ES IMPORTANTE SABER

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lunes, 11 de junio de 2012

La Rueda de la Fortuna por Adro Tenembaum

Características Generales de los Arcanos, Mayores y Menores

Todas las cartas de tarot son llamadas Arcanos, palabra cuya traducción más regular dice que significa "misterios".
Porqué una cosa cualquiera puede ser llamada un "misterio" tiene que ver con una actitud existencialista que se basa en el hecho de que todo, absolutamente, tiene una superficie, que es lo primero que se conoce y en la cual la conciencia refracta, lo que le impide (a la conciencia) adentrarse de un solo vistazo en la profunda y verdadera naturaleza de la cosa percibida.
En epistemología se suele decir por esto que el primer obstáculo al conocimiento es el conocimiento mismo.

Lo que hacen las 78 cartas del mazo de tarot es representar, a través de metáforas, otras tantas situaciones de la vida, buscando abarcar así la totalidad de las experiencias significativas que cualquier ser humano puede atravesar.
Por un lado, cada situación es en si misma un "misterio", según lo antedicho y por otro, cada carta representa solamente lo genérico, lo medular, de cada situación. Por lo que, en una lectura, la carta es un cascarón a romper para poder penetrar con mayor profundidad en la situación concreta hacia la que señala.

Las 78 cartas se dividen en 56 Arcanos Menores, divididos a su vez en cuatro palos, como los mazos comunes, y 22 Arcanos Mayores.

Los Arcanos Menores reproducen situaciones vitales más o menos circunstanciales pero arquetípicas, de acuerdo a un código numérico por un lado, un código basado en los palos por otro, y una representación pictórica o visual que intenta condensar y manifestar todas las metáforas posibles que surgen del cruce de ejes números / palos.
Intentan agotar, en cincuenta y seis combinaciones, todas las circunstancias significativas posibles. Por esto es que buscan lo central antes que lo anecdótico: separan, por ejemplo, el concepto de “tregua” del de “paz”, porque ambas cosas son similares pero diferentes, pero trata de evitar la definición de una forma específica de “paz”, para que la carta pueda representar la paz en la vida de cualquier consultante, independientemente del resto del contexto: saber si es paz laboral, si es paz conyugal, si es paz conseguida tras largas luchas o no, etc., llega a través del resto de las cartas, en cada lectura.

Los Arcanos Mayores, en cambio, no tienen ejes genéricos, y el contenido de cada uno desborda cualquier grilla: son un conjunto especial de conceptos trascendentes. Prescinden del cruce que hacen los Arcanos Menores entre número y palo, y son cada uno la abstracción de un aspecto fundamental y, al mismo tiempo, complejo, de la experiencia humana.
Algunos porque remiten al funcionamiento teórico del universo, otros porque remiten a aspectos no circunstanciales (sino permanentes) del ser humano.

Si los Arcanos Menores metaforizan la variedad de la experiencia humana, los Arcanos Mayores representan la estructura desde la cual se la vive e interpreta, las matrices conceptuales desde las que se generan las ideas que expresan la experiencia existencial, y las experiencias inevitables que esta estructura atraviesa en el desarrollo de una vida humana.
Son conceptos al mismo más abarcativos y de mayor peso que los Arcanos Menores.

Damos por sentado que estas cartas representan no solo experiencias posibles, sino también espacios de la psique preparados especialmente para hacer posibles estas experiencias.

De todas las teorías sobre el origen del tarot, adherimos a las que no señalan un autor o cultura particular, así que no es posible saber quién o en qué circunstancias concibió los diseños de los Arcanos Mayores, pero es nuestra creencia que, quien haya sido, tuvo el talento suficiente como para acceder a contenidos profundos y estables del inconciente colectivo
Esta es la base del postulado más fuerte e interesante de la corriente de tarot a la que adherimos: que es que los Arcanos Mayores representan factores y funciones psíquicas universales.

Son, desde este punto de vista, los ladrillos elementales con los que trabaja la mente de cualquier ser humano: independientemente de su cultura o contexto, toda persona interpreta la realidad desde estructuras psicológicas subconscientes.
Suponemos que estas estructuras psicológicas subconscientes que determinan la percepción e interpretación del mundo son universales, y que no se las puede definir de un amanera terminante, pero que los Arcanos Mayores representan una formulación extremadamente aproximada a su contenido más básico.

Y esta es la razón de que no tengan un orden conceptual: de la misma forma que no se pueden numerar los órganos internos de una persona porque no hay ninguna necesidad lógica de que el corazón esté antes o después que el esófago, no se puede dar una jerarquía definitiva y consistente a todos los constituyentes de la psique, aunque algunos aparezcan más relacionados entre sí que otros, y eventualmente, en diferentes conjunciones de cartas, se puedan establecer relaciones de paternalismo, de dirección, de subordinación, etc.
Pese a esta falta de orden intrínseco, o precisamente para paliarla, quizás, se han propuesto varias formas de “hilar” los Arcanos Mayores entre sí, y aquí exponemos brevemente dos: la noción de que representan el desarrollo psicológico de un individuo y la de las virtudes cardinales, dado que las consideramos fértiles a la hora la interpretación y reflexión.



Los Subgrupos dentro de los Arcanos Mayores

Los Arcanos Mayores tienen, según varias corrientes teóricas, entre uno y varios arcos argumentales, comunes a los 22 y superpuestos según niveles de interpretación entre psicologicistas y cósmicos, dependiendo del tipo de fenómenos a los que aludan.
Según quién, en el desarrollo de las 22 cartas, puede leerse el desarrollo psicológico de un individuo desde su nacimiento hasta la máxima madurez posible, o puede estudiarse el funcionamiento teórico del universo, o pueden encontrarse todas las instancias de la vida política y social humana.

Algunos grupos de cartas pueden aislarse según estas ideas: de esta forma, las “Virtudes Cardinales” explican la física teórica del tarot según la cual funciona el universo, en el nivel mínimo conceptualizable.

De la misma forma, hay un conjunto de cartas que representan al individuo, sus componentes psicológicos y sociales y lo básico de su acción en el mundo.

Estas cartas son las que van del Cero al Siete, siendo Cero y Uno, El Loco y El Mago, las expresiones del individuo en su aspecto más infantil y más desarrollado respectivamente, y las siguientes cuatro los componentes iniciales y fundantes de cualquier individualidad.


Las virtudes cardinales

Dentro de los 22 Arcanos Mayores, algunos autores distinguen cuatro de ellos como el subgrupo especial de las “virtudes cardinales”.
Según cada autor, estas virtudes son adjudicables a, o representadas por, los cuatro elementos, cuatro arcángeles específicos (Uriel, Rafael, Miguel y Gabriel,), cuatro dioses paganos, cuatro demonios babilónicos o cuatro santos católicos (Mateo, Marcos, Juan y Lucas ).
Este debate no importa demasiado para nosotros porque, dadas las características de las “virtudes”, que ahora veremos, no resulta obvio ni imprescindible que su número preciso sea cuatro, con lo que la fuerza argumental de la idea decae, si bien su fuerza poética (y mnemotécnica) se mantiene.
Lo que hacen las “virtudes cardinales” es crear y sostener el mundo.
Donde falta alguno de estos principios, la energía se escapa, la materia se desmorona o confunde y la conciencia no encuentra apoyo, por lo cual, exista o no algo más allá de la trama de las virtudes, es incognoscible para nosotros.
Estas virtudes son: la Templanza, la Justicia, el Amor y la Fuerza. Cada una comparte características con las otras, pero mantienen reinos y funciones definidas.
La Templanza integra y economiza: junta elementos dispares y mediante su acción los funde en otro elemento distinto dejándolo, idealmente, en su punto justo, en su centro exacto. Es el metabolismo que transforma lo que uno come en uña, ojo, hígado. Es la sinergia.
La Justicia, por el contrario, discrimina: hígado e intestino pueden estar cerca, tocarse y pertenecer al mismo cuerpo: ser el mismo organismo. Pero cada uno es cada uno. La fuerza que mantiene identidad y característica de cada uno es la acción de la Justicia, indicando quién es quién y qué le toca recibir y hacer.
El Amor es lo que motoriza todo esto: es la intención de acercamiento entre las cosas, es el fluír del sentimiento y la atracción, la tendencia a asociarse. Es el sistema circulatorio del universo, la emoción.
Finalmente, la Fuerza, es el sostén, la sangre misma. Es el Chi, el Ki, el Prana. La energía que, llevada por el amor o por sí misma, se zambulle en la materia y la convierte en carne. Es la vida misma: en el umbral entre la conciencia más mínima y la nada, vida inconfundible.






 Arcano Mayor Número 10: La Rueda de la Fortuna

La versión del mazo Rider de esta carta la ubica entre aquellas que contienen en escena al total de las fuerzas universales, o virtudes cardinales.
En esta carta es donde, por primera vez y producto del aprendizaje de la paciencia del Ermitaño, el individuo accede a una perspectiva de la realidad que trasciende su propia escala.
Como primera vez, es necesariamente limitada, pero extremadamente útil.

La Rueda de la Fortuna representa el dinamismo, la tendencia al movimiento de la realidad desde su aspecto más básico y crudo, dentro de lo perceptible por el ser humano: todo aquello que esté sostenido por las condiciones básicas de existencia – Templanza como integración, Amor como motor, Justicia como organización y Fuerza como sostén – entrará en movimiento, indefectiblemente.

El movimiento en sí es inabarcable, pero la característica fundamental del cerebro humano como órgano perceptivo es encontrar o crear orden en el mundo. Y el movimiento es la única fuente de la sensación de tiempo.
Por lo tanto, dentro del movimiento de todo lo que existe, encuentra los ritmos subyacentes y crea series dentro de la sucesión inacabable de hechos que ocurren.
A partir de entonces, el individuo tiene para siempre un pie en cada lado: un ojo en medio del río, mirando la corriente venir de frente, y otro en la orilla, viéndola pasar, desde una perspectiva más “objetiva”.

Cuando se contemplan las cosas desde el ojo dentro del río, todo es veloz, fugaz y diverso, diferente.
Cuando se las contempla desde la orilla, el cerebro comienza a encontrar similaridades y procesos: la luna de cada es noche es siempre diferente, pero en treinta días regularmente engorda y enflaquece, late. Cada atardecer es único, pero siempre es seguido por la noche, y luego por el día y otro atardecer. Todos los niños crecen, y se chocan con la adolescencia, todos los matrimonios tienen su crisis del séptimo año.

Cada vez que un patrón rítmico, una serie, recomienza, se activa la metáfora de La Rueda y lo circular.

