuve de acuerdo. Pero no dejó de incomodarme que fuera el único que hubiera visto quinientos pesos antes de que se perdieran. Tampoco me gustó que tratara de hacer recaer sospechas sobre la asistenta geriátrica que la municipalidad mandaba a casa de mi padre.
Llegó el tema del contrato, y mientras esperaba que lo mostrara, me explicó de que se trataba: un contrato por dos años de alquiler, por el departamento entero, ya pago por adelantado. Otros diez mil pesos que sólo había visto él.
También dijo que estaba pagando cosas que no le correspondían, como las expensas y los servicios, porque no sabía qué había hecho mi viejo con la plata.
Cundo me preguntó por tercera vez qué quería yo, lo pensé un momento y le dije, honestamente: “Quiero estar tranquilo: que vos seas el inquilino del departamento me sirve para que se mantenga. Lo demás lo iré viendo”.
Le dije que querría ver el contrato y los recibos, y quedamos en que arreglaríamos un segundo día para vernos.
Nos despedimos, invité el café, le agradecí nuevamente haber accedido al diálogo.
Y, tras dudarlo un poco, me fuí al Durand, a ver a mi viejo.
Se emocionó mucho de verme, yo me entristecí bastante. Su estado mental era claramente calamitoso.
Charlamos un poco y salí a preguntarle a algún médico sobre la situación.
La primera que encontré tenía un acento extraño, o extranjero, y al presentarme como el hijo del paciente de la cuatrocientos uno, dijo “Ah! Que bueno!, por favor, dame tu teléfono”.
“Es la primera vez que me piden el teléfono” dije, contento.
“Es que se habla en todo el piso de que tu papá ya no puede estar solo”
Me puso contento. Yo ya sabía esto desde años atrás, pero en una consulta con una abogada y una médica psiquiatra me convencieron de que no se podía demostrar con suficiente seguridad como para relevar a mi padre de sus derechos civiles, así que terminé haciendo lo único que me quedó para salvar la vida, sabiendo “que si me voy se cae y si me quedo se tira”.
Y lo dejé, librado a su suerte.
Este comentario de la médica parecía ser la primer señal de que algo estaba cambiando en el total de cosas.
Me aconsejó que pasara al día siguiente, a la mañana, por Asistencia Social, donde tal vez pudiera ayudarme a buscarle geriátrico, o por lo menos a saber qué hacer.
Sabiendo cabalmente que iba a tardar un rato largo en terminar de entender hasta dónde estaba conmovido por el reencuentro, me dispuse a cumplir con el último compromiso de la tarde, y fui a lo de Paula, una masajista que me presentara Alicia, de quien me considero descendiente en la línea de masaje que hacemos, y con quien desarrollamos casi inmediatamente una amistad que continuó después de que me diera el alta de su tratamiento.
En el medio, pasé por casa, tiré el I Ching de vuelta sobre la situación con mi padre. Siete, el Ejército: “es propicio designar ayudantes y hacer marchar ejércitos”.
Me imaginé a Mario como mi “General Enfermero de mi padre”, me reí y salí hacia lo de Paula.
También hice una lectura de cartas: el mejor camino posible era la idealización. Lo asumí como minimizar los detalles que me hacían ruido del dinero desaparecido y el contrato fantasma, en pro de la posibilidad de negociar, y de una posible buena voluntad verdadera de parte de Mario.

En la bici, empecé a cambiar mi parecer.
“¿Porqué no me mostró ni contrato ni recibos?”
Traté de no intranquilizarme, y todavía no entiendo porqué.
Al llegar a lo de Paula, le comenté los acontecimientos de ese mismo día y el anterior, y ella comenzó a mostrarse muy intranquila. Tiendo a desconfiar de sus instintos en todo lo que no sea masaje, pero ahora yo mismo estaba en la pendiente: el péndulo mental estaba volviendo desde una forzada confianza hacia la otra punta, y ya había pasado el punto medio.
