ES IMPORTANTE SABER

domingo, 29 de mayo de 2011

Alicia me contó una vez de cuando le fue permitido ver su verdadera forma.

Dice que era una especie de inmenso tallo blanco, de varios tallos blancos de luz, que se movían como cañas al viento, se curvaban por el centro y volvían a cambiar de forma.
"Flexible" era la palabra que más definía la imagen.

Y se le ocurrió preguntar porqué era así, sin forma.

"Porque sos buena y no querés joder a nadie" escuchó. "Ni permitir que te jodan".
"Por eso sos tan flexible y sin forma: porque es lo mejor para que nadie te pueda agarrar".

Tiempo después se jubiló, dejando la conclusión de mi terapia en manos de una de sus alumnas.
En una sesión con ella, Clarisa, tuve un encuentro desesperante con mi yo interior, que apareció en la forma de una especie de buda menor, muy similar a esta imagen, y no me decía nada.

Abotagado de interrogantes, insistía para que me respondiera, hasta que por algún lado me abrí a una voz que me decía "es muy reconfortante contemplarlo en su silencio", y me di cuenta de que era cierto.
Contemplar el silencio de mi yo interior de alguna forma me reconstituía, vigorizaba mi ánimo con una fuerza fresca, alegre, paciente.

La creciente aceptación produjo otro fenómeno: como lo entrevisto en un vaivén de puertas, apareció en mí la imagen en movimiento de un árbol. La vista se acercaba. El árbol era inmenso. Proporcionado en sus formas, grande como un arbol de muchos, muchos años.

Y todo blanco.

En las puntas de las ramas se apiñaban racimos de algo que no se llegaba a ver, que pasaba de blanco a invisible. Frutos, espero.

De algún modo sin estridencias, supe que ésta era mi visión, que este era yo. Que me había sido dado, sin aviso ni razón visible, ver mi verdadera forma.

Soy un gran arbol blanco.

No sé qué hacer con eso.

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