La visión del movimiento intrínseco, íntimo de la realidad y la magnitud infinita de ciclos que contiene, tienden a producir en los individuos una sensación de sobrecogimiento reverencial y asombro casi religioso, que puede derivar en dos caminos diferentes: una parálisis y una actitud de “rendirse” ante la vida, porque “todo es demasiado” y “todo ocurre sin necesidad de nuestra intervención”, cuando estas sensaciones de inmensidad chocan contra un ego demasiado constituído, o una “reposada urgencia a la acción”, surgida de la tranquilidad de que, si bien hay cosas que sí se lleva la corriente, también hay otras que vuelve a traer, siempre, por lo que el trabajo que no se puede realizar en un solo día no necesariamente se pierde, y alcanza con flotar atento para ir sumando una oportunidad ganada tras otra, y acumular, y realizar un día lo impensable.

Las figuras de las cuatro esquinas de la carta representan a las virtudes cardinales, en diferentes encarnaciones.

Las que giran alrededor de la rueda representan los dictámenes “Yo mando”, “Yo he mandado” y “Yo quiero mandar”, así como tres dioses egipcios (cuyos nombres no recuerdo pero) que representan la vida, muerte y resurrección, entendidas como la dinámica que mantiene vigente el total de la vida a nivel planetario.

Las letras hebreas y la palabra “Taro” dentro de la rueda aluden a un intento del argumentista del mazo (Richard Waite) de vincular el tarot a la Torah, y por lo tanto a la Kabala y la tradición filosófico – religiosa hebrea, y por último a la estructura del nombre de Dios dentro de esta religión. Una exageración respecto del tarot, a mi gusto, pero una muestra cabal de la importancia que tiene esta carta y este concepto en realidad, porque la idea final, es que el nombre de Dios está inscripto en el total de los acontecimientos que puede percibir el ser humano, e implicado en el orden, tanto en el orden subyacente que sustenta a los acontecimientos, como en el orden que los acontecimientos despliegan y que les permite ser comprendidos como tales por los seres humanos.

Pueden ser, entonces, palabras clave para la interpretación de la carta: percepción del tiempo – paso del tiempo – lo cotidiano, el día a día – el ciclo – lo que se repite solo – altibajos y vaivenes

lunes, 24 de octubre de 2011

Arcano Mayor X - La Rueda de la Fortuna

Este es Javi.
Cuanto más lo mires, más simple te va a parecer.
Y más profundo.
Así que le vas a pegar una segunda mirada, y vas a entender algo más, y entonces te va a parecer más simple.
Y más profundo. Así que le vas a pegar una segunda mirada.

Un día te vas a dar cuenta de que pasaste horas mirando su obra.
Porque no es simple.
Solamente es un hit pop.







































Más de Javi, acá, acá y acá (y en muchos lados más, el tipo es una máquina).


Más de la carta, a continuación.

Características Generales de los Arcanos, Mayores y Menores


Todas las cartas de tarot son llamadas Arcanos, palabra cuya traducción más regular dice que significa "misterios".

Porqué una cosa cualquiera puede ser llamada un "misterio" tiene que ver con una actitud existencialista que se basa en el hecho de que todo, absolutamente, tiene una superficie, que es lo primero que se conoce y en la cual la conciencia refracta, lo que le impide (a la conciencia) adentrarse de un solo vistazo en la profunda y verdadera naturaleza de la cosa percibida.

En epistemología se suele decir por esto que el primer obstáculo al conocimiento es el conocimiento mismo.


Lo que hacen las 78 cartas del mazo de tarot es representar, a través de metáforas, otras tantas situaciones de la vida, buscando abarcar así la totalidad de las experiencias significativas que cualquier ser humano puede atravesar.

Por un lado, cada situación es en si misma un "misterio", según lo antedicho y por otro, cada carta representa solamente lo genérico, lo medular, de cada situación. Por lo que, en una lectura, la carta es un cascarón a romper para poder penetrar con mayor profundidad en la situación concreta hacia la que señala.


Las 78 cartas se dividen en 56 Arcanos Menores, divididos a su vez en cuatro palos, como los mazos comunes, y 22 Arcanos Mayores.


Los Arcanos Menores reproducen situaciones vitales más o menos circunstanciales pero arquetípicas, de acuerdo a un código numérico por un lado, un código basado en los palos por otro, y una representación pictórica o visual que intenta condensar y manifestar todas las metáforas posibles que surgen del cruce de ejes números / palos.

Intentan agotar, en cincuenta y seis combinaciones, todas las circunstancias significativas posibles. Por esto es que buscan lo central antes que lo anecdótico: separan, por ejemplo, el concepto de “tregua” del de “paz”, porque ambas cosas son similares pero diferentes, pero trata de evitar la definición de una forma específica de “paz”, para que la carta pueda representar la paz en la vida de cualquier consultante, independientemente del resto del contexto: saber si es paz laboral, si es paz conyugal, si es paz conseguida tras largas luchas o no, etc., llega a través del resto de las cartas, en cada lectura.


Los Arcanos Mayores, en cambio, no tienen ejes genéricos, y el contenido de cada uno desborda cualquier grilla: son un conjunto especial de conceptos trascendentes. Prescinden del cruce que hacen los Arcanos Menores entre número y palo, y son cada uno la abstracción de un aspecto fundamental y, al mismo tiempo, complejo, de la experiencia humana.

Algunos porque remiten al funcionamiento teórico del universo, otros porque remiten a aspectos no circunstanciales (sino permanentes) del ser humano.


Si los Arcanos Menores metaforizan la variedad de la experiencia humana, los Arcanos Mayores representan la estructura desde la cual se la vive e interpreta, las matrices conceptuales desde las que se generan las ideas que expresan la experiencia existencial, y las experiencias inevitables que esta estructura atraviesa en el desarrollo de una vida humana.

Son conceptos al mismo más abarcativos y de mayor peso que los Arcanos Menores.


Damos por sentado que estas cartas representan no solo experiencias posibles, sino también espacios de la psique preparados especialmente para hacer posibles estas experiencias.


De todas las teorías sobre el origen del tarot, adherimos a las que no señalan un autor o cultura particular, así que no es posible saber quién o en qué circunstancias concibió los diseños de los Arcanos Mayores, pero es nuestra creencia que, quien haya sido, tuvo el talento suficiente como para acceder a contenidos profundos y estables del inconciente colectivo

Esta es la base del postulado más fuerte e interesante de la corriente de tarot a la que adherimos: que es que los Arcanos Mayores representan factores y funciones psíquicas universales.


Son, desde este punto de vista, los ladrillos elementales con los que trabaja la mente de cualquier ser humano: independientemente de su cultura o contexto, toda persona interpreta la realidad desde estructuras psicológicas subconscientes.

Suponemos que estas estructuras psicológicas subconscientes que determinan la percepción e interpretación del mundo son universales, y que no se las puede definir de un amanera terminante, pero que los Arcanos Mayores representan una formulación extremadamente aproximada a su contenido más básico.


Y esta es la razón de que no tengan un orden conceptual: de la misma forma que no se pueden numerar los órganos internos de una persona porque no hay ninguna necesidad lógica de que el corazón esté antes o después que el esófago, no se puede dar una jerarquía definitiva y consistente a todos los constituyentes de la psique, aunque algunos aparezcan más relacionados entre sí que otros, y eventualmente, en diferentes conjunciones de cartas, se puedan establecer relaciones de paternalismo, de dirección, de subordinación, etc.

Pese a esta falta de orden intrínseco, o precisamente para paliarla, quizás, se han propuesto varias formas de “hilar” los Arcanos Mayores entre sí, y aquí exponemos brevemente dos: la noción de que representan el desarrollo psicológico de un individuo y la de las virtudes cardinales, dado que las consideramos fértiles a la hora la interpretación y reflexión.




Los Subgrupos dentro de los Arcanos Mayores


Los Arcanos Mayores tienen, según varias corrientes teóricas, entre uno y varios arcos argumentales, comunes a los 22 y superpuestos según niveles de interpretación entre psicologicistas y cósmicos, dependiendo del tipo de fenómenos a los que aludan.

Según quién, en el desarrollo de las 22 cartas, puede leerse el desarrollo psicológico de un individuo desde su nacimiento hasta la máxima madurez posible, o puede estudiarse el funcionamiento teórico del universo, o pueden encontrarse todas las instancias de la vida política y social humana.


Algunos grupos de cartas pueden aislarse según estas ideas: de esta forma, las “Virtudes Cardinales” explican la física teórica del tarot según la cual funciona el universo, en el nivel mínimo conceptualizable.


De la misma forma, hay un conjunto de cartas que representan al individuo, sus componentes psicológicos y sociales y lo básico de su acción en el mundo.


Estas cartas son las que van del Cero al Siete, siendo Cero y Uno, El Loco y El Mago, las expresiones del individuo en su aspecto más infantil y más desarrollado respectivamente, y las siguientes cuatro los componentes iniciales y fundantes de cualquier individualidad.


Las virtudes cardinales


Dentro de los 22 Arcanos Mayores, algunos autores distinguen cuatro de ellos como el subgrupo especial de las “virtudes cardinales”.

Según cada autor, estas virtudes son adjudicables a, o representadas por, los cuatro elementos, cuatro arcángeles específicos (Uriel, Rafael, Miguel y Gabriel,), cuatro dioses paganos, cuatro demonios babilónicos o cuatro santos católicos (Mateo, Marcos, Juan y Lucas ).

Este debate no importa demasiado para nosotros porque, dadas las características de las “virtudes”, que ahora veremos, no resulta obvio ni imprescindible que su número preciso sea cuatro, con lo que la fuerza argumental de la idea decae, si bien su fuerza poética (y mnemotécnica) se mantiene.

Lo que hacen las “virtudes cardinales” es crear y sostener el mundo.

Donde falta alguno de estos principios, la energía se escapa, la materia se desmorona o confunde y la conciencia no encuentra apoyo, por lo cual, exista o no algo más allá de la trama de las virtudes, es incognoscible para nosotros.

Estas virtudes son: la Templanza, la Justicia, el Amor y la Fuerza. Cada una comparte características con las otras, pero mantienen reinos y funciones definidas.

La Templanza integra y economiza: junta elementos dispares y mediante su acción los funde en otro elemento distinto dejándolo, idealmente, en su punto justo, en su centro exacto. Es el metabolismo que transforma lo que uno come en uña, ojo, hígado. Es la sinergia.

La Justicia, por el contrario, discrimina: hígado e intestino pueden estar cerca, tocarse y pertenecer al mismo cuerpo: ser el mismo organismo. Pero cada uno es cada uno. La fuerza que mantiene identidad y característica de cada uno es la acción de la Justicia, indicando quién es quién y qué le toca recibir y hacer.