Paula insistió en que lo mejor sería moverme rápido, incluso “no enfriarme” de la conmoción de haber visto a mi padre, que “podría ayudarme”.
Lo contrario de este consejo al sentido común no se me escapó, pero ya me picaban demasiadas cosas: había visto que mi padre no tenía su televisor, en el hospital.

Revisé mi agenda telefónica: aún figura Fernanda, a quien no veía desde hacía cosa de un año y, con la poca atención que le presto a la gente, no recordaba abogada de qué era exactamente.
Entre llamarla y rebotar en el contestador del celular, hice otros dos llamados: amigos aficionados a las artes marciales que tal vez se brindaran. Julio uno de ellos, Pablo el otro, que estuviera presente la noche anterior durante mi primer charla telefónica con Mario.
Les expliqué la situación, estuvieron de acuerdo en que todo era muy sospechoso, no dudaron de que mi padre estaba siendo robado.
“Estoy tratando de hablar con una abogada” les dije a cada uno en su momento.
“Vamos a ver qué me dice, pero estoy pensando que tal vez necesite hacer una entrada forzosa a la casa de mi padre, y no quisiera hacerla solo”.
“Además, voy a necesitar gente que ocupe la casa para que yo pueda ir al hospital, o moverme en general. La idea no es exponer a nadie a nada, pero necesito alguien que pueda llamar a la policía si el tipo trata de entrar cuando yo no estoy”.
Ambos aceptaron ayudarme, volví a intentar con Fer.
Me atendió en el teléfono de la casa, le expliqué todo suscintamente, coincidimos en lo mismo que habíamos hablado con Paula: si no me había mostrado el contrato, probablemente fuera porque no lo tenía.
Una denuncia polical por usurpación podía llevar entre semanas y meses.
“¿Podés saber cuándo el tipo no está en la casa?”, preguntó.
“Si: sale todas las noches y vuelve tipo seis de la mañana”
“Entonces te aconsejo que intentes la rápida”, dijo Fer, “y entres cuando el tipo no está, lo llames para decirle que no vuelva, y después negociás la entrega de sus cosas”.
“¿Y si resulta que si tiene contrato?” atiné a preguntarle, entre una llamada y otra. Las preguntas se me ocurrían siempre después de colgar, lo que tomé como señal clara de estar entrando en terreno de nerviosismo y alteración mental.
“Si tiene contrato, que lo haga valer desde afuera” respondió.
“Y si te pone una denuncia por violación de domicilio... bueno, si hace eso, yo te defiendo”.
Me preocupó el total de frase y tono, pero pensé en la cercanía del alta de mi padre, y en que por primera vez quizá tuviera apoyo médico para mandarlo a un geriátrico. Y que no tenía con qué pagarlo. Y que tal vez en quince días de ocupar el departamento pudiera vaciarlo lo suficiente para alquilarlo, y que si lo ponía barato, en otros quince días podría tener con suerte una entrada que fuera al menos cercana al costo presunto de un geriátrico. Qué hacer durante ese mes, ni idea, pero un mes, incluso el peor, termina pasando.
Volví a llamar a Julio.
“Se armó la de convóis” fué lo último que esperé nunca escucharme decir, y lo primero que me salió.
Julio saldría de trabajar a las seis de la mañana, cosa que me convenía porque a esa misma hora volvería Mario, y Pablo y yo ya estaríamos mas bien agotados, porque probablemente no lográramos dormir.
Convinimos una manera segura de que se acercara a la casa para minimizar el riesgo de encuentro con Mario, y quedamos en que le hacía el relevo a Pablo, y probablemente yo usara ese momento para salir a hacer... ni sabía qué. Lo que fuera que debiera hacer a las seis de la mañana del siguiente día.
Me senté unos minutos a comer la cena que Paula había preparado, y a las once menos cuarto de la noche salí corriendo a casa, a buscar mi DNI, la tarjeta para poder retirar algo de dinero por si acaso, y las llaves que no recordaba haber guardado de la puerta del edificio de la casa de mi padre.
JUEVES
Llegué, me tomé deliberadamente un minuto para ir al baño, pensando que no sabía cuándo podría volver a hacerlo y queriendo evitar los efectos más ridículos del stress, y al salir, me pregunté de vuelta “¿Qué hago si sí hay un contrato?”.
Ví el encendedor sobre la mesa y lo tomé.
Al salir toqué la puerta de Neri, mi vecino encargado de edificio, pensando que quizás por su trabajo conociera cerrajeros que hicieran urgencias nocturnas. No.
Mensajeé a Pablo que al llegar al lugar convenido buscara cerrajero. Que no lo llevara inmediatamente, que esperara que yo le diera el aviso de que la casa estaba vacía.
Porque otra de las cosas que llegué a consultar con Fer fué “'¿qué pasa si hay gente?”.
“Si hay gente, dejalo para mañana. Mejor hacer estas cosas de día. Y vos no lo conocés al tipo, ni supiste nunca que tu padre metió un inquilino en la casa”.
“¿A pesar de que estuve hablando con él esta tarde?”.
“Absolutamente si. Vos tenés que decir que nunca lo viste, que no sabías que había nadie viviendo adentro, que te enteraste de que tu padre está internado, le querías llevar cosas, te encontraste con la cerradura cambiada y no pensaste”.
“Ok”.
No había guardado copia de la llave, así que llegando a la casa, llamé de vuelta a María para preguntarle si tendría problema en prestarme una copia de la llave de abajo, para poder entrar con el cerrajero.
Le expliqué la situación y le aclaré “así que de acá en más, yo nunca conocí a este tipo Mario. Por favor, si te preguntan, no digas otra cosa”.
Viajando en la bici, pensaba en el I Ching, y me decía que esto se parecía más a “designar ayudantes y mover ejércitos”. Me reproché el forzar mi pensamiento hacia la armonía, asumí que había sido para evitar el conflicto, me critiqué la cobardía.
Por momentos, recordaba lo honestamente que le había manifestado mi buena voluntad a Mario, y en cuánto cambiara mi pensamiento, en lo claro que se me hacía de repente que no me hubiera mostrado contrato ni recibos.
Y pensaba “lo estoy re traicionando”.
Y después “Y está buenísimo!!”.

Me llega mensaje de Pablo “ESTOY TRANSPIRANDO ME TIEMBLAN LAS PIERNAS ME DUELE EL ESTOMAGO NO PUEDO HACERLO”
“POR FAVOR RECAPACITA NO QUIERO QUE TE METAN UN TIRO”.
Respondo. “No te preocupes, no hace falta que entres, por favor buscame el cerrajero”.
Eran las once de la noche pasadas.
Llego, llamo a María una vez más, le pregunto si notó que el inquilino se fuera. Me dice “no hay luz, acá, y a esta hora ya no está nunca”.
“Perfecto. Voy a llamar unas cuantas veces. Si no me contesta nadie, te toco a vos para que me pases la llave y llamo un cerrajero. ¿Conocés alguno que atienda de noche?”.
No, no conocía.
Nadie contestó el timbre.
Me pasó unas llaves, le pedí que me dejara el juego completo para poder mostrarle al cerrajero que tenía llaves de arriba, pero que no servían.
Dejé la bicicleta en el pasillo y salí a buscar cerrajero.
Mensaje de Pablo “No encuentro ningun cerrajero abierto. Estoy cansado de dar vueltas. Me voy a dormir”.
Lo llamo: “Loco, TRAEME UN CERRAJERO”. Cuelgo.
Pregunto al policía de la esquina por una cerrajería, le expongo la mentira preparada al caso. Me sugiere que entre por lo de algún vecino y me descuelgue por la ventana. No me detuve a responderle que si él mismo me veía haciendo eso, debía llevarme preso.
Encuentro una cerrajería, empiezo a probar con los números de emergencias. Me atienden sólo los contestadores, consigo nuevos números, en todos lo mismo.