El Amor es lo que motoriza todo esto: es la intención de acercamiento entre las cosas, es el fluír del sentimiento y la atracción, la tendencia a asociarse. Es el sistema circulatorio del universo, la emoción.

Finalmente, la Fuerza, es el sostén, la sangre misma. Es el Chi, el Ki, el Prana. La energía que, llevada por el amor o por sí misma, se zambulle en la materia y la convierte en carne. Es la vida misma: en el umbral entre la conciencia más mínima y la nada, vida inconfundible.
























Versión preliminar de yapa.




Arcano Mayor Número 10: La Rueda de la Fortuna


La versión del mazo Rider de esta carta la ubica entre aquellas que contienen en escena al total de las fuerzas universales, o virtudes cardinales.

En esta carta es donde, por primera vez y producto del aprendizaje de la paciencia del Ermitaño, el individuo accede a una perspectiva de la realidad que trasciende su propia escala.

Como primera vez, es necesariamente limitada, pero extremadamente útil.


La Rueda de la Fortuna representa el dinamismo, la tendencia al movimiento de la realidad desde su aspecto más básico y crudo, dentro de lo perceptible por el ser humano: todo aquello que esté sostenido por las condiciones básicas de existencia – Templanza como integración, Amor como motor, Justicia como organización y Fuerza como sostén – entrará en movimiento, indefectiblemente.


El movimiento en sí es inabarcable, pero la característica fundamental del cerebro humano como órgano perceptivo es encontrar o crear orden en el mundo. Y el movimiento es la única fuente de la sensación de tiempo.

Por lo tanto, dentro del movimiento de todo lo que existe, encuentra los ritmos subyacentes y crea series dentro de la sucesión inacabable de hechos que ocurren.

A partir de entonces, el individuo tiene para siempre un pie en cada lado: un ojo en medio del río, mirando la corriente venir de frente, y otro en la orilla, viéndola pasar, desde una perspectiva más “objetiva”.


Cuando se contemplan las cosas desde el ojo dentro del río, todo es veloz, fugaz y diverso, diferente.

Cuando se las contempla desde la orilla, el cerebro comienza a encontrar similaridades y procesos: la luna de cada es noche es siempre diferente, pero en treinta días regularmente engorda y enflaquece, late. Cada atardecer es único, pero siempre es seguido por la noche, y luego por el día y otro atardecer. Todos los niños crecen, y se chocan con la adolescencia, todos los matrimonios tienen su crisis del séptimo año.


Cada vez que un patrón rítmico, una serie, recomienza, se activa la metáfora de La Rueda y lo circular.


La visión del movimiento intrínseco, íntimo de la realidad y la magnitud infinita de ciclos que contiene, tienden a producir en los individuos una sensación de sobrecogimiento reverencial y asombro casi religioso, que puede derivar en dos caminos diferentes: una parálisis y una actitud de “rendirse” ante la vida, porque “todo es demasiado” y “todo ocurre sin necesidad de nuestra intervención”, cuando estas sensaciones de inmensidad chocan contra un ego demasiado constituído, o una “reposada urgencia a la acción”, surgida de la tranquilidad de que, si bien hay cosas que sí se lleva la corriente, también hay otras que vuelve a traer, siempre, por lo que el trabajo que no se puede realizar en un solo día no necesariamente se pierde, y alcanza con flotar atento para ir sumando una oportunidad ganada tras otra, y acumular, y realizar un día lo impensable.


Las figuras de las cuatro esquinas de la carta representan a las virtudes cardinales, en diferentes encarnaciones.


Las que giran alrededor de la rueda representan los dictámenes “Yo mando”, “Yo he mandado” y “Yo quiero mandar”, así como tres dioses egipcios (cuyos nombres no recuerdo pero) que representan la vida, muerte y resurrección, entendidas como la dinámica que mantiene vigente el total de la vida a nivel planetario.


Las letras hebreas y la palabra “Taro” dentro de la rueda aluden a un intento del argumentista del mazo (Richard Waite) de vincular el tarot a la Torah, y por lo tanto a la Kabala y la tradición filosófico – religiosa hebrea, y por último a la estructura del nombre de Dios dentro de esta religión. Una exageración respecto del tarot, a mi gusto, pero una muestra cabal de la importancia que tiene esta carta y este concepto en realidad, porque la idea final, es que el nombre de Dios está inscripto en el total de los acontecimientos que puede percibir el ser humano, e implicado en el orden, tanto en el orden subyacente que sustenta a los acontecimientos, como en el orden que los acontecimientos despliegan y que les permite ser comprendidos como tales por los seres humanos.


Pueden ser, entonces, palabras clave para la interpretación de la carta: percepción del tiempo – paso del tiempo – lo cotidiano, el día a día – el ciclo – lo que se repite solo – altibajos y vaivenes

martes, 14 de diciembre de 2010

Núcleo - V

El otro lado del espejo es totalmente oscuro, y me espera allí algo así como el negativo o la versión oscura de mi yo interior.
También está avejentado, pequeño.
Me habla y no termino de entender lo que me dice, toma mi mano, su palma arriba de la mía.
Me produce mucha ternura, lo miro y lo veo cubierto de petróleo. Sé que no hay forma de que aparezca grato a mis ojos, pero me produce una ternura física.

Lo abrazo y comienza a derretirse y escurrirse. Lo beso en la boca, de modo casi pasional, totalmente amoroso. Se deshace del todo, pido de llevármelo puesto de algún modo, de estar yo también cubierto de petróleo, de él hecho petróleo.

Aparece una imagen cómica, como si me soltaran un baldazo desde algún lado.

Sé que está bien, pero también que es insuficiente. Surge la propuesta de otro método, la discutimos brevemente y la tomamos, sabiendo que no es la perfecta, no es la final, pero es la de ahora.
Permito que se acerque desde mi espalda y se superponga fantasmalmente con el espacio que ocupo. Nos quedamos quietos para que la fusión vaya ocurriendo.

Noto que es imperfecta, frágil y riesgosa. Pido a mi guía que vigile si algo se sale de lugar, aparece al lado sosteniendo, acompañando, mirando atento.

Empiezo a parecer de nuevo un fauno. Cuando el proceso empieza a solidificarse, noto que no tengo energía para llevarlo hasta el final.
Alicia me dice que no, que es demasiada la que hace falta, pero que tampco es necesario terminarlo ahora, sino dejar que se haga.

Terminamos la sesión.
Quedo con una sensación muy agradable, similar a la de cada vez que un trabajo se logra, de solidez interna, contacto conmigo mismo, nuevos apoyos en mí, pero más blanda y dulce que de costumbre.

Y de que podría dormir una semana.

















fin.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Núcleo - IV

Sube recta, no termina nunca de abrirse, se mantiene en un estado similar al de un capullo entreabierto. Sus pétalos son duros, rectos, rojos.

Entre el conjunto del lecho, el coito y la flor y el niño y yo por otro lado, aparecen estrellas, o fuegos artificiales explotando.
El nene irradia más pavor, pero al mismo tiempo irradia algo dorado, se expande y demuestra muchísima alegría. Veo de repente el pavor como un centro blanco frío incandescente, entiendo que el centro del pavor está ahí.
Y espontáneamente deseo entrar en él, zambullirme.
Para aliviar al nene, para que él pueda dejar de sentirlo.

Y lo hago.

En el centro del pavor hay algo, una especie de agujero invisible. Blanco infinito y un agujero con forma de vagina invisible en el medio.

Está mi guía, también, una versión extraña: por primera vez, es más bajo que yo, más humilde.
Se ve avejentado más o menos lo mismo que yo me debo ver, y está también cansado.
De repente, me paro en el centro del agujero en medio del pavor, y el agujero empieza a parpadear atravesando mi cuerpo.
Alicia parece no haber previsto esto, se la nota intrigada.

Y estoy ahora dentro del agujero en el centro de lo blanco. Y me encuentro de vuelta con mi guía, que me espera en una especie de camarino, sentado frente a un tocador con un espejo enmarcado en luces, la mano apoyada en el borde.
Me incita a mirarme en el espejo.

En el espejo se ven figuras demoníacas navegando las sombras, me dan ganas de someterlas a todas bajo la autoridad de mi voluntad, de atarlas a mi puño. Pero el impulso pasa en seguida, cuando veo mi reflejo del otro lado del espejo.

Demacrado, o simplemente delatado por unjuego de luces y sombras más cruel, se transforma al rato en la cabeza de la gorgona. Mi vista se fija en su boca abierta y otra vez, entro.

Y ahora estoy en la boca de la Medusa, del otro lado del espejo, adentro del agujero, en medio del pavor. Sal de ahí, chivita, chivita.
Pero no: entro cada vez más.
Por suerte.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Núcleo - III

Soy un niño de alrededor de un año, sigo llevando mi esfera de luz en las manos, es grande como una pelota playera. De repente me sofoco. Ví de refilón lo que mi actitud de niño buscaba desde antes de darme cuenta: aparecen un poco por arriba de la altura de mis ojos, manos de adultos, adultos caminando vistos desde la perspectiva que me permite mi altura. Sólo llego a verles las manos, las piernas, muy borrosamente y lejos las cabezas.
Son mi padre y mi madre, que están caminando juntos.
El sentir me inunda y lloro un momento.

Pido más y se intensifica todo: no les veo las caras, sus siluetas no se parecen a las de mis padres históricos, pero son padre y madre. Me toman a upa, los dos al mismo tiempo.
Sus pechos se tocan, yo estoy en el medio.
Se sobrepone la edulcorada imagen de un corazón, pero no la discuto: me gusta.
La imagen del niño de un año o menos se agiganta, se pone dorada, flota en medio del corazón que enmarca los pechos de mis padres juntos, el abrazo.

La imagen dura un rato, y de repente se suspende y es reemplazada por la de un niño de menos de un año, en el que no me reconozco pero con el que me identifico, sé que soy él.
Tiene algo como crayones en las manos, está mirando hacia la derecha, muy fijamente.
Sé que pasa algo a la derecha que lo asusta, miro. Hay gente en un lecho.
Es casi seguro que son mis padres, están teniendo sexo.

La sensación es de las más intensas es inexplicables que haya tenido nunca: ella destila una sensación de tragedia, permanente, terrible. Vive con mucho dolor e inevitabilidad todo, lo que le pasa, lo que hace, lo que hacen otros.
El pareciera estar escondiéndose en el coito.

Son evidentes dos cosas contradictorias, fuertísimas, dolorosas.