Tengo que reponer la carga del celular con tarjeta, no me atrevo a dejar de pasar cada tanto por la puerta del edificio, a ver si hay algún cambio.
La lavandera de al lado me reconoce, me da charla, intento no evidenciar que sé de la existencia de un inquilino.
No consigo cerrajero.
Nuevo mensaje de Pablo. Se va, no busca más cerrajero, nunca llegó.
Entré al edificio a ver si la bici seguía en el pasillo, me senté un rato, pensé tristemente “esto no es mover ejércitos”. Eran cerca de las doce y media.
Estaba por retirarme cuando llega el último mensaje de Pablo. “Encontré una cerrajería con turnos nocturnos – tal teléfono”.
“Ya fue” le escribí, totalmente desanimado. “Mañana veo que hago”.
Pero pensé en la sentencia “hace falta un hombre fuerte que conduzca el ejército”, y en Julio viniendo a las seis de la mañana, y en la casa vacía, y llamé, y me atendieron, y sólo quedaba sentarme a esperar.
Del lado de afuera del edificio, todos los taxis me parecían sospechosos.
Pasé media hora más diciéndome que no hay forma de que alguien acorte su jornada laboral en seis horas, que tenía tiempo de sobra para que el cerrajero llegara, hiciera lo suyo y yo lo mío.
Llegó, entramos, sacó un taladro eléctrico de entre las herramientas, miró alrededor y me preguntó por enchufes en el pasillo del edificio. Buscamos pero no encontramos nada más que algunas cajas de llaves generales de luz, de algunos departamentos, incluído el de mi padre abajo, al pie de la escalera.
Antes me había preguntado si yo podía despertar a algún vecino para certificar mi pertenencia al edificio. Le expliqué que prefería no hacerlo, por ser todos personas mayores.
Al preguntarle cómo hacía regularmente para conseguir enchufes para trabajar, me respondió, creí que con una sonrisita, “y, en general le pedimos a algún vecino”.
Le tocó de nuevo a María.
El sonido del taladro aumentó un poco mi dolor de estómago, y al mismo tiempo algo en mi empezó a reconocer la necesidad de relajarme.
“Ahora si, está ya todo jugado”, me dije.
Al abrir el tipo la puerta, decidí hacer algo, aunque más no fuera para moverme y sacar algo de adrenalina, y le dije “mientras vos ponés la cerradura nueva, voy al baño, permiso”.
Crucé la puerta y ví tres cosas al mismo tiempo: el espacio que ocupara el piano en que mi padre aprendió a tocar, estaba vacío.
Lo mismo pasaba con el espacio de la mesa de madera donde dió clases por años.
Y había luz en su dormitorio.
Susurré al cerrajero que saliera del departamento un minuto, explicándole que no debería haber nadie, y me acerqué a la puerta del dormitorio.
Golpeé, y no respondió nadie, así que la empujé con un dedo. Adentro había un hombre, terminando de vestirse y tomando un bolsito deportivo viejo y roto.
Trató de darme la mano y presentarse, lo ignoré y le pregunté quién era y cómo había entrado.
“Soy un amigo de Mario, él me dijo que podía dormir acá esta noche”.
“Esa es la cama de mi padre” dije.
“No quería causar problemas, ni siquiera desarmé la cama”
Miré el revoltijo de frazadas y sábanas, era cierto. Ni la había desarreglado, ni la había arreglado. Así como la encontró, se tiró encima. El pobre diablo.
Pensé en cuando llegaran, en cualquier orden, Mario o Julio, y le pedí que se fuera.
Ya estaba tan nervioso que me olvidé de que yo mismo estaba cambiando la cerradura, y, para prever que no volviera a entrar, le pregunté si tenía llaves.
“No”.
“¿Y cómo hizo para entrar?”
“Mario me abrió”.
“¿Y cómo iba a hacer para salir?”
“Es lo mismo que le pregunté yo a Mario”.