Una, es que ambos son ciegos uno a otro, no se encuentran más que por choques, no entienden ni sospechan la forma del otro. No tienen conciencia tampoco de sí mismos, de qué espacio ocupan, de cómo moverse con gracia o tomar perspectiva de nada. Son como peces metidos en cuerpos humanos, sin reconocer ni entender los nuevos miembros, sin conocer su propio potencial de movimiento, sin entender en lo más básico sus propias naturalezas, sin sospechar nada de la naturaleza del otro con quien comparten ahora mismo un coito.
Pero convencidos de estar haciendo algo, cada uno. Ciegos, perdidos y convencidos.

Lo segundo, lo que da el marco que en otro momento me habría catapultado al horror, me habría tirado entero al abismo vacío de la contradicción irresoluble, es que en el fondo de todo el movimiento se nota, brilla.
La legitimidad.
Hay una fuerza tan gigante agitando desde la base de cada uno, tan blanca que no importa, en el fondo, que esté tan tapada y cegada que ni ellos la vean.
Hay razón de ser en todo esto. Una razón pujante y vibrante y tal vez ciega, no llego a determinarlo.

El niño que mira siente ganas de correr, espantado, y un aflojar mío interno le libera los pies y le permite salir corriendo. Decido entrar a la escena y yo mismo lo espero, unos pasos más allá. Lo tomo a upa.
Mi yo de ensueño sigue sin entender nada, pero sostiene al niño a upa.

El niño irradia, más que ninguna otra sensación, la de pavor. Una excitación similar al miedo pero más anónima, más básica, más intensa. Tiene sabor a primal, a los niveles más básicos posibles de sensación.

Del coito en el lecho empieza a crecer una flor.

martes, 7 de diciembre de 2010

Núcleo - II

La siguiente frase, más o menos articulada, fue: “quiero poder para resolver mis problemas, poder cortar los nudos presentes y cambiar de etapa”.
“Y eso me da miedo: no poder, y poder también”.
Me quedo callado.
Al rato, Alicia pregunta “¿Y ahora?”

Había aparecido la imagen de mi madre, la cara convertida en un puchero de mucho sufrimiento.
Llevaba una estatua de aproximadamente cuarenta centímetros, claramente muy pesada, aunque no podía ver la forma. Parecía algo arrodillado, como la momia del Cerro Colorado, o algunos demonios dibujados por Carl Barks. Claramente quería que lo tomara, era para mí, era lo que tenía para darme, pero no conseguía entender si era un don o una maldición. Lo pesado del paquete me hacía incluso sospechar que no era para mi sino que simplemente se lo quería sacar de encima.

Mientras lo comento en voz alta a Alicia, aparece detrás de toda la escena la cara de un demonio chino. La figura de mi madre se aproxima a mi vista y se funde con su propia sombra: detrás, lejos, aparece una geisha llevando un cántaro blanco de barro.
Es claro que es para mí. Todavía desconfío, pero estiro los brazos para tomarlo.
Cada imagen aparece cortada, paralizada: cuando veo a la geisha con el jarro sé que es para mi, pero no lo tomo. Cuando estiro los brazos para tomarlo, también se congela todo. Finalmente, aparece la imagen donde tengo el cántaro en las manos. El gesto de mi cara indica algo entre la perplejidad y la ignorancia.

Aparecen muchas geishas detrás, como si fueran parte del tapizado, parte intrínseca del escenario, y al mismo tiempo como si me siguieran. Recuerdo 23, cinco.
El cántaro en mis manos es cada vez más blanco, hay un dragón chino ocupando el espacio de la cara del demonio anterior, y simultáneamente volando alrededor de mi cuerpo, con el hocico tocando el cántaro, que se transforma en una bola de luz blanca.

Sé que lo puedo ver afuera y volando, pero está adentro de la bola, es la bola o parte de ella al menos.

Mi yo de sueños sigue proyectándome la sensación de que no entiende nada, Alicia me dice que está bien, que no es necesario que yo entienda nada.

Empiezo a sentir que me filtro hacia dentro de la bola de luz, empezando por los genitales.
Al mismo tiempo, la cabeza de colores del dragón que se veía como fondo de la escena se transformó en una especie de vórtice, en el cual se derrama la luz de la esfera.
La esfera fluye en el vórtice y yo en ella, cada vez más. Me doy cuenta de que lo resisto, me pido a mí mismo aflojarme y permitir que ocurra, y de repente se da.
Como el sonido repentino que se escucha cuando el agua termina de escurrir por el lavadero, del mismo modo, me escurro empezando por los genitales dentro del vórtice de colores.
Hay un momento de vértigo, otro de susto, y ya acabó todo.
Estoy del otro lado.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Núcleo - I

La noche anterior tengo espontáneamente una imagen muy tierna, muy fuerte, de mis dos padres juntos, queriéndose.
Sé que la imagen es falsa, o al menos no me tocó vivirla, pero decide sola desarrollarse un poco más.

Después, como parte del proceso, vienen los recuerdos históricos: las visitas semanales de mi padre a casa, cómo yo miraba por el buzón que quedaba justo a la altura de mis ojos de cinco años para verlo llegar, ansioso, cómo siempre se tomaban un rato de estar a solas en la pieza de mi madre u otra, cómo siempre, siempre, se escuchaban los gritos y las peleas a través de las paredes.
Recordé las ganas de correr sin saber a dónde, la parálisis de mi niñez.
El ciclo se repetía todos los fines de semana, y el breve período que mi padre vino dos veces por semana, dos veces por semana.

El rato antes inmediato había contactado plenamente con mi estado anímico: me sentía triste, desconforme con todo, impotente ante todo y carente de expectativas, en parte por miedo a entusiasmarme con cualquier cosa.
Llamé a Alicia, mi terapeuta con la que trabajo a través de visualizaciones inducidas, para pedirle que me mandara rei ki. La sensación que le describí fué de sentirme acorralado: de un lado, engaños de inevitablemente doloroso final. Del otro, una realidad amarga. Ningún otro lugar a donde ir. Insatisfacción, disconformidad e impotencia, rodeadas de miedo.
Desmotivación total, certeza de que salir de un problema era caer en otro.
No quedaban fuerzas ni para angustiarme.

Lo único que me dijo fue “si, así estás”.
Y agregó “bueno, por lo menos te das cuenta de cómo estás”.
Cortamos la charla, me manda rei ki (supongo!: yo le creo que lo hace), mi ánimo se estabiliza y solidifica un poco. Es entonces cuando aparecen las imágenes de mis padres juntos, queriéndose, los recuerdos históricos, un poco de llanto, me quedo en la oscuridad con la nariz sobre la almohada, mirando sin ver hacia delante, como se tira un perro a ver el sol.

Llego a sesión al día siguiente, me dice que me veo interesantemente triste, le hago un reporte rápido de la semana, puteo un poco. Empezamos el trabajo.

Extraordinariamente, no me hace relajación ni introducción, y tampoco deja la visualización librada a lo que surja. Me dice directamente: “estás en un prado verde, lleno de flores amarillas”. Breves descripciones más, convierte el día en atardecer, todo el cielo se pone rojizo y azulado, y pasa al hueso del asunto: “la energía que te rodea es simplemente el cosmos”.

“Y ahora el cosmos se transforma en una boca, y una oreja”.

“Y podés hablar, y ser respondido”

“... si querés”.
Creo que eso fué en atención a mi lado renegado, que perfectamente puede mandar al cosmos a cagar.

Me lo tomé muy en serio. La noche anterior, entre lo dicho, también aparecieron imágenes de una vida sencilla, sólidas y claras pero efímeras.

Pensé decir que quiero eso, y me di cuenta de que tenía mucho miedo.

Así que empecé por decir, al cosmos, acostado, musitando movimientos de mi boca hacia la noche: “tengo miedo”.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - fin

Ese día, supongo, escuché el llamado de la sombra, el pánico de la hiperrealidad, el presente absoluto sin matices emocionales.
Esta vez, sin embargo, es más blando.
Soy Pan, pero una variante mía propia, el Pan que me cuadra.
Uno blando.

Trato de hacer cosas de fauno estereotípico, y no me salen. Intento sonar la flauta, y me parece un instrumento soso. Aparecen alrededor mío cascadas, frutos y mujeres, y el fauno que soy se enoja.
Nada de eso es lo mío, supongo.
Empiezo a correr internándome en la selva, y se repite una visión que tuviera años atrás: la cámara se levanta, enfoca una panorámica, y veo que estoy corriendo a ciegas entre las plantas hacia un precipicio que me va a obligar a frenar.
Ese no es el camino, por ahí no hay camino.

Lo tomamos como una señal de que es suficiente por el día de hoy, y salgo del trance.

Charlamos un poco con Alicia. Cuando coincidimos en la descripción de las sensaciones del encuentro con la sombra y ella se muestra muy contenta de que yo hubiera distinguido el miedo junto con la falta de hostilidad y la atracción (“sentimientos encontrados o desencontrados”, dice,”como prefieras”), timidamente le cuento, porque me pareció necesario que lo supiera, que la sensación de atracción hacia la cabra fue tan intensa que casi me hizo temer la zoofilia.
Ahí se entusiasma más.

“Mejor, mejor”, dice.

No sé porqué me sigo dejando engañar por su apariencia de ancianita: es una persona a la que le parece bien que me coja una cabra.

Y sin embargo, me resulta también claro que, si la sombra es la mitad de las cosas que pienso que es, una aproximación desde la líbido amorosa más plena, es lo mejor que puede ocurrir.

Si es la mitad de lo que pienso que es.












fin

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - X

Todo es lindo y aterrador al mismo tiempo, es el sobresalto del corazón del segundo antes de darnos cuenta de que oímos un trueno, cuando solamente estamos vibrando en el ahora sin saber ni porqué.

Recuerdo a Jodorowsky hablando de la sensación pánica como una característica vital asociada al dios Pan, como un vitalismo extremo y sin complicidades con ninguna emoción, con ningún sesgo de pensamiento o imagen. Chen, el trueno puro.
Entre las sensaciones entremezcladas, tan enterradas bajo la bruma vibrante de los sentidos convertidos en un solo estímulo hiper intenso, aparece una sensualidad que, honestamente, me preocupa al tomar a la cabra entre mis manos.

Ensordecido, sostengo a la cabra a upa mientras la acaricio, y de algún modo, la inserto en mi pecho.
No se me escapa en el momento que la coloqué en el mismo lugar que en la sesión anterior ocupara mi niño interno.
Quedo por un segundo, parado en medio del infierno con la cabra superpuesta a mi cuerpo, saliendo de mi pecho.
Y empiezo a transformarme.

Me vuelvo un hombre con cabeza de cabra, me vuelvo un grabado de Baphomet. Finalmente, me vuelvo un fauno.
La hiperexcitación de la adrenalina sigue corriendo por todos mis músculos, me hace sentir la sangre pasando por mis venas. Mi cuerpo es ligero de tanta tensión y al mismo tiempo torpe, incapaz de cumplir la exageración del movimiento que quisiera expresar, increíblemente vigoroso y frágil ante el despropósito de su misma fuerza.
Soy un fauno en la casa del Diablo, bajo tierra.
Y así como lo pienso, mi pezuña pisa pasto verde.

Y me veo.
Estoy bajo un árbol, el sol alumbra todo, pero la sombra del arbol me tapa la cara.
Estoy como acechante, y sé que si alguien me viera, se asustaría.

Y me gusta saberlo.

Al poco, aparezco entero bajo el sol, saliendo de la sombra, y me veo más claramente: soy un fauno campechano. Mis características más blandas ablandan las más duras del fauno.
La adrenalina todavía corre en cada uno de mis movimientos, todo es intenso y crudo, un amague de debilidad permanente, super sensibilidad y vitalidad desbordante que me recuerda las experiencias de mezcalina.

Y reconozco la última vez que sentí esto mismo, más intenso.
La última vez que pensé en Feldenkrais y el reflejo de caída.

Cuando pensaba en cambiar de vuelta de trabajo.

Ese día, supongo, escuché el llamado de la sombra, el pánico de la hiperrealidad, el presente absoluto sin matices emocionales.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - IX

Sentía que faltaba casi nada para que mi presencia allí fuera completa, pero al mismo tiempo ese casi nada se estiraba hasta el infinito en el camino de volcarse dentro mío, y el vértigo me revoleaba mientras no terminaba nunca de llegar a estar del todo ahí.

Me fui haciendo cargo de que el proceso iba a ser largo, y de que necesitaba, incluso deseaba, terminarlo.
Llegar a ganarme mi lugar, llegar a estar del todo ahí, presente sin dobleces ni retaceos.

Y no se me ocurre mejor idea, para afrontar lo largo del proceso que, siempre internamente, pedir una silla.

Para esperar sentado.




Apenas me hago conciente de haberla pedido, recibo dos imágenes superpuestas.
Una en la que me dieron un trono subterráneo, en el que me senté muy ancho y musculoso cual emperador, y otra en la que me dieron una sillita de paja en la que me siento derechito, inquieto, con las manos sobre las rodillas como quien espera turno.

Al rato de esperar, la imagen que persistió fue la de la sillita de paja, en la cual me veía transpirando y manteniéndome sentado a duras penas, mientras la sensación táctil de caída libre y vértigo me atravesaban todo el cuerpo.

Pese a la sensación de que en cualquier momento una inquietud inexpresable e injustificable me podían sacar corriendo del lugar, el sentimiento global no fue en ningún momento abiertamente desagradable.

Igual, recordemos que el discernimiento de los límites y el reconocimiento del dolor como una señal válida de daño siempre fueron mis puntos débiles.
Pero Alicia estaba totalmente de acuerdo con que eso es lo que hay para sentir frente a la Sombra.

El total de la experiencia era comparable a estar en un sauna, donde cada segundo es difícil, pero simplemente se pasa de uno a otro.
Y también sentía que estaba exhudando algo, ahí sentado.

La ansiedad, o la impaciencia, o algo. No sé.


Al rato, al largo rato, el vértigo comienza a remitir.
Entonces percibo que Juan Malo se transformó abiertamente en la carta de El Diablo.
Nuevamente, una formulación o mejor dicho, una irradiación, un sentir, mucho más amable del habitual en la carta, o de lo que puede expresar la carta de por si.

Un sesgo particularmente blando del Diablo.


Mientras voy notando esto, se convierte en la imagen del thoth, y finalmente en una cabra verdadera y sencilla, enfrente mío. Ya no tiene ni siquiera mirada humana, es nada más que una cabra.
Que es también todo lo que es la carta XV.

El vértigo se transformó en un sensación terriblemente intensa de peligrosidad: toda mi piel experimentaba la electricidad del peligro cercano.

Y sin embargo, simultáneamente, era clara la amistosidad del ente, de la cabra.

“Siento peligrosidad pero no hostilidad” le cuento a Alicia. Ella sigue tomando notas y notas, me dice que está bien, que corresponde.
Incluso había cierta sensación de calidez. Y, de alguna forma más oscura pero más intensa, atracción.

Todo el tiempo no pasa nada, pero la intensidad de cada fracción de segundo es comparable solamente a la caída libre, a los momentos en que uno sabe que una inmensa bola de algo está por soltársele encima, los segundos en que ves que el médico está por abrir la boca decir algo que va a cambiar toda tu vida.

La atracción me va acercando a la cabra, lenta pero firmemente, y si bien no espero que me ataque, igual me tensiono entero, exhudo adrenalina.
De alguna forma, llego a tocarla, y me veo acariciando su pelaje.
Hay muchas sensaciones, pero la predominante es la adrenalina.

martes, 9 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VIII

Me surge la pregunta interna de si con esa constatación ya está todo o qué, y permanezco.
Mientras pasan los segundos, voy asumiendo que, en realidad, no estoy “del todo” ahí.
Que mi cuerpo de sueño carece de la consistencia plena que puede llegar a tener, que la experiencia está ligeramente desteñida, como si en realidad quisiera estar en otro lado.

Surge claramente la dualidad: una parte mía siente que debo permanecer ahí, bajo tierra, en la casa de Juan Malo. Otra parte mía dice que ya tengo que estar haciendo otra cosa, o tal vez hacerlas en simultáneo. Pregunto, sin cuestionarme a quien, si puedo hacer las dos cosas simultáneamente, y aparece una especie de compartimiento pequeño en la parte superior de la imagen, donde estoy con una especie de guía.
Ambos vestimos túnicas blancas y estamos en un espacio blanco.
Pero no es mi guía, sus características son muy diferentes: es un pelado con barba negra recta, irradia algo muy diferente a mi guía.
Le digo a Alicia que la sensación es la de haber encontrado un maestro temporal o local, alguien que me va a enseñar algo muy preciso.
“Si, un maestro temporal está bien”, dice Alicia.
Por momentos, su túnica y la mía cambian, se llenan de cosas. Al rato, mientras me habla, se estabilizan: son como las túnicas del Rey de Oros, cubiertas de vides, frutas y colores térreos.
“Algo muy preciso, y muy práctico” agrego, y Alicia, basándose en dios sabe qué, concuerda.

Mientras tanto, abajo, la cosa seguía y siguió mucho después de que lo de arriba con el maestro temporal terminara.
Mi imagen bajo tierra empezó a ser expulsada, como si la cámara sola retrocediera.
Juan Malo no estaba en conflicto con eso, pero mientras empezaba a decirlo, la subjetiva volvió como si hubiera estado tomando envión, al centro mismo de la casa subterránea de la Sombra.

Una sensación de caída libre intensa y vértigo extenso y permanente, renovado cada segundo, empezaron a acompañar la presencia cada vez más definida de mi doble de sueños en el infierno.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VII

Mientras me habla, mi sombra oscila de forma.
Siempre es un indio viejo, pero pasa de tener cierta nobleza a ser nada más un anciano cansado, a asemejarse incómodamente a las versiones criollas del diablo, a un Juan Malo.

Cuando es Juan Malo es cuando se lo ve más animado.

Hasta que termina de hablar y, muy repentinamente, cambia y se transforma exactamente en mi.

Rejuvenece cuarenta años, y me mira con mi propia cara, muy pero muy fijamente. Pero no del todo frontalmente.
Por primera vez, y siendo algo que no creía posible, la noto pendiente de mi.

Me doy cuenta de que le habló a mi doble de sueños, al Rogelio que permanentemente veo transitando mis visualizaciones.

Y que no le dijo un pensamiento ocioso ni le transmitió un discurso, sino que, mientras yo miraba sin saber, le estaba, me estaba, haciendo una propuesta.

Y ahora estaba tensa, expectante, de ver mi respuesta.

La respuesta llega sin transición: mi yo de sueño aparece postrado en posición de adoración ante su propia sombra, nuevamente una silueta negra ahora, pero que surge de bajo su cuerpo, se estira por la tierra y se eleva en el aire, a pocos pasos.

La silueta negra irradia satisfacción, incluso algo de soberbia, me parece.

Suavemente, la imagen se desliza, o más bien resbala, en otra: caen lianas desde más arriba de donde alcanzo a ver.
Se transforman en líneas negras, se transforman de vuelta. En colas.
Colas de ratones gigantes.
Y colas de demonios.

Me veo a mi mísmo, parado frente a la sonrisa de Juan Malo, en medio del infierno.

No es un lugar desagradable del todo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - VI

La cámara, el ángulo de la visión, se acomoda para centrarla, y mi sombra cobra primero silueta propia, y luego volumen.

Finalmente, se independiza del todo, y es otra persona, radicalmente distinta a mí.
Parece un indio viejo.

Una de las decepciones de mis inconclusos estudios como antropólogo, fue descubrir que, pese a lo en boga que está la apreciación incondicional de la sabiduría ancestral indígena americana, o precisamente por ello, no consigo valorar a priori a los indígenas.
Los pongo en la misma categoría que a cualquier extranjero, y de antemano me fastidia la distancia cultural, la diferencia en las costumbres, la dificultad para compartir desde comida que nos guste a los dos hasta una charla.

Se entiende entonces mi poco entusiasmo al ver a mi sombra como un indio viejo, así como probablemente el mismo hecho de que haya aparecido con una apariencia de la que yo no podría gustar.

Me habla. Por supuesto, tampoco sé nunca abiertamente qué dice. Si fuera un poco más jipi o pomposo, diría algo así como “me habla en el lenguaje antiguo de las cosas que existen desde antes de las palabras”. Pero no me cierra por ningún lado que sea eso, aunque sí me parece que los diálogos con estas figuras son, por decirlo de alguna forma, lo bastante trascendentes como para tener más dimensiones de las que entran en el lenguaje lineal, y más existencia de la que se puede reflejar en un discurso.

No sé si eso sonó menos pomposo, pero la idea es la misma que si habláramos del funcionamiento del hígado o el páncreas: se pueden escribir miles de páginas, principalmente de suposiciones, sobre su funcionamiento. Mientras que el órgano simplemente lo ejecuta. Segundo a segundo.
Si una imagen vale mil palabras, una acción simplemente se va de escala.