Cara de estupefacción.
“Pero me dijo que no me preocupara, que esperara a que volviera”.
Pobre diablo.
Le pedí disculpas mientras le abría la puerta de afuera y pensaba que tendría que dormir en la calle, por verlo envuelto en esto.
“A mi me hicieron un favor, no tenía dónde dormir”, me respondió.
Soy un estúpido.
Al volver, pedí disculpas al cerrajero, asegurándole que había llamado varias veces y nadie había respondido, cosa cierta además.
“¿Sabés las cosas que veo en este trabajo?”
Me cobró trescientos pesos y se fué.
En seguida me dí cuenta de que me había quedado sin la plata que esperaba usar para comprar comida para la toma.
Pero ya habría tiempo para pensar en eso.
Cerré con las dos llaves nuevas, y me dispuse a dar vuelta el departamento.
En el living había una mesa que soliera estar en la cocina, con facturas de servicios, un block de notas, una birome y anteojos apoyados encima.
Cierta mala leche me hizo revisar primero la pieza del inquilino, un espacio pequeñísimo a medias acondicionado y a medias no.
Encontré un carnet treinta años viejo de mi padre con el apellido mal escrito, un boleto de compra venta de la casa.
Seguí revolviendo, encontré un papel familiar, y se me cayó el corazón al piso.
Cuando pénsaba que mi padre me saldría de garante y estuve por alquilar departamento propio, pedí ejemplos de contratos inmobiliarios tipo.
Y este era, inequívocamente, un contrato inmobiliario, perfectamente redactado.
Y firmado por mi padre.
Por dos años de alquiler.

Sentí el encendedor en mi bolsillo, y me pregunté qué hacer.
Si el tipo tendría una copia.
Y lo peor de todo.
Si tal vez fuera un contrato legítimo.
Si hubiera negociado de buena fe.
Decidí guardar la poca documentación de mi padre que había encontrado en la mochila, y el contrato, por las dudas, cerca mío.
Previendo que quizás decidiera irme a casa y buscar al día siguiente a la abogada, que nos cruzáramos con Mario, que tuviera que luchar, era más difícil perderlo teniéndolo encima que en la mochila.
También pensé en distraer la atención con un paquete de documentos claro y visible en la mochila.
También pensé en seguir revisando el departamento a ver si encontraba algo más de mi padre.
Y ese fué uno de los últimos eslabones importantes en la larga cadena de estupideces de esa noche.
Mientras revisaba infructuosamente la habitación de mi padre, caí de repente en la cuenta de que hacía ya cerca de un minuto que escuchaba una llave intentando abrir la puerta.
Cambiaba de la cerradura de arriba a la de abajo.
Me acerqué a la puerta en el momento justo en que Mario empezó a gritar que abriera, insultando.
“Ni en pedo, y estoy llamando a la policía” dije, tomando el celular.
No recuerdo si golpeó la puerta o se apoyó fuerte, me insultó de vuelta y entendí que no se iría, así que llamé efectivamente.
“Mi nombre es Rogelio Ferreyra, estoy en tal calle, es la casa de mi padre, internado, vine a buscar ropa para llevarle, encontré las cerraduras cambiadas, entré con un cerrajero y ahora hay un hombre intentando entrar” dije, en voz lo bastante alta como para que el otro lo escuchara claramente.
No esperaba que se diera a la fuga, pero me pareció adecuado que lo supiera.
Tras un rato de amenazar desde detrás de la puerta, escucho que baja la escalera.
Y se apaga la luz en toda la casa.
Prendí la pantalla de mi celular, recordé alguna escena de “El negociador” y pensé “si está intentando ponerme nervioso, lo está logrando”, mientras alumbraba mi camino a la cocina y rebuscaba entre los cubiertos.
Lo mejor que encontré fue un tramontina de hoja delgada y serrucho finito y apretado.
No esperaba que intentara tirar la puerta, y menos que lo lograra, pero hacía poco más de veinticuatro horas, este mismo tipo había hablado de tiros.