No sé de qué me habla, pero lo que se desprende de su actitud es que va tomando a cada frase determinaciones sobre consideraciones largamente hechas: estoy presenciando el momento en que ella misma se define respecto de muchas cosas, y da su palabra, su sentencia, su decisión sobre ellas.
Sabiendo que al decirlo, toma un paso importante hacia realizarlas, que expresarse lo compromete.
Lo compromete con nadie más que con el poder propio de una sentencia.
Que no es poca cosa, en este mundo que compartimos, en este momento.
Acá si, lo que se dice pesa.

martes, 2 de noviembre de 2010

La llamada de lo pánico - V

A todo esto, mi jefe me había dicho claramente que no, que yo no me voy de la oficina.
Fue muy halagador, obviamente, y tentador, pero ya sé que la decisión de irme se toma sola, sin mi concurso. Yo apenas la sigo, tratando de no quedar muy atrás.

Desde entonces, toda la semana, en algún momento, dejó deslizar uno que otro chiste al respecto.
A mí me sirvió el total de la situación para retraer la relación al momento inicial, en que podía bombardearlo a consultas por ser el nuevo. De algún modo eso nos salió espontáneamente a los dos.
O se dió cuenta de que solo me pierdo y actúa en consecuencia. Qué se yo.

Respondiendo chiste con chiste, mantengo toda la charla en el punto de que “cada uno expresó lo suyo y nuestras opiniones no variaron”. Obviamente, dando seguridades de que mi intención no es desaparecer y complicarle la vida a nadie. La semana pasa grata, muy gratamente.
Cuando pienso en terapia, por primera vez en casi cuatro años de tratamiento, tengo cierto apuro por ir al encuentro de mi guía interno y ver qué me indica hacer.
Y cumplirlo.
Quien te ha visto y quien te ve.

Llega la siguiente sesión.
En esta pasaron muchas cosas, me siento a escribir apenas llego a casa, pedaleo todo el camino estructurando el relato en mi cabeza mientras van resurgiendo detalles, posiblemente al mismo tiempo que otros se olvidan.

Empiezo viendo una especie de medusa de luz. Creo que es una nueva formulación de mi guía.
Me dice algo, pero no llego a saber qué.
Aparezco en otro momento sosteniendo a mi niño interno en brazos, la medusa se transforma en una estrella, mi niño interno estira los brazos hacia ella, se acerca tanto que se mete en ella y me encuentro mirando de frente un resplandor blanco que abarca todo.

A esta altura, es una experiencia relativamente común.

Algo pasa, no recuerdo qué, y me encuentro mirando un ocho acostado. “Como ´infinito´” pregunta/afirma Alicia.
“Si”, le confirmo.
“¿No sabés de qué color es?”
“Irisado como las manchas de aceite en el agua”
“Ah, muy bueno”, dice.
“Veo también dos rayitas horizontales encima, no entiendo qué es eso”
“No te preocupes, es muy bueno esto”.
Ya me dejo llevar de un modo increíble para mí mismo.

La imagen muta un par de veces, pero no le doy demasiada cabida, lo considero interferencia, Alicia concuerda.
De repente, el ocho acostado vuelve a mutar, y se convierte en algo que no termino de entender, que termina siendo una mariposa. No sé si es mi mente sobreinformada, que asocia mariposa con Psique, y aparece el Rey de Espadas. No hace falta mirar esa carta muy atentamente para ver que el trono del Rey de Espadas tiene varias mariposas. Así y todo, a mí me llevó como dos años verlas, y probablemente si no me las señalaba Ale no las notara.

La persistencia de la imagen me indica que esta no es interferencia, pero empiezo a discutir con ella.
“Chabón, tu espada está toda torcida, mirala: no está derechita como la de la Justicia, tu criterio está mocho”.
Con una blandura inesperada para el Rey de Espadas y definitivamente convincente y seductora, la imagen me retruca sin palabras, en el modo telepatico común a todas las visualizaciones “es cierto que no soy perfecto, pero soy la siguiente cosa más inteligente, inmediatamente después de la Justicia. Y soy muy útil, te conviene tomar lo que tengo”.
Su blandura y moderación son lo que me permite tomar sus palabras sin más rechazo.
La subjetiva se empieza a alejar, mientras yo todavía no estoy seguro de si terminé o no. Una mariposa aletea frenética justo arriba de mi visión, no sé si es dorada o son reflejos de sol.

En algún lugar, hay algo incierto de oro y un fruto, y están relacionados.

La cámara se sigue alejando y entonces tuerce el ángulo y se clava. Lo que se muestra es demasiado evidente para que lo acepte sin cuestionarlo.
Porque el trono del Rey de espadas queda a la suficiente distancia como para verlo a escala humana en vez de la escala magnificada de la carta, y la distancia es un camino, y el camino y el paisaje están atravesados

y lo estuvieron siempre

y lo van a estar en cada lugar en que yo esté

por mi sombra.





Discuto un momento lo evidente de la visualización, pero la persistencia, y un deseo interno claro, nuevamente me convencen de que lo que estoy viendo es legítimo.


Lo acepto, y mi sombra me empieza a hablar desde el piso.

sábado, 30 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - IV

Pregunto por la estabilidad y crecimiento económico (porque con estabilidad sola, donde estoy ahora, no alcanza), y me responden que si, que es muy probable y cercana.

Pero sigo sin tener la menor idea de cómo ni qué hacer.

El vértigo se vuelve panico cuando me doy cuenta de que, llegado a este nivel de seriedad en mis consideraciones, no puedo seguir pensándolo por mi cuenta: ir a mi trabajo pensando que estoy buscando la oportunidad de irme me huele a doblez y me angustia. Prefiero, tanto por no tomarme la molestia de mentir, como por cierto miedo a que “me descubran”, como por una cuestión básica de devolución de positivo por positivo, ser frontal con mi jefe y que, por lo menos, sepa que estoy pensando seriamente en irme.

Pero eso también me confronta con la seriedad con que tomo mi palabra. Me siento neuróticamente obligado a poner plazos y cumplirlos, sea como sea, y llegado el día propuesto renunciar, incluso si no tengo a dónde ir.

El I Ching desestima ese camino, una cosa es dar un salto de fe y otra es tirarse de cabeza a un charco, en bolas y gritando.


La sensación de encrucijada inminente me eriza la piel por momentos, la seriedad de mis pensamientos y la propia del asunto me tensionan como hacía años no lo sentía, no por tener mayor intensidad. Todas las presiones de los últimos tiempos fueron totalmente diferentes: una cosa saturnina de agobio, de tiempo hostil, de invierno y noche oscura ante los cuales sólo cabía ser estoico como una piedra. Lo cual dentro de todo es fácil: aguantás o te quebrás, y podés maldecir mil veces tu destino, pero nunca sentirte responsable. Las cagadas de mis padres, los caprichos del destino, la humildad de doblegarse ante todo lo que nos excede... todo eso no cuadraba acá, ni un momento.


Simplemente, tengo una decisión importante entre manos, y me pesa.


De un lado, un trabajo en el cual me siento progresivamente inútil por estar desmotivado en la base, mientras externamente todo está bien.

Del otro, la necesidad clara de buscar aquello que me motive, de terminar de emparejarme conmigo mismo como para poder alinear líbido, acción y economía con sueños, proyectos e idealizaciones.

Y simplemente, pero no por eso menos escalofriante, empezar por fin a trabajar en la realización de mis ideales.

Aún suponiendo que supiera cuáles son, la posibilidad de encarar el trabajo y fracasar me estremece.

Pero la posibilidad de fracasar por ni siquiera poder encarar el trabajo me angustia aún peor.

Y de algún modo, me hace tomar la determinación de esperar con los sentidos muy, muy atentos, la oportunidad que venga de cambiar de trabajo, sabiendo que venga lo que venga dificílmente sea más que sólo un peldaño hacia la realización.

Y que hay que empezar, porque ya no me atrevo a pagar más facturas vencidas.


Pierdo dos oportunidades de franquearme con mi jefe, pero lo logro un lunes y, minutos después de la charla, el temor a las facturas vencidas se vuelve paulatina y moderadamente, deseo de avanzar.


Pero sigue sin tener una dirección precisa.

Pienso en retomar el trabajo de masajista, que cayera solo en desuso ante la pérdida gradual de todos mis pacientes. Pero no encuentro ganas de publicitar, ni siquiera de trabajar plenamente de eso, ahora.

Pienso en desarrollar de algún modo mi carrera de escritor, hago algún tanteo tímido.

No juego las cartas más fuertes porque noto que todavía me falta lucidez como para usarlas de modo positivo: no sé qué clase de escritor soy, dónde cuadro. No quiero verme en situación de tener que escribir por compromisos y sufrirlo.

No quiero volver a caer en la situación de tener que hacer algo que no es íntimamente propio para vivir.


Desde ahí, de a poco voy perfilando un norte.


No es “lo que me guste”, “lo que me divierta” u otras formulaciones. Es “lo que sea íntimamente mío”.

Ese me suena como el único motor posible que me preserve de transformar mi trabajo, cualquiera sea, en una lima que se vaya comiendo los días de mi vida.


Recuerdo permanentemente la aseveración de Alicia, sin entender porqué.

“La gente busca avales para su trabajo y su desempeño en los títulos, credenciales, certificados... pero el aval lo da la sombra”.

“Pero yo ya hice las paces con mi sombra” le digo.

“Una vez, si”, responde.

Tirado en casa, temblando ante la incertidumbre, pienso en la última sesión, donde claramente me someto a los designios de mi niño interior y guía. Una parte mía dice “si lo que hace falta es paz con la sombra, vamos a por ello!”.

Y otra parte dice “si es lo que nuestro señor dispone”.

Una tercera se ríe agarrándose los pies y diciendo “quien te ha visto y quien te ve”.


martes, 26 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - III

El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.Su título en la baraja de Alicia es “conflicto entre lo material y lo espiritual”. Que, sorprendentemente, Alicia me dijera que le sale mucho en su propio trabajo sobre ella.

Ni imagino cómo trabajará sobre ella, aunque sé que a veces pide ayuda a aquellos pacientes dados de alta que se hayan autodesarrollado como terapeutas, que parecen ser un porcentaje importante (que se yo, un 5, 10 por ciento, por decir algo, que es una barbaridad - ¿cuántos pacientes de un dentista se vuelven dentistas?).


Durante esa semana, experimento aún más rechazo a consultar los oráculos, al mismo tiempo que, ante las pocas consultas que hago, encuentro respuestas inusualmente satisfactorias, pese a lo insospechable o incomprensible. Incluso sin entenderlas muchas veces, me producen un estado interno de reposo y satisfacción serena, en parte por una resignación nueva a los tiempos y exigencias de la vida, creo yo.

Creo que los oráculos me hablan mucho de eso, ahora.

También por las preguntas que hago ahora.


Sobre lo que más consulté, fue sobre mi trabajo actual.

No encontré el momento de contarlo, pero mi trabajo actual es una de las acciones e innovaciones importantes de este año. Estoy, en términos generales, muy contento con el cambio y con el lugar en sí.

Sin embargo, atravieso momentos de stress y angustia que recién ahora empiezo a comprender.

Mi jefe usa un concepto, cuando expresa cosas que le conviene que pasen, política o técnicamente, que es el de “apropiación”. Si uno de sus superiores o subordinados se “apropia” de los proyectos que él plantea, eso le conviene enormemente.

Yo experimenté durante algunos meses una apropiación de algunos aspectos del trabajo, que me reconectaron con las pocas veces que logré dar rienda suelta a proyectos enteramente propios.


Tiendo a estar en esos momentos en todos lados alrededor del trabajo, por encima y por debajo y por delante y por detrás, motorizando y previendo y definiendo, etc., etc.


Sin embargo, hace ya un par de meses largos que en mi trabajo tiendo a vivir sobresaltos muy angustiantes cuando descubro que dormí sobre algo que ahora me viene a buscar, o agobios muy intensos cuando me doy cuenta de que tengo que correr y hacer cosas de último momento por cuestiones políticas que, en el fondo, considero despreciables.


Interrogarme sobre porqué duermo con cosas necesarias, porqué me sorprenden elementos que ya conozco o debiera conocer del trabajo, porqué me preocupan actividades que en realidad ya debería manejar con una mano, me lleva a evaluar todo, y llegar a la conclusión inevitable: si está todo bien con mi jefe, está todo bien con mis compañeros y lugar de trabajo, está todo bien con el trabajo en sí, que me parece algo noble y digno de ser hecho, y ni así logro apropiármelo, hacerlo mío... es porque no es lo mío.


Una parte de pereza y otra de inseguridad se turnan para lastrar el darme cuenta de que tengo que volver a saltar al vacío. Me recuerdo que en sesión ya experimenté el salto al vacío como algo mucho menos importante de lo que parece: tengo razones para pensar que lo que considero un abismo se revela apenas un peldaño, una vez dado el salto.


Peeeroo....


Empiezo a considerar y consultar seriamente la posibilidad de renuncia, y a medida que los oráculos van confirmando que lo más seguro es que antes de fin de año ya no esté más en este trabajo, empiezo a sentir vértigo. Sobre todo porque me dejan muy claro que parte del asunto depende de que yo active, mientras simultáneamente me dejan también muy en claro que no voy a tener ni la más mínima facultad cognitiva para saber o ver hacia dónde tengo que ir: ni inteligencia, ni intuición.

No se me ocurre salto de fe más puro, ni más aterrador.

sábado, 23 de octubre de 2010

La llamada de lo pánico - II

Al mismo tiempo que pienso eso, entre otras cosas que no voy a detallar porque porque concordamos con Alicia en considerarlas interferencia, veo mi cabeza abierta como la terminación de una torre de ajedrez, como si mi cráneo fuera un balcón en forma de taza, y el espacio vacío dentro de esa taza lleno de cielo azul con nubes, como un margritte.

Alicia me insta a que permanezca en esa contemplación, hasta que todo mi cuerpo se vacía y se llena de cielo, volviéndose casi invisible. Apenas veo la silueta de parte de mi espalda transparentada contra el cielo al final, y en ese momento vuelven a aparecer mi guía, como un viejo fantasma barbudo e inmenso por detrás, enroscado, cubriendo toda mi espalda y encorvando su cuerpo de modo que nuestras frentes coincidían, entrecejo con entrecejo. Y el niño flotando enfrente mío y, repentinamente, pasando su cuerpo a través del mío desde atrás, a través del espacio entre plexo y corazón.

Quedó ahí, con la cabeza saliendo de mi pecho como un trofeo de pared viviente y mirando hacia delante. Su cara reflejaba mucha alegría, como un niño viendo algo que lo pone muy contento.

Consideramos un buen momento para terminar la sesión, cuando abro los ojos veo a Alicia levantando los brazos, en gesto simultáneo de victoria y de agradecimiento al cielo.
El símbolo usado (creo que se había repetido de sesión en sesión, pero no estoy seguro) era uno muy similar al de los cristianos originales, una especie de pescado en posición vertical.

lunes, 18 de octubre de 2010

19 08 10

En la visualización del 19 de agosto, lo primero que veo es a mí mismo correr hacia una puerta que conecta un espacio negro en el que estoy al comienzo, con un espacio lleno de colores, movimiento, alegria y juego. Corro hacia esa puerta con entusiasmo pleno, pero cuando llego miro hacia atrás, y me veo a mi mismo, desdoblado: un Rogelio está por atravesar el umbral, y sólo espera a que el otro Rogelio se sume.
Pero el segundo Rogelio está paralizado, y por primera vez siento con claridad qué le pasa.

“Tengo mucho miedo de una traición”.

No puedo, simplemente, creer que algo bueno suceda sin más, y estoy aterrorizado por la posibilidad de creerlo y que alguien, incluído yo mismo, lo arruine.


La visualización se desarrolla, y en cierto momento percibo el miedo fuera de mí. Luego diría: “es lo más parecido a Dios que se me pueda ocurrir: es un océano de miedo, es infinito”.
Ví literalmente un cielo de miedo, que abarcaba de horizonte a horizonte.
Era blanco.


Me clavaba al lugar. Estaba frente a un abismo invisible, la tarea era tirarme a él. Pero ningún musculo me obedecía. Mi cuerpo era, simplemente, inerte.
Jamás había experimentado semejante pérdida de control: el miedo había desconectado cualquier clase de voluntad de movimiento de mi cuerpo.

Alicia me insiste, pero no consigo actuar. Eventualmente dice “entonces, estoy yo atrás tuyo, y te empujo”.

De algún modo, aparezco inmediatamente tirado sobre pasto, como descubriendo que en vez de un abismo era un peldaño mínimo.
No lo creo, pero Alicia dice que con esto ya es suficiente para la sesión, que “la computadora ya vió que saltar al vacío no es nada”.

sábado, 28 de agosto de 2010

Ocho de Espadas - Adriana Matallana Sandoval

Lo raro es que esta carta casi me hizo decir que extrañaba el toque femenino, cuando en realidad el proyecto está lleno de artistas mujeres.
Será mi debilidad por la línea clara.

































Más de Adriana, acá.




Y como siempre, toooooooooodo lo que alguna vez me pareció importante de decir sobre las cartas, los números, los palos, tu madre, el vecino y el cine francés.
Lo específico de la carta, como siempre, abajito de todo al final.



Características Generales de los Arcanos, Mayores y Menores

Todas las cartas de tarot son llamadas Arcanos, palabra cuya traducción más regular dice que significa "misterios".
Porqué una cosa cualquiera puede ser llamada un "misterio" tiene que ver con una actitud existencialista que se basa en el hecho de que todo, absolutamente, tiene una superficie, que es lo primero que se conoce y en la cual la conciencia refracta, lo que le impide (a la conciencia) adentrarse de un solo vistazo en la profunda y verdadera naturaleza de la cosa percibida.
En epistemología se suele decir por esto que el primer obstáculo al conocimiento es el conocimiento mismo.

Lo que hacen las 78 cartas del mazo de tarot es representar, a través de metáforas, otras tantas situaciones de la vida, buscando abarcar así la totalidad de las experiencias significativas que cualquier ser humano puede atravesar.
Por un lado, cada situación es en si misma un "misterio", según lo antedicho y por otro, cada carta representa solamente lo genérico, lo medular, de cada situación. Por lo que, en una lectura, la carta es un cascarón a romper para poder penetrar con mayor profundidad en la situación concreta hacia la que señala.

Las 78 cartas se dividen en 56 Arcanos Menores, divididos a su vez en cuatro palos, como los mazos comunes, y 22 Arcanos Mayores.

Los Arcanos Menores reproducen situaciones vitales más o menos circunstanciales pero arquetípicas, de acuerdo a un código numérico por un lado, un código basado en los palos por otro, y una representación pictórica o visual que intenta condensar y manifestar todas las metáforas posibles que surgen del cruce de ejes números / palos.
Intentan agotar, en cincuenta y seis combinaciones, todas las circunstancias significativas posibles. Por esto es que buscan lo central antes que lo anecdótico: separan, por ejemplo, el concepto de “tregua” del de “paz”, porque ambas cosas son similares pero diferentes, pero trata de evitar la definición de una forma específica de “paz”, para que la carta pueda representar la paz en la vida de cualquier consultante, independientemente del resto del contexto: saber si es paz laboral, si es paz conyugal, si es paz conseguida tras largas luchas o no, etc., llega a través del resto de las cartas, en cada lectura.

Los Arcanos Mayores, en cambio, no tienen ejes genéricos, y el contenido de cada uno desborda cualquier grilla: son un conjunto especial de conceptos trascendentes. Prescinden del cruce que hacen los Arcanos Menores entre número y palo, y son cada uno la abstracción de un aspecto fundamental y, al mismo tiempo, complejo, de la experiencia humana.
Algunos porque remiten al funcionamiento teórico del universo, otros porque remiten a aspectos no circunstanciales (sino permanentes) del ser humano.

Si los Arcanos Menores metaforizan la variedad de la experiencia humana, los Arcanos Mayores representan la estructura desde la cual se la vive e interpreta, las matrices conceptuales desde las que se generan las ideas que expresan la experiencia existencial, y las experiencias inevitables que esta estructura atraviesa en el desarrollo de una vida humana.
Son conceptos al mismo más abarcativos y de mayor peso que los Arcanos Menores.

Damos por sentado que estas cartas representan no solo experiencias posibles, sino también espacios de la psique preparados especialmente para hacer posibles estas experiencias.

De todas las teorías sobre el origen del tarot, adherimos a las que no señalan un autor o cultura particular, así que no es posible saber quién o en qué circunstancias concibió los diseños de los Arcanos Mayores, pero es nuestra creencia que, quien haya sido, tuvo el talento suficiente como para acceder a contenidos profundos y estables del inconciente colectivo
Esta es la base del postulado más fuerte e interesante de la corriente de tarot a la que adherimos: que es que los Arcanos Mayores representan factores y funciones psíquicas universales.

Son, desde este punto de vista, los ladrillos elementales con los que trabaja la mente de cualquier ser humano: independientemente de su cultura o contexto, toda persona interpreta la realidad desde estructuras psicológicas subconscientes.
Suponemos que estas estructuras psicológicas subconscientes que determinan la percepción e interpretación del mundo son universales, y que no se las puede definir de un amanera terminante, pero que los Arcanos Mayores representan una formulación extremadamente aproximada a su contenido más básico.

Y esta es la razón de que no tengan un orden conceptual: de la misma forma que no se pueden numerar los órganos internos de una persona porque no hay ninguna necesidad lógica de que el corazón esté antes o después que el esófago, no se puede dar una jerarquía definitiva y consistente a todos los constituyentes de la psique, aunque algunos aparezcan más relacionados entre sí que otros, y eventualmente, en diferentes conjunciones de cartas, se puedan establecer relaciones de paternalismo, de dirección, de subordinación, etc.
Pese a esta falta de orden intrínseco, o precisamente para paliarla, quizás, se han propuesto varias formas de “hilar” los Arcanos Mayores entre sí, y aquí exponemos brevemente dos: la noción de que representan el desarrollo psicológico de un individuo y la de las virtudes cardinales, dado que las consideramos fértiles a la hora la interpretación y reflexión.


Características Generales de los Arcanos Menores, Ciclo de los Números

Los números de las cartas, en el tarot, indican un paso específico dentro de un ciclo, que empieza en el uno y culmina en el nueve. Los dieces indican el comienzo del nuevo ciclo, a la sombra del viejo.
Cada palo representa un principio, una manera de moverse de la energía psíquica. Cada número indica un estado, una fase de este tipo de movimiento.
Terminado el ciclo de los números, del uno al nueve con la coda del diez, aparecen las figuras humanas, que se usan para representar dos cosas: personas concretas, y estados menos abstractos y al mismo tiempo más integrales de cada principio.
Cada número tiene, además de un lugar en el ciclo respecto de los otros, propiedades y características propias, algunas generales: todos los pares tienden a la estabilidad o la inercia, los impares al desequilibrio o movimiento. Los números más cercanos a cero tienen un mayor grado de pureza en el principio que representan, pero menor grado de desenvolvimiento e integración en el mundo.

Cabe agregar que, generalmente y con las excepciones indicadas, el tránsito de un número a otro se da por simple acumulación: si el transcurso de tiempo encuentra a la persona invariablemente en el mismo curso de acción y de intereses, la dinámica sola de cada palo va asegurando la transición paulatina del uno al diez.
Para bien y para mal.

Finalmente: si bien queda librado a la sensibilidad de cada lector el decidir si una carta en tal o cual situación indica una perspectiva subjetiva del consultante o un hecho objetivo, es necesario indicar que, dado que la percepción subjetiva es en sí misma un hecho objetivo, conviene siempre considerar que lo que sale es verdad para el consultante, independientemente de lo que uno pueda pensar acerca de la situación. Por poner un ejemplo: una persona puede verdaderamente estar muy cansada o agobiada con una situación que para el lector de cartas no parezca grave. Es probable incluso que la situación no sea objetivamente grave. Eso no quita que el consultante la viva de manera agobiante, incluso hasta el punto de peligrar su salud.
Cuando se hace una lectura de cartas, se entra parcialmente en la vida de personas muy diferentes entre si y de uno mismo, por lo que hay que flexibilizar los propios parámetros.

Números Ocho

Los Ochos, en casi todos los palos, son números de logros avanzados y estables, por lo que las imágenes tienden a sugerir esto mismo: riqueza (no en el sentido de lujo, sino en el de abundancia, ausencia de escasez) y estabilidad o movimiento organizado, en oposición a movimiento caótico o vertiginoso.
Todos los Ochos representan un estadio del camino, en el ciclo de los números (que va del uno al nueve), tan avanzado que es prácticamente imposible volver atrás.
Según el palo, esto es positivo o negativo.

Características Generales de los Arcanos Menores, los Palos

Cada palo del tarot representa varias cosas al mismo tiempo: una manera específica de moverse de la energía psíquica, por lo tanto una función psíquica específica, por lo tanto el tipo de situaciones donde esa energía se activa, y un elemento (agua, fuego, aire o tierra) que metaforiza con su comportamiento, el del tipo de energía.
Son un aspecto de la actividad humana, artificialmente abstraído con el fin práctico de convertirlos en elementos de análisis durante la lectura de cartas.
Uno solo de ellos, el de los Oros, se refiere a las concreciones materiales.
Los otros tres se refieren a diferentes momentos del movimiento psíquico del individuo en cualquier acción dada: el desear o necesitar, el sentir o imaginar, y el pensar y actuar que llevan a concretar.
Cada palo está referido a un elemento que representa las características de esa fase del proceso.
Así, la acción y el pensamiento intelectual y analítico están representados por las espadas y el elemento viento, el sentir y el pensamiento imaginativo están representados por el agua, y el deseo y los instintos están representados por los bastos y el fuego.
Es importante la referencia al elemento, porque es donde están metaforizadas las características cruciales de cada fase: cualquier acción se inicia primero por una necesidad que se experimenta desde lo instintivo como urgencia. Urgencia de alimentarse, de huir, de procrear, defecar, atacar, de acercarse o alejarse de algo.

En las siguientes fases, esta urgencia cobra forma sensible (en la fase de las copas y el agua) y se define la imagen precisa hacia la que tiende el impulso, para que luego el pensamiento y la acción (fase de las espadas, el viento) le den forma material (fase de los oros, la tierra).


Palo de las Espadas

 Las Espadas todas significan el conflicto, la acción operativa y, de las funciones intelectuales, la analítica: representan el pensamiento que se pone en marcha para resolver problemas mediante el recurso de aislar segmentos de la realidad para usarlos de “ladrillos” y construir una respuesta.
 Su elemento representativo es el aire y el viento, por eso regularmente se ilustra las cartas con espadas con cielos abiertos y nubes más o menos oscuras, y referencias a la tempestad y el movimiento.
Generalmente no son cartas que contengan referencias a las emociones. Cuando lo hacen, el espectro de emociones reflejadas son la soberbia, la victoria o derrota, la angustia y el agobio, con sus diferentes matices y causas.

Las Espadas representan el pensamiento racional y analítico, no el creativo que acepta, aglutina y asocia cosas sino el destructivo que divide a las cosas en sus partes componentes, el que define los límites entre una y otra cosa, el que discrimina, legisla y juzga.
Representan también la palabra, en su aspecto más impositivo: la palabra que define, que afirma sin preguntar, la sentencia del juicio.

Es el tipo de pensamientos que se despierta regularmente cuando hay problemas que resolver, por esto representan también el conflicto.
La manera en que se mueve la energía psíquica en este tipo de situaciones es ágil y poderosa, pero con tendencia a volverse vertiginosa y caótica. Por su misma velocidad, y por el hecho de ser un tipo de energía asociada a la acción, pero principalmente al pensamiento, es que sus efectos en pequeña medida pueden ser totalmente benéficos, y en gran medida van de absolutamente inocuos (puro aspaviento, idas y vueltas que no concretan nada, etc), hasta muy, muy dañinos para la persona, por la cantidad de energía que le puede insumir esta ida y vuelta vertiginosa y estéril.

Por todo esto, el elemento que representa las espadas es el Aire, se suelen usar en las cartas nubes y pájaros como manera de indicar la presencia de aire y viento, dependiendo de la cantidad, posición alta o baja, densidad y movimiento de nubes y pájaros el que indique un estado mental sereno y organizado o caótico y agitado.
Es por estar asociadas al pensamiento analítico, que las espadas representan también la palabra.
Son el saber y el actuar por pensar.

Lamentablemente, también representan la capacidad de razonar y argumentar en abstracto, cosa no siempre productiva (porque ninguna acción legítima surge sólo del pensamiento, sino del deseo o necesidad primera, del sentir adecuado de este deseo y recien ahi, de la argumentación y pensamiento enpro de la acción) y tienen mucha tendencia a actuar de manera no coordinada e incluso impositiva sobre los demás palos.



El Ocho de Espadas

Esta es LA carta donde no aplica lo de “logros estables”.
Si un conflicto cualquiera que desate la acción de las espadas persiste hasta un número tan alto del ciclo, es porque no encontró resolución antes, lo que hace que la persona que transita esta carta se sienta exactamente como la figura del mazo de referencia la muestra: impotente, incapaz incluso de ver las causas de su situación, y probablemente, para llegar a semejante nivel de incapacidad, incapaz de ver la situación misma.
El único atenuante de la carta, a diferencia del nueve o diez de espadas, es que la figura aún se mueve: desde una situación de absoluta impotencia e incapacidad, va, pasito a pasito moviéndose.
No sabe a dónde va, ni por dónde pasa, es probable que no sea ni siquiera conciente de los verdaderos peligros que la amenazan y es bien probable que se haya acostumbrado a las vendas y ataduras, pero no murió en su interior la decisión de vivir y moverse, de buscar.
Sin saber ni qué, busca, y en ese buscar reside el último resto de fuerza que puede poseer una persona, de los que pueden ayudarla a salir de una situación extremadamente crítica.
Llegado el Nueve, ese resquicio de energía se pierde y la persona pierde la esperanza de encontrar luz de vuelta. Pero aquí, a ciegas y sin poder de ninguna clase, moviéndose a simples y pequeñísimos golpes de intuición (representados por los pies tocando los charquitos: el agua es símbolo de conocimiento inconsciente e intuición, en este mazo, su pequeña cantidad indica la poca conexión también con esa fuente de conocimiento), aún se mueve, buscando salida, aún sin saberlo.

En esta carta, como en el Seis, está totalmente exacerbado el aspecto de “conflicto” de las espadas, en detrimento del de “intelecto” y absolutamente en detrimento del de “acción”: el desarrollo de los acontecimientos desborda tanto, de manera tan completa y total al/la protagonista de la carta (se usa una imagen femenina para acentuar lo impuesto de las ataduras, la pasividad de la figura frente a restricciones tanto más poderosas), que esta no puede ni siquiera empezar a imaginar una acción, una reacción, una respuesta.
El avasallamiento que le producen los problemas es tan absoluto que la más remota idea de acción queda eclipsada.

Los elementos tradicionales de la carta son las espadas, el número ocho, el gris del cielo y el rojo naranja de la ropa de la protagonista, que suele indicar alta valoración de lo material, cosa que puede estar (por las tendencias de los argumentistas del mazo, es probable) sugerida como parte de los problemas y ceguera de la protagonista, al no activar otras perspectivas que le permitan despegarse de lo burdo y concreto.
Pueden ser usados o no, esto es libre.

Pueden ser, entonces, palabras clave para la interpretación de la carta: elemento aire, acumulado, estable - impotencia – sometimiento – incapacidad – ceguera – pérdida de rumbo - pérdida de perspectiva – avasallamiento – estado abrumado.