Y si llegaba a pasar algo inesperado, no pensaba confiar sólo en mis manos.
Me puse tras la puerta, intentando oír algo de su presencia, y llamé de vuelta a la policía.
“Acabo de llamar, el individuo que está tratando de entrar acaba de cortar la luz de la casa, así que no voy a escuchar el timbre, por favor tóquenle a los vecinos”.
“El patrullero está llegando”
Llamé a María, le conté la situación, le pedí que no se arriesgara, pero que estuviera alerta. No recuerdo cómo ni porqué, hablé un momento con el ex marido, policía retirado, actualmente casi inválido, que se jactó de estar armado.
“Lo único que me faltaba” pensé, mientras lo imaginaba con bastón, pantalón a cuadros, nariz roja y corbata de moñito disparando al aire y puteando.
“Abrí, pelotudo, ya llegó la policía!!” gritó Mario desde la puerta.
“No voy a abrir por lo que digas vos”, dije.
Se acercó una segunda voz, pero recordé al homeless que sacara una hora antes, y, totalmente paranoiqueado, dije claramente que hasta que no me avisaran los vecinos que la policía estaba efectivamente fuera, no pensaba abrir.
“NO VE POR LA MIRILLA, SEÑOR, QUE SOY DE LA POLICIA?!”
Cuac.
Nunca en mi vida hasta este día tuve miedo de alguien tras la puerta. Jamás usé una mirilla y ahora, en la oscuridad, no podía verla.

La encontré al tacto y si, era la policía.
“Díganle que devuelva la luz así puedo abrir mejor” dije, algo avergonzado.
El resto es aburrido. Por miedo a que me registraran, cosa que no sabía si podían o no hacer, opté por mostrar el contrato a la policía.
Declaramos por separado, obviamente versiones absolutamente diferentes, y en el careo aterricé en un mutismo casi absoluto, en parte por el agotamiento y en parte por desinterés en intercambiar nada.
Mientras Mario repartía cigarrillos y charlaba animadamente con la policía, estuvimos todos de acuerdo en que era un contrato no del todo regular, pero en principio, válido.
Igualmente, no acepté retirarme sin que se me garantizara el acceso al departamento, y como la policía y, por supuesto, Mario, pensaban que yo debía devolver todas las llaves sin excepción, al rato llamaron al juzgado para que determinara el proceder policial.
Una vez hecho eso, me explicaron cómo es el procedimiento: se intenta conciliar por un tiempo prudencial, tras lo cual se deja todo en manos del juzgado, que podía determinar, por ejemplo, que yo había cometido violación de domicilio. Hubiera preferido que me explicaran el procedimiento antes.
Entre todas las cosas que me preguntaba, estaba si mentir que iba al baño para mandar un mensaje de texto a Julio avisándole “No vengas”, antes de que se hiciera la hora en que iba a llegar.
Afortunadamente, el juzgado resolvió que no había habido delito, ni por parte del inquilino por ahora, ni por parte del hijo del propietario, a lo que la policía me instó a entregar todas las llaves, tras lo cual el oficial dijo “bueno, nosotros nos vamos, uds hagan lo que quieran: charlen, mátense, pero si hacen ruido, los meto presos a los dos”.
Pensé en hablar algo con Mario, que se evidenciaba tranquilo y satisfecho, pero me pareció demasiado para ese mismo día, y también me dió cierto temor.
“Esperame y salgo con uds.”, dije.
Me consuelo pensando en el respingo que le vi dar de reojo a Mario cuando, queriendo tomar las facturas de la mesa para mostrar cómo se hace cargo de las cuentas de la casa, encontró un tramontina al lado de la birome, y cómo se tomó un segundo en ese momento.
Llegué a la calle en un estado de ánimo adormecido, casi anestesiado, y emprendí la vuelta a casa.
Eran las tres y media pasadas, y en cinco horas tenía que levantarme para volver al hospital.